Meta pagar indemnizaciones

Meta pagar indemnizaciones

Un tribunal de Los Ángeles condenó en un fallo millonario a Meta y YouTube debido al daño ocasionado en la salud mental de una joven de 20 años por los efectos adictivos que le generan. Para los especialistas puede marcar un antes y un después. La Argentina a contramano del mundo.

Un jurado del Tribunal Superior de Los Ángeles declaró a fines del mes pasado a Meta y YouTube responsables del daño a la salud mental de una joven de 20 años identificada como Kaley y los condenó a pagar una compensación de varios millones de dólares. El fallo, cuya fundamentación completa todavía no se conoce, sacudió al sector tecnológico y para muchos especialistas marca un antes y un después en la historia de la regulación digital.

Kaley empezó a usar YouTube a los seis años e Instagram a los nueve. A los diez empezó a sentir ansiedad y depresión. Ante el jurado declaró que las plataformas dañaron sus relaciones sociales y su autoestima. Meta deberá asumir el 70% de la indemnización y YouTube el 30%. Los daños punitivos, todavía por determinarse, podrían llevar la cifra a treinta millones. Y no es un caso aislado: hay miles de demandas similares esperando turno en los tribunales estadounidenses.

Durante décadas, empresas como Meta o Google operaron bajo la protección de la Sección 230 de la Ley de Decencia de las Comunicaciones de Estados Unidos, que las eximía de responsabilidad por los contenidos que generan sus usuarios. Ese escudo las convirtió en prácticamente intocables ante la justicia.

Lo que el caso Kaley pone sobre la mesa es algo distinto. Carolina Martínez Elebi, investigadora en tecnología y derechos humanos y directora del newsletter DHyTecno, lo explica así: por primera vez no se discute lo que circula dentro de las plataformas sino cómo están construidas: por qué el scroll no termina, por qué las notificaciones no paran y por qué el algoritmo siempre encuentra algo más para mostrarte.

«Por primera vez no se discute lo que circula dentro de las plataformas sino cómo están construidas: por qué el scroll no termina, por qué las notificaciones no paran y por qué el algoritmo siempre encuentra algo más para mostrarte» dice Martínez Elebi.

Las comunicaciones internas de estas empresas, algunas ya presentadas en el juicio, dan una respuesta clara: sus propios equipos trabajan para maximizar el tiempo que el usuario pasa dentro de la plataforma. Para Martínez Elebi, ahí está el problema. Las plataformas son conscientes de los efectos adictivos del diseño porque “forma parte de su modelo de negocio”. Y ese diseño golpea especialmente a los menores: están en pleno desarrollo cognitivo y emocional y tienen menos herramientas para resistirlo.

 

Lo que se ve en el consultorio

Ayelén Pires Frade es psicóloga infantil y lleva veinte años trabajando con chicos y adolescentes. Desde hace una década nota algo que antes no veía con esta frecuencia: nenes de cuatro y cinco años que llegan con dificultades en el lenguaje, problemas de atención y poca tolerancia a la frustración. Junto a una fonoaudióloga del hospital donde trabaja empezó a registrar esos casos. Siempre encontraron lo mismo: muchas horas de pantalla desde muy chicos. Cuando los padres empiezan a limitar la exposición, los nenes mejoran. “El chico queda acelerado y después lo otro no le interesa”, describe.

Varios estudios respaldan lo que Pires observa en el consultorio. Un informe de 2023 del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad de España (ONTSI) reveló que el 33% de los chicos de entre 12 y 16 años se encuentra en riesgo elevado de desarrollar un uso compulsivo de servicios digitales.

En adolescentes el problema cambia de forma pero no de fondo. A esa edad la identidad se está construyendo y la mirada del otro pesa mucho: el grupo, la validación, compararse con lo que los demás muestran de sus vidas. Es exactamente la lógica con la que operan las plataformas. En los casos más graves, Pires atiende chicas que llegan con autolesiones y que al profundizar revelan haber estado en contacto con perfiles y grupos que normalizan y practican este tipo de conductas. “Si ya hay una vulnerabilidad de base, la plataforma la encuentra y la amplifica”, dice.

Las familias y las instituciones tampoco saben bien qué hacer. Los padres usan la pantalla para tener un rato de tranquilidad sin calcular el costo. Las escuelas improvisan: cada una decide por su cuenta si prohíbe el celular o no, y los docentes quedan expuestos a ser filmados. “Si las instituciones no saben qué hacer con la tecnología en la adolescencia, mucho menos con la infancia”, dice, y agrega: “Y los padres, menos todavía.”

 

Un mundo, dos velocidades

En Estados Unidos el debate llegó a los tribunales antes que al Congreso. Hay cientos de causas abiertas por distritos escolares y fiscales estatales, pero ninguna ley concreta que regule a las plataformas. Damián Loreti, abogado y profesor de Derecho a la Información en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, explica por qué: la Primera Enmienda hace casi imposible que el Estado le imponga límites a lo que una empresa puede o no mostrar. En Europa la historia es otra. El Acta de Servicios Digitales ya está activa y obliga a las plataformas a explicar cómo funcionan sus algoritmos y a proteger a los menores. Para Loreti la diferencia es estructural: en Europa se parte de la idea de que el Estado tiene un rol cuando están en juego derechos fundamentales. En Estados Unidos, históricamente, no.

El problema es que ninguno de los dos modelos resuelve todo. Las grandes plataformas tienen un producto bruto que supera al de la mayoría de los países del mundo. “Son más grandes que la mayoría de los Estados medios”, dice Loreti. Regular desde ahí es negociar en desventaja. Y las soluciones más intuitivas tampoco son tan simples: exigir verificación de edad para proteger a los menores obligaría a construir una base de datos con la identidad de todos los usuarios. “La discusión es si el remedio es peor que la enfermedad”, advierte.

Esa información terminaría siendo otro riesgo. Y cualquier norma que apunte a una tecnología específica va a quedar vieja antes de entrar en vigencia, más aún con el ritmo que lleva la inteligencia artificial. Lo que hace falta, sostiene Loreti, son marcos basados en principios de derechos humanos y libertad de expresión que no dependan del instrumento sino de la conducta.

Argentina no la ve

Mientras Europa avanza y Estados Unidos empieza a resolver en los tribunales lo que el Congreso no pudo, Argentina está en sentido contrario. En septiembre de 2024 se retiró del Pacto Digital de la ONU. Martínez Elebi comenta que estos movimientos corresponden a un “alineamiento vertical” con las empresas del sector tecnológico, siguiendo el hilo discursivo de libre mercado y libertad de expresión característico de la administración actual. También menciona que hay proyectos en la Comisión de Ciencia y Técnica del Congreso y alguna iniciativa en la Ciudad de Buenos Aires, pero nada que haya avanzado de verdad. En el resto de América Latina el panorama es igual.

En lo jurídico, Argentina firmó el Convenio 108 plus de protección de datos pero sin las ratificaciones necesarias no tiene fuerza legal todavía. Y en el tratado comercial con Estados Unidos quedó establecido que ese país es un destino seguro para transferir datos de ciudadanos argentinos, lo que en la práctica baja los estándares de protección que la propia ley local exige. Para Loreti eso no es un detalle menor: los datos personales de los argentinos terminaron siendo moneda de cambio en una negociación comercial. En Europa algo así no sería posible: el Reglamento General de Protección de Datos obliga a pedir consentimiento explícito ante cualquier cambio en las condiciones de uso.

Loreti y Martínez Elebi no creen en las prohibiciones ni en las leyes que regulan tecnologías específicas. Lo que hace falta para ellos son principios claros: transparencia en los algoritmos, responsabilidad por el diseño, protección real de los más vulnerables.

Martínez Elebi se define como optimista. Dice que la concentración de poder sin límites es históricamente insostenible y el punto central a tratar: los monopolios siempre terminan encontrando resistencias. “Hay que seguir preparando las cosas porque estos movimientos cíclicos van a permitir que esto se acomode y se permita dar una discusión con más capacidad de acción”.

Pires habla de los chicos de cinco años que hoy llegan a su consultorio y que en unos años van a entrar a la primaria. “La tecnología como herramienta está genial”, dice. “Pero para usar una herramienta –agrega-. primero tenés que tener el dominio. Un nene de cuatro años que todavía no habla bien no tiene esa herramienta.”

El futuro de las políticas de regulación es incierto, más en el contexto actual. Lo que no admite dudas es que la tecnología ya atraviesa la vida de millones de personas, y que sus efectos sobre las generaciones que vienen todavía están por verse.

La Gran Muralla China virtual

La Gran Muralla China virtual

Las discusiones sobre el impacto de las plataformas digitales en la salud mental impulsó a varios gobiernos a discutir nuevas formas de regulación. En ese debate, el modelo del Gigante Asiático aparece como punto de referencia pese a las importantes diferencias culturales y políticas. 

 

En sus primeros años internet fue descripta como un espacio abierto, horizontal y democrático donde debía primar la autorregulación. Sin embargo, esa idea comenzó a resquebrajarse con la creciente concentración de datos, dinero y poder, proceso en el que las redes sociales tuvieron un rol clave. Para contener problemas que van desde efectos sobre la salud mental a la concentración económica, cada vez más países impulsan regulaciones estrictas sobre las plataformas, especialmente en temas vinculados al acceso de menores, la desinformación y la capacidad de estas empresas para influir en la opinión pública.

En ese contexto, algunos analistas se preguntan si Occidente está avanzando hacia un modelo de control digital más cercano al de China. Mientras en Europa, Australia e incluso América Latina se discuten nuevas leyes para limitar el poder de las plataformas, el país asiático lleva más de tres décadas desarrollando un ecosistema digital fuertemente regulado por el Estado.

‘’El modelo chino se diferenció por combinar inversión masiva pública y privada y un marco regulatorio que alienta el desarrollo de estas plataformas pero bajo una firme conducción estatal. El Estado, en este marco, desarrolla herramientas directas e indirectas de control: legislación antimonopolio, supervisión del uso de datos y obligación de registrar algoritmos cuando estos pueden influir en la opinión pública», cuenta Schulz’.

Otra arquitectura

Desde los primeros años de expansión de internet, China optó por construir una arquitectura digital diferente a la de occidente. El sociólogo y especialista en estudios chinos Sebastián Schulz explica que ‘’el modelo chino se diferenció por combinar inversión masiva pública y privada y un marco regulatorio que alienta el desarrollo de estas plataformas pero bajo una firme conducción estatal. El Estado, en este marco, desarrolla herramientas directas e indirectas de control: legislación antimonopolio, supervisión del uso de datos y obligación de registrar algoritmos cuando estos pueden influir en la opinión pública’’.

A través de lo que se conoce como la “La Gran Muralla de Fuego China” (Great Chinese Firewall, un juego de palabras vinculado a la seguridad y la muralla), el país restringió el acceso a plataformas extranjeras y promovió el desarrollo de alternativas nacionales. Por esta razón, las redes sociales más conocidas no están disponibles en el país. En su lugar existen plataformas nacionales, como Weibo, una red social similar a X (ex Twitter). Además existen otras diferencias: por ejemplo, la versión china de TikTok, llamada Douyin, ambas pertenecientes a Bytedance, funcionan de manera distinta en China y occidente: en el país asiático los menores de 14 años tienen solo 40 minutos de uso por día, no pueden utilizarla después de las 22 horas y los contenidos son solamente educativos: experimentos para hacer en casa o visitas a museos. En cambio, en occidente el tiempo no está controlado y los contenidos dependen estrictamente del algoritmo que estimula a usar las aplicaciones más tiempo para ubicar más publicidades.

 ‘’La construcción del llamado Proyecto Escudo Dorado (el gran cortafuegos) consolidó una estrategia defensiva orientada a proteger la soberanía tecnológica y la estabilidad política interna’’, afirma Schulz. El caso de Douyin muestra que también se busca proteger a los más jóvenes de contenidos adictivos o tóxicos a diferencia de lo que ocurre en occidente, donde ahora aparece esta preocupación

En enero del corriente año, el presidente español Pedro Sanchez declaró en la Cumbre Mundial de Gobiernos 2026: ‘’Las redes sociales se han convertido en una parte integral de nuestras vidas, de nuestra realidad. Si queremos proteger a nuestros ciudadanos, solamente hay una forma de hacerlo: tomar el control de vuelta. Defenderemos nuestra soberanía digital contra cualquier forma de cohesión extranjera’’, al mismo tiempo que anunciaba medidas de mayor control sobre las plataformas y la restricción de acceso para menores de 16 años.

El giro regulatorio

Las redes sociales y su impacto en la salud mental se han convertido en uno de los debates más discutidos de los últimos años. Basta con escribir “Facebook” en la sección de noticias de Google para encontrar una sucesión de demandas judiciales, investigaciones y discusiones públicas sobre el juicio a Meta donde se la acusa de haber diseñado plataformas digitales como adictivas y dañinas para la salud mental.

La licenciada en Comunicación y especialista en plataformas digitales, tecnología y derechos humanos, Carolina Martínez Elebi, señala que “la base del modelo de negocio de estas plataformas tiene una lógica de consumo permanente del usuario. Los adolescentes pasan gran parte de horas de su día, de su semana, de su vida, expuestos a vincularse con otros mediando pantallas. Es una vida que le pone muchas limitaciones a la posibilidad de desarrollar habilidades y conocimientos”.

Con la pandemia y sus consecuencias, las discusiones sobre los peligros que puede presentar la exposición de menores en redes sociales se incrementaron tanto en la agenda pública como también la mediática: se puede recordar el éxito que tuvo la miniserie británica Adolescencia donde muestra el acceso a la violencia que tienen los jóvenes y el impacto en su comportamiento. “Creo que este marco normativo también busca poner sobre la mesa que este problema no es algo individual, sino que hay una cuestión más estructural. No se trata de un asunto que se debe resolver en la familia’’, agrega Martínez Elebi.

En China, esta problemática ya forma parte de la agenda desde el 2021, cuando el gobierno limitó el acceso a videojuegos para menores a una hora por día los fines de semana y días festivos. También exigió a las compañías incorporar un “modo menor” en todos los dispositivos inteligentes que limiten el tiempo de pantalla al verificar la edad del usuario. ‘’Desde hace varios años China viene debatiendo la cuestión del tiempo en pantalla de los niños y jóvenes chinos a partir de una preocupación de las familias sobre el impacto que esto pueda tener en el tiempo de estudio y en las calificaciones en sus exámenes’’, aclara Schulz; ‘’Recordemos que China es una sociedad extremadamente meritocrática y en esa dinámica pesa mucho el rendimiento académico, el cual define las posibilidades de inserción laboral y crecimiento profesional’’.

Australia fue uno de los primeros países donde el Estado se atrevió a avanzar con medidas concretas que en occidente pueden verse como una invasión a las libertades individuales. En diciembre de 2025 puso en vigencia la restricción del uso de redes sociales para menores de 16 años. El sistema no es perfecto, existen mecanismos como el uso de VPN que pueden permitir saltar la restricción pero la medida marcó un precedente y hay expectativas de que retrase la edad de uso de las redes sociales en las nuevas generaciones. Poco después, otros países comenzaron a impulsar iniciativas similares. Como se mencionó previamente, España fue uno de ellos: “Nuestros niños están expuestos a un espacio que nunca debieron navegar solos. Un espacio de adicciones, abusos, pornografía, manipulación y violencia”, denunció Sanchez.

En América Latina también comenzaron a aparecer propuestas regulatorias. Uruguay impulsa iniciativas vinculadas a regular las plataformas digitales, mientras que en la provincia de Buenos Aires se discuten proyectos legislativos que buscan establecer marcos regulatorios para el acceso de adolescentes a estas plataformas a menores de 13 años. Además, en ciudades de todo el mundo, luego de años de ensayar usos pedagógicos para los celulares en las escuelas, se los está prohibiendo por la distracción que generan y porque fomenta el aislamiento de los estudiantes.

¿Fin del anonimato?

El principal foco de discusión en torno a estos nuevos marcos normativos es la posibilidad de que puedan poner en riesgo la libertad de expresión. Los temores no son infundados. Muchas de las regulaciones propuestas exigen que las redes sociales verifiquen la edad de los usuarios mediante la corroboración de su identidad. El problema, señalan algunos especialistas, es que este tipo de mecanismos puede implicar un mayor cruce de bases de datos y una reducción de la privacidad en los entornos digitales: “Para muchos, el anonimato en internet es muy importante. Muchos periodistas denuncian situaciones de corrupción en sus países y, en esos casos, la privacidad y la protección de sus datos resultan fundamentales. La solución no es tan simple, es un tema muy delicado”, señala Martínez Elebi.

En China la situación se plantea desde una lógica diferente. Para acceder a las redes sociales, todos los ciudadanos deben confirmar su identidad pero no se presenta como un problema. “Cada uno es responsable de lo que dice y debe asumir esa responsabilidad. La armonía y el bienestar social están por encima del individuo, por lo que conceptos como la libertad de expresión son reinterpretados dentro de ese marco. Por eso, la necesidad de regular a las empresas de telecomunicaciones surgió más como una demanda social que como una iniciativa gubernamental que luego fue incorporada como política de Estado”.

Dentro de ese marco regulatorio, una de las medidas más virales del último tiempo fue la regulación sobre el contenido producido por influencers. En octubre de 2025 se estableció que estos debían contar con algún tipo de certificación que respalde la información que comparten con el objetivo de limitar la desinformación. En este sentido, la regulación es ventajosa porque reduce la circulación de noticias falsas o consejos peligrosos, pero puede también conducir a la censura o autocensura.

Ante la consulta sobre estos riesgos, Martínez Elebi sostiene que el desafío consiste en encontrar un equilibrio: “Es importante garantizar la libertad de expresión en internet de las infancias y adolescencias, pero internet es mucho más que estas plataformas. Lo que hoy debemos promover son entornos digitales que garanticen espacios seguros y saludables, donde puedan vincularse con otras dinámicas que no estén regidas únicamente por estos modelos de negocio”.

Las discusiones actuales sobre la regulación de las plataformas digitales se presentan en su mayoría, como debates sobre salud mental o protección de menores, pero reflejan una disputa más profunda: ‘’En juego no está solo el tiempo que las personas pasan frente a una pantalla, sino quién tiene la capacidad de establecer las reglas del espacio digital: los Estados o las grandes corporaciones tecnológicas’’, reflexiona Schulz.

En ese contexto, el modelo chino, basado en una fuerte intervención estatal sobre el ecosistema digital, aparece cada vez más en el centro de las comparaciones internacionales. Aunque muchos analistas consideran difícil que Europa o América adopten un sistema tan restrictivo, la creciente discusión sobre soberanía digital muestra que la idea de que internet puede y debe ser regulado por los Estados está ganando terreno.

 

Australia prohíbe las redes sociales para menores de 16 años

Australia prohíbe las redes sociales para menores de 16 años

La nueva normativa sanciona a las empresas que la incumplan y desresponsabiliza a los niños y las familias. En un contexto de creciente preocupación por la salud mental adolescente, la medida reabre el debate sobre la capacidad de los Estados para regular a las grandes corporaciones.

El 10 de diciembre Australia puso en vigencia una de las regulaciones más estrictas a nivel mundial en materia de redes sociodigitales, niñez y adolescencia. A partir de una ley sancionada por el Parlamento Federal, las empresas propietarias de esas plataformas tienen prohibido habilitar cuentas a menores de 16 años. La medida no penaliza a los usuarios ni a sus familias: traslada la responsabilidad a las corporaciones tecnológicas y abre un nuevo capítulo en la disputa entre los Estados y las grandes empresas digitales.

 

El fin de la autorregulación

“El punto central es que no se trata de una prohibición de acceso a redes sociales a menores. En realidad es la prohibición de que las empresas dueñas de redes sociodigitales habiliten cuentas a menores de 16 años”, explica Martín Becerra, investigador principal en CONICET y Doctor en Ciencias de la Información. La normativa, subraya, no establece sanciones para niños, niñas, adolescentes ni para sus padres o tutores legales. El foco está puesto en las corporaciones: la legislación australiana establece que las empresas deberán implementar sistemas efectivos de verificación de edad para impedir la creación de cuentas por parte de menores de 16 años. En caso de incumplimiento, las sanciones económicas recaen exclusivamente sobre las plataformas.

Uno de los puntos centrales que subyace a la decisión australiana es el reconocimiento del fracaso de la autorregulación. “Las grandes empresas han demostrado que no pueden ser juez y parte de la defensa del interés público cuando están involucrados su afán de lucro y sus servicios; por lo tanto se necesita la intervención de poderes públicos que limiten la concentración excesiva de poder en pocas manos”, afirma Becerra.

En ese marco, la medida australiana introduce un cambio central: desplaza la responsabilidad del cuidado desde las familias hacia las empresas. Carolina Martínez Elebi, Licenciada en Comunicación (UBA) y especialista en tecnología, plataformas digitales, IA y  derechos humanos, explica: “Todo esto, tal y como está diseñado dentro de la lógica de la autorregulación, ha demostrado no ser suficiente. Es el Estado el que debe tomar un rol mucho más activo en la regulación y que ésta, en todo caso, no puede quedar librada a una decisión individual o familiar; sino que tiene que ser algo desde el sistema hacia las propias empresas”.

La norma alcanza a las principales redes sociodigitales de interacción masiva, como Instagram, Facebook, TikTok, Snapchat, X (ex Twitter), entre otras. En los primeros días de implementación, Snapchat fue una de las plataformas que efectivamente suspendió perfiles de menores de 16 años. En otras, como Instagram y TikTok, la aplicación fue más irregular y dejó en evidencia las dificultades técnicas y los márgenes de evasión que todavía persisten.

Lógicas que dañan

La discusión sobre la salud mental aparece como uno de los principales fundamentos de la medida. Martínez Elebi explica que la decisión australiana no surge de manera aislada, sino que se inscribe en un debate global que viene acumulando investigaciones en los últimos años: “La evidencia da cuenta de que el diseño de estas plataformas, tal y como están pensadas por estas empresas (esto es, priorizando sus objetivos comerciales, todo lo que tiene que ver con su propio crecimiento económico y alrededor de todo el modelo de negocio) ha llevado precisamente a generar ciertos daños en distintos aspectos de la salud mental de niños, niñas y adolescentes”. No se trata sólo de contenidos, sino de la lógica misma del negocio digital: algoritmos de recomendación, scroll infinito, análisis permanente de datos y estrategias para capturar la atención el mayor tiempo posible.

Martínez Elebi señala que las plataformas sabían -por estudios internos- que estos mecanismos fomentaban un uso compulsivo; incluso en menores de edad que manifestaban querer dejar de usarlas o sentirse mal por su consumo. Ansiedad, depresión, comparación constante con otros cuerpos y estilos de vida, dificultades en la construcción de la identidad y del sentido de pertenencia aparecen de manera recurrente en los diagnósticos. En los casos más extremos, la reciente evidencia judicial de distintos países da cuenta de vínculos entre estas dinámicas y pensamientos suicidas o autolesiones.

La especialista aclara: “No se puede adjudicar esto únicamente al uso de estas plataformas. Hay otros contextos, otras condiciones y cuestiones de base que tienen que ver con los propios entornos de cada niño, de situaciones que pueden ser familiares o del ámbito doméstico o incluso en los espacios donde se desenvuelven, que puede propiciar mucho esta relación”.

En la misma línea, Martín Becerra advierte contra los diagnósticos simplistas: “No existe una relación directa, automática, exenta de complejidades. El uso de redes sociodigitales no causa necesariamente y en todos los niños, niñas y adolescentes depresión, ansiedad o falta de contacto con sus pares; eso es falso”. El problema, explica Becerra, emerge cuando las redes se convierten en espacios de refugio frente a la ausencia o fragilidad de otros ámbitos de socialización y contención, como la familia, la escuela, el barrio o los espacios comunitarios. En esos casos, lejos de ofrecer alivio “las redes sociodigitales pueden profundizar estados complicados previos y acelerarlos, conduciendo, incluso, a autolesiones o problemas mayores”, concluye.

Vivir sin redes

Andrea Mederos vive en Sidney desde hace casi siete años. Es profesora universitaria, empresaria y madre de tres hijos de 17, 15 y 11 años. Para ella, la prohibición fue recibida “con alegría” y sin grandes resistencias. “Acá los teléfonos están prohibidos en los colegios desde hace tiempo. Los chicos no pueden usarlos ni en recreos ni en actividades escolares”, cuenta.

Su relato permite entender algo central: la medida no se aplica en el vacío. Australia combina políticas de restricción digital con un entorno que ofrece alternativas reales. “Los chicos van solos al colegio desde los 9 o 10 años, juegan en las calles, salen a andar en bicicleta, van a pescar, hacen surf todos los días”, explica. En ese contexto, las pantallas no ocupan el lugar central que tienen en otras sociedades.

La medida funciona bien porque es masiva. “Nadie está pensando cómo hacer trampa”, dice Andrea. Y agrega un punto clave: cuando todos los amigos están en la misma situación, el costo social desaparece. No hay exclusión ni castigo simbólico por quedar afuera. “Me siento agradecida por esta medida. Así como la prohibición de los teléfonos en los colegios sólo les dio a los chicos más posibilidades de socializar y ser creativos, esta normativa los liberará de la dependencia del celular”, concluye.

Pero la mirada adulta no es la única. Una de las hijas de Andrea, de 15 años, cuenta una experiencia más ambigua. En la práctica, la implementación fue desigual: Snapchat suspendió cuentas con cierta demora, mientras que Instagram, TikTok y Youtube siguieron funcionando en muchos casos: “Si habías puesto una edad mayor, no pasó nada”, explica. La medida todavía tiene grietas técnicas y deja preguntas abiertas.

Sin embargo, confirma algo relevante: no hubo protestas masivas ni rechazo generalizado. Sí hubo debates, mensajes al gobierno y discusiones en las escuelas. Incluso algunos adolescentes expresaron preocupación por emprendimientos propios que dependen de Instagram u otras plataformas, un dato que complejiza la idea de “desconexión total” y obliga a pensar regulaciones más finas.

¿Y en Argentina?

En Europa, Canadá y países de América Latina como Brasil y Colombia, avanzan regulaciones que imponen obligaciones a las grandes corporaciones sociotecnológicas: desde multas por contenidos discriminatorios hasta límites al abuso de posición dominante. Australia se suma a ese mapa con una de las medidas más estrictas.

El contraste con Argentina es evidente: “Aquí las fuerzas políticas con mayor representación parlamentaria no han enunciado ningún tipo de agenda sobre plataformas digitales, redes sociodigitales, salud pública de menores de edad o de población vulnerable. Más bien lo que parecer ser un consenso importante de todas estas fuerzas es evadir el tema como si no existiera”, explica Becerra.

La experiencia australiana no resuelve por sí sola los riesgos asociados al uso de redes sociales, pero introduce un cambio clave: convierte un problema “privado” en una discusión pública. Al desplazar la carga del control desde las familias hacia las empresas, el Estado asume un rol activo en la protección de derechos de niños, niñas y adolescentes.

En un escenario global donde las plataformas concentran poder económico, tecnológico y cultural, la medida abre un interrogante: hasta dónde pueden y deben llegar los Estados para regular a las grandes corporaciones sociodigitales y garantizar que el cuidado no dependa únicamente de decisiones individuales.

¿Por qué la filosofía no pregunta sobre la depresión?

¿Por qué la filosofía no pregunta sobre la depresión?

Renata Prati presenta su libro “Esta es tu pena” , en el que explora cómo la sociedad se relaciona con el dolor y censura la depresión. La cuestión de género acá también está presente.

La música que escuchamos y las series que vemos hoy hablan, en gran parte, de lo mismo: un malestar palpable, incómodo, doloroso. Tanto “Envidiosa” de Netflix, como el último disco de la cantante Rosalía, Lux, son narrativas mainstream que muestran un paisaje donde el dolor surge a flor de piel. En el libro Esta es tu pena (Siglo XXI), Renata Prati, doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, explora las formas en las que como sociedad nos relacionamos con el dolor; recorre la historia de esta relación; y se pregunta: ¿qué pasaría si, en vez de censurar la depresión, nos atrevemos a escuchar lo que tiene para decir?

 

La idea que atraviesa el libro es que las formas con las que nos representamos al dolor no son estáticas sino que son históricas. ¿Qué idiomas o guiones predominan hoy?

En nuestras conversaciones más cotidianas se puede reconocer la expansión del lenguaje psiquiátrico, con un vocabulario que suena más científico y especializado, no solo con los dolores, sino también con las diferencias, con las mañas que tenemos. Incluso en los chistes, decimos que tenemos TOC, trastorno obsesivo-compulsivo, para simplemente decir que somos obsesivos con algo. En este sentido, el desplazamiento entre melancolía y depresión, de pasar a pensar en nuestros dolores y malestares con este vocabulario más especializado, y que viene en concreto de estas derivas que tienen lugar en el fin del siglo pasado en los Estados Unidos, es una cuestión que se puede rastrear de forma muy concreta. Después obviamente con la globalización se difunde por todo el mundo, pero no nos damos cuenta que viene de ahí.

 

El libro surgió a partir de tu tesis doctoral, ¿Qué te llevó a querer estudiar el tema?

Por un lado, algo bastante obvio, fue un interés y una experiencia personal. Pero, por otro lado, hubo una motivación que me dio la frustración de sentir que no era un tema filosófico. ¿Por qué habiendo tantas reflexiones filosóficas sobre la melancolía no siento que está habilitada la pregunta por la depresión, que es la categoría que se utiliza ahora en el siglo XXI? La idea original de la tesis fue justamente este contraste entre melancolía y depresión. ¿Por qué cuando decimos melancolía no suena tan malo? Suena como que estás teniendo pensamientos profundos y que sos una persona inteligente e interesante. No pasa lo mismo cuando decimos “estoy deprimido», suena mucho más negativo.

¿Por qué cuando decimos melancolía no suena tan malo? Suena como que estás teniendo pensamientos profundos y que sos una persona inteligente e interesante. No pasa lo mismo cuando decimos “estoy deprimido», suena mucho más negativo.

Renata Prati

Entre terapias enfocadas en la conducta y una cultura de la medicalización que enfatiza el rol de la serotonina, parece haber una reducción de la complejidad y los matices del dolor ¿Qué se nos escapa cuando pensamos así?

El campo de la salud mental es un campo que se polariza mucho. Lo que trata de argumentar el libro es que perdemos siempre que tratamos de reducir estas cosas a una sola cosa. Los malestares, al estar hechos de sentimientos, van a ser siempre una entidad completamente abierta a lo social, a lo vincular, a las normas de cómo tenemos que sentir, cómo no, a lo que está pasando. Tratar de reducirlo todo a un desequilibrio en tu cerebro, o a un duelo que no pudiste resolver, de las dos maneras, hay una reducción que se pierde de analizar o de poder incorporar todas esas diversidades de factores y esa cuestión más pública que tiene el hecho del sentimiento. Estos están en contacto con el mundo, están diciéndole algo del mundo. El dolor siempre se va a sentir mal, lo que pasa con la depresión y su devaluación—el argumento central del libro— es la negatividad extra que se le agrega, que nos deja más solos en ese dolor. Si vos te sentís mal y además no podés compartirlo con nadie, no podés entender que ese malestar tiene una comunicación con el mundo, es un malestar puramente negativo.

 

En el libro mencionás que en el reparto de lo público y lo privado, el malestar de las mujeres queda atado al interior de ellas; imposibilitando, entre otras cosas, que sus enojos sean vistos como asuntos públicos. ¿Qué consecuencias tiene esto?

Una de las cosas clave para entender la conformación de la categoría depresión, y su contraste de valor con la melancolía, fue justamente su carácter generizado. El hecho de que la depresión está mucho más asociada a mujeres y la melancolía, al menos en la representación, pensamos en grandes hombres, en Hamlet, en Van Gogh, en artistas varones que tienen esta profundidad de pensamiento y de creatividad. El hecho de que el malestar quede feminizado con la depresión permite entender cómo se lo va devaluando y cómo va quedando interiorizado, en el sentido de hacérselo como algo que es un tema de mujeres, que es un tema de lo doméstico. Pero por otro lado, me parece que también al asociarse a las mujeres y al asociarse a un sujeto político que en los últimos siglos dio lugar a tanta rebelión, también permite esta cuestión de discusión. Ahí yo retomo un concepto bastante más reciente de un par de filósofas estadounidenses que es el de injusticia afectiva. El hecho de que no te dejan sentir lo que tenés derecho a sentir, y no te dejan sentir porque no te lo reconocen como sentimiento. Te dicen “te está por venir”, o “estás muy histérica»; y no porque tu sentimiento esté respondiendo a algo que está pasando en el mundo.

En el panorama político actual, hay un recrudecimiento de la crueldad: ¿qué relación le cabe a ese fenómeno con la forma en la que nos relacionamos con el dolor?

Yo defendí la tesis el viernes antes de que gane Milei, nunca me lo voy a olvidar. Pero la escritura de la tesis fue previa a su surgimiento, no me lo imaginaba posible. Después en el libro sí incluí un pasaje, esta cuestión de la desorientación, la desazón, ese malestar, ese dolor país de: ¿Y ahora qué? Por ahí dos cosas. Una, la discusión sobre la locura de Milei, la salud mental, que de repente se volvía muy fea, como muy estigmatizante para las personas que de verdad tienen condiciones: “Está loco, entonces no tiene que opinar”. Esta arma discursiva de patologizarte, de psiquiatrizarte para desvalorizar tu palabra. Y por otro lado, la otra cosa que sí entró un poco más en el libro, es el malestar que nos genera esta situación política actual. Tenemos que poder abordarlo. No podemos seguir desvalorizándolo o tratar de hacerlo chiquito y ponerlo debajo de la alfombra. Hay un montón de cosas, una escalada de la crueldad, una escalada de ciertas maneras más hostiles de vincularnos, de ciertos acuerdos que parecen rotos. Y eso nos genera cosas y tenemos que poder mirar esas cosas que nos generan. No podemos darle tanto rechazo a eso que nos pone mal.

 

Este miércoles 3 de diciembre se realizará la presentación oficial del libro en Velazco Disquería & Bar (Juan Ramirez de Velasco 492, CABA) a las 19hs. La entrada es libre y gratuita.

 

Hablar salva vidas

Hablar salva vidas

Según la información oficial, en la Argentina se suicida una persona cada dos horas: ocho de cada diez son varones y la tasa entre los jóvenes de 15 a 24 años es mayor que el promedio nacional.  

En 2024, 4.249 personas murieron por suicidio en Argentina. Doce por día. Una cada dos horas. Eso dice el Informe del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). Son cuerpos que se apagaron en silencio. Cartas que nadie leyó a tiempo. Despedidas sin aviso. Aunque el informe diga que la tasa se “mantuvo” en 9,8 por cada 100.000 habitantes, con apenas un 1 por ciento de aumento, el verbo no alcanza. Mientras otras cifras de criminalidad muestran descensos (los homicidios dolosos bajaron un 12,7 %, por ejemplo), el suicidio se mantiene estable, como si la urgencia no lograra instalarse en la agenda pública.

Javier Juan Federico Molina tiene 44 años, una voz calma y un cuerpo que sobrevivió a sí mismo. Mercedes Wortley es psicóloga clínica, especializada en prevención del suicidio y una certeza: que el dolor, cuando no se nombra, se enquista. A los dos los une algo más fuerte que un diagnóstico: la voluntad de no callar. “Tuve varios intentos de suicidio”, cuenta Molina con serenidad. “No encontraba el camino, no sabía cómo pedir ayuda. Hasta que pude hablar con mi psicóloga y poner al tanto a mi familia. Eso fue lo más difícil: decirles que no podía más”. La escritura, remarca, le salvó la vida. Su libro, Un punto y coma: sé tu primer y mejor proyecto, no es solo una bitácora personal: es una forma de tender una mano.

“La escritura fue mi terapia. Me salvó. Y ahora siento que puedo decirlo. Recién a los 44 años siento que me permito validar lo que siento. Los 42 anteriores me resistía a hacerlo”, dice. No hay resentimiento en su voz. Hay aprendizaje. Y hay una voluntad enorme de compartir ese aprendizaje para que otros no lleguen al mismo punto. Wortley escucha con atención. No solo porque es su trabajo, sino porque también lo cree profundamente: hablar salva vidas. «No es una frase hecha», insiste. Lo repite porque muchas veces se olvida. Porque todavía cuesta. Porque sigue siendo tabú. Ella trabaja con adolescentes y con adultos, y dice que hay una frase que se repite demasiado: “No sé lo que me pasa”. Es el primer síntoma de algo más profundo: no saber nombrar lo que duele.

En Argentina, según la estadística, el 80 por ciento de las muertes por suicidio corresponden a varones. Y casi la mitad son personas jóvenes, entre 15 y 34 años. Pero no se discute lo suficiente. “Muchos hombres me dicen que no saben llorar”, cuenta Wortley. Y lo dice sin ironía, con la seriedad que amerita. «Eso no se resuelve solo. Viene de muy atrás: de mandatos que dicen que un hombre no puede mostrarse vulnerable. Que, si pide ayuda, fracasa. Que, si siente, está fallando”. Molina lo sabe: “A los hombres nos enseñaron que teníamos que poder con todo. Que teníamos que aguantar. Que llorar era de débiles. Todo eso nos aleja del pedido de ayuda. Nos vacía. Y cuando el dolor no encuentra salida, explota adentro”.

Lo que ambos remarcan una y otra vez es que no hay una señal única, ni un patrón claro. Pero hay cambios de conducta que invitan a prestar atención: el aislamiento repentino, la pérdida de interés, el desgano, las frases que suenan siniestras, aunque aparezcan al pasar (“esto ya no tiene sentido”, “no valgo nada”), los gestos de despedida, incluso cierta euforia inexplicable. Saber mirar y saber escuchar puede marcar la diferencia. Y preguntar, con respeto, con tacto, pero sin miedo: “¿Necesitás ayuda? ¿Estás pensando en hacerte daño?”.

Hablar. Hablar siempre. Y no solo con quienes están en riesgo, sino también con quienes quedan. Porque cuando alguien muere por suicidio, alguien queda también con preguntas, con culpas, con un dolor que no se entiende. Y ese dolor también necesita espacio. Es lo que se llama postvención, un concepto poco conocido, pero esencial. “El duelo por suicidio es uno de los más difíciles que hay. Si no hay contención, el riesgo es que se repita”, explica Wortley.

En ese entramado de silencios, también entran las instituciones: la escuela, la casa, el sistema de salud, los medios. La prevención no es una sola charla, ni un folleto. Es un proceso sostenido. Es educar desde el jardín sobre emociones, sobre lo que duele, sobre lo que nos cuesta. Es habilitar el llanto, el enojo, el miedo. Es dejar de tratar la salud mental como un privilegio o un lujo. Es dejar de buscar culpables individuales y empezar a pensar en responsabilidades compartidas. “Esto no se resuelve desde un solo lugar. Ni la escuela sola, ni el Estado solo, ni las familias solas. Esto se hace entre todos”, dice Molina.

La Ley 27.130, aprobada en 2015 y reglamentada en 2021, acredita que la prevención del suicidio es política de Estado y que acompañar a quienes quedan —madres, hermanos, amigos, parejas— no es un gesto compasivo: es una obligación. El Ministerio de Salud de la Nación habla de postvención: ese después invisible donde el duelo se llena de culpas y la angustia se vuelve hereditaria. Pero lo que hay —en el territorio, en la urgencia— es poco: protocolos mal aceptados, líneas gratuitas sin seguimiento, redes sanitarias fragmentadas, operadores sin formación suficiente y ningún sistema que evalúe si todo eso sirve o si es apenas simulacro.

Y mientras tanto, los datos muestran que, entre los jóvenes de 15 a 24 años, la tasa de suicidio es más alta que el promedio nacional. En los bordes del sistema educativo, en las esquinas de los barrios, en los consultorios colapsados, aparecen ellos: con el intento, con el gesto de alerta, con el silencio que nadie leyó. El 86 por ciento de los episodios ocurre en casa, según datos recientes del Sistema Nacional de Vigilancia Sanitaria. La mayoría requiere internación: 6 de cada 10. Ellas lo intentan más, ellos mueren más. Y el presupuesto —lo que debería sostener todo eso— es casi una ironía: apenas el 0,4 por ciento destinado a salud mental adolescente, y un 4,1 por ciento a salud mental en general.

A nivel regional, la Organización Panamericana de la Salud señala algo que no siempre se escucha: que la violencia contra los jóvenes se ha vuelto costumbre. Que los golpes, el descuido, el desprecio, los comentarios que lastiman no se denuncian porque se volvieron parte del paisaje. Que el daño no siempre es visible, pero hace nido. Y que, en ese contexto, el suicidio no es un rayo aislado: es consecuencia. “Romper el silencio, romper el tabú, sacar lo que queda en lo oculto, es el primer paso”, afirma Wortley. Y Molina repite: “Hablar salva vidas. Es real”. Quizás no haga falta más que eso: una conversación a tiempo, una escucha sin juicio, una mano que no pregunta, pero sostiene. Porque a veces, una sola charla alcanza para abrir una puerta. Y para no cerrarla nunca más.

Lo que queda entonces no es solo el dato —ese 9,8 que el SNIC anota como estable—, sino lo que no se cuenta. Porque los 4.249 no son solo muertos: son advertencias. Y no piden otra estadística. Piden otra forma de mirar, de escuchar, de intervenir. Piden una sociedad que no mire para otro lado cuando la emergencia ya pasó.

¿Dónde pedir ayuda? Línea Nacional de Prevención del Suicidio: 0800 999 0091; Centro de Asistencia al Suicida: 135 (CABA y GBA) o (011) 5275 1135 (todo el país); App «S.O.S. Un amigo anónimo» y redes de ONG como AAPS o Papageno.