Un viaje al barrio Mugica
Los vecinos de la Villa 31 se plantan contra la estigmatización y el avance del negocio inmobiliario. “La gente de acá es humilde y empática”, dicen. Mientras tanto, siguen reclamando que el Gobierno porteño cumpla con la Ley de Integración Sociourbana.
“La gente de afuera suele pensar que todos morimos de hambre, que somos villeros, delincuentes o drogadictos”, revela Micaela Ortiz (25), quien, junto con su familia, vivió toda su vida en el Barrio Padre Mugica (ex Villa 31 y 31 bis), ubicado en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires, entre la concurrida estación de trenes de Retiro, el puerto y la adinerada Recoleta.
La infinidad de cables entrelazados sobre las calles y las estrechas casas pintadas de todas las gamas forman parte de su paisaje cotidiano. Ella no tiene la voluntad de irse a vivir “afuera”, sino que ve el barrio como una verdadera comunidad cuyas puertas de entrada resguardan más que separan. “La gente acá es humilde y empática. Cuando ven que alguien necesita comida, o le falta un abrigo, siempre ayudan. Si te falta algo para cocinar o si hay una urgencia, tenés la seguridad de que si vas a tocar el timbre del vecino, vas a recibir apoyo; no estás sola. Afuera es distinto: una vez, me descompuse en medio de una plaza y a nadie le importó”, recuerda.
El barrio nació en la década de 1920, cuando obreros del puerto y del ferrocarril comenzaron a asentarse en la zona. A lo largo de las décadas, las crisis económicas y las guerras impulsaron su crecimiento, alimentado por la llegada de inmigrantes del interior y del exterior en busca de nuevas oportunidades. Estigmatizado como “villa miseria”, pronto las autoridades intentaron erradicarlo. La última dictadura ejecutó desalojos forzados y desató una persecución que incluyó el asesinato del sacerdote Carlos Mugica, quien hoy le da nombre a la otrora Villa 31.
Micaela Ortiz junto a su madre Karina en su casa del Barrio Padre Mugica.
Desde la vuelta de la democracia, el barrio se fue transformando y expandiendo. Cuenta hoy con centros de salud, escuelas, supermercados, un banco Santander y un McDonald’s. La zona, de alrededor de 40 mil habitantes según el Censo 2022, funciona como una ciudad dentro de la misma ciudad: “Acá se encuentra todo, entonces ¿por qué la gente saldría? Hay muchas personas que no conocen otra cosa más que esto”, explica Ortiz.
Límites de la urbanización
El crecimiento del Barrio Mugica ha sido acompañado por un Proyecto de Integración Social, Económica y Urbana, impulsado desde 2016 por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat del Gobierno de la Ciudad. El objetivo era claro: mejorar los servicios y dar a los vecinos las mismas oportunidades que al resto de los porteños. El plan, establecido por la Ley 3343, fue la primera etapa de la propuesta cuya ejecución se puede observar hoy en la parte portuaria del vecindario.
Las calles principales son pavimentadas y anchas. A los costados, los edificios se alzan en verdes y azules de hojalata que brillan bajo el sol. Sin embargo, el aire se siente denso: los comercios y puestos policiales permanecen vacíos y, en la vereda, las pocas personas que circulan lo hacen en silencio, evitando cruzar la mirada con los demás, como si ese simple gesto pudiera malinterpretarse.
En una panadería, una joven que prefiere conservar el anonimato, cuenta: “Hace cinco años que vivo acá. Cuando construyeron las nuevas viviendas, me reubicaron en una de estas y estoy muy contenta. Vivo en condiciones mucho mejores que antes y desde entonces nunca tuve ningún problema, ni con las infraestructuras, ni con el acceso a los servicios básicos. También pusieron postes de luz, lo que me hace sentir más segura cuando salgo del trabajo de noche”.
Al cruzar la calle, hay otra panadería, donde Sofía Montserrat, quien también se mudó a una de las nuevas viviendas, señala: “Los edificios están bien, pero algunos departamentos tienen fallas y nadie se ocupa de ellas. Hace poco tuve un accidente: se cayó un bloque de cemento en mi baño y lo dejaron suelto, sin reparar. En otros pisos hubo filtraciones y son los mismos vecinos quienes deben encargarse de eso”.
Estos defectos no son casos aislados: en su informe de 2022, la ONG Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) ya reportaba quejas de vecinos que esperaban, en vano, reparaciones. Se reportaron problemas como calefones solares que no funcionaban, cielos rasos rotos, o bombas que llevaban meses rotas. En julio de 2025, el Gobierno de Jorge Macri prometió corregir las fallas con un proyecto de “puesta en valor” de estos edificios. Montserrat, sin embargo, no tuvo noticias de eso.
Los planes de urbanización –hoy paralizados– no transformaron por igual a todos los sectores del barrio. En los más precarios, la vida cotidiana transcurre bajo una nube de polvo constante que levantan los autos al pasar por las calles de tierra. Las casas, con sus pisos superpuestos y desiguales, parecen haber crecido una sobre otra con el paso del tiempo, como si cada familia hubiera construido su historia encima de la anterior. Ortiz resume la situación: “En verano, tenemos muchos cortes de luz, que pueden durar hasta dos o tres días. Los sectores cercanos a las vías de tren son los más impactados. Con el proyecto de urbanización, se cambiaron las cloacas y los caños de agua de una buena parte de la zona, pero no de estas secciones: tienen que usar filtros y todo se inunda cuando llueve. También se instalaron nuevos postes de luz, pero no en todas las cuadras”.
Inclusión y participación
El proyecto de Integración del Barrio Mugica también supone un fortalecimiento del acceso al aprendizaje. En 2019, se terminó de trasladar el Ministerio de Educación a la zona, lo que llevó a la implantación de un Centro para adultos y adolescentes.
Cristián trabaja en el Centro de Integración de las Mujeres del Barrio –ex Secretaría de Integración Social y Urbana– y comenta el impacto que puede tener en los habitantes: “Proponemos una diversidad de talleres: costura, uñas, peluquería, electricidad, plomería y administración de consorcio. Están destinados a todos y les ayudan mucho para salir adelante. Por ejemplo, hace poco dimos un curso exclusivamente para mujeres donde aprendieron a armar un tablero eléctrico”.
Más allá de las políticas oficiales, la integración también nace desde adentro. En medio de las dificultades, los vecinos encuentran en el deporte una forma de unión. Así nacieron clubes impulsados por ellos mismos, donde cada tarde se reúnen decenas de jóvenes en un clima de alegría. “La gente viene acá para pasarla bien y divertirse. Es una escapatoria para muchos, y puede evitar que algunos pibes tomen el mal camino”, afirma Gimena Cubillo (33), administradora de Fútbol Retiro, mientras detrás de ella se escuchan los gritos de un partido.
Aunque Cubillo no reside en el barrio, conoce de cerca la rutina de quienes lo habitan: los problemas que persisten, los prejuicios que los persiguen y, sobre todo, el sentimiento de abandono por parte de las autoridades, de los servicios públicos y de la gente de afuera, que muchas veces elige mirar hacia otro lado. “Desde acá vi todo el embarazo de una chica con adicciones que vive en la calle. El bebé tuvo su primer baño acá en el predio del club. Le ofrecieron asistencia social, pero volvió a caer y hoy sigue consumiendo”, relata con la voz entrecortada.
Ortiz denuncia y resiste a este olvido a través de la información y la participación comunitaria. “Voy a las reuniones porque nadie toca la puerta para mantenerte al tanto. Hacen las obras que quieren sin avisar ni pedir opinión. Entonces, trato de explicarles a mis vecinos, que ya son mayores, lo que pasa y los proyectos que se proponen. Por ejemplo, cuando en mi cuadra instalaron los postes de luz, los colocaron donde se les ocurrió, sin consultar a nadie si les molestaba. Así que salimos a reclamar para que respetaran nuestro consentimiento”.
El sol cae sobre los techos de colores. Las voces se confunden con el viento, entre ellas, la de Ortiz: “Me gustaría que la gente sepa que acá adentro hay muchas personas buenas que tienen ganas de salir adelante, y que no es como lo que pintan en la televisión. Yo estoy orgullosa de haber nacido y vivido acá. Aprendí muchas cosas y estoy muy agradecida. Este lugar da valores que en muchos lados no están”.















