¿Un hogar, un voto?
Una propuesta impulsada por sectores ultraconservadores en Estados Unidos busca reemplazar el voto individual por “un voto por hogar” emitido por “el jefe de familia”. Aunque todavía es sólo una iniciativa, forma parte de una ofensiva más amplia que intenta reinstalar modelos tradicionales de familia, limitar la autonomía femenina y fomentar nuevas-viejas masculinidades a través de las redes sociales. ¿Qué pasa en Argentina?
Durante más de un siglo, el derecho al voto de las mujeres pareció una conquista consolidada dentro de la democracia estadounidense. Consagrado en 1920 con la 19ª Enmienda de la Constitución, se estableció que el derecho al voto no podía ser “negado ni restringido” por “razón de sexo”. Aunque ese avance no garantizó el acceso efectivo de todas -las mujeres negras continuaron enfrentando barreras legales hasta la aprobación de la Ley de Derecho al Voto de 1965-, el sufragio femenino parecía formar parte de ese conjunto de consensos democráticos que ya no admitía discusión. Por lo menos, hasta ahora.
En las últimas semanas, sectores de la (cada vez menos) nueva derecha estadounidense (la famosa alt-right) volvieron a ponerlo en cuestión a partir de una campaña bajo la consigna “Repeal the 19th” (Revocar la 19ª Enmienda), que propone reemplazar el voto individual por el denominado household voting o “voto por hogar”: un sistema mediante el cual un único integrante de la familia -el marido- emitiría el voto en representación de toda la casa.
En paralelo, y como condición necesaria a este discurso, crecen las tradwives (mujeres tradicionales), creadoras de contenido que promueven un modelo de familia basado en la división tradicional de los roles de género: hombres proveedores y mujeres dedicadas exclusivamente al hogar, la maternidad y el cuidado. A través de redes sociales muestran una vida doméstica idealizada que, lejos de limitarse a una elección personal, suele ir acompañada de discursos abiertamente antifeministas y de cuestionamientos a la autonomía económica y política de las mujeres.
Pero, ¿de dónde nacen estas propuestas? ¿Dónde se discuten estas ideas que hace pocos años parecían impensables? En gran medida, en la llamada “manosfera”: un ecosistema digital capaz de moldear las creencias políticas de las personas -en especial, de los varones jóvenes- que reúne comunidades, influencers, podcasts y cuentas de redes sociales donde circulan discursos que reivindican la masculinidad tradicional, cuestionan los avances del feminismo y promueven modelos familiares basados únicamente en jerarquías de género.
Lejos de tratarse de un fenómeno exclusivamente estadounidense, la manosfera también encontró eco en Argentina. Un informe reciente de la consusltora Zuban Córdoba muestra que uno de cada cuatro argentinos utiliza diariamente plataformas como X, Reddit o Youtube para informarse en cuestiones vinculadas a temas de género. Al mismo tiempo, uno de cada cinco justifica, en algún grado, el acoso online contra mujeres que expresan determinadas opiniones políticas, “una validación de la violencia digital como herramienta de disciplinamiento”.
Aunque hoy no existe ningún proyecto legislativo con posibilidades materiales de eliminar el voto femenino, la discusión dejó de estar confinada a pequeños espacios marginales de internet. En el país del norte, en los últimos meses la propuesta comenzó a ganar visibilidad de la mano de referentes de extrema derecha y organizaciones ultraconservadoras, pero también de un actor que complejiza el debate: las propias mujeres. Influencers y referentes conservadoras, muchas de ellas identificadas con el movimiento tradwife, sostienen públicamente que estarían dispuestas a renunciar a su derecho al voto para que sea el marido quien represente políticamente a toda la familia. Lejos de tratarse de una defensa de la igualdad, presentan esa cesión como una forma de restaurar el “orden natural” de la familia y los roles tradicionales de género.
Una de las principales impulsoras del household voting es Erika Kirk, referente de la organización ultraconservadora Turning Point USA y viuda del activista Charlie Kirk, asesinado el año pasado. Durante el Women’s Leadership Summit 2026, realizado el pasado junio en Texas, defendió públicamente este modelo bajo el argumento de que el matrimonio constituye una única unidad política y moral. Desde esa lógica, marido y mujer (sin alternativas), deberían compartir los mismos valores políticos, morales y religiosos y, por lo tanto, no habría necesidad alguna de que ambos votaran.
Otra de las voceras de la Cumbre del Liderazgo Femenino fue Savanna Stone, una influencer de 21 años, que promueve aquella narrativa basada en la premisa de que “las mujeres no deberían votar”. En una entrevista, sostiene que su sistema ideal sería el de un voto por familia: “Un hogar, un voto. El esposo sería quien decidiera en última instancia, pero creo que los dos deberían compartir las mismas opiniones políticas y religiosas. No creo que eso sea renunciar a tu poder”. No parece casual que, con la brecha de género cada vez más latente en cuestiones políticas, este debate resurja.
Según el informe de Zuban Córdoba, el 92,6% de los argentinos considera que el voto femenino es un derecho adquirido que ya no debería discutirse, mientras que el 94,5% rechaza eliminarlo. Sin embargo, el consenso no es total: hay un 4% que acuerda con la propuesta de un voto por hogar.
Por ahora, en Argentina, estas posiciones siguen siendo minoritarias. Según el informe de Zuban Córdoba, el 92,6% de los argentinos considera que el voto femenino es un derecho adquirido que ya no debería discutirse, mientras que el 94,5% rechaza eliminarlo. Sin embargo, el consenso no es total: hay un 4% que acuerda con la propuesta de un voto por hogar. Aunque se trate de una minoría, el dato resulta significativo más aún en un contexto de expansión de las nuevas derechas, que vuelven a poner en discusión conquistas democráticas que, hasta hace pocos años, parecían definitivamente saldadas.
Democracia en disputa
Para Natalia Gherardi, directora ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), la sola existencia de este tipo de propuestas constituye una señal de alarma. «Me parece muy inquietante que se promuevan distintas maneras de lesionar los valores de la democracia liberal, en la que se avanzó de modo tal que a través del sufragio se representaba la voluntad de toda la ciudadanía», señala en diálogo con ANCCOM.
La especialista considera que el sufragio por hogar implica mucho más que una simple modificación electoral: «Promover un voto por familia es retroceder a la época en que las mujeres no eran consideradas ciudadanas. Y si se restringe ese derecho, seguramente seguirán otros, como el manejo de la economía familiar o las decisiones sobre los hijos dentro del matrimonio”. En América Latina, explica, estas ideas no necesariamente se expresan mediante proyectos para eliminar el voto femenino, pero sí a través de discursos que buscan reinstalar un único modelo legítimo de mujer: «Las iniciativas que buscan volver a valorizar el rol familiar o doméstico de las mujeres, por encima de su decisión de desarrollarse profesional o laboralmente, van en una dirección similar porque promueven la limitación de la autonomía de las mujeres», sostiene.
La abogada recuerda que los consensos democráticos construidos durante las últimas décadas apuntaron justamente a ampliar las posibilidades de elección para todos los ciudadanos. «El progreso se da cuando todas las personas pueden vivir vidas libres y autónomas. No hay autonomía cuando existe dependencia emocional, económica, social o política. Eso no va en detrimento a la elección de dedicarse a la vida familiar, por ejemplo, pero sin renunciar al derecho a no hacerlo.»
La masculinidad como proyecto político
El avance de este tipo de propuestas no puede entenderse por fuera del crecimiento de las nuevas derechas a nivel internacional. Lejos de tratarse de fenómenos aislados, el cuestionamiento a derechos conquistados forma parte de un proyecto político mucho más amplio que busca reinstalar jerarquías tradicionales en las relaciones de género: la gran batalla cultural. En ese esquema, los varones jóvenes ocupan un lugar central. Frente a una generación atravesada por la precariedad, la incertidumbre y la falta de horizontes colectivos, estos espacios ofrecen respuestas simples y un sentido de pertenencia construido alrededor de una masculinidad que “recupera” la autoridad, la dominación y el rechazo al feminismo como formas de identidad. De hecho, existe globalmente una creciente brecha entre el voto masculino, más bien conservador e individualista, y el de las mujeres, más “progresista” y centrado en la construcción de comunidad, algo que también ayuda a explicar el proyecto de un voto por familia.
Para Nicolás Pontaquarto, integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social que investiga, capacita y busca incidir en las políticas sobre estas temáticas, las nuevas derechas “buscan reconstruir una masculinidad patriarcal y misógina organizada en función del odio, la humillación y la vulneración de la diferencia. No es una masculinidad nueva: es la masculinidad tradicional, aunque adquiere nuevas formas de expresión en el mundo digital».
Según el especialista, este discurso encuentra una recepción especialmente fuerte entre los varones menores de 30 años porque muchos crecieron sin referencias claras sobre qué significa construir una masculinidad diferente: «Es una generación que tiene un vacío respecto de qué se espera de un varón y cómo construir una masculinidad desde otros lugares. Esos espacios terminan siendo ocupados por ofertas identitarias que prometen resolver esa incertidumbre.» Entre esas propuestas aparecen figuras conocidas dentro del universo digital: influencers del fitness, cryptobros, gurúes financieros, coaches motivacionales y vendedores de cursos que presentan el éxito económico y el rendimiento físico como respuestas individuales frente a la incertidumbre. «La apelación siempre es la misma: resolver la crisis masculina mediante una salida individual”. Esas narrativas encuentran su mayor punto de circulación en la manosfera. Como explica el informe expuesto de Zuban Córdoba, “para muchos de estos creadores de contenido, el foco no está en la política: se presentan como simples intereses masculinos pero, al profundizar en esas comunidades, aparecen críticas a la modernidad, a la liberación femenina y a la incorporación de las mujeres al mercado laboral».
Para Pontaquarto, «La manosfera se constituyó como un espacio donde se difunden estos discursos antifeministas, pero además los algoritmos de las redes sociales promueven el odio, la polémica y las formas más agresivas de comunicación». El investigador señala que distintos estudios internacionales muestran la rapidez con la que las plataformas recomiendan contenidos misóginos a usuarios varones. «En apenas veinte minutos, si sos un varón joven, el algoritmo puede empezar a recomendarte contenidos de ese tipo e iniciar un proceso de radicalización política.»
Para que un único voto represente a toda la familia primero es necesario reinstalar una idea determinada sobre cómo debe organizarse esa familia: un varón que ejerce la autoridad y una mujer cuya voz política queda subordinada a la de su esposo. El household voting difícilmente se transforme mañana en un proyecto de ley con posibilidades reales de prosperar. Sin embargo, el solo hecho de que vuelva a discutirse revela un cambio de época y de estrategias políticas. Funciona, de hecho, como síntoma de una ofensiva política que busca revisar derechos consolidados, reinstalar jerarquías tradicionales dentro de la familia y disputar el sentido mismo de la democracia. Basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados, dicen.







