La pelota no se vende

La pelota no se vende

Los vecinos de La Boca resisten y permanecen en El Playón, un predio que desde hace 35 años funciona como un espacio de contención y recreación autogestionado. Ahora apareció un dueño y los quiere desalojar.

Desde la semana pasada, vecinos de La Boca permanecen en El Playón, ubicado en Del Valle Iberlucea y Gregorio Aráoz de Lamadrid, para evitar que tapien el predio luego de ser comprado por un nuevo propietario.El espacio comunitario que se encuentra en la entrada de Caminito, pasaje turístico de referencia para los visitantes extranjeros, fue recuperado por los propios vecinos que limpiaron el terreno y armaron una canchita, después de un largo tiempo sin que nadie reparara el lugar destruido por un incendio que en los años noventa arrasó con un conventillo.

“Es un espacio que está hace 30 años y nosotros lo sentimos propio, es como nuestra casa, entonces es muy difícil tener que entregar algo tuyo. Porque si había un dueño antes, durante 35 años nunca se acercó, nunca puso un clavo en el lugar y toda la comunidad se ocupó de las luminarias, el piso, la cancha, etc. De todo, siempre se ocupó la comunidad, la murga, y en este caso el club también, es re injusto que venga alguien y te diga, soy el dueño, chau, ándate”, dice Brenda Siffredi, de la Comisión Directiva del club FC Playón.

En un contexto en el que la lógica del mercado desplaza a la solidaridad barrial, la profundización del proceso de gentrificación por parte del Gobierno de Jorge Macri provoca que aparezcan “nuevos dueños” que compran espacios en el vecindario. “Hace un poco más de un mes, unainmobiliaria (Antúnez Vega) se acercó personalmente diciendo que había un posible comprador de este lugar y que si nosotros teníamos 650 mil dólares para adquirirlo teníamos la prioridad. Obviamente eso no sucedió, así que supuestamente compraron el lugar”, cuenta Brenda.

Por eso, los vecinos que sostienen el espacio con el respaldo de agrupaciones comunitarias, políticas y diferentes actores sociales decidieron permanecer y juntar firmas de los vecinos y turistas para evitar el cierre del lugar. “Nosotros pacíficamente pedimos llegar a una mesa de trabajo donde nos podamos sentar con los nuevos dueños, si es que existen, porque uno no sabe, y trabajar a ver cómo podemos resolver la situación”, dice Brenda.

El sitio fue reconocido espacio cultural por la Comisión del Carnaval, quienes trabajan con el Gobierno local, mediante el Proyecto Huellas del Carnaval. “Tenemos una placa con un código QR donde saltan los datos de que es un espacio cultural”, dice Karina Bustos, referente de la murga Los Príncipes de La Boca. También se movilizaron hasta la comuna donde presentaron una nota solicitando definir una fecha para comenzar una mesa de trabajo. Sin embargo, hasta el momento no tuvieron ninguna respuesta de las autoridades.

Desde hace casi dos décadas, en la canchita de futbol ensaya la murga Los Príncipes de La Boca. “Nacimos en el año 2006, hace 20 años que estamos acá en El Playón. Yo tengo 42 años, así que prácticamente me críe acá y el plan de lucha es que no cierren el lugar de ensayo”, manifiesta Karina.

Además, el espacio también cumple una función social quedando abierto durante el día para que los chicos se queden jugando a la pelota y no estén en la calle, a su vez también pueden participar del F. C. Playón que funciona desde hace tres años.

“Es un lugar de contención muy grande. Por ejemplo, es el único club del barrio que no cobra cuota, hay muchos chicos que no tienen para pagar, y menos como está la situación hoy en día. Es un club que es a pulmón, entre todos los vecinos, los padres, los movimientos, agrupaciones que nos dan una mano, hay gente que nos da una pelota, que nos da unas cosas, y nosotros donamos casi todo el tiempo que tenemos, y los chicos la verdad que lo necesitan. Cuando empezamos este proyecto había muchos chicos que estaban todo el tiempo en la calle, yendo por malos pasos, y gracias a Dios yo hoy te puedo decir que revertimos esa situación, con muchos de los chicos, y tienen esa contención, entonces es como que, si sacamos esto, ¿qué les queda a los chicos?”, reflexiona Brenda.

Desalojaron a un militante de derechos humanos

Desalojaron a un militante de derechos humanos

La Policía de la Ciudad desalojó a Alfredo Cuéllar y su familia Cuéllar. Llevaba décadas viviendo en una casa de la calle Raulet, en Parque Patricios. Pero los negocios inmobiliarios fueron más fuertes.

El pasado lunes 27 de octubre, la Policía de la Ciudad desalojó a la familia Cuéllar y a sus vecinos en Raulet 62/64/66, en Parque Patricios. Aunque la orden judicial estaba fechada para el martes 28, el operativo se adelantó, sorprendiendo a las familias y a las organizaciones sociales que preparaban una vigilia para resistir el desalojo.

Alfredo Cuéllar, padre de Florencia “La China” Cuéllar –fallecida en 2012 en una cárcel federal– se ha convertido desde entonces en un referente en la lucha por los derechos de las mujeres en las cárceles.

Desde hace más de 40 años, la familia Cuéllar habita una de las casas de la calle Raulet. Allí también viven otras familias, vecinas de toda la vida, que fueron desalojadas por orden judicial. El operativo estuvo a cargo de la Policía de la Ciudad y se desarrolló en medio de denuncias por violencia y represión.

El procedimiento, que incluyó un despliegue de “más de 70 efectivos, bastonazos y escudazos”, según relató a ANCCOM Alfredo Cuéllar, culminó con un detenido y la violación de los derechos de niños y niñas, sus nietos, que vivían en el inmueble. “El día 27, a las cuatro de la tarde, yo tenía cien policías en la cuadra. A las seis ya habían vallado todo y bajaron como setenta efectivos de un colectivo, con una brutalidad tremenda, y nos metieron adentro de mi casa a los empujones”, narró.

Alfredo Cuéllar, en su casa, momentos antes de concretarse el desalojo.

 

El inmueble se encuentra dentro del Distrito Tecnológico, una zona impulsada por el Gobierno de la Ciudad desde 2008, que ofrece beneficios impositivos a empresas del sector para promover la radicación de oficinas y startups. Sin embargo, su expansión ha generado un proceso de gentrificación debido al aumento del valor del suelo y la presión inmobiliaria sobre los inquilinos y ocupantes históricos.

Cuéllar contó que alquiló la vivienda en 1984, cuando aún vivía la propietaria original. Tras su fallecimiento, aparecieron distintos intermediarios vinculados con “el infame Francisco Ríos Seoane” (fallecido expresidente del club Deportivo Español) quienes, según denunció, intentaron apropiarse del inmueble. “Empezaron a trabajar de manera impune, bajo la sombra y con amenazas. Yo era un pibe, tendría 20 años, y no entendía nada, pero sabía que ese lugar no les correspondía”, recordó. 

Cuéllar sostuvo que el proceso judicial estuvo plagado de irregularidades. Según su testimonio, la actual propietaria, Úrsula Busset, “es la hija de una abogada que antes se presentó como representante de supuestos dueños del inmueble y luego se convirtió en titular del mismo”. Y denunció que “me terminó sacando de manera irregular porque hay un poder económico muy fuerte detrás. Busset es abogada de Karina Milei y asesora de Diana Mondino”.

La orden de desalojo fue emitida por el Juzgado en lo Civil 35 a cargo de Ramiro Güiraldes, quien aceptó el título de propiedad de Busset, adquirido hace siete años, por sobre los derechos de las familias que llevan cuatro décadas viviendo allí.

Otra de las vecinas desalojadas, Roxana Salem, explicó: “A nosotros nos sacaron siendo propietarios, por una deuda hipotecaria que dejó mi papá, que era impagable, pese a que vivían tres discapacitados nos remataron igual”,

Las familias aseguraron que nunca fueron notificadas adecuadamente del proceso judicial ni se les ofrecieron alternativas de vivienda dignas. Ante la inminencia del operativo, durante el día anterior se organizó una vigilia vecinal para resistir el desalojo y exigir que las autoridades garanticen un lugar donde reubicarlos.

 

La vigilia y el operativo

Durante el día previo al desalojo, las familias que habitaban Raulet 62, 64 y 66 montaron una vigilia frente a las casas. Vecinos, organizaciones barriales y referentes de derechos humanos acompañaron la espera, sin saber con certeza a qué hora llegaría la policía, pero decididos a permanecer en el lugar.

Finalmente, la irrupción se adelantó a la hora pautada y llegó sobre la tarde del mismo lunes 27, cuando efectivos de la Policía Federal rodearon la cuadra para ejecutar el desalojo en un importante despliegue que valló la cuadra y bloqueó los accesos. Las fuerzas avanzaron para desalojar a las familias, entre gritos y empujones, y se llevaron a una persona detenida. Otras mostraron ante las pocas cámaras que había en el lugar los golpes y heridas recibidas.

“No fue un desalojo normal”, explicó Cuéllar. “Vinieron directamente a limpiar el territorio a fuerza de choque, de pelea y de brutalidad. Hubo mujeres muy golpeadas, un compañero detenido, mis nietos fueron violentados. Y ningún organismo de derechos humanos se acercó para defender a nuestros niños”.

La tensión se extendió durante varias horas. Los efectivos retiraron a los ocupantes y colocaron candados en las puertas. Desde entonces, las familias desahuciadas permanecieron a la espera de una respuesta oficial que garantizara una reubicación. 

“No tenemos garantías de nada, todo lo que te dan es una burla. Me quisieron ofrecer 120 mil pesos para alquilar. Hoy mis nietos no pueden ir al colegio porque no sabemos dónde vamos a estar viviendo”, contó Cuéllar.

En paralelo, el desalojo detonó una ola de protestas en redes y entre organizaciones sociales, que lo interpretaron como una muestra de violencia institucional y de un modelo urbano que privilegia los intereses inmobiliarios por sobre los derechos de los vecinos.

El Distrito Tecnológico fue creado por Ley en 2008, con el objetivo de radicar compañías del sector de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en una zona que abarca 200 hectáreas del barrio de Parque Patricios, y parte de Nueva Pompeya y Boedo. 

Según datos oficiales del Gobierno de la Ciudad, desde su sanción por ley, el Distrito atrajo a más de 400 empresas y generó casi 24 mil empleos directos, con alrededor de 300 mil metros cuadrados de oficinas ya construidas o reconvertidas.

Sin embargo, estudios urbanos registraron que esta reconversión trajo consigo profundos efectos de gentrificación. Entre 2009 y 2011, por ejemplo, la superficie solicitada para uso no residencial en Parque Patricios aumentó casi seis veces, mientras que la destinada a la vivienda residencial cayó hasta más de un 15% en ese mismo período.

“Para nosotros esto es una cuestión de clase”, reflexionó Cuéllar. “Ellos consideran que son una clase superior, y que nosotros no tenemos que estar en este lugar ni habitar una casa, porque creen que el lugar nuestro es la villa”. 

De ese modo, el desalojo en Raulet no es visto solo como una operación judicial aislada, sino como parte de una transformación urbana más amplia que desplaza a familias de sectores populares que hace muchos años habitan esas viviendas en nombre de un nuevo modelo urbano e inmobiliario.

Una vida de lucha

Alfredo Cuéllar, es un militante de derechos humanos especializado en la defensa de personas privadas de la libertad y víctimas de violencia institucional. “El destino me puso en un lugar en el que nunca quise estar”, contó. “A partir de lo que le pasó a mi hija me convertí en algo que nunca me imaginé, y hoy me veo con la sorpresa de que mi nombre está en los libros de la policía porque logré desarticular la cúpula del poder penitenciario. Y eso no es gratis”.

Su visibilidad pública creció luego de la muerte de su hija, el 23 de diciembre de 2012 en la Unidad IV del Penal de Mujeres de Ezeiza. La causa fue caratulada como suicidio por las autoridades penitenciarias, aunque Cuéllar y distintas organizaciones sostienen que la joven presentaba signos de golpes y que no tenía intención de quitarse la vida. Desde entonces, el caso se transformó en un símbolo de las muertes bajo custodia del Estado.

“La China” había ingresado al sistema penitenciario siendo muy joven y fue trasladada a pabellones de mayores donde, según denuncias, enfrentó hostigamiento sistemático y condiciones violentas. Su historia se transformó en un símbolo de las vulneraciones del sistema penitenciario y visibilizó las condiciones de violencia y desamparo que atraviesan muchas mujeres privadas de su libertad.

Luego de la muerte de su hija, Alfredo Cuéllar, fue víctima de múltiples amenazas y episodios de persecución por su empeño de denunciar los abusos dentro del sistema penitenciario. Desde entonces, su nombre se volvió incómodo para algunos sectores del Poder Judicial y policial.

“Por nuestra militancia empezó a salir a la luz lo que pasaba en las cárceles, y eso molestó”, recordó. “Allí violaban a las mujeres, las maltrataban, las golpeaban y las asesinaban”. Él se encargó de exponer todo eso, de ponerle nombre y cara a cada una de esas historias, y eso lo convirtió en enemigo para el sistema.

El 19 de mayo de 2019, Cuéllar fue secuestrado en las inmediaciones de Parque Patricios, en un episodio que marcó un punto de inflexión en su vida. 

“Cuando volví a la realidad estaba tirado en un descampado en Camino de Cintura, cerca de las 4 de la mañana. Esa fue la forma en que intentaron callarme”, contó. “Pero al hacerme más visible se les hizo difícil seguir amenazándome. Me hicieron daño, pero no me quebraron”.

Para él, el reciente desalojo no fue un hecho aislado, sino la continuación de una persecución que lleva más de una década.

“No tuvieron piedad. Encontraron esta oportunidad para ejecutarme, me dejaron en la lona”, reflexionó. “Pero no me van a matar, voy a seguir adelante con más fuerza porque ahora entendí cómo se maneja la justicia. El miedo lo transformé en lucha”.

Esa transformación, asegura, es la que hoy lo mantiene de pie. Después de años de dolor, pérdida y resistencia, Cuéllar afirmó que su compromiso con la militancia es también una forma de supervivencia.

“Hoy más que nunca me siento más fuerte –dijo–, porque alguien tiene que enfrentarlos. Yo sé que con la militancia puedo doblar el brazo de la justicia. Ahora entendí cómo se manejan. Voy a luchar con más fuerza porque jamás voy a permitir que el derecho que le violaron a mis nietos quede impune”.

Alertan por el avance contra la ley IVE en CABA

Alertan por el avance contra la ley IVE en CABA

Organizaciones feministas cuestionan el Protocolo de Acompañamiento de la Embarazada en Situación de Vulnerabilidad (PAEV). Dicen que reinstala discursos moralizantes bajo la apariencia de contención y que puede convertirse en un mecanismo de presión y desinformación.

A casi cinco años de la aprobación de la Ley 27.610 —sancionada el 30 de diciembre de 2020 y promulgada el 14 de enero de 2021—, que garantizó en Argentina el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo (IVE), su aplicación vuelve a estar en riesgo. La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito advirtió sobre la implementación del “Protocolo de Acompañamiento de la Embarazada en Situación de Vulnerabilidad (PAEV)” por parte del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que “busca imponer creencias conservadoras y religiosas en las políticas públicas”.

Desde su aprobación en diciembre de 2020, la Ley IVE marcó un punto de inflexión histórico en materia de salud y derechos humanos y reproductivos. “La ley generó condiciones seguras para abortar y bajó la tasa de fecundidad adolescente, acompañada por el plan ENIA (Plan Nacional de Prevención del Embarazo no Intencional en la Adolescencia). Aumentó la cantidad de instituciones públicas que garantizan la práctica y disminuyeron las muertes maternas”, destacó Zamparini en diálogo con ANCCOM, aunque advirtió que persisten desigualdades: “El acceso fue mayor en CABA y mucho menor en provincias como Chaco o Misiones”.

Sin embargo, la especialista señaló que la actual coyuntura política, bajo un gobierno nacional encabezado por Javier Milei, presenta un panorama preocupante: “No hace falta derogar la ley para atacarla. No asignar presupuesto, no implementar políticas públicas, es una manera de hacer que no se cumpla”, subrayó.

“No hace falta derogar la ley para atacarla. No asignar presupuesto, no implementar políticas públicas, es una manera de hacer que no se cumpla”, subrayó Zamparini.

El nuevo protocolo impulsado por el Gobierno porteño —que incluye la participación de organizaciones religiosas en la “asistencia” a mujeres embarazadas— encendió las alarmas del movimiento feminista. Zamparini explicó que ya se están implementando folletos y espacios de asesoramiento en algunos centros de salud, y que la Campaña está realizando un mapeo territorial para documentar posibles casos de obstrucción al derecho.

“Estamos en contacto con profesionales de la salud y centros de atención primaria. Queremos entender cómo se está aplicando este protocolo y evitar que se convierta en un mecanismo de presión o desinformación”, señaló.

Las organizaciones feministas sostienen que el PAEV intenta reinstalar discursos moralizantes bajo la apariencia de contención. “Con un gobierno que redefine la vulnerabilidad y habilita la injerencia religiosa en políticas públicas, se pone en juego la libertad y la autonomía de las mujeres y personas gestantes”, denuncian desde la Campaña.

En el marco del 20° aniversario de la organización, la consigna vuelve a resonar con fuerza en el movimiento feminista: Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir.

En la Ciudad, no hubo sorpresas

En la Ciudad, no hubo sorpresas

El Búnker porteño de Fuerza Patria se mostró desanimado al recibir los resultados que daban como ganadora a la Libertad Avanza. Los candidatos porteños del peronismo, no obstante, consideraron que la elección en la Ciudad fue buena.

La alianza Fuerza Patria quedó segunda en la Ciudad de Buenos Aires con el 26,97 por ciento de los votos, frente al 47, 35 % de los votos de La Libertad Avanza (LLA). De este modo obtuvo cuatro bancas para la Cámara Baja – Itai Hagman; Kelly Olmos; Santiago Roberto y Lucía Cámpora-, mientras que Mariano Recalde aseguró su banca como senador.

Luego de conocerse los resultados, el primero en salir a hablar en el búnker porteño fue el primer candidato a senador, Mariano Recalde. La militancia, que hasta entonces permanecía en silencio, empezó a cantar, tratando de recuperar el ánimo. El senador reelecto tomó el micrófono y declaró: “Esta campaña fue militante, se hizo una campaña colectiva, todos formaron parte para que Fuerza Patria siga creciendo en la Ciudad de Buenos Aires. Nuestro objetivo es claro: ponerle un freno a Milei en el Congreso. Para eso nuestros votantes confiaron en Fuerza Patria y acá venimos a expresar públicamente que ratificamos y vamos a cumplir ese compromiso”, aseguró y prometió: “Vamos a seguir peleando en las bancas, en las calles y en las urnas. Entendemos que la única lucha que se pierde es la que se abandona”.

Tras su discurso, volvieron los cánticos de la juventud, que devolvieron algo de energía al ambiente. En diálogo con ANCCOM, Ana Arias, candidata a senadora nacional por CABA, sostuvo: “Los números que sacamos en la Ciudad de Buenos Aires son muy buenos, el tema es que la LLA tuvo más del 50%, aumentó en dos puntos lo que había tenido en la última elección y eso es lo más desconcertante”. No obstante, la candidata y decana de la Facultad de Ciencias Sociales analizó: “Hay variables que nosotros analizábamos que íbamos a tener en contra, como los acuerdos con EE.UU., generó el afianzamiento de votos. Hoy los pasos a seguir son los de continuar debatiendo el modelo que plantea el gobierno: deja mucha gente afuera, destruye el Estado argentino, destruye lo público. Nosotros vamos a tener que seguir construyendo una resistencia a este modelo frente a esta situación triste”.

Desde la organización Barrios de Pie, Walter Córdoba, que esperó el resultado junto a sus compañeros, compartió su mirada: “Hay que trabajar con la sociedad, porque claramente las políticas de este gobierno son contrarias a los intereses nacionales y a los intereses de los sectores populares. Es necesario volver a poner en valor las experiencias organizativas de cada espacio político y, sobre todo, poder confrontar con los errores del gobierno, con las promesas incumplidas que siguen generando un golpe muy importante en el bolsillo de la gente”.

En diálogo con ANCCOM, Itai Hagman, diputado electo, declaró: “En CABA hicimos una elección muy buena, cumplimos el objetivo de aumentar la representación del peronismo en la Cámara de Diputados. El resultado que tuvimos a nivel nacional hoy es necesario analizarlo, hay que hilar los números muy finos. El resultado del gobierno fue mejor de lo que esperábamos, pero como primera lectura, esta elección se dio bajo una extorsión muy fuerte, de Trump y del propio presidente”.

Por su parte, Kelly Olmos destacó el rol de las juventudes en la campaña: “Fue muy importante. En el peronismo, la juventud es un impulsor muy importante y una certeza de la trascendencia del proyecto hacia el futuro. Hay que cuidarla, formarla y proteger a los cuadros jóvenes”.

Una noche de ansiedad y desconcierto

La noche del domingo 26 de octubre encontró al búnker porteño de Fuerza Patria atravesado por una mezcla de nerviosismo, expectativa y silencios prolongados. Mientras en todo el país se desarrollaban las elecciones legislativas nacionales, en el local de la calle San José al 181, en la Ciudad de Buenos Aires, la militancia aguardaba con ansiedad los primeros resultados.

A diferencia de otras jornadas electorales, el movimiento fue menor. En el interior del salón, los militantes seguían el minuto a minuto desde sus teléfonos o desde los televisores encendidos. Afuera, un grupo reducido se mantenía en la vereda, atento a las actualizaciones. El clima era de espera, de esos en los que la incertidumbre pesa más que el cansancio.

Con el cierre de las mesas a las 18 horas, Kelly Olmos y Lucía Cámpora realizaron una conferencia de prensa. Desde el escenario, agradecieron: “a la militancia por haber sostenido la campaña en cada esquina de la Ciudad” y llamaron a “cuidar los votos hasta el final”. Sus caras reflejaban preocupación y desconcierto, sin embargo nadie se atrevía a anticipar resultados.

Pasadas las ocho de la noche, la tensión crecía. En los pasillos se percibía una mezcla de ansiedad y desconcierto. Faltaban figuras de referencia, los dirigentes más importantes del espacio aún no se habían mostrado, y la ausencia de información oficial comenzaba a incomodar a los presentes. Los periodistas aguardaban en la sala de prensa; los fotógrafos acomodaban sus cámaras, listos para capturar el momento exacto en que las pantallas anunciaran los primeros datos.

Minutos antes de las nueve, el murmullo se convirtió en silencio. En los televisores comenzó a escucharse la voz del Jefe de Gabinete, Guillermo Francos, quien informaba que ya se había escrutado el 90,05% de las mesas. Nadie habló. Las caras serias se multiplicaron a medida que las cifras se confirmaban: La Libertad Avanza se imponía a nivel nacional con el 40,8% de los votos, consolidándose como la principal fuerza política de la jornada. Los resultados desfavorables para Fuerza Patria, trajeron desilusión. En la sala, los gestos serios y el murmullo apagado reflejaban el desgano y la bronca.

Una caravana de esperanza

A medida que avanzaba la noche, los dirigentes se fueron retirando lentamente del búnker. En el interior ya no quedaba tensión, sino una calma cargada de compromiso. Afuera, en cambio, la calle volvió a llenarse de voces y banderas. La consigna era clara: marchar en caravana hasta la casa de Cristina, en San José 1111. Como recompensas, la expresidenta salió a saludar desde su balcón.

Entre cánticos, abrazos y promesas de seguir militando, la jornada cerró con una sensación compartida entre los presentes: más allá de los resultados, la política sigue siendo un acto de esperanza colectiva.

Trabajadores a cielo abierto

Trabajadores a cielo abierto

Lejos del debate sobre la digitalización del trabajo, toda una comunidad analógica se gana la vida día a día, lejos de las plataformas: en las calles.

Clarea la mañana en la estación Liniers. El sol alumbra encima de los rieles, sin calentar, y el vapor del aliento asoma entre los abrigos. Cada tantos minutos, cuando llegan o parten los trenes, un torrente de pasos sube por la pasarela metálica que cruza las vías. Un joven se planta en medio, extiende los brazos y muestra dos bolsas de plástico de las que emana un halo de calor: ”¡Lleve, aproveche el chipá caliente, lleve aproveche!

Yo estoy acá porque no es territorio de la policía —dice N., de 20 años, en diálogo amable, aunque prefiere no revelar su identidad—. Trenes Argentinos es un espacio privado, y ellos no pasan para acá. Entonces, cada vez que me corren de la calle, me escapo acá y me quedo tranquilo.

N. cuenta que los turnos para vender en el tren están divididos y comercializados, pero se niega a señalar a quienes le venden ese derecho. A él le asignaron el horario que va de las 4 de la mañana a la 1 de la tarde: 

Yo soy un empleado más, o sea yo trabajo para alguien. Al no pagar alquiler de un local ni pagar impuestos, la ganancia es bastante. Pero yo no cobro como ellos; cobro como empleado.

Después del almuerzo trabaja de Rappi y estudia Programación. Se recibió de maestro mayor de obras y está ahorrando plata para “seguir estudiando en la UBA”.

Del otro lado del cruce, mirando hacia la iglesia de San Cayetano, Isaac Espinoza (80), albañil jubilado, se sienta en el cordón de la vereda. Frente a él se extiende una manta con ristras de ajo, un cajón de limones y bolsitas de ají rojo, curry, orégano, cúrcuma…

—Hace poco vino un muchacho conocido aquí, por esta zona. Me pidió la hora, yo saqué el celular y ahí me lo manoteó y se fue. ¿Cómo lo iba a correr, si yo tengo problemas? Puedo caminar con ayuda de un bastón, pero correrlo no puedo. Además, si me voy me van a robar el carrito y la mercadería. Entonces lo que hice fue comprar un machete —dice y muestra una hoja envuelta en plástico.

Isaac dejó la construcción tras sufrir un accidente en la pierna. Cobra una pensión de 160 mil pesos que se le va en alquiler. Más o menos ando bien con los préstamos del ANSES. Ahora voy a ver si pido otro del banco para aumentar las cositas para vender: trapos de piso… Como la gente anda viajando, no tiene tiempo de ir a buscar trapos a otro lado. Entonces aprovecharía eso para poder decir: ‘Bueno, el domingo como’. Porque yo voy a los comedores de las iglesias: en La Matanza, tres días aquí en San Cayetano, los sábados voy a Martínez al desayuno, ahí nomás almuerzo, me dan ropa, y así vivo…

Al pasar las horas, mientras la tarde se nubla, los pasos se encaminan al otro lado del tren. En José León Suárez y Falcón, ocho policías de la Ciudad escoltan a los agentes de Espacio Público. Los vendedores esconden la mercadería en bolsas de tela y de consorcio: entra un billete, sale una porción de budín y un café humeante. Y entre medio de todas las piernas y la fachada grisácea del Plaza Shopping, se escucha un rasgueo de guitarra.

—A mí no me molestan los de Espacio Público porque los músicos no vendemos nada —dice Emiliano Maldonado, de 48 años, con la guitarra cruzada en el pecho, apenas apoyado en su silla de ruedas. Tiene los dedos torcidos con una protuberancia sobre el puño, pero parece que vuelan cuando pellizca las cuerdas, recorre el mástil y hace salir, como sin esfuerzo, la melodía—. Yo lo único que vendo es alegría, amor… —dice y desgrana su historia—. Me fui de gira con una banda de rock en 2001. Hicimos toda Sudamérica durante 15 años: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Chile… Estábamos en hoteles, con todos los lujos, y ahora la vida me trajo acá. Como toda banda de rock, tuvimos algunos problemas: mucho consumo, drogas, alcohol, y algunos problemas de salud. Yo, de hecho, tengo problemas producto de ese exceso. Entonces decidí cortar con la noche, con todo ese mundo, y pasar más al día, a lo familiero, a la calle, como para dejar de estar en contacto con esa parte que a veces excede un poco.

Emiliano volvió a Argentina en 2015 y dio clases particulares hasta 2022. Su oficio cambió con la situación económica: Muchos papás me han llamado para interrumpir, entiendo que por la crisis pensaban no seguir, dedicarse al alimento y a la educación básica. Ahora se recupera de una caída que le valió cuatro tornillos en la pierna. Mantiene, sin embargo, la sonrisa: La música lo que tiene es que uno está independiente de todo el sistema —explica—. Yo por ahí gano en cuatro horas lo que una persona en diez o doce.

Bajando por José León Suárez, pasado el cruce con Falcón, dos hileras de locales con vitrina a la calle, jugueterías, rotiserías y verdulerías, muestran manojos de acelga, bolsones de porotos rojos y negros, carcasas de celulares y pollos girando al espiedo, en un coro de tonadas peruana y boliviana. Los volanteros promocionan a videntes indígenas que ofrecen maldiciones y amarres de amor; y de un grupo de gente sale un sonido chillón, estridente, que es imposible de ignorar: ”¡Venga amiguito! ¡Venga por su regalo, su espadita!” Es otra música. Música infantil que retumba en los altoparlantes instalados al frente de una juguetería. Y una mujer disfrazada de Minnie junto a un payaso que vocifera en el micrófono: ”¡Acérquese también el papito para que no tenga miedo!” Un niño lo mira y tirita.

Para hacer esto hay que tener mucha actitud, alma. Yo creo que se nace —dice el Payasito Sonatita, de 40 años, conversando en la vereda, al costado de la juguetería. Dice que formó una compañía de entretenimiento en Guernica, que trabaja a pedido. Desde el cordón de la vereda, atrae a la gente por los altoparlantes y les ofrece globos con forma de espada, de perrito, se toman las fotos con Minnie y promocionan productos de la tienda que lo contrató–. En Buenos Aires llevamos prácticamente diez años trabajando. Con todas las comunidades: la peruana, boliviana, argentina, paraguaya. Hacemos no solamente shows infantiles sino también para grandes: quince años, animación. Nos va bien.

La caída de la noche funciona como un tablero de control: hay partes de la ciudad que se apagan, otras se encienden. Lejos de Liniers, en pleno centro de Buenos Aires, las veredas de las grandes peatonales ya se empiezan a llenar, y los trabajadores recién empiezan a instalarse.

La ciudad que nunca duerme

La noche de la Avenida Corrientes está llena de luz artificial: alumbran los faroles, los carteles de neón en las vitrinas y los cientos de pequeñas bombillas de los teatros. Acá los folletos no son de amarres de amor, sino de las obras en cartelera; la gente no le tiene miedo a la cámara, sino que cobra por la foto; los vendedores no ofrecen café ni chipá, sino artesanías en madera, metal, cuero, lana…

Yo tengo como cinco años acá —dice Gladys Valencia, de 50 años, con media bufanda entre las manos—. También trabajé en la Pellegrini y en Santa Fe, siempre vendiendo tejidos y también estos moñitos. Todo lo de acá es a crochet. Yo tejo desde el colegio. Allá en Perú me enseñaron a agarrar el crochet, en Lima

Gladys empezó a vender sus trabajos por redes sociales en la pandemia, pero la falta de pedidos la llevó a probar el pavimento. Ahí fue que aumentaron sus ventas, se hizo de clientes frecuentes. Pero la calle, como regala sonrisas, también tiene problemas —aquí y en Liniers—. Cuenta: Algo malo, que ya tuve la experiencia allá en la Pellegrini que, así como ve mi pañito, me quitaron todas mis cosas los del Espacio Público. Así sea artesanal, sea lo que sea, me lo sacaron. Es fuerte porque tienes que tejer, hacer; esto de acá no es comprado, todo esto de acá es lo que yo hago, coso y lo armo, y me dolió cuando me lo quitaron. Ahora, gracias a Dios, permiten vender todo lo que es artesanal. Lo que sea reventa, te lo sacan. Esto será desde hace dos meses. Porque he dejado de trabajar por medio año, por ese motivo. Había empezado a vender por Internet. Pero no es igual que los clientes no lo puedan ver, porque acá la gente puede mirar, puede tocar, probarse si le queda, si no le queda…”

Los horarios en la Avenida Corrientes son los del teatro y del turismo. Gladys trabaja los viernes, sábados y domingos apenas cae la noche, al igual que los demás artesanos, volanteras y artistas callejeros. 

—Cuando hay gente estoy yo; si no hay gente, no estoy —dice Gastón Giráldez, alias Buda Tom, de 49 años, recostado sobre el pavimento junto a un enorme dibujo de Calvin & Hobbes que acaba de terminar. Llega a las seis de la tarde, cuando se prenden las luces, y se va entre las once de la noche y las dos de la madrugada, si el tiempo acompaña. 

—La calle tiene muchas contras: el clima, el desprecio. A veces alguna persona me pisa la mano, o me dan plata de mala manera. Y el problema no es que me den un peso o que me den un millón: es la actitud con la que me dan —explica—. Yo tengo un bastón, soy obeso, me cuesta mucho estar en el suelo, cosas que tendrían que tener en cuenta; a nadie le interesa, pero están a la vista, ni siquiera tengo que mentir. Porque realmente me cuesta levantarme; dibujo en el piso porque no me puedo levantar y agachar todo el tiempo —sigue Buda, mientras repasa el contorno de la figura con tiza blanca y difumina los bordes con el dedo.

—Acá está pegando fuerte el tema económico —dice—. Y eso repercute mucho en la propina y en el humor también. Yo soy el último eslabón de la economía del país: si a mí me llega poco es porque la otra persona también tiene poco. Es una cadena de dramas, digamos. Pero yo le pongo optimismo, vengo con toda la onda. Sé que también hay que darle color a la ciudad; así como las luces y todo lo demás, mi aporte es ese: darle el color, mantener la alegría.

Vivimos en tiempos donde la calle está tensa y sus trabajadores cansados y hasta paranoicos. Pero la vida se trata de buscar soluciones, y mientras unos esconden la mercadería y juegan al límite de la confiscación policial, otros encuentran su mural en el piso y arman un escenario en la vereda.

—No somos los malos —dijo N. en la estación Liniers—. Por laburar en la calle, usualmente nos ven como gente delictiva, pero en realidad nada que ver—. El sol ya brillaba encumbrado y se prendían los puchos en la fila del bondi. N. miró a los dos lados y caminó hacia esa fila: —¡Lleve, aproveche el chipá caliente…!

En cada esquina, en cada manta extendida, late una economía que no figura en los balances oficiales pero sostiene la vida. Las redes de vendedores, músicos, payasos, cartoneros, artesanos —y también les vendedores de Hecho en Buenos Aires, que salen cada día con las revistas bajo el brazo— forman un sistema paralelo que mantiene en movimiento a barrios enteros: alimentan, visten, entretienen, reciclan, comunican, sostienen. La informalidad no es el margen: es la trama que permite que la ciudad no se detenga. Invisibilizados en los discursos sobre innovación y futuro del trabajo, estos oficios callejeros son también la prueba de que la creatividad y la subsistencia encuentran siempre un modo de resistir. La ciudad se enciende con ellos; sin ellos, sería puro cemento.