Las páginas de la memoria

Las páginas de la memoria

Miles de personas recorrieron la primera Feria del Libro de Derechos Humanos que este fin de semana se realizó en el predio de la Ex-Esma. Talleres, actividades culturales y debates para pensar la nueva coyuntura. Entre otros textos se presentó «Tu nombre no es tu nombre», donde Federico Bianchini cuenta la historia de Claudia Poblete.

La tarde transcurre entre libros y arte, talleres y juegos de mesa, muestras, debates, presentaciones y lecturas compartidas; entre recuerdos y memorias, reflexiones, testimonios, encuentros y reencuentros en la primera Feria del Libro de Derechos Humanos del Espacio Memoria (Ex-Esma). Personas de todas las edades, solas o acompañadas por amigos, familias, parejas, recorren el espacio, no solo llevándose libros, fanzines, stickers, pines, ilustraciones, sino también intercambios con autores, que reciben a los curiosos con una sonrisa, compartiendo recomendaciones, experiencias, y muchas veces, hasta las historias e ideas detrás de sus trabajos. En el fondo, algunos dejan registros de su paso en una pizarra que contiene carteles que reflejan qué es lo que “nunca más” (violencia, odio, persecución por pensar diferente, represión, fascismos), y “más que nunca” (empatía, construcción comunitaria y popular, solidaridad, defender nuestros derechos) se debe recordar o no olvidar.

Niños y niñas corren de un lado al otro, ansiosos por descubrir cada rincón del lugar, que se encuentra atravesando dificultades por el desfinanciamiento del Gobierno nacional a las políticas de memoria, verdad y justicia. Pero esta iniciativa deja olvidar a todos por un momento las dificultades y demuestra la potencia del trabajo colectivo. Los más pequeños se maravillan con los juegos de mesa y se entretienen hasta que otra cosa llama su atención. Algunos se unen a los más grandes y deciden que también quieren estampar frases con sellos y colores: abrir, encontrarse, memoria, verdad, justicia, son algunas de las palabras que eligen escribir.

Afuera, la gente disfruta del buen clima en los espacios verdes, algunos compartiendo una merienda en las mesas, otros regados en el pasto en lecturas colectivas, entre mates y galletitas que van de mano en mano. El olor a la comida cocinada en las parrillas impregna el aire y el sonido de la música en vivo resuena a medida que uno se va acercando a la feria que tiene lugar al aire libre. Algunos adolescentes agrupados escuchan sentados, otros aplauden al son de la música, parados cerca del pequeño escenario que recibe bandas.

“Quiero que cuando alguien habla de una Feria del Libro de Derechos Humanos, que toda la sociedad argentina venga y apoye, aunque no compre nada, que venga a pasear, que mire, que debata, que se suma a las mesas de discusión, que tome la palabra, que opine, que cuestione, que discuta. Creo que es un lugar para pensar. Así que estoy muy contento con lo que hay, me gustaría que venga muchísima más gente”, confiesa Adrián Dubinsky, productor general de la Feria.

La actividad se realizó el viernes 14 y el sábado 15 de marzo, con entrada libre y gratuita, en el marco del Mes de la Memoria. “Es la primera vez que se hace acá. Esta idea la trajo Mónica Hasenberg, fotógrafa que viene registrando a las Madres de Plaza de Mayo y organismos de derechos humanos desde la década del 70. Hace cuatro años me vino a proponer hacer esta feria, pero en el Parque de la Estación, algo muchísimo más modesto. Y después me convocaron Gabriela Alegre y Julián Athos Caggiano para esta actividad (del Ente público Espacio para la Memoria). La idea principalmente era, en un momento de mucha tensión, donde hay algunos que se preguntan qué son los derechos humanos, o para qué sirven, o de dónde salieron, o los ponen en cuestión, iniciar un debate, no desde un foro de derechos humanos, sino pensar los derechos humanos desde la literatura, desde el arte. Cualquier libro que agarrás de esta feria, sea de literatura, de poesía, ensayo, ciencia ficción,  policial o, de terror, podés extraer un párrafo y pensar los derechos humanos que nos constituyen como un sujeto”, cuenta Dubinsky que se emociona cuando mira las personas caminando por los stands: “Hay comunidad nuevamente”, subraya.

 

Es imposible no advertir el colorido pañuelo conformado por personas en miniatura al entrar a la Casa por la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo. Media hora antes, niños y niñas acompañados por sus familias se reunían a ayudar al artista Andrés Riva a formar las siluetas de papel que formarían la figura, con el objetivo de armar una multitud que sostenga nuestras memorias, derechos y luchas. “El equipo de difusión de Abuelas de Plaza de Mayo me invitó a colaborar con la campaña La Memoria en marcha se multiplica y surgió la idea de usar estas siluetas de papel que son, que evocan o convocan recuerdos primarios, del orden de la niñez, de otro tipo de ternura. Algo que parece individual después se multiplica, y si haces algunas cosas técnicas muy simples, como que los pies toquen el piso o se estén tocando entre sí, después los podés parar. Y resulta que al ponerlos a todos juntos, parecen que son una multitud y se arma como una marcha llena de colores, de formas distintas, de imágenes distintas, y trabajar eso con niños acá es súper importante”, explica Riva, que espera que sea una actividad que se pueda replicar y retomar en escuelas y en los hogares.

“Sin relato, la memoria se diluye”

Minutos después, el auditorio de la Casa por la Identidad recibe la llegada de Federico Bianchini, escritor de Tu nombre no es tu nombre: Historia de una identidad robada en la dictadura argentina, acompañado de Claudia Poblete Hlaczik, protagonista del libro; de Fernando Krapp, cineasta, periodista y escritor, y de Constanza Brunet, editora, periodista, y directora de Marea Editorial. La mesa funcionó como una especie de entrevista pública de Fernando y Constanza a la nieta restituida por Abuelas de Plaza de Mayo y al escritor.

En el año 2000, un juez citó a Claudia Poblete Hlaczik, hasta ese entonces Mercedes Landa, para afirmar que quienes creía eran sus padres no lo eran, que su nombre no era su nombre, su fecha de nacimiento estaba equivocada, y que sus verdaderos padres habían sido torturados y desaparecidos en 1978, durante la última dictadura argentina. El libro sumerge a sus lectores en el complejo y emotivo camino recorrido de Claudia para restituir su identidad. Recupera la historia de vida de los padres, dos jóvenes militantes de izquierda peronista, recopilando los relatos de la última noche que fueron vistos antes de ser secuestrados, a través de testimonios de personas que los vieron en el Olimpo, centro clandestino al que fueron llevados y vistos por última vez.

El libro narra la búsqueda de la familia Poblete por dar con Claudia, el deseo del encuentro en fragmentos de entrevistas que forman parte del Archivo Biográfico Familiar construido por Abuelas de Plaza de Mayo; la infancia de Claudia, el momento en el que se entera de su verdad, el proceso mental y emocional que atraviesa al enterarse, y el camino que hace a su libertad y la restitución de su identidad. El libro es un registro de gran valor a cuarenta años de la vuelta de la democracia en la Argentina: “La dictadura no solo sigue presente en la memoria, sino también en algunos cuerpos”, reflexiona Bianchini en su novela. 

El proyecto surgió a partir de la propuesta de la participación de Bianchini en un podcast chileno llamado Relato Nacional, pero pronto el escritor se dio cuenta de que no es un gran aficionado al formato, y que le interesaba contar específicamente la historia de Claudia, pero sobretodo de entender qué es lo que ella había sentido. “Cuando le hablé a Claudia de la posibilidad de hacer un libro, porque me interesaba más contarlo de forma extensa, su respuesta fue que no podía prohibirme hacer un libro”, cuenta el autor mirando a Claudia en complicidad. “Tenía que ver con ella, pero tenía mucho que ver conmigo también. Yo creo que cuando uno elige un tema para escribir durante, como en este caso, un periodo cronológico de muchos años, muy fragmentado, tiene que ser algo que realmente te interesa contar. Lo que uno también le interesa como persona”, agrega.

Claudia rememora el encuentro a su manera: “La primera reacción fue: ´yo te doy lo que te puedo dar de mi testimonio, de mi historia, y vos con eso hacé lo que puedas´. Es un poco lo que yo digo, de que no te puedo prohibir que lo hagas. La verdad es que, después cuando uno ve los resultados, lo valora y te das cuenta de lo importante que es que exista, porque más allá de lo personal, que es muy fuerte, yo me doy cuenta de la fuerza que tiene mi testimonio. Entonces, tener la posibilidad de dejarlo plasmado, así con tanto respeto, con ese cuidado, y poder participar del proceso, es algo muy importante”.

Claudia confiesa que cada proyecto no sólo la involucra afectivamente sino que la excede: “Uno sabe que abre la puerta a que otros también tengan que  poner su cuerpo y su voz para eso. Es una responsabilidad. Pero no deja de ser súpervalioso. Uno siempre tiene la esperanza de que llegue, no solo para una persona que pueda tener dudas, sino también para que el que sepa algo pueda animar a acercar la información o a invitar a esas personas a que se acerquen”, afirma Poblete Hlaczik.

El libro de Federico Bianchini utiliza no solo los recuerdos y la memoria de la protagonista sino de los amigos, familiares, jueces que formaron y forman parte de su historia, inmortalizandolos en este libro. “Sin relato, la memoria se diluye”, afirma.

“La verdad es que, como siempre, todas las actividades que se hacen acá son súpermovilizadoras y hoy ver en la feria tanta gente participando, familias compartiendo en este espacio y dándole vida, es para mí lo que le da sentido a todo esto. Y poder ser parte de esto, con un libro que cuenta mi historia y que le da difusión a la búsqueda de Abuelas y a lo que significa, que es algo que siempre es importante para uno, es parte de la tarea diaria que realizamos. Marzo es el mes en el que conmemoramos el inicio del golpe de Estado del 76. Van pasando muchos años y es una forma de tratar de llegar y de mantener el mensaje”, reflexiona Poblete Hlzczik, en diálogo con ANCCOM, al finalizar la presentación.  “Todavía sigue habiendo gente que acompaña, comprometida con esta lucha y a la que le importa que la memoria siga viva y que está dispuesta a la transmisión. A pesar de todas las cosas horribles que están pasando, hay un germen ahí de algo que estamos tratando de cuidar y que espero que en algún momento, podamos volvernos a encontrar, y mirarnos a las caras para reconstruir todo esto que se está destruyendo ahora, digamos, que vamos a estar todos para hacer eso cuanto antes”, concluye.

“Es la primera vez que el libro se presenta acá en Argentina. Salió en octubre de 2023 en España y lo estuve presentando por allá, y poder presentarlo acá, con Claudia, es algo muy interesante”, dice Bianchini. Y recuerda: “En España, el libro va por la tercera edición, tuvo mucha difusión. Juan José Millás,  un escritor español, le dio mucho impulso en un programa que es muy escuchado en la radio, y eso hizo que me llegaran muchos comentarios de gente que quizás ni había escuchado esta historia y sabía muy poco de Abuelas de Plaza de Mayo”.  Y concluye: “El hecho de presentarlo hoy con Claudia ya era algo que estaba bueno. Sobre todo porque, por lo general, cuando uno presenta un libro, se suele hablar mucho más el texto; pero el hecho que estuviera la protagonista también hacía que hubiera otro tipo de preguntas que tenían que ver con la forma en la que ella no sólo había recibido el libro, sino cómo había procesado todo esto y su historia, que a fin de cuentas me parece que es lo importante en este caso”.

Exigen la renuncia de Patricia Bullrich

Exigen la renuncia de Patricia Bullrich

Patricia Bullrich responsabilizó a los propios fótografos por las heridas que recibieron por la represión policial. Fue en una respuesta ante la pregunta indignada de un colega de Pablo Grillo, el reportero que lucha por su vida. Hubo un camarazo de protesta y más de cien personas saturaron el hospital Ramos Mejía para donarle sangre al cronista herido.

Tras la feroz e impune represión de las fuerzas de seguridad en la marcha de hinchas y jubilados, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (aRGra) organizó una conferencia de prensa por el ataque a un ex-estudiante de la casa, Pablo Grillo. El joven de 35 años recibió el impacto de una granada de gas lacrimógeno, disparada con un arma de fuego antes prohibida, y apuntada directamente a su ubicación mientras estaba agachado para hacer una fotografía. Su estado de salud es grave y delicado: el impacto quebró la parte frontal de su cráneo provocando una pérdida de masa encefálica. Se encuentra en terapia intensiva del Hospital Ramos Mejía luego de una intervención quirúrgica. 

“A Pablo le tiraron a la cabeza con una de estas”, decía la vicepresidenta de aRGra, Alejandra Bertoliche, mientras levantaba en alto una bala metalizada de más de 20 centímetros de largo y cinco de diámetro. Las voces de la comisión directiva temblaban al reconstruir una historia que la comunidad de reporteros gráficos pensaba irrepetible. No era miedo; una ira frustrada hervía en la sala. Según Sebastián Vricella, director de la asociación, todas las presentaciones que hicieron hasta ahora para detener los ataques contra la prensa “caen en un saco roto. Ni un solo fiscal ni un solo juez se hacen cargo de la masacre que están causando. Usaremos todos los medios necesarios para hacer efectiva esta denuncia, como el Artículo 117 de la Constitución, para pedir un juicio político contra Patricia Bullrich. Necesitamos que el Congreso, los diputados y senadores nos apoyen, pero sobre todo la Justicia. Si no la desvinculan del gobierno, lo consideraremos moral, política y penalmente cómplice de los delitos cometidos por su ministra”.

Marcela Perelman, del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), reconstruyó la operatividad legal del protocolo antipiquetes como medio para criminalizar y atacar la protesta, la manifestación y la libertad de expresión. Las pistolas lanzagases, utilizadas habitualmente por las fuerzas en las últimas manifestaciones estaban prohibidas antes de la asunción de Bullrich como ministra de Seguridad del actual gobierno por la Resolución 210/2011 de regulación de los operativos de seguridad en contexto de protesta social. Dentro de sus 21 puntos, el décimo especificaba la prohibición explícita de este arma, entre otras. En 2007, el asesinato del profesor y activista Carlos Fuentealba en una manifestación por la policía de la provincia de Neuquén, fue uno de los antecedentes que constituyó a la pistola como “potencialmente letal”.

Perelman explicó, por otro lado, que la decisión de reprimir por medio del nuevo protocolo fue premeditada, independientemente de los sucesos que ocurrieran en el momento: “Hay una amenaza preanunciada que genera un clima de enfrentamiento bélico. Culmina con las fuerzas de seguridad desatadas, sabiendo que tienen la autorización de actuar con estas armas reintroducidas. Es necesaria una investigación exhaustiva de las condiciones del operativo, de las responsabilidades materiales, jerárquicas y políticas. No es azaroso que ocurra un hecho crítico, grave y extremo como el de Pablo Grillo: se deduce de una serie de condiciones que, cuando se discuten, parecen abstractas, pero terminan con el disparo de un cartucho de este tipo”, concluye.

«Patricia Bullrich fue parte del gobierno que denunciamos en 1997 que habilitó las condiciones para asesinar a José Luis Cabezas. Fue Ministra de Trabajo en 2001, cuando hubo más de 40 muertos en la Plaza de Mayo. También fue ministra de Seguridad en el gobierno de Mauricio Macri, cuando alrededor de 50 reporteros gráficos fueron baleados y gaseados en 2017», denunció Miguel Goya.

“Hay un paralelismo algo oculto entre el crimen de José Luis Cabezas y lo que sucedió el miércoles -recuerda el abogado representante de aRGra, Miguel Goya-: Patricia Bullrich fue parte del gobierno que denunciamos en 1997 que habilitó las condiciones para asesinar a José Luis. Fue ministra de Trabajo en 2001, cuando hubo más de 40 muertos en la Plaza de Mayo. Patricia Bullrich también fue Ministra de Seguridad en el gobierno de Mauricio Macri, cuando alrededor de 50 reporteros gráficos fueron baleados y gaseados en 2017. Así como dijimos que no nos olvidemos de Cabezas, la impunidad de su crimen tanto como el de Pablo Grillo serán la condena de la Argentina.”

Las 17 horas y 18 minutos del miércoles 12 fue el momento exacto en el que Pablo recibió el disparo de las fuerzas de seguridad sobre su frente. Minutos antes, Pablo se preparaba para ubicarse detrás de las maderas incendiadas para fotografiar la teatralidad y el salvajismo de la represión. Horas antes, viajaba desde Lanús para acercarse al Congreso, porque sabía que iría a cubrir la marcha de hinchas y jubilados con su cámara, con la que va a todos lados, como cuentan sus amigos de toda la vida. 

 

-Es muy perfeccionista. Siempre lo ves agachado o acomodándose para hacer la mejor foto. Ésta se la hizo a mi hija cuando estábamos de viaje en Jujuy. Le decía ‘Ponete ahí, ahora allá’. Es muy generoso, yo lo adoro -contaba Buda, compañero de cancha desde hace 15 años; porque otra de sus pasiones, además de la fotografía, es el Rojo de Avellaneda. 

Cuando hablan de Pablo, sus allegados lo hacen con cierto énfasis que se les escapa hasta en los gestos corporales, como brotados de orgullo por el “pibe bueno” que es su amigo. La preocupación por su estado llevó a que más de un centenar de personas, conocidos y desconocidos, se acercaran a donar sangre para su rehabilitación. En cuestión de horas, las 70 solicitudes registradas fueron suficiente suministro; el enfermero repetía a disco rayado “Pablo está supercubierto. Si quieren, pueden donar para el hospital o acercarse otro día”. Con esa frase se encontró, por ejemplo, un hombre mayor con el que compartió vereda en la manifestación, momentos antes del disparo. Extraños totales, enlazados por la solidaridad.

El Ramos Mejía estaba conmocionado por el militante apasionado, herido violentamente por las fuerzas de seguridad; las mismas que, cada tanto, aparecían circulando en sus motos amenazantes por los alrededores del hospital.

 

-¡¡Asesinos!! -gritó a quemarropas un valiente. 

 

El ataque a la libertad de expresión por parte del propio Gobierno nacional es explícito y sistemático. Luego de su conferencia, aRGra convocó a un Camarazo en Yrigoyen y Solís, la esquina de las inmediaciones del Congreso donde Pablo fue herido. Mientras tanto, del otro lado de la 9 de Julio se daba la habitual ronda de Madres de Plaza de Mayo, al grito de “Nunca Más”.

Uno de las decenas de fotorreporteros que se acercaron bajo la bandera de la asociación era Pablo Cerolini. No aguantó la cólera al finalizar la conferencia en Monserrat, que se dirigió sin preámbulo hacia Recoleta. Quería entrar a la otra conferencia de prensa que se daba el mismo día, en el Ministerio de Seguridad, para ver a Bullrich a los ojos y preguntarle:

 

-¿Por qué las fuerzas policiales, Gendarmería, Prefectura, la Policía Federal, atacan siempre de manera tan directa a la prensa?

 

La ministra no levantó la mirada, guardaba sus cosas con desinterés de lo escuchado; un guarda intentó frenar la intervención del fotógrafo osado. Pero algo le habrá tocado el ego. A pesar de haber cerrado la reunión luego de tres preguntas sosas, Bullrich, con un gesto de asco palpable en su rostro, contestó:

 

-Nunca saben dónde ubicarse para no recibir el ataque.

Los fotógrafos se congregaron con orgullo frente a la bandera de aRGra, con las cámaras en alto, reivindicando su tarea democrática como testimonios escenciales en la reconstrucción de los hechos; molestos documentos infalibles que hacen trastabillar al poder. 

 

En sus cantos y gritos, Pablo estaba presente.

“Éramos jóvenes que queríamos un mundo mejor” 

“Éramos jóvenes que queríamos un mundo mejor” 

El sobreviviente de la última dictadura Carlos Alberto Lafit declaró en el juicio que investiga los crímenes de lesa humanidad cometidos en la Mansión Seré y RIBA. El tribunal innovó en el procedimiento judicial para que las víctimas de un represor fallecido puedan acceder a la verdad de lo sucedido con sus padres.

“Me dice que me agarre la cabeza. ‘Por qué’, le digo, ‘Porque te la voy a volar’”, contó que le respondió el guardia que lo había llevado del cuello hacia una habitación dentro del destacamento de Palomar, centro clandestino de detención identificado por el testigo Carlos Alberto Lafit, uno de los dos sobrevivientes que testimoniaron en la sesión N° 16 de la causa Mansión Seré IV y RIBA II, llevada a cabo este martes. Lafit, en aquellos años miembro de la Juventud Peronista y estudiante universitario, hizo caso omiso a la directiva del guardia: “Como una última rebeldía, de una juventud que venía cansada de tantas dictaduras militares, donde el mismo clima de época hizo que participáramos por el ideal de una sociedad más justa, no me agarré la cabeza”, reflexionó. Recuerda que esperó el tiro, pero el guardia nunca disparó: A cambio, fue llevado a una celda de dos metros por uno que utilizaban como sitio de castigo.

Sobre las circunstancias en las que fue secuestrado mientras salía de la universidad, recuerda que lo esperaba “una persona morocha, alta y corpulenta” acompañado de un muchacho con el ojo golpeado, que él reconoció: “Cuando salíamos del comedor universitario el chico nos pedía manzanas”, dijo. Se trataba de “Palomeque”, quien le confesó que por supervivencia, tuvo que entregar su nombre a los militares.

Ya detenido, uno de los episodios de tortura que recuerda Lafit fue la ocasión en la que un guardia pateaba en el piso a un compañero suyo: “Yo le dije al oficial que no lo patearan porque estaba dolorido desde antes, ‘¿Ah sí?, ¿vos sos el buen samaritano?’ me respondieron, y me empezaron a patear a mí, con esos botines con punta de plomo que usaban los militares”. Aferrarse a la religión lo rescataba, de a ratos, de tanto horror. “Sentí la presencia de Dios no por fanatismo religioso sino por creyente”, sostuvo el testigo y dijo: “Me quedó siempre ese interrogante de por qué otros compañeros tuvieron que sufrir, no aparecer, cuando yo tuve ese privilegio, que es un derecho en realidad, de estar vivo. Por eso estoy acá. Porque ese mismo corazón, con el que actuamos con sueños e ideales por una sociedad mejor, lo tenían ellos también. Queda ese dolor de por qué otros corrieron otra suerte”, admitió Lafit acerca de su liberación del cautiverio que duró casi dos meses.

Para finalizar su testimonio, dirigió unas palabras al tribunal y les agradeció “por seguir manteniendo esta línea de investigación porque esto no debe ocurrir más en nuestra patria, ni en ninguna parte del mundo. Fue un horror lo que vivimos. Las secuelas quedan en la memoria y el corazón. Solo éramos jóvenes que queríamos un mundo mejor”.

“Entiendo que en este contexto adverso quizás los testigos vuelvan a tener miedo», dijo María Eva Pérez.

En esta misma audiencia, el tribunal denegó la petición realizada por los abogados que acusaban a Juan Carlos Vázquez Sarmiento en torno a continuar como querellantes en el resto del juicio dado que el represor –uno de los juzgados en esta causas por los delitos de lesa humanidad- falleció hace unos días. En su lugar, se dispuso una “instancia especial” por fuera del actual proceso, novedad jurídica en Argentina en el marco del derecho a la verdad, en la que se abordarán las pruebas testimoniales y documentales que han sido recuperadas a lo largo del juicio para establecer la materialidad de los hechos en relación a la desaparición de José Manuel Pérez Rojo y Patricia Roisimblit, padres de Mariana Eva Pérez y Guillermo Pérez Roisimblit, que posiblemente acontezca tras la finalización de las audiencias previstas de la causa. “Será una audiencia con características especiales. El tribunal rechaza nuestro pedido pero toma nota de que las víctimas tienen derecho a reclamar una respuesta en base al derecho a la verdad y hacen una creación judicial para encontrar ese espacio”, explicó el abogado querellante Pablo Llonto, en diálogo con ANCCOM. A la vez reflexionó: “Está bueno que la justicia frente a situaciones nuevas como las que ocurren ahora encuentre caminos alternativos para dar respuesta a las víctimas. Son pequeños avances. Frente a las posiciones más negadoras de los derechos humanos que podrían concluir ‘se terminó, el acusado se murió y punto’ en este caso abren una puerta alternativa, en una creación jurisprudencial interesante, con estos mismos jueces”. En esta misma línea el abogado hizo hincapié en la importancia de que el proceso judicial continúe: “Por el derecho a la verdad que tienen las víctimas de exigirle al Estado que dé una respuesta respecto de un hecho que cometió el mismo Estado”.

“Me da la sensación de que le cuesta al tribunal dar cuenta de esta omisión de no contemplar a las infancias como víctimas, ni a Guillermo [Perez Roisinblit] ni a mí. Solamente a los tres adultos involucrados. ¡Qué les cuesta reparar eso en un fallo por derecho a la verdad que nos incluya!”, reflexionó Mariana Eva Pérez, en diálogo con ANCCOM, en relación a la desaparición de sus padres. En la misma línea sostuvo: “No es que quiera seguir en este juicio porque me copa Montoneros Zona Oeste, ni soy una investigadora en temas de la Fuerza Aérea, sino porque al ser el ámbito de militancia de mis padres, es muy probable que se hable de personas o hechos que hayan estado relacionados con ellos o con su desaparición”, expresó y agregó: “Realmente no se está garantizando el acceso a la verdad si voy a depender de preguntarle a otras querellas qué se dijo, o esperar que se acuerden del caso de mis padres y pregunten, o que la fiscalía de los 133 casos que tiene se acuerde especialmente de los nuestros”.

En esta misma audiencia, el otro testigo decidió no hacer público su testimonio y resguardar su identidad, derecho al que pueden suscribir todas las víctimas. Llonto fue consultado acerca de las posibles razones por detrás de esta decisión: “Hay testigos que pueden sentir algún tipo de molestia en torno a la exposición de la imagen pública. También puede tener que ver con cuestiones relacionadas a todavía sentir miedo”, sostuvo el abogado. Además, hay una pregunta clásica que se realiza en los juicios: “¿qué daño ha causado todo esto a su familia?” y allí aparecen respuestas de comportamientos familiares, situaciones del pasado que generaron conflictos y daños concretos a la vida y a la salud mental de cada persona y sus entornos. En este sentido, Mariana Eva Pérez sostuvo: “Entiendo que en este contexto adverso quizás la gente vuelve a tener miedo lamentablemente, por lo que sería bueno que el tribunal les ofrezca a los testigos todas las posibilidades intermedias que hay entre que se transmita y no se transmita: se puede transmitir distorsionando la voz, no mostrando la imagen, no dando el nombre. Así podríamos tener acceso a los relatos, porque muchas de las personas están declarando por primera vez”.

La próxima audiencia de esta megacausa será el martes 25 y se llevará a cabo de forma virtual.

Las otras identidades que restituye la CONADI

Las otras identidades que restituye la CONADI

Judith Alexandre fue separada de su madre al momento del parto en la década del 70. No resultó apropiada por razones políticas; sin embargo, fue víctima de una red de tráfico de bebés que jugó un papel clave en la práctica de apropiación de niños antes y durante la última dictadura militar.

Judith Alexandre nació en 1977 y en el momento del parto la separaron de su mamá. La partera que atendió el nacimiento y firmó la partida con información falsa estaba casada con un militar. Allí puso que era hija biológica del matrimonio que la crió e inició su apropiación. Su madre no estaba vinculada de ninguna manera a los movimientos políticos de la época. “La identidad es algo muy difícil de entender y de definir porque cuando la gente habla de ella habla desde lo que sabe”, explica Alexandre en diálogo con ANCCOM y agrega: “¿Cuál es tu identidad? Lo que vos sabés: que venís de una familia así, que naciste en tal lugar… Esa información es la que va forjando tu identidad. Ahora, cuando vos tenés una realidad como la mía, ves que es mucho más que eso, abarca otros aspectos hasta inconscientes y te diría otros que son muy difíciles de transmitir a quien nunca la perdió”.

El robo de bebés fue una práctica usual inserta en la sociedad argentina preexistente a la última dictadura militar. Las redes de tráfico de niños existían ya como un comercio consolidado que hizo que esto fuera posible de sostener durante tantos años. Hay quienes consideran que fue una condición de producción necesaria para lo que sería más tarde la apropiación de bebés por cuestiones políticas. La complicidad de la sociedad civil, de la Iglesia, de funcionarios del Poder Judicial, de la salud y de las Fuerzas Armadas resultaron fundamentales para llevar adelante esta práctica. En todos los casos, anularon la identidad de miles de niños y niñas y los privaron de vivir con sus legítimas familias, de sus derechos y de su libertad.

La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) atiende a personas nacidas entre los años 1975 y 1983, que dudan sobre su identidad. La Comisión es quien solicita al Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG) la realización de los análisis de ADN para ver si existen vínculos de parentesco con personas desaparecidas durante la última dictadura militar. El Banco, es el lugar donde se almacenan los perfiles genéticos de las familias que buscan a los bebés apropiados en dictadura y a las personas con dudas sobre su origen, allí se analiza si existe alguna coincidencia con los perfiles genéticos registrados. Este proceso puede demorar varios meses para determinar si hay una coincidencia, y en casos donde no la hay, puede extenderse durante años, mientras se espera que surjan nuevas muestras genéticas que puedan confirmar un vínculo con personas desaparecidas.

Este trabajo es posible gracias al descubrimiento del índice de abuelidad, creado gracias a la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo en 1984 para identificar a los hijos e hijas de desaparecidos. Sin embargo, desde 2019, la CONADI habilitó otro área que se ocupa de recibir a mujeres que tuvieron un parto durante estos años y que o bien, dieron a su bebé voluntariamente, les dijeron que su bebé había nacido muerto, o fueron forzadas a entregarlo. En su mayoría son mujeres que transitaron embarazos adolescentes, se encontraban en situaciones de vulnerabilidad o estaban solas al momento del parto. Sus hijos, en los papeles, son hijos de otras familias.

Alexandre se acercó en 1996 a Madres de Plaza de Mayo, habiendo cumplido 18 y pensando que, solo así, podrían darle la atención que necesitaba. Allí la recibieron, la contuvieron y la orientaron para iniciar la búsqueda. Por entonces, las Abuelas de Plaza de Mayo habían lanzado su convocatoria a jóvenes que dudaran de su identidad. En 1997, acompañada y aconsejada por Madres, Alexandre se acercó a Abuelas y luego de abrir su legajo en CONADI incorporó su muestra de ADN al Banco Nacional de Datos Genéticos, esperando un llamado telefónico que le diera información sobre lo que ella buscaba. Durante años, la única información que poseía era que -hasta ese momento- su perfil genético no incluía con el de ninguna de las familias de desaparecidos que conformaban el Banco. Pero ella siguió buscando.

“A mí me decían: `Pero ¿vos qué buscas? ¿a tu mamá?´ Y cuando ya creciste y pasaste los 20 es como hasta vergonzoso. Decís: «No, yo no busco una mamá, ya tuve una mamá -recuerda-. Porque no buscás una mamá desde ese lugar, que venga y te críe, pero sí buscás tu verdad, necesitás esa información”, explica Alexandre.

Sin saber qué la esperaba, en el medio hizo una carrera profesional, trabajó y tuvo cuatro hijos, el tiempo pasó, pero ella nunca dejó de buscar. “Me daba paz saber que estaba buscando porque también hubo momentos en los que decía que ya estaba, que no buscaba más y después me sentía mal conmigo misma. Entonces me decía que no era una opción en mi interior no buscar”, confiesa. Veintidós años más tarde, en 2019 y a partir de la apertura de la nueva área de CONADI, recibió el llamado que tantos años estuvo esperando. Del otro lado también la estaban buscando, se encontró con una mamá y dos hermanas que la recibieron con los brazos abiertos.

Su mamá de crianza, Elsa, falleció en noviembre de 2018, su papá había fallecido 10 años antes. Y se encontró con su mamá biológica, Adriana, el 20 de agosto de 2019. “Quieras o no, yo no estuve ni una vez para el Día de la Madre sin mamá”, cuenta con una sonrisa. “Lamento que mi mamá Elsa no haya podido vencer esa barrera comunicacional y prestarse a este diálogo en algún momento. Pero bueno, se plantaba de una forma y me decía como que era una desagradecida por estar preguntándole y pidiéndole. Se ponía en un lugar que generaba que no pudiésemos compartir eso que era una necesidad mía y que no era nada malo, ni en contra de ella. Pero no lo pudo entender”, comparte Judith. “Es lo que decía respecto a la identidad, entiendo que es difícil de entender porque para quien no lo carece o no se lo quitan o no lo pierde de alguna manera, no lo siente como algo valioso, no llega a entender cómo nos atraviesa y nos acompaña en todo”.

María Laura Rodríguez trabaja en el Área de Presentación Espontánea de Abuelas de Plaza de Mayo en donde se encuentran cientos de casos así por año. “La identidad no es solamente lo biológico, es centralmente la verdad y es realmente lo histórico. Nunca la identidad es solamente un ADN en común”, comenta en diálogo con ANCCOM. El proceso de Alexandre va de la mano de la construcción de este derecho social. A pesar de que no haya tenido coincidencias de ADN durante muchos años, siguió buscando y construyendo ese derecho desde su subjetividad y desde la apertura social.

Haciendo un repaso por los últimos años de su trabajo, Rodríguez plantea: “Creo que pudimos explicarnos que había apropiación de bebés por razones políticas, robo de bebés y torturadores malos, pero no pudimos asumir como sociedad que también comprábamos bebés porque éramos madres a cualquier precio porque era el mandato de la mujer -agrega-. Por otro lado, en lugar de acompañar a mujeres en situaciones de vulnerabilidad que quizá querían ser madres, se las dejaba en un lugar que parecía que era más egoístas si maternaban que si daban en adopción”.

La reflexión sobre el pasado, la lucha de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo y de otras asociaciones vinculadas con los derechos a las infancias, puso en evidencia que el Derecho a la Identidad debía ser explicitado para que fuera considerado un derecho humano fundamental, y, por lo tanto, una responsabilidad del Estado garantizarlo.

En 2005 se sancionó la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes. Así, la construcción social del Derecho a la Identidad pasó a estar garantizada por la legislación. La misma dice: “Las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a un nombre, a una nacionalidad, a su lengua de origen, al conocimiento de quiénes son sus padres, a la preservación de sus relaciones familiares de conformidad con la ley, a la cultura de su lugar de origen y a preservar su identidad e idiosincrasia. Los Organismos del Estado deben facilitar y colaborar en la búsqueda, localización u obtención de información, de los padres u otros familiares de las niñas, niños y adolescentes facilitándoles el encuentro o reencuentro familiar.”

La historia de Judith Alexandre es solo una de las miles que existen en nuestro país de casos de apropiación de bebés. Ella sostiene que “la identidad debe ser un tema que se aborde socialmente, comenzando desde la educación, y se trabaje de diversas maneras para que finalmente se observe”. Esto es parte de la historia de nuestro país y el Derecho a la Identidad es parte de una conquista social que se dio a lo largo de tantos años de lucha, preguntas y resistencia.

Judith agrega que Ana le resonaba como si fuera parte de su nombre desde chica. Cuando se reencontró con su mamá Adriana -y hace hincapié en que el nombre termina en “Ana”- lo vinculó con lo se venía imaginando desde la infancia. Cuenta al respecto: “Ahora sigo usando Judith, pero hay un par de personas que me llaman Anita. Judith Alexandre es mi nombre legal pero Anita también lo uso. Hasta me define mejor porque pasé toda la vida buscando y Anita es parte de esa búsqueda”.

«De eso no se habla»

«De eso no se habla»

Tras la feria judicial, se retomaron las audiencias del juicio de lesa humanidad que analiza la responsabilidad de tres autoridades en el incendio ocasionado en el penal de Devoto el 14 de marzo de 1978.

En febrero continuaron las audiencias del juicio que investiga la Masacre del Pabellón Séptimo, en donde se analiza la responsabilidad de tres autoridades en el incendio ocasionado en el penal de Devoto el 14 de marzo de 1978. En las jornadas del miércoles 12 y 26 de febrero, declararon familiares de los afectados.

La audiencia inició dando ingreso a Verónica Sosa, hija de Dante Sosa, fallecido durante el incendio. La testigo explicó que en el momento en que acontecieron los hechos ella tenía 4 años. “La versión que me dieron a mí fue que mi papá había muerto en un accidente, pero no sabía de qué tipo”, contó. Recordó, además, distintas versiones que sus familiares le fueron ofreciendo, “pero ninguna concordaba entre sí”. 

Sosa reconoció el cuidado y la protección de su abuela, quien la crió e hizo de su “mamá y papá”, debido a que su madre la abandonó y su padre fue preso y posteriormente murió. “De eso no se habla” y “no hay que hablar de eso” fueron las frases típicas que se vincularon al recuerdo de su padre, hasta que descubrió los hechos por su cuenta. 

En marzo de 1992, viendo el programa “Siglo XX Cambalache” escuchó que se hablaba del “motín de los colchones”: “Ahí se me armó el rompecabezas de palabras que me andaban dando vueltas, testimonios, palabras sueltas”, mencionó. A raíz de eso, Sosa buscó el certificado de defunción de su padre, y al leer que la causa de muerte indicaba quemaduras extremas y segundo grado de calcinación, comenzó a encontrar distintas respuestas a ciertas dudas. “En ese momento me cerró de dónde venían los llantos a escondidas de mi abuela y su depresión. Cuando lo entendí, duelé en silencio y no le dije nada” explicó. 

Entre 1993 y 1994 investigó por su cuenta buscando diarios de la época del incidente, en donde encontró el nombre de su padre, las “imágenes del horror” y las “listas interminables” de los afectados.

En busca de amparo y justicia, Sosa habló con distintos abogados. Sin embargo, le dijeron que no se podía hacer nada. “No era un Estado de Derecho sino la dictadura, eran presos comunes, por ende a ¿quién le iba a interesar esa causa?”, explicó la testigo citando a los abogados.

Sosa cargó con aquel dolor y la impotencia de no poder encontrar soluciones hasta que en el año 2014, observó en la vidriera de una librería un libro que hablaba del “motín de los colchones” pero con un nuevo nombre: Masacre del Pabellón Séptimo, de Claudia Cesaroni. Cuando llegó a su casa, googleó la misma frase y no solo se encontró con el libro sino con una canción y páginas webs que retomaban el surgimiento del incendio.

Finalizado su testimonio, pasó a declarar Patricia Menta, hermana menor de Pablo Menta también fallecido durante la masacre. Cuando acontecieron los hechos, ella tenía 21 y él 24. 

La testigo contó que su hermano era drogadicto. Menta estaba preso por asaltar una farmacia junto a un amigo suyo y querer robarse unas pastillas. Al igual que su amigo Horacio Santantonin, su condena se cumplía el 17 de marzo: “Había salido el fallo que permitía su liberación y sabíamos que iba a salir”, explicó la testigo. 

La hija de Santantonin había declarado durante la jornada del 12 de febrero, donde explicó que su padre sobrevivió al incendio y logró tener libertad pero su amigo Menta no, hecho por el cual su padre quedó muy afectado.

La testigo recordó el 14 de marzo como un “día horrible”. La madre de Santantonin la había llamado a la casa y le había dicho que “algo había pasado”. En ese mismo lapso horario, la testigo y su madre se habían dirigido al penal de Devoto y observaron cómo enfrente de la entrada había mucha gente amontonada mientras se leía una lista con los nombres de reclusos que se encontraban heridos, mencionando en qué hospital se encontraban. El nombre de su hermano no fue leído en ningún momento por las autoridades. “Ese día volvimos sin pensar con mi mamá para no pensar lo peor” explicó. Si bien Menta no recuerda el modo en que concretamente se enteraron del fallecimiento de su hermano, explicó que su padre lo terminó reconociendo en la morgue. “De estar festejando porque lo liberaban pronto, terminamos lidiando con su muerte” expresó la testigo.

 

Miércoles

Durante la jornada del miércoles 12, el Tribunal Oral de Retiro convocó a tres familiares de víctimas afectadas por la Masacre del Pabellón Séptimo. Veronica Ambrosio, hermana de Armando Luis Ambrosio, fallecido durante el incendio, fue la primera en ingresar a la sala de audiencias. La testigo es la más chica entre 4 hijos y para el momento en que acontecieron los hechos tenía 6 años. 

Con su hermano no tenía demasiada relación, cuando lo detuvieron él ya no vivía con ellos. Sin embargo, contó que ella no se enteró sino mucho tiempo después: “A mi no me dijeron que Armando había sido detenido, entiendo que para preservar mi niñez, mi inocencia. Me dijeron que estaba internado, enfermo, en un hospital. Yo no pregunté más”. Añadió que su hermano tenía una relación tensa con su papá y que ella no se animaba a preguntar por él, ya que no eran temas que se hablen frecuentemente. 

El día que se enteró de su fallecimiento fue poco tiempo después que se mudaron. Una de sus hermanas la sentó en el auto de su pareja de ese entonces y le explicó que su hermano no se había recuperado, que había fallecido y que por eso “mamá y papá estaban tristes”. “Yo tampoco pregunté qué enfermedad tenía y por qué no se había curado. Me daba miedo preguntar porque sabía que el recuerdo despertaba tristeza”, reconoció Ambrosio.

Sin embargo, el recuerdo y el luto provocaron que su madre cuente con mayor frecuencia algunas cosas sobre él. La testigo explicó que su vida comenzó a integrar intervalos de memorias de su hermano que comenzaron a provocarle inquietudes. “En esas menciones que mi mamá hacía había cosas que no cerraban. No entendía bien, había algo más”, explicó la testigo. Un día se animó a preguntar, y su madre le respondió que su hermano era drogadicto. 

Cuando cumplió 15, le pidió a Estela, una de sus hermanas, que como regalo de cumpleaños le contara su versión de la historia. Le explicó que habían allanado la habitación en donde estaba viviendo su hermano y que lo detuvieron por encontrarle un kilo de marihuana y lo trasladaron a Devoto. 

“Después mi hermana me contó lo que fue el “motín de los colchones”, más o menos lo que vendría a ser la versión oficial, que hubo una especie de revuelta o protesta pero ella me decía que no tenía los detalles de cómo había sido el incendio”. Finalmente, le dijo que el incendio había sido tan grande que muchos reclusos murieron, como el caso de su hermano.

Con el tiempo, Ambrosio fue resolviendo ciertas incógnitas: hablando con un amigo sobre su hermano, éste le respondió que aquel incidente no fue un motín sino una masacre. “Ya había internet, podría haber investigado pero la verdad que no quise, no quería abrir esa olla”, confesó. Sin embargo, nuevas circunstancias hacían que el tópico vuelva a ella, Ambrosio encontró en un titular del diario Página 12 que informaba que el Indio Solari había compuesto una canción donde hablaba del incendio, y ya para el 2013, con la publicación del libro de Cesaroni “pudo entender casi todo”. Además, a partir de su contacto con la abogada querellante, fue que la testigo también pudo conocer a sobrevivientes, como también a familiares de otras víctimas fallecidas

“Yo digo que Armando se murió dos veces: una físicamente y otra porque nosotros no hemos podido mantener viva su memoria y su recuerdo en la familia. Entendí que el “de eso no se habla» de mi familia tenía que ver con el momento político, social y económico que tenía el país: la dictadura. Me hubiese gustado que al menos hubiésemos podido poner en la intimidad más resistencia” subrayó. 

Una vez finalizadas las preguntas de las partes acusatorias, Veronica solicitó permiso al juez para un último comentario: “Me preocupa la dirección de lo que pudiera ser la sentencia de este juicio. La pérdida de mi hermano y las otras víctimas es irreparable. Parte del daño y del trauma tiene que ver con el tiempo que ha pasado, más de 46 años de los hechos. Personalmente, que dos personas de más de 90 años tengan una sentencia de prisión domiciliaria no me repara nada, Zerda sería otra cuestión. Pero me gustaría que algo de la realidad del sistema carcelario federal fuera distinto para los presos de nuestros días”. Enseguida añadió que el mismo día que había sido la inspección ocular en Devoto, horas después se había dado una requisa violenta en donde también hubo reclusos gravemente heridos. “Hay cosas que pasaban que siguen pasando 50 años después en gobiernos democráticos. Me gustaría que la reparación pase por tratar las condiciones de encierro de las personas privadas de su libertad” finalizó. 

Posteriormente ingresó Carolina Santantonin, hija de Horacio Adrian Santantonin, quien sufrió graves heridas durante la masacre. La testigo explicó que su padre quedó detenido cuando ella tenía 6 años, y que si bien sus padres estaban separados, su madre la llevó a visitarlo un par de veces. Cuando ocurrió el incidente, su mamá le explicó que había ocurrido un incendio y días después la llevó a la casa de su abuela, en donde se encontraba su padre. “Estaba en un sillón acostado con una tela, todo quemado. Recuerdo verlo e impresionarme con las quemaduras porque le vi hasta los huesos en las rodillas” contó.

Santantonin explicó que su padre había podido salir de la cárcel debido a que el 17 de marzo de ese mismo año, días después de ocurrida la masacre, él cumplía su condena y podía tener libertad condicional, al igual que su compañero recluso Pablo Menta, quien murió durante el incendio. 

Tiempo después, su padre se fue a vivir a Córdoba, en donde se casó nuevamente y tuvo una nueva familia. Santantonin iba a visitarlo durante sus recesos escolares, pero el contacto que tuvo con él era reducido. “Tengo el recuerdo de no hablar más del tema una vez se fue a Córdoba. Yo sé que a él le sorprendió mucho lo que vivió, la muerte de Pablo”, explicó. Finalmente, contó que su papá falleció en 2003. 

Finalizado el testimonio de Santantonin, se dio ingreso a Cristina Cresente, hija de Roberto Cresente, fallecido durante la masacre. “Yo tenía 21 años, estaba casada y embarazada de mi primera hija de ocho meses en el momento que pasa esto de mi papá. Yo me entero que pasa esto por mi mamá y por una tía hermana de él”. 

Cresente explica que el motivo de la detención fue por posesión de drogas, unos días antes de la masacre. “Él no quiso que yo fuera a verlo, primero por vergüenza y segundo por mi condición de embarazo”, rememoró. 

La testigo recordó que se enteró del incendio esa misma mañana del 14 de marzo por medio de Canal 9. “Cuando dijeron la cantidad de fallecidos, pensé: mi papá está muerto”, expresó. Cresente señaló que no fue sino hasta dos días después de la masacre que les informaron desde el penal que su padre había fallecido. 

La próxima audiencia de la causa que investiga la masacre del Pabellón Séptimo será el miércoles 5 de marzo.

 

“Me dejaron arrodillado al pie de los tres muertos”

“Me dejaron arrodillado al pie de los tres muertos”

En la segunda audiencia del año de la megacausa Mansión Seré IV y RIBA II declaró Carlos Fabián Rivarola. Fue el único testimonio, aunque se habían previsto cuatro. Tras la muerte del imputado Vázquez Sarmiento, aún no se decide la continuidad de las querellas por su causa.

“Me dejaron arrodillado al pie de los tres muertos”, expresó el testigo Carlos Fabián Rivarola, único testimonio de la audiencia de este viernes, secuestrado en septiembre de 1976 a sus 16 años, sobre el momento más doloroso que atravesó en aquel calvario, el asesinato de su amigo Gabriel Lazaro Gutierrez: “Uno de los guardias me pidió que me arrodílle y a esa altura pensé que me mataban”. Relata que al sacarle la venda de los ojos y había 3 cadáveres: “Cantá, mirá lo que le hice a tu amigo, decime lo que quiero saber o terminas igual”, le dijeron. “Cuando me muestran a Gabriel muerto, algo que me va a quedar patente, es que estaba descalzo, con un zapato menos, manchado de sangre y con varios impactos de bala”. Sobre ese vínculo, dijo: “Teníamos una amistad, una pasión por lo que hacíamos. Mi valor sentimental era hacia Gabriel, que le decíamos el bocón, Gabi o Gabito. Mi dolor más grande fue verlo muerto”.

Uno de los temas centrales de la declaración del sobreviviente fue la culpa y el remordimiento que sufrió durante los años posteriores al cautiverio: “A mi vieja la paraban por la calle y la increpaban ‘¿por qué tu hijo está vivo y mi hija sigue desaparecida?’. No pude hacer vida normal luego de mi liberación. Todo quedó asociado a este gran problema. Cuando llega septiembre, son momentos de revolver el pasado, cosas que pasaron hace mucho tiempo pero todavía afectan. Lo que viví es algo que aún me persigue, me genera angustia. A veces me pregunto porque no me mataron. Los militares no me robaron solo el año que estuve preso, me quitaron mucho más: mi juventud, los amigos, mi vida posterior. No pude volver a ser la persona que era”.

“’Dale máquina’, le dice uno a otro. Siento que me desvisten, me atan con alambres de manos y piernas. Me empezaron a dar picana eléctrica”, continuó su relato el testigo acerca de los diferentes episodios de tortura perpetrada por la Fuerza Aérea en su período de cautiverio durante el cual fue trasladado desde la Comisaria de Castelar y la 1° Brigada Aerea de Palomar, intermitentemente.

Son aquellas sesiones de torturas las que hoy le generan remordimiento y culpa. En estas le preguntaban por compañeros de volanteadas y pintadas, tarea que Rivarola tenía a cargo controlar, por lo que llevaba anotado en papeles los nombres y las direcciones de quienes participaban. “En los interrogatorios me preguntaban por lo que hacíamos y quiénes me acompañaban. Si ellos tenían esa información era porque alguno de los nuestros nos había denunciado. En ese momento, todos se convirtieron para mí en enemigos: los que me torturaban y también los propios. Y yo no estuve a la altura de las circunstancias. Tenía pánico. En cierta manera he colaborado en esos interrogatorios, entre la tortura y la picana eléctrica, para tratar de sobrevivir. Fue la manera que encontré en ese momento de preservarme. Pero es un karma que voy a llevar el resto de mi vida”.

Sobre el momento de su liberación, contó: “Me saqué la capucha. Traté de correr dos metros y no lo pude hacer. Me encontré en la estación de tren de Rubén Darío. No sabía si me iban a venir a buscar de nuevo. Estaba completamente ido”. Pidió unas monedas a una mujer, buscó un teléfono y logró contactarse con su padre. Tiempo después pudo contactarse con la familia de su amigo: “Me contaron que Gustavo tras mi detención no huyó porque estaba seguro que yo no lo delataría. Eso me quitó mucha culpa y cargo de conciencia. Ese día me quité la mochila que cargué por años”.

En una declaración previa que realizó en el juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nº 3 ante el juez Daniel Rafecas, Rivarola había identificado en un álbum de fotos a un hombre con rasgos muy parecidos a quien lo secuestró “en un auto 128 color cremita que nunca voy a poder olvidar”. Pelo corto, bigotes anchos, mandíbula puntiaguda: la imagen de aquella declaración coincide con la de José Juan Zyska, ex cabo de la 1° Brigada Aérea de Palomar, quien ahora, mientras el fiscal y el testigo revisan la declaración previa, fuma tranquilamente gozando de prisión domiciliaria, sin conmoverse por el sufrimiento del testimonio ni por los momentos en que Rivarola debe detenerse para respirar, tomar aire y recomponerse para continuar. Antes de dar por finalizada la audiencia, Rivarola dedica un momento para agradecer al tribunal por “dar luz sobre lo vivido, a pesar de que hayan pasado tantos años desde entonces, e incluso desde que declaré ante el juez Rafecas”.

En el comienzo de la sesión, el abogado querellante Pablo Llonto realizó una petición al tribunal en favor de que, tras la muerte de Vázquez Sarmiento, único imputado por el cual su parte está presente en el juicio, continúe el proceso contra su persona haciendo uso del derecho a la reparación de las víctimas, actuando como querellas. Este derecho contempla el que las personas damnificadas puedan participar activamente del proceso legal de investigación. El resto de las querellas se posicionó en favor, por entenderlo como parte del derecho a la reparación de las víctimas. En este sentido, aún se espera una definición por parte del tribunal.

En referencia a esta solicitud se expresó en diálogo con ANCCOM el fiscal federal Félix Crous: “El pedido de las querellas respecto a la continuación del juicio en lo que atañe a Vázquez Sarmiento, fallecido, invocando el derecho a la verdad, es factible”, y agregó que hay antecedentes de otros juicios en los que ni ante fallecimiento o incapacidad sobreviniente se descuida un derecho antecedente al de a la punición como lo es el derecho de las víctimas al conocimiento de la verdad. De la misma forma sostuvo: “Hay aquí además una responsabilidad del Estado en no haber juzgado a Vázquez Sarmiento, porque la demora en el inicio del juicio obedeció a dificultades que el Tribunal expuso que no pueden cargarse contra los derechos de las víctimas”, señaló Crous.

Fue una audiencia virtual plagada de fallos técnicos, en la que se preveían al menos cuatro declaraciones y sólo pudo hacerlo uno de los testigos: dos declaraciones fueron desistidas por falta de información relacionada al caso y un tercer testigo tampoco pudo hacerlo por el límite de tiempo de la audiencia, que se dió por terminada al mediodía porque el TOF 5° está también abocado a la causa del ex centro clandestino Campo de Mayo. Al respecto, Félix Crous sostuvo: “Idealmente deberíamos tener más de una audiencia por semana y deberían ser más extensas. Pero los tribunales están convocados a varios juicios en simultáneo, lo que es absolutamente contraproducente en cualquier juicio: dispersa la atención de los jueces y demora todos los procesos. Faltan vacantes para ser cubiertas, son insuficientes los tribunales, pero esto es un problema estructural que atañe a todo el sistema de justicia. Sin embargo, es menos de lo que querríamos y más de lo que solemos encontrar, por lo cual, estamos razonablemente satisfechos en este contexto y con estas salvedades”. Para finalizar se refirió a la posibilidad y el deseo de que el juicio pueda saldarse en lo que resta de 2025.

***

La próxima audiencia de esta megacausa se programó para el martes 11 de marzo.