La ciencia tiene hinchada

La ciencia tiene hinchada

Vestidos con la celeste y blanca, trabajadores y trabajadoras de la ciencia se movilizaron al centro porteño para visibilizar la crisis que atraviesa el sistema científico-tecnológico argentino. La acción se replicó en todo el país. El desafío de crear conocimiento en tiempos de Milei.

El miércoles, a casi un mes de finalizado el mundial, banderas y camisetas argentinas volvieron a hacerse presentes en el Obelisco de Buenos Aires. Esta vez no se trató de un festejo por una victoria de la Selección, sino de algo mucho menos alegre: bajo la consigna “me pongo la camiseta para defender la ciencia argentina”, científicos, docentes e investigadores de distintos organismos volvieron a manifestarse contra el ajuste del Gobierno nacional en el sector y exigieron la prórroga de las becas posdoctorales que concluyeron a principios de este mes y dejaron a casi 400 profesionales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) sin ingresos.

La convocatoria fue impulsada por la Red de Autoridades de Institutos de Ciencia y Tecnología (RAICyT), trabajadores y trabajadoras de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS) “Dr. Carlos Malbrán”, ARSAT, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), CONICET, el Instituto Nacional de Semillas (INASE), el Instituto Nacional del Agua (INA), el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP), el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), Parques Nacionales, el Servicio Geológico Minero Argentino (SEGEMAR), el Servicio Metereológico Nacional (SMN) y universidades nacionales. Además, acompañaron los jubilados que todos los miércoles protestan frente al Congreso por los magros haberes que reciben y los recortes en el acceso a medicamentos.

Las movilizaciones se replicaron en distintas provincias del país, con el objetivo de amplificar el grito de denuncia contra el desguace de la ciencia, que se traduce en el desfinanciamiento del sistema científico nacional en su totalidad, despidos y precarización de sus trabajadores. “Desde su asunción, en diciembre de 2023, el gobierno de Milei ha implementado una política de desmantelamiento y destrucción de las capacidades científicas y tecnológicas de la Argentina”, subraya el documento que se leyó durante el acto realizado en la plaza junto al monumento. “Los números lo dicen todo: en solo tres años de gobierno, la inversión nacional en la función Ciencia y Tecnología se redujo incumpliendo la ley en más del 50%, pasando del 0.3% del PBI a 0.14%”. El presupuesto es aún más bajo que el de la crisis de 2001.

Desde diciembre de 2023 se han destruido 6400 empleos en todo el sistema científico nacional. En promedio, siete científicos por día se quedaron sin trabajo. El organismo más afectado fue el CONICET, que para junio de este año había perdido 2051 trabajadores. Le siguen el INTA con 884 y el INTI con 861.

El ajuste presupuestario viene acompañado de una caída significativa en los salarios y también la reducción de personal en todos los organismos. Según informes realizados por el Grupo EPC del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI), desde diciembre de 2023 se han destruido 6400 empleos en todo el sistema científico nacional. En promedio, siete científicos por día se quedaron sin trabajo. El organismo más afectado fue el CONICET, que para junio de este año había perdido 2051 trabajadores. Le siguen el INTA con 884 y el INTI con 861.

Los manifestantes se pusieron la camiseta por la ciencia, pero también por la educación. Muchas de las investigaciones científicas se desarrollan dentro de las universidades nacionales, por lo que docentes y estudiantes se hicieron presentes en el Obelisco. “Como estudiantes de ciencia, atravesamos este momento con muchísima incertidumbre, sobre todo porque el daño que se está haciendo hoy es tan grande que va a llevar muchísimo tiempo reconstruir el sistema como lo conocíamos”, expresó Sofía, estudiante de Ciencias Biológicas en la UBA. “Nosotros estamos dispuestos a sostener esta lucha, a acompañar a nuestros profesores, a los investigadores y a quedarnos en nuestro país porque queremos estar acá cuando llegue el momento de reconstruir, pero sabemos que va a ser difícil” agregó. La jornada se dio en el marco de un nuevo paro docente y no docente para demandar que el gobierno nacional cumpla con la Ley de Financiamiento Universitario, detenida hace casi diez meses.

Uno de los ejes de la marcha fue el reciente despido de 379 becarios y becarias posdoctorales del CONICET, profesionales que se presentaron a concurso para la Carrera de Investigador y solicitaron la extensión de sus becas hasta la publicación de los resultados, que se espera para el año próximo. Sin embargo, no recibieron respuesta de las autoridades de la institución ni del Jefe de Gabinete Diego Santilli, a quien también hicieron llegar el reclamo. “No hicieron un llamado a concurso que debían haberlo hecho y por eso se atrasaron los tiempos. Nosotros nos quedamos un año en el limbo, en la calle a la espera de saber si podemos entrar o no, seguir o no en el CONICET”, explicó Debora Decima, una de las becarias afectadas de la provincia de Tucumán.

Durante la audiencia pública que se llevó adelante el lunes en el Congreso, Federico Lindenboim, otro becario que vio interrumpida su actividad, destacó que la finalización de las becas implica la detención de cientas de líneas de investigación y proyectos de por sí obstaculizados por la situación presupuestaria. “Cuando una línea se destruye hay equipos que se disuelven, conocimientos que se pierden, trayectorias que se destruyen y científicos que se van del país. Reconstruir todo esto llevará mucho más tiempo y dinero que sostenerlo ahora” aseguró.

Otro de los puntos que generan preocupación en la comunidad científica es la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Según el documento leído y firmado por todos los organismos convocantes, esta se estima entre el 30% y el 50%. En el caso del CONICET, la caída ronda el 40%. Sus trabajadores enfrentan, además, recortes en la cobertura médica. “Nos fuimos dando cuenta que nos estábamos quedando sin obra social porque nos acercábamos a los centros de atención y nos decían, ‘No, no recibimos Unión Personal, no podemos atenderte’. No hubo ninguna comunicación oficial por parte del CONICET» detalló la exbecaria Decima.

 

“Terroristas” con tizas y pipetas

La importancia de la ciencia para el desarrollo de la Argentina es otro de los puntos que se hizo oír durante la marcha. En carteles y banderas se leía “ciencia es justicia social” y “la ciencia es soberanía”. En ese sentido, la becaria postdoctoral del CONICET Aitana Castro Colabianchi destacó su interés personal y el de sus colegas en sostener los lazos entre investigadores y sociedad, en ayudar de forma concreta al general de la población, vocación hoy en riesgo por los recortes presupuestarios. “El impacto más fuerte lo vemos todos los días en lo que cuestan las cosas. Primero cortan nuestras líneas de investigación, pero sobre todo se están profundizando cuestiones como el impacto en la salud de las personas, la cantidad de personas que mueren por frío en la calle y todas las cosas con las que queremos comprometernos están siendo afectadas de una manera casi irreversible. Los lazos que nosotros tratamos de tener con la sociedad están viéndose cercenados por esta incapacidad de sostener proyectos que tratan de hacer esta continuidad universidad-ciencia-sociedad”, expresó a ANCCOM.

El compromiso de Castro Colabianchi es común a la mayoría de los investigadores. “Para el desarrollo científico hace falta cabeza y estamos en una situación donde hay que pegar todo con alambre y lo sostenemos a pura voluntad porque hay un convencimiento entre los que nos quedamos de que es importante lo que hacemos y no solo para nosotros, sino para el país”, afirmó Giselle Santana, investigadora del INTI. Sin embargo, la situación precaria al interior de los organismos lleva a muchos científicos a abandonar el sistema público y trabajar en el privado o en el exterior, lo que resulta en la llamada “fuga de cerebros”.

Mientras los trabajadores y trabajadoras de la ciencia luchan por el futuro de la Argentina, el pasado 2 de agosto, en una conversación con Luis Majul, el presidente Milei volvió a apuntar contra el sector educativo, cultural y mediático y aseguró que “hay terroristas disfrazados de estudiantes, profesores, periodistas e investigadores”. Rápidamente recibió el repudio de las comunidades científica y académica y también tuvo su eco en la convocatoria del miércoles. “Acá estamos reunidos todos y todas, los supuestos terroristas que usamos pipetas, libros y tizas como armas, y la palabra y la expresión en la calle como único escudo y protección”, leyó la representante de RAICyT Valeria Levi. Luego, finalizó la lectura del documento: “No van a poder con nosotros. Aquí estaremos defendiendo la actividad científica, el presupuesto necesario para sostenerla, nuestros salarios y a nuestros compañeros y compañeras que la hacen posible. Aquí estaremos, defendiendo la patria siempre”. Para dar fin a la movilización, los investigadores, docentes, estudiantes, jubilados y todos los presentes cantaron el himno nacional y gritaron a viva voz: “Ciencia sí, colonia no”.

El empobrecimiento de internet

El empobrecimiento de internet

Cada vez hay más circulación de datos por la red de redes pero, al mismo tiempo, cada vez viaja más información redundante y automatizada por el mismo sistema. ¿Internet ha muerto?

Desde hace años circula una sospecha: que internet dejó de ser un espacio de personas y que buena parte de lo que circula ya no lo generan humanos, sino bots y sistemas automáticos. Esa hipótesis, conocida como la “teoría del internet muerto”, surgió donde nacen casi todas las conspiraciones: en un foro.

En 2021, un usuario anónimo de Agora Road’s Macintosh Café publicó un texto largo que retomaba discusiones más viejas de sitios como 4chan y sostenía algo que entonces sonaba a delirio: internet había muerto alrededor de 2016. Lo que quedaba era una fachada sin gente, llena de bots y de contenido fabricado con propósitos propagandísticos y discursivos.

La teoría ganó visibilidad en septiembre de ese año, cuando The Atlantic le dedicó una nota titulada “Quizás no lo notaste, pero internet ‘murió’ hace cinco años”, escrita por la periodista Kaitlyn Tiffany. Años después, algunos datos empezaron a reforzar parte de ese diagnóstico: en 2024 se anunció que el tráfico automatizado superó al humano (51% del total, según el Bad Bot Report 2025 de Imperva).

Natalia Aruguete, doctora en Ciencias Sociales, investigadora del CONICET y coautora con Ernesto Calvo de Fake news, trolls y otros encantos, no cree que internet esté muerta, pero entiende el malestar detrás de esa idea. “No diría que Internet está ‘muerta’. Esa imagen me parece exagerada”, plantea. “Pero sí expresa un malestar bastante real: la sensación de que cada vez interactuamos menos con otros ciudadanos y más con contenidos producidos, amplificados o modulados por sistemas automáticos.”

Para ella, la inteligencia artificial no cambió la lógica de la desinformación, pero sí su escala y velocidad. “Lo que sigue igual es la lógica política de la desinformación: no aparece de la nada, sino que se monta sobre creencias previas, identidades políticas y climas de época”, dice. “Antes hacía falta una maquinaria más visible; ahora esa maquinaria puede ser más barata, más distribuida y más difícil de detectar.” Por eso, plantea que “no alcanza con preguntar cuántos bots hay; hay que preguntar quién los usa, para qué, con qué recursos y con qué efectos sobre la conversación pública”.

En ese escenario, la disputa pasa por quién consigue hacerse visible. “Ordenan jerarquías de visibilidad. Entonces, muchas veces no se impone lo más verdadero ni lo más relevante, sino aquello que logra activar emociones, identidades, pertenencias y conflicto.”

Por eso, pensar que la tecnología actúa por sí sola es, por lo menos, iluso. Javier Blanco, doctor en Ciencias de la Computación y profesor titular de la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FAMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba, desarma el mito de la máquina: insiste en que la IA no piensa ni tiene intenciones, es una mediación más, una capa técnica en la serie que va del papel a la escritura. “Los modelos de lenguaje no tienen intencionalidad ni capacidad de agencia individual”, aclara. Reciben una consigna y devuelven texto producido, en base, al azar. De ahí que en el debate académico se los haya bautizado “loros estocásticos”: máquinas que generan, al azar, cosas que suenan verosímiles. No hay conciencia en ningún sentido del término.

Esa aclaración corre el foco. Para Blanco, el problema no es que la máquina nos reemplace, sino qué le pasa al contenido cuando se produce a semejante escala: todo empieza a parecerse. Como los modelos se entrenan cada vez más con material hecho por otros modelos, la producción tiende al promedio, y lo original aparece cada vez menos. Aun así, aclara que es un rasgo de esta tecnología, no una condena: “¿Habrá tecnologías futuras que no tengan ese problema? Por supuesto que sí.”

Para entender esta teoría también es necesario mirar más atrás. Agustín Berti —doctor en Letras, investigador del CONICET y autor de Nanofundios. Crítica de la cultura algorítmica— prefiere correr el eje del debate y discutir lo que hoy se llama “internet muerto”. “Decir ‘muerto’ supone que alguna vez estuvo vivo”, advierte, y propone hablar de internet zombi. La distinción no es un juego de palabras: un muerto no hace nada, un zombi sigue moviéndose. La red no está apagada, sigue produciendo sola, vaciada de personas: “Entidades que no son humanas pero se le parecen, una copia mal oliente, que claramente no es inteligente en el sentido en que entendemos la inteligencia humana”.

Pero lo que más le preocupa no es que sobren bots, ni de qué están hechos, sino la forma que fue tomando la red. Donde había un proyecto horizontal hoy hay un archipiélago de islas cerradas, pensadas para que uno no circule: un mail viaja de un proveedor a otro porque comparten protocolo, pero una plataforma de streaming no deja ver el catálogo de otra. “Las plataformas no son un protocolo que tienda a propiciar la comunicación, sino que encierran los circuitos comunicacionales y a los agentes ahí adentro”, con la excusa del confort o del alto costo de salida.

Su diagnóstico termina siendo político. “El futuro lo veo trivial si no logramos entender cuál es el alcance de esta tecnología y no logramos incorporarla a un nuevo régimen político”, plantea. Librada a su propia inercia, la red se empobrece. Y su frase de cierre nombra lo que los tres investigadores vienen describiendo desde capas distintas: “El problema del internet muerto, o del archipiélago de plataformas, es la creciente pobreza informacional. Es un sistema que tiende a la entropía y no a la negentropía, y que no produce diferencia.”

Ninguno de los tres especialistas, sin embargo, firma el certificado de defunción. La red no está muerta en un sentido literal: nunca hubo tanta gente conectada produciendo cosas genuinas. Lo que señalan es el empobrecimiento, no la desaparición. La homogeneización que marca Blanco, el archipiélago cerrado de Berti y la conversación pública enrarecida de Aruguete apuntan al mismo lugar: una red que produce cada vez más y distingue cada vez menos.

El extraño hábito de conversar cara a cara

El extraño hábito de conversar cara a cara

En tiempos de virtualidad extrema, surgen propuestas para conocer gente de manera presencial en distintos bares porteños y de otras partes del mundo. ANCCOM visitó uno de ellos.

Con el diario del lunes es evidente que las pantallas no han venido a solucionar la vida de las personas como se decía hace veinte años. Por lo menos en el aspecto social no lo ha hecho. La Organización Mundial de la Salud publicó un informe donde indica que el 15% de las personas encuestadas declaró sentirse sola. Entre los jóvenes esa cifra asciende al 21%. En un ecosistema digital regido por las redes sociales, el home office, las apps de citas y, ahora, las inteligencias artificiales el resultado es que las personas encuentran dificultades para vincularse, para conocer pares, compañeros de trabajo, hacer nuevos amigos o incluso encontrar pareja. Este escenario se puede ver claramente en la ciudad de Buenos Aires, donde cada vez más bares se suman a la propuesta explícita de “vení a conocer gente”.
Mundo Lingo es uno de ellos. Mientras que algunos comenzaron a funcionar en los últimos años tras haber detectado un nicho, Mundo Lingo ya estaba ahí cuando esto comenzaba a vislumbrarse. En el año 2011 Benji Moreira, un británico que por aquel entonces vivía en Buenos Aires, entendió que había extranjeros aquí que querían conocer personas locales para hacer amigos y practicar el español pero que no sabían bien dónde encontrarlos. Es así que se le ocurrió la dinámica: un encuentro semanal en un bar donde personas de distintos lados del mundo se anunciaban en la entrada, se les colocaba las banderitas de los idiomas que hablaban y simplemente conversaba con gente en el lugar.

Inicialmente asistían unas 50 personas semanalmente, pero el boca a boca fue muy efectivo y para 2014 el universo Mundo Lingo congregaba a más de 2500 personas al mes por lo que Benji tomó la decisión de exportar la marca. Colonia (Alemania), Londres (Reino Unido), Montreal (Canadá) y Melbourne (Australia) fueron las primeras ciudades internacionales en albergar eventos con esta marca. Para 2019 más de treinta ciudades en los cinco continentes habían adoptado la modalidad. No obstante, este auge sería cortado en seco por la pandemia de covid-19. La presencialidad y conocer gente dejó de ser una opción por un tiempo. Lo que podría haber sido el golpe final para Mundo Lingo acabó siendo un nuevo punto de partida y hoy vive un gran momento con eventos en 22 ciudades distintas incluyendo cinco eventos semanales en Buenos Aires. Benji Moreira sigue siendo la cabeza de operaciones, aunque ya no está en Argentina

Pospandemia

“Lo que pasó después de la pandemia es que hay mucha gente sola. Hay personas que vienen sin compañía porque saben que hay otras personas en su misma situación. Recién escuché a un grupo de chicos que ya organizó para ir a jugar un fútbol mañana y eso es Mundo Lingo”, comenta Natalia Couto, gerenta de los eventos Mundo Lingo de los miércoles (en Baum Catrina, en Palermo) y viernes (en Cantina Recoleta, en Recoleta) en CABA.

ANCCOM visitó Cantina Recoleta un viernes de lluvia torrencial para conocer en primera persona este fenómeno cada vez más expandido. Al llegar se encuentra Couto con muchos stickers de banderas de todo el mundo, quien consulta a los qué llegan qué idiomas hablan. De esta forma las personas rápidamente saben en qué lengua vincularse con su interlocutor e incluso da lugar a situaciones cómicas como algún local que se coloca alguna banderita de más para conocer más gente.

Hasta ahí llega toda intervención por parte de Mundo Lingo en la noche. De ahí en más es simplemente conocer personasa y charlar hasta que cierra el bar a las 2 de la mañana. “Muchos me preguntan: ´¿Qué hace la gente toda la noche? ¿Solo hablan?´ y yo les respondo que sí, que eso es lo que hacen”, relata Couto, quien conoció Mundo Lingo porque sus amigas se encontraban transitando embarazos o la maternidad, viviendo afuera o con distintas ocupaciones por lo que organizar las salidas grupales se hacía difícil. Le gustó tanto este universo que desde hace once años integra el staff en Buenos Aires, los primeros diez como voluntaria y desde el año pasado como gerenta encargada de organizar los eventos que tienen lugar los miércoles y viernes.

Actualmente en Buenos Aires hay cinco eventos Mundo Lingo por semana, todos comenzando 9 de la noche y concluyen a las 2 de la mañana. El ingreso es libre y gratuito y no tiene restricción de edad, lo cual es una gran diferencia respecto de otros eventos con modalidades similares que segmentan el rango etario o imponen un precio por la entrada o incluso explicitan que es un “Tinder en la vida real” o un espacio para conseguir pareja. Mundo Lingo es para ir a conversar y conocer personas. La gente va sola, con amigos, en pareja y se conecta con otros. Ciertamente, un viernes en el cual el cielo se cae es una oportunidad especial para conocer gente.

Uno de ellos es Sergey, residente ruso en Buenos Aires que llegó al país en 2022 con su esposa y su hijo de por entonces 18 años. “Hoy salí a comer con ellos pero luego estaban cansados y se volvieron a casa, pero yo quería venir hoy a Mundo Lingo para seguir mejorando mi español”, narra el oriundo de la región de Crimea, quien estaba rodeado de un grupo de rusos que conoció esa misma noche. “Cuando llegué hacíamos muchas reuniones de rusos aquí en Buenos Aires. Nos ayudamos mucho especialmente con los permisos de trabajo y de residencia. Pero yo necesitaba conocer argentinos porque no hablaba nada de español y acá la gente se muestra muy entusiasmada por charlar y conocer otras culturas”.

Gente abierta

Esta noche, por la lluvia no se abrió el segundo piso del bar Cantina Recoleta (ubicado en Avenida Santa Fe 1430), pero el primer piso y parte de la vereda (para los temerarios del clima) fueron el lugar de muchos encuentros por parte de los más de 200 asistentes, entre ellos muchos jóvenes porteños que destacan Mundo Lingo por sobre otros bares o el boliche principalmente porque “acá la gente es mucho más abierta” y también por la posibilidad de practicar otros idiomas, más que nada el inglés, como le sucede a Mauro, de 30 años, que viajará a Londres dentro de dos meses: “Mi inglés es bueno, pero no tanto, por eso estoy viniendo todas las semanas para mejorar antes de viajar”.

Algo parecido le pasa a Verónica, de 25 años, una profesora de inglés que quiere prepararse para un examen internacional de francés y fue sola a Mundo Lingo. Allí conoció a Estefanía, de 18, de quien se hizo amiga rápidamente. Este evento tiene algo muy único, en conceptos de Walter Benjamin un componente “aurático”: el cara a cara es con el original, no la copia que se ve en la pantalla. La experiencia debe ser satisfactoria porque muchos de los presentes aseguran que suelen volver. Es lo que a pasó a Sofía, de 23 años, de Parque Chacabuco, que asistió a Mundo Lingo por única vez en febrero y se sorprendió de volver a ver muchas caras conocidas.
Si bien no es el fin principal, también es un buen lugar para conocer pareja o concertar citas a futuro, como señalan Conrado y Agustín. “Es un lugar que básicamente presenta una apertura social que no se encuentra en otros lugares. Hoy es difícil encontrarla en una sociedad tan cerrada. Antes de la pandemia recuerdo estar en un boliche o mismo en la facultad y acercarme a una chica y poder hacer un programa con relativa facilidad. Eso pasaba en todos lados, hasta en el colectivo, en cualquier lado. Hoy la gente viene con una inercia negativa y estos lugares te dan un mínimo escape de eso. Hoy es un día muy lluvioso y sin embargo hay mucha gente y hay charla. Creo que la sociedad tiene que hacer un clic”, afirman los jóvenes de 27 y 29 años de la zona norte del Gran Buenos Aires.

En tiempos de estímulos constantes, déficit de atención y scrolleo eterno, la propuesta de Mundo Lingo difícilmente podría ser más simple: personas en un salón conversando durante horas. Sin música, sin juegos de vinculación forzosa ni anfitriones haciendo interactuar a las personas. Y en esa simpleza radica su gran atractivo.

Como explica Natalia Couto, los eventos Mundo Lingo son iguales en todas partes del mundo. “La idea es que vayas a Mundo Lingo en Buenos Aires, en Tucumán o en Saigon y que sea institucionalmente el mismo evento. Lógico que el bar y las personas juegan un rol muy importante, pero la esencia es la misma. Nosotros tenemos un manual a respetar. No hay música por ejemplo. Me han sugerido que haga karaoke. Yo amo el karaoke, pero eso no es Mundo Lingo”, comenta Couto, quien es una de las tres gerentas del evento en Buenos Aires. Como explica, todas colaboran coordinadamente. “Mucha gente me pregunta cuál de los cinco eventos de las semana es el mejor y yo les digo que tienen que probar todos porque son distintos y cada quien tiene distintos gustos. Con las otras gerentas, Mariela y Laura (cada una está al mando del mismo evento todas las semanas), nos ayudamos mucho y no hay ninguna competencia. Somos todas Mundo Lingo”. A cada una de ellas les tocan distintos días de la semana..

Las promesas de un mundo híperconectado  generaron aislamiento social y serias dificultades para charlar con personas desconocidas. En medio de esa problemática, la gente parece sentirse más cómoda en un espacio en el cual está explicitado que podés hablar con la persona que tenés al lado. Esta dinámica está muy expandida en Buenos Aires más allá de Mundo Lingo, cada una con sus reglas, normas y modelos de negocio, pero siempre bajo la premisa de que la gente se encuentre.

Modelo de negocio

Mundo Lingo nació como un lugar de encuentro entre personas y lo sigue siendo. Pese al enorme éxito en el que se ha convertido en los últimos años no han modificado su esencia para convertirse en una máquina de lucro. El acceso es libre y gratuito, a diferencia de otros eventos similares que funcionan más explícitamente como empresas. Los bares que desean albergar eventos Mundo Lingo se pueden postular a través de la página web si cumplen con los requisitos, entre ellos contar con una capacidad para 400 personas. “Antes de la pandemia un súperevento Mundo Lingo tenía 300 personas, hoy eso lo tenemos todos los viernes en Buenos Aires”. El modelo es simple: los bares reciben gente de Mundo Lingo, incrementan sus ventas esa noche y dividen los ingresos con la organización provenientes de la venta de alcohol (cervezas desde $9.000, tragos elaborados desde $14.000) y comida (el menú más habitual contiene papas fritas o pizzas aunque la mayoría desiste de comer allí). Con ese dinero, Mundo Lingo permite que los fotógrafos y gerentes puedan percibir ingresos por su trabajo (aunque de todos ellos tienen otro trabajo) al mismo tiempo que se publicita el evento en redes sociales.

Lejos de explotar la soledad para hacer negocios, Mundo Lingo simplemente organiza encuentros cara a cara y de manera abierta. Como en los viejos tiempos analógicos.

 

Diez años marchando por paz, pan, tierra, techo y trabajo

Diez años marchando por paz, pan, tierra, techo y trabajo

Este 7 e agosto se realizó la décima movilización de San Cayetano, desde Liniers a Plaza de Mayo. El arzobispo García Cuerva señaló el sinsentido de la libertad económica que no transmuta en bien común.

A las 8.20 del viernes 7 de agosto, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, cruzó las vías del tren y se dirigió a la multitud de trabajadores que lo esperaba. «Le pedimos a San Cayetano que nos ayude a no bajar los brazos. El signo de esperanza es verlos a todos ustedes acá. Le encomendamos las necesidades, los sufrimientos y las esperanzas de un pueblo que no se resigna. De un pueblo que cree que el trabajo es dignidad, que el trabajo es protagonista de su vida», expresó. Más tarde en la misa remarcó que “la libertad económica no puede ser absoluta sino que debe medirse siempre por el bien común. Le pedimos a San Cayetano no resignarnos a que las cosas aumenten: el boleto del transporte, las tarifas, los alquileres o los alimentos” y tampoco “cuando el sueldo no alcanza”, agregó en clara alusión a la dramática situación económica de los trabajadores.

Un día después de la represión ocurrida durante la movilización frente al Congreso contra la “Ley de inviolabilidad de la Propiedad Privada”, organizaciones sindicales y sociales volvieron a participar de la peregrinación desde el santuario de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, hasta Plaza de Mayo. Entre ellas estuvieron la CGT, las dos CTA, la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP), la Corriente Clasista y Combativa (CCC), las organizaciones Barrios de Pie, Libres del Sur, junto con otros dirigentes políticos. Desde que el papa Francisco sintetizó la consigna de esta peregrinación bajo el nombre de las “Tres T” en 2014, ya se hicieron diez marchas incluida la de hoy.

Bajo la consigna «Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo», la multitud se concentró desde temprano sobre la avenida Rivadavia, a la altura de Cuzco. Allí, luego de que García Cuerva bendijera las herramientas de trabajo, comenzó la peregrinación.

«Es lindo que, a diez años de la primera marcha, haya una continuidad en la lucha, pero por otro lado es muy triste porque estamos en un momento de destrucción del acceso a la tierra, al techo y al trabajo para los sectores populares»dijo Grabois.

Encabezada por imágenes del papa Francisco, de la Virgen y de San Cayetano, la columna partió acompañada por el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, quien, en medio de un tumulto, afirmó: «Vengo porque en estos años se perdieron 330 mil puestos de trabajo. Tenía que estar acá». Además, cuestionó a la policía en las inmediaciones del Congreso durante la protesta del día anterior: ‘’La represión policial es un acto político que hacen, pegarle a la gente, tirar gases. Quisieron desvirtuar la movilización y convertirla en un hecho de violencia’’.

Desde el inicio también participaron, entre otros, el secretario general de la UTEP, Alejandro Gramajo, el dirigente gremial Roberto Baradel y el diputado nacional y fundador de Patria Grande, Juan Grabois. En diálogo con ANCCOM, Grabois sostuvo: «Es lindo que, a diez años de la primera marcha, haya una continuidad en la lucha, pero por otro lado es muy triste porque estamos en un momento de destrucción del acceso a la tierra, al techo y al trabajo para los sectores populares. Eso nos tiene que inspirar a redoblar la lucha y profundizar los procesos de organización. Le toca a la militancia darle una forma comunitaria y cooperativa para que no sea el sálvese quien pueda». Además, consideró que esta peregrinación demuestra que «hay un resurgimiento del vínculo entre la fe y la lucha por la justicia social, que es muy importante».

 

Verduras y plaza

En Plaza de Mayo, desde las 11 horas ya empezaban a llegar aquellos que decidieron asistir directamente para participar del acto de cierre. Además diferentes productores asociados en cooperativas se reunieron para entregar más de 1.000 kilos de verduras y 500 litros de leche de forma gratuita. Daniel, quien descargaba las verduras, le comentó  a ANCCOM: «No soy parte de la cooperativa, laburo en una parrilla. Estoy en cada marcha y hoy me acerqué porque me parece un gesto muy bueno pero me gustaría que el pueblo tuviera la posibilidad de comprar lo que quiera, y no que estos pibes tengan que estar repartiendo ante la obvia necesidad que hay’’

Juana Vargas retiró lechuga, albahaca y otras verduras. Está desempleada y tiene tres hijos. Nacida en Bolivia, aseguró sentirse «más” argentina porque hace veinte años vive en el país y aquí nacieron sus hijos. Sin embargo, describió un presente difícil: «La gente está viviendo muy mal. Muchos no tienen para comer ni para comprar los remedios. Nosotros vivimos en un hotel porque nos desalojaron. Cuando perdí el trabajo ya no me alcanzó para pagar un alquiler». Según datos del INDEC publicados en marzo de este año, Argentina cuenta con más de 1,1 millones de personas desocupadas, unas 300 mil más que en 2023. Además, pese a la sanción de reformas de flexibilización laboral, el empleo registrado no mostró un crecimiento.

Tras casi cinco horas de peregrinación desde Liniers y con otras organizaciones que se sumaron más tarde, las columnas finalmente llegaron al centro de la plaza a las 14. Cocineras de comedores populares, con delantales y cucharones en mano, ingresaron detrás de las imágenes de la Virgen y de San Cayetano.

El secretario general de la UTEP, Alejandro Gramajo, compartió unas palabras y sostuvo que «la única forma de conquistar el pan, la paz, la tierra, el techo y el trabajo para todos es con mayor unidad del pueblo trabajador».

La jornada concluyó con la lectura de un documento consensuado por las organizaciones convocantes. En él denunciaron que el modelo económico del gobierno de Javier Milei profundiza la exclusión, el desempleo y el cierre de empresas, y se llamó a fortalecer la unidad del movimiento obrero y de las organizaciones populares para defender el trabajo, la producción nacional, la justicia social y la soberanía. ‘’porque ayer, hoy y siempre seguiremos levantando las banderas de paz, pan, tierra, techo y trabajo. ¡Arriba la unidad de los trabajadores y las trabajadoras, compañeros!’’, concluyó el documento. 

 

Sin celular no hay comida

Sin celular no hay comida

Además de preparar el menú y entregar las viandas, los comedores comunitarios que reciben alguna ayuda de la Ciudad deben registrar todos los días, mediante una aplicación oficial, el documento de cada persona que retira comida. Los que no cumplieron con este registro fueron suspendidos, dejaron de recibir mercadería y no pudieron abrir sus puertas.

El comedor Copitos de La Boca asiste a 450 personas cada día. 

El camión llega temprano con los alimentos frescos: carne, pollo y verduras. Una vez por semana entrega también los productos secos, como fideos, arroz y aceite. Con esa mercadería, en el comedor comunitario Siete Esquinas, en esta Ciudad, deben preparar 145 raciones. Afuera, sin embargo, esperan casi 190 personas.

La diferencia de 45 platos es la primera cuenta del día y nadie logra resolverla. Las cocineras estiran las porciones y, cuando ya no alcanza, alguien tiene que salir a decir que no: “Nosotros tenemos que rechazar gente que está realmente con hambre, pero no podemos achicar más los pedazos de carne o los pedazos de pollo”, dice Cecilia Rojas, responsable del espacio.

A esa dificultad, cotidiana desde hace años, se le sumó otra más reciente. Antes de empezar la entrega, una persona debe encender el celular provisto por el Gobierno de la Ciudad, abrir una aplicación y registrar el DNI de cada vecino que retira una vianda. Si ese registro no se hace, el comedor puede ser suspendido y dejar de recibir alimentos durante un período determinado.

Siete Esquinas funciona en el antiguo mercado ubicado en Escalada y Juan B. Alberdi. El galpón perteneció a la Ciudad hasta 1991, permaneció cerrado durante una década y volvió a abrir en 2003, recuperado por una cooperativa surgida de la asamblea barrial. Está en el cruce donde confluyen Mataderos, Floresta, Villa Luro y Parque Avellaneda. De personas que llegan desde esos cuatro barrios se arma la fila. También de otros más alejados: “Hay gente que viene del centro, de distintos lugares”, cuenta Rojas. En los últimos años, dice, cambió el perfil de quienes buscan un plato de comida: “Cada vez llegan más jubilados”.

Hace años que el comedor reclama un aumento en la cantidad de raciones: “Se dan cuenta de que tenemos más gente que raciones y no hay ninguna explicación ni ninguna respuesta”, señala la referente.

Las trabajadoras continúan anotando a mano y recién después trasladan esa información a la aplicación.

La hora y media

A unas treinta cuadras de allí, en Necochea 779, La Boca, la fila frente a Copitos empieza a formarse alrededor de las nueve y media de la mañana. En verano, incluso antes. La gente se sienta sobre el cordón de la vereda de enfrente, conversa, espera. La entrega comienza a las once y media.

Desde la pandemia el comedor dejó de servir la comida dentro del salón. El espacio ya no alcanzaba para la cantidad de personas que asistían y todas las raciones comenzaron a entregarse en viandas. Los viernes, además, reparten la merienda correspondiente al fin de semana para que las familias tengan qué comer el sábado y el domingo. Son unas 450 personas, distribuidas en alrededor de 180 familias. Cecilia Persico coordina el comedor junto a otras dieciséis mujeres, organizadas en dos grupos de trabajo.

Cuando se entrega la última vianda empieza otra jornada. Ya sin la fila en la puerta, la hija de Emilia Persico toma el celular y comienza a cargar uno por uno los datos de quienes retiraron comida: “No la podés hacer mientras tanto, porque con tanta gente llevás un ratito por cada uno”, explica la coordinadora. Entre que ingresa los datos y espera la respuesta del sistema, el procedimiento demora cerca de una hora y media.

El registro digital no reemplazó al de siempre: se sumó. Las trabajadoras continúan anotando a mano quién asistió y quién no, y recién después trasladan esa información a la aplicación: “Ahora ya estamos más cancheras”, dice Persico.

Los comedores comunitarios ya estaban obligados a presentar, cada seis meses, un listado con las personas que asistían: “Lo nuevo es la obligatoriedad de la persona a venir y la obligatoriedad de las personas que participamos de esta tarea de tomar asistencia”, explica.

Al principio el sistema exigía escanear cada DNI. Después permitió cargar los datos manualmente y, más adelante, incorporar con nombre y apellido a quienes no tienen documento. Sin embargo, sigue dependiendo de una conexión a internet, algo que no está garantizado en todos los barrios.

En Siete Esquinas tuvieron que destinar a una persona exclusivamente a esa tarea: “Todas estas labores son gratuitas, a nosotros nadie nos da ni un centavo por hacer estas cosas”, resume Rojas. Y compara esa inversión con otras necesidades que, según sostiene, siguen sin respuesta: “Hay plata para comprar teléfonos celulares para tener un control, cuando era mucho más fácil que tuvieran en cuenta a los trabajadores sociales que iban al territorio a ver las necesidades que hay”.

El Programa de Fortalecimiento de Grupos Comunitarios reúne a cerca de 500 espacios en la Ciudad y todos recibieron un celular con la aplicación instalada. Para Persico, el registro no alcanza: “La aplicación solo sirve para decir: hoy vinieron tantos a buscar la comida, y nada más”.

El sistema no informa cuántas personas viven en la calle, cuántas necesitan medicación o cuántas están por perder la vivienda. Las organizaciones propusieron incorporar datos sobre escolaridad y acceso a la salud para construir un diagnóstico más amplio de la situación social, pero nunca obtuvieron respuesta: “Ahí se pierde el sentido de lo comunitario, se pierde la visión de la realidad, no hay un diagnóstico de las dimensiones de la pobreza”, sostiene la coordinadora.

El menú del miércoles

En la manzana 26 de la Villa 20, en la esquina de Barros Pazos y Miralla, Lugano, el mediodía del grupo comunitario Los Patitos tiene un menú decidido de antemano. Los lunes se sirve pasta; los martes, medallones de pollo; los miércoles, guiso de carne; los jueves, milanesa con puré; los viernes, pollo al horno con ensalada. No lo define el comedor. Lo establece el Gobierno de la Ciudad.

En ese mismo espacio se entregan entre 380 y 400 raciones por día y funciona además un centro de alfabetización para adultos. Cada treinta días llega una inspección para verificar que lo que hay en la olla coincida con lo que figura en la planilla: “Consiste en controlar el alimento, si viene en mal estado, y si se hace el mismo menú del día”, explica Carlos Cañete, referente del comedor.

A diferencia de otros espacios, describe una relación fluida con las autoridades. Todos los miércoles, cuenta, los referentes de los barrios se reúnen en el Elefante Blanco con funcionarios del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat para discutir los menús y la calidad de los productos que reciben: “A veces viene otra marca de fideos y se te hace todo bollo”, ejemplifica.

El celular llegó a principios de año y la capacitación duró una sola jornada. Después, una integrante del grupo quedó a cargo de cargar, de lunes a viernes, la asistencia de cada familia. La resistencia apareció cuando el sistema exigía escanear el documento de identidad de cada persona: “No queríamos escanear a cada beneficiario, nos parecía de policía controlar cada DNI. Los beneficiarios tampoco lo querían”, recuerda Cañete. Con el tiempo, como ocurrió en otros comedores, terminaron adaptándose al nuevo mecanismo.

Quince días

Los tres comedores terminaron utilizando la aplicación. Dos de ellos lo hicieron después de haber sido sancionados. La penalidad siempre fue la misma: el Gobierno dejó de enviar la mercadería y como consecuencia el lugar debe permanecer cerrado. No hubo multas ni instancias de descargo. Simplemente, el camión dejó de llegar. Transcurrido un plazo de unas semanas, el envío de alimentos se reanudó automáticamente y el comedor volvió a funcionar bajo un seguimiento más estricto. Lo único que no regresó fueron las comidas que dejaron de servirse durante esos días.

En Los Patitos la suspensión llegó después de impedir el ingreso de los inspectores durante un control. El comedor permaneció cerrado dos semanas: “Lo tuvimos que hacer sí o sí”, resume Cañete.

En Siete Esquinas la sanción fue distinta. No habían designado a una persona para realizar diariamente la carga en la aplicación: “Tuvimos que hacer un esfuerzo muy grande para que alguien asuma esa tarea. Nos sancionaron 15 días sin alimentos y tuvimos que dar el brazo a torcer”, recuerda Rojas.

Los pallets y la boleta de luz

Las inspecciones existen desde hace años. Están a cargo de equipos técnicos encabezados por trabajadoras sociales y, hasta hace un tiempo, también participaban nutricionistas asignadas a cada barrio. Lo que cambió, según coinciden las organizaciones, fue la frecuencia de los controles y el tipo de exigencias.

En Siete Esquinas las inspecciones son semanales: “Nosotros somos controladas todas las semanas”, dice Rojas. En Copitos recuerdan operativos en los que cuatro o cinco personas recorrían el lugar, revisaban los freezers y regresaban durante el horario de entrega para contar cuántas personas retiraban comida.

Ninguno de los tres espacios rechaza las inspecciones: Estoy de acuerdo con las condiciones de seguridad”, aclara Persico. Por eso, en Copitos reemplazaron las estanterías de madera por estructuras metálicas y levantaron las cajas del piso. Sin embargo, las exigencias continúan creciendo: pallets plásticos, carros con ruedas, matafuegos especiales para cocina: “Primero tenés que pagar la luz y el agua para poder comprarlas. Que nos las compren ellos, que nos las bajen ellos, no tenemos problema”, reclama la coordinadora, que pide que el control alcance también a la mercadería que llega desde los proveedores: “Viene el pan con el pollo y ves la bolsa del pan mojada con el descongelamiento. Me vas a controlar a mí, controlá también a la empresa”.

Los alimentos llegan, pero el dinero no siempre. Copitos y Siete Esquinas reciben, además de la mercadería, un subsidio semestral, mientras que Los Patitos sostiene su funcionamiento únicamente con los alimentos que entrega el programa. Incluso donde existe ese aporte, las cuentas tampoco cierran. El último desembolso, además de la entrega de comida, que recibió Copitos fue de dos millones de pesos, correspondiente a seis meses: “Con esto pago dos boletas de agua y dos boletas de luz. Nada más”, calcula Persico. En Siete Esquinas el subsidio apenas alcanza para cubrir el gas, y las ollas, los utensilios, las reparaciones y buena parte de los gastos cotidianos salen del bolsillo de quienes sostienen el espacio.

Los nuevos

Mientras las exigencias y las necesidades aumentan, la red de comedores se reduce. En La Boca, de los 28 grupos comunitarios que integraban el programa hoy quedan 21. Los otros siete cerraron o fueron suspendidos y las familias que asistían a esos espacios comenzaron a acercarse a los que continuaban abiertos:Los absorbimos nosotros y no nos aumentaron raciones”, dice Persico.

Hace años que coordina Copitos: “Para mí el comedor es un termómetro, no me hace falta ningún economista”, dice la referente. Durante los últimos años del gobierno de Mauricio Macri, recuerda, la demanda aumentó cerca de un 50 por ciento. Durante la gestión de Alberto Fernández se estabilizó. En la pandemia volvió a crecer, aunque de manera transitoria. Lo que observa desde hace dos años es distinto: “Hay un mix de realidades que va desde la persona en situación de calle hasta el que tiene el kiosquito, o el que trabaja en blanco y no le alcanza y viene a buscar la comida para la noche”. Entre quienes hacen la fila aparecen vecinos con casa propia, algunos con auto y cada vez más jubilados: “Hay mucha gente que viene con vergüenza”, dijo.

En Los Patitos entregan comida a 389 personas y todos los días alguien pregunta si quedó una vacante: “Hay más necesidad que antes”, resume Cañete. En Copitos ya no hay lugar para incorporar nuevas familias. En Siete Esquinas, mientras tanto, cerca de 50 personas diariamente no están contempladas en la cantidad de alimentos que descarga el camión.

La aplicación registra una por una a las personas que alcanzan una vianda. A quienes vuelven a su casa sin comida, en cambio, no los cuenta nadie.

¿Quién protege a las infancias del entorno digital?

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En su columna semanal en CRUCE, Cadena Conurbana de Comunicación y Cultura, ANCCOM informó sobre los debates sobre la regulación de entornos digitales. Especialistas consultados por ANCCOM coinciden en que el desafío excede una ley: implica discutir el rol del Estado, las empresas tecnológicas, las escuelas y las familias frente a una vida digital que ya no tiene fronteras con la vida cotidiana.