Un medio que es una alucinación

Un medio que es una alucinación

Juan Pisanu, creador argentino de “The Hallucination Herald”, impulsa un experimento mediático administrado completamente por inteligencia artificial y reabre el debate sobre el futuro del periodismo, la automatización y la credibilidad informativa.

En un escenario donde la inteligencia artificial ya redacta textos, edita imágenes y produce videos en segundos, un argentino decidió llevar el experimento un paso más allá: crear un medio de comunicación administrado íntegramente por IA. El proyecto se llama The Hallucination Herald y detrás de la iniciativa está Juan Pisanú, quien propone una experiencia tan provocadora como inquietante para el ecosistema mediático actual.

“Siempre me gustó innovar. Soy diseñador industrial por la Universidad Nacional de Córdoba, sin embargo, programo desde hace 20 años Cuando surgió la IA como instrumento, lo primero que me pregunté fue: ¿dónde puedo ser disruptivo?”, responde a ANCCOM.

Hallucination es el término que se utiliza en inteligencia artificial para describir los errores o invenciones que producen algunos modelos generativos cuando presentan información falsa como si fuera real. Pisanú tomó ese concepto y lo convirtió en identidad editorial: un diario concebido, redactado y estructurado por sistemas automatizados: “Me llevó dos días de desarrollo realizar el brief fundacional del medio, los criterios de jerarquización de noticias y validación de fuentes. A partir de ahí lancé el medio a la web, y con las repuestas de los usuarios se fue retroalimentando el sistema”.

La propuesta funciona casi como una sátira del presente informativo, pero también como un laboratorio de experimentación tecnológica. En The Hallucination Herald, la producción periodística —desde titulares hasta artículos completos— es realizada mediante herramientas de inteligencia artificial, sin intervención humana en la cadena de producción: “Los agentes buscan información de la web siguiendo parámetros definidos en el brief, en una segunda instancia la información vuelve a filtrarse, constatando que por cada noticia existan al menos tres fuentes, y por último una ultima instancia de repaso antes de la publicación del artículo, todo realizado por IA, yo solo me siento a leer el diario como lo hacés vos, la IA se encarga del trabajo”, afirma.

El proyecto abre interrogantes sobre el futuro del periodismo. ¿Puede una inteligencia artificial reemplazar la perspectiva humana? ¿Qué sucede con los criterios editoriales, la verificación de datos y la responsabilidad ética cuando los contenidos son generados por algoritmos? ¿Estamos frente a una innovación o ante un síntoma de la automatización extrema de la información? Si el periodismo visibiliza información desconocida, ¿es periodismo lo que hace la IA que trabaja con datos ya publicados? Para Pisanú, el experimento busca precisamente tensionar esos límites: “Algunos tiran hate en las redes o piensan que lo que hago no es periodismo. Yo tengo agentes que toman fuentes, las validan y hacen notas. Eso para mí es un modo de hacer periodismo. Me parece que el temor esta basado en el desconocimiento o las inseguridades de quienes critican”.

La iniciativa también dialoga con una preocupación creciente dentro del mundo periodístico: la precarización laboral y la transformación de los roles tradicionales en las redacciones. Mientras algunos ven en la IA una herramienta complementaria para optimizar tareas, otros advierten sobre el riesgo de reemplazar profesionales por sistemas automatizados capaces de producir contenido masivo a bajo costo: “Este es un medio que se sostiene íntegramente con un presupuesto de 100 dólares al mes, ni un peso mas ni uno menos”, sostiene Pisanú.

Si bien es un proyecto reciente, con poco más de un mes en la web, su creador considera que a futuro puede mutar como un instrumento al servicio de los periodistas: “Imagino poder desarrollar un sistema entrenado que sirva como instrumento para el ejercicio del periodismo tradicional, sobre todo en materia de investigación periodística”.

Mientras la IA avanza sobre cada vez más áreas de la vida cotidiana, The Hallucination Herald es un hecho concreto, y en un escenario donde las máquinas ya pueden escribir noticias, la pregunta parece no ser si reemplazarán a los periodistas, sino qué valor diferencial podrá aportar, de ahora en más, la mirada humana.

Los libros destruidos vuelven a nacer

Los libros destruidos vuelven a nacer

A cincuenta años del último golpe de Estado, la Feria Internacional del Libro incluye la muestra “Censura planificada. Los libros en la mira de a dictadura militar”. ANCCOM la recorre y dialoga con su curadora, Judith Gociol, y con Julia Blanco, quien en un largometraje registró la historia del desentierro de la biblioteca de su padre.

Una pequeña vitrina encierra los fragmentos de lo que algún día fue un libro. Enterrado poco antes del último golpe y recuperado luego de estar 40 años bajo la tierra, integra la biblioteca desenterrada de la familia Blanco. Hoy, ubicado en el centro del Pabellón 8 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, forma parte de la muestra Censura planificada. Los libros en la mira de la dictadura militar (Argentina 1976-1983), curada por Judith Gociol.

 “Así como hubo un plan sistemático de represión, desaparición de personas y robo de bebés, también hubo un plan sistemático de represión a la cultura y a las diferentes disciplinas”, sostuvo Gociol, que documentó dicha tesis enfocada en el campo literario en Un golpe a los libros, obra que escribió junto a Hernán Invernizzi y que es la base de la muestra.

Antes de ingresar, sobre la lona roja que cubre la estructura de la muestra se leen los títulos de los libros, los nombres de las editoriales y los escritores censurados por la dictadura. Afuera se escuchaban los ruidos típicos de la feria: murmullos, pasos sobre el cemento, risas, aplausos que llegaban desde otros pabellones. Adentro, el silencio solo se rompía con el asombro de quienes le señalaban algo a sus acompañantes.

La muestra encierra una paradoja: hace 50 años, mientras la feria celebraba su segunda edición, muchos escritores nacionales estaban en el exilio, cuando no desaparecidos, y distintas editoriales eran obligadas a prohibir libros de sus catálogos. “Hay muchas situaciones en las que la represión entró al evento. Los militares recorrían los stands señalando qué libros se podían poner y cuáles no, había autocensura y miedo. Además, con el paso de los años se empezó a saber sobre los autores y editores que estaban desaparecidos o exiliados. Con contraseñas, la comunidad literaria se decía lo que pasaba”, contó Gociol.

En una de las esquinas hay una biblioteca de libros prohibidos que incluye textos peronistas, de izquierda, de ficción, de autores internacionales y religiosos. Enviadas a la hoguera o eliminadas de la circulación, esas obras excluidas de los stands de los primeros años de la feria, hoy, en un acto de justicia, aparecen en el corazón del predio.

Como forma de resistencia silenciosa ante el plan sistemático de censura, los lectores enterraban sus libros bajo tierra, los escondían en bauleras y entre falsas paredes. María Julia Blanco, historiadora rosarina, de visita en Buenos Aires para recorrer la muestra, contó en diálogo con ANCCOM que creció sabiendo que existía una biblioteca fantasma en su familia. La colección pertenecía a su padre, Joaquín Blanco, estudiante y militante socialista, cuyas obras fueron escondidas por su abuelo.

“Los libros enterrados se transforman en una especie de texto que se mantiene congelado en el tiempo. Queda en la imaginación que el libro está siempre igual”, expresó Blanco. Al enterarse del caso de la Biblioteca Roja en Córdoba -el hallazgo de dieciséis paquetes de libros que habían sido enterrados por una pareja de militantes antes de partir al exilio- Blanco tuvo el impulso de recuperar la colección de su padre. “Fue una grata sorpresa que haya quedado algún resto”, agregó. Y entonces, como directora, decidió plasmar la experiencia en el largometraje documental Desentierros. Los libros que no heredamos, del que también pueden verse fragmentos en la muestra curada por Gociol.

“¡Impresionante!”, exclama Viviana Britos, una visitante de 73 años, inclinada sobre el segundo libro expuesto de la familia Blanco, en el Pabellón 8 de la Feria del Libro. “Verlo enterrado… Esto es algo que uno hacía por temor, por miedo”, dice con la voz temblorosa. Esa obra, más entera, quedó expuesta sobre la tierra, el lugar que habitó durante décadas. “Por lo menos pudo rescatarlo de alguna manera, muchos otros no pudieron hacerlo. Es el testimonio de una época”, sostiene la mujer antes de seguir el recorrido.

“Genera mucho impacto el hecho de ver el libro, lo que quedó y preguntarse si eso sigue siendo o no un libro, qué valor tiene y de qué está hablando ahora”, reflexionó Gociol. “Los enterraron con la esperanza de sacarlos en tiempos más prósperos y volverlos a leer, pero eso es imposible por cómo fueron encontrados”, agregó la curadora sobre los dos ejemplares que aportó Blanco. 

Con la vuelta a la democracia muchas de las obras prohibidas se volvieron a publicar. Son, de acuerdo a la muestra, “testimonios de memoria y de vuelta a la vida”. Desde Queremos tanto a Glenda, de Julio Cortázar, hasta El beso de la mujer araña de Manuel Puig y Las venas abiertas de América Latina de Galeano, aparecen en la Biblioteca de los Reeditados. Al lado de ella, en la Biblioteca Homenaje, continúan los libros de escritores desaparecidos. 

 

“Pese a la hoguera y a los verdugos, los libros destruidos vuelven a nacer”, se leen en una de las paredes las palabras de Osvaldo Bayer, otro de los tantos escritores censurados.

La muestra, que podrá visitarse hasta el próximo lunes, aporta a la reconstrucción histórica del plan sistemático de exterminio cultural, al mismo tiempo que se consolida como un espacio en construcción permanente, de resistencia literaria ante el horror, que construye memoria en la edición número 50 de la feria y, sobre todo, a medio siglo del golpe.

 

Este viernes, a las 19.30 hs. María Julia Blanco visitará la muestra Censura planificada. Los libros en la mira de la dictadura militar (Argentina 1976-1983), donde se proyectan fragmentos de su película y se exhiben dos ejemplares de los libros de su padre, rescatados 40 años más tarde.

«Videla murió en la cárcel, Pinochet en su casa»

«Videla murió en la cárcel, Pinochet en su casa»

La escritora chilena Nona Fernández Silanes presentó su libro «Marciano», una novela de no ficción construida a partir de la historia del militante comunista Mauricio Hernández Norambuena , preso desde la dictadura trasandina.

La reconocida autora chilena, Nona Fernández Silanes, presentó su último libro Marciano en la 50° edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En la sala Pizarnik del Pabellón Amarillo, tuvo lugar el encuentro del que también participaron Cynthia Rimsky, escritora y académica chilena, y María Sonia Cristoff, escritora y traductora argentina.

Además de guionista y actriz, Nona se destaca por su faceta de escritora. Ganó múltiples galardones, entre ellos el Premio Altazor (en cuatro ocasiones), dos Premio Municipal de Literatura de Santiago, fue finalista del National Book Award en 2021, y actualmente está nominada al Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por Marciano.

Marciano es un libro de no ficción que narra la historia de un comandante del Frente Renovador Manuel Rodríguez, un brazo armado del Partido Comunista Chileno, que funcionó durante la dictadura de Augusto Pinochet y los primeros años de “democracia pactada”. Mauricio Hernández Norambuena está preso hace 35 años, cumpliendo la condena por la supuesta autoría intelectual del asesinato al senador e ideólogo de la dictadura Jaime Guzmán, y por los secuestros de Washington Olivetto (publicista) y Cristian Edwards, hijo del dueño del diario El Mercurio.

Este libro se diferencia por su estilo original, tanto en estructura como en narración; ya que inicialmente iba a ser una serie. Nona llevaba un año visitando al preso, y haciéndole entrevistas a él y a su entorno, cuando le informaron que no se llevaría a cabo el proyecto previsto. Frente al cambio de planes, la autora decidió convertir todo el trabajo realizado y el que continuó por tres años más, en una novela. Otra particularidad, es que al encontrarse con el protagonista en una cárcel de máxima seguridad, no podía llevar grabadora; por lo tanto, después de los encuentros semanales que duraban cuatro horas, Nona viajaba dos horas de vuelta a su casa escribiendo todo lo que se acordaba de la forma más detallada posible.

Comprometida a ser fiel al relato de Mauricio, le permitió hacer sugerencias luego de mostrarle capítulos casi terminados, ya que no quería “traicionarlo”: “Yo no quería transgredir ni cambiar su punto de vista, pero tampoco quería que desapareciera el mío. Por eso plasmé esas conversaciones e intercambios, en los que a veces estábamos en veredas opuestas, y también lo puse”.

Mientras algunos sacudían su cabeza de forma afirmativa, como signo de aprobación al gesto de intentar intervenir literariamente el relato lo menos posible, otros no paraban de grabar y sacar fotos. Además de ese compromiso con el comandante, Nona aclaró qué es lo ficcionalizado al final del libro, algo poco común, ya que dejan que los lectores interpreten qué es lo real de lo narrado y qué es agregado para darle un toque novelístico.

La chilena es reconocida también, porque el tema de la memoria aparece como algo recurrente en sus obras, lo que le da relevancia y visibilidad en un país que nunca tuvo un cierre. Si bien uno de los factores que la incentivó a escribir esta novela fue intentar entender cómo cambia la mente de una persona que se mantiene encerrada hace tantos años, y cómo los recuerdos que no se renuevan empiezan a distorsionarse, encontró la manera de que la memoria histórica no pasara desapercibida.

En un diálogo con ANCCOM, la autora reveló: “No elijo la memoria como tema central, soy convocada por eso. El hilo conductor de mi trabajo es la memoria y la historia reciente de mi país, pero sería muy mentirosa si te dijera que elijo trabajar eso. Partí muy azarosamente, en mi primer libro llamado Mapucho, a escribir y se formó un mapa que con el tiempo fui visitando de a poco. Es como si hubiera tomado una hebra de ese libro, y me hubiera llevado a los demás, generando un trabajo que tiene continuidad”.

Reconociendo a Argentina como un país con gran influencia en los avances de derechos humanos, la autora visitó el Parque de la Memoria, que se encuentra frente al Río de la Plata, donde hay 17 obras de diversos artistas plásticos sobre la memoria. Su paseo la hizo reflexionar acerca de la diferencia en el tratamiento del tema en ambos países. “Los argentinos tienen algo que para mí es fundamental y que nosotros no tuvimos: un juicio. En 1985 sentaron a todos los milicos, que fueron observados por todo el mundo, y dijeron -estos son los culpables-. Como gesto simbólico eso es importantísimo para una sociedad. Cierra una etapa y te pone a los culpables enfrente, demostrando que es algo que no tiene que pasar. En mi país nunca ocurrió eso. La democracia en Chile se pactó con los militares, bajo las leyes de los militares y su Constitución sigue siendo la actual de mi país. Videla murió en la cárcel, Pinochet en su casa”.

Argentina fue reconocida internacionalmente como un país adelantado en derechos humanos desde el Juicio a las Juntas, pero en la actualidad, la Convención Interamericana de Derechos Humanos indicó que hay un retroceso en los mismos por las políticas que está implementando el gobierno de la Libertad Avanza, ya que generan un deterioro en la democracia. 

“Cuando las canciones son buenas el reconocimiento tarde o temprano llega”

“Cuando las canciones son buenas el reconocimiento tarde o temprano llega”

“Nuestros días en mi memoria”, el documental de Gonza López que recorre la historia de la Estelares, se presentó en el BAFICI y este mes se estrena en salas comerciales, ANCCOM dialogó con su director.

En la 27° edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, se presentó Nuestros días en mi memoria, el documental que atraviesa la historia de Estelares en el contexto de los años noventa y la movida musical platense. Con una narrativa cronológica, detallista y muy cuidada, el espectador entra en la intimidad de la banda, conoce su historia y sus personajes. Gonza Lopéz, el director de esta obra de arte, que tiene en su haber videoclips de bandas como Miranda!, Las Pelotas, Los Tipitos, Jóvenes Pordioseros y los propios Estelares, cuenta que pensó esta película como “el camino del héroe” y que resta la etapa aún más luminosa de la banda, dejando abierto el camino para una segunda parte.

El estreno en salas comerciales inicia en el cine Gaumont el 14 de mayo y sigue el 21 en La Plata, desde donde despegará la gira por diferentes festivales de todo el país. También se proyectará en el mes de junio en el Cinema Estran de la ciudad de Marennes, Francia, en el marco del Festival de Cine Latinoamericano.

Gonza López, director y editor del documental, cuenta que conoció Estelares en 2013 a través de un compañero del secundario que le dijo: “Escuchá esta banda que te va a gustar”. Todos atravesamos en algún momento esa situación con la música, pero, ¿cómo llegó Gonzalo a producir este documental?

  • Estábamos grabando para PopArt el docushow de Estelares, Esas mágicas canciones en el Luna Park. En ese marco grabamos muchas más entrevistas, ya teniendo en la cabeza que existía esta posibilidad. De hecho, hay muchos personajes que no aparecen en esa obra y que están en este documental. En aquella película las protagonistas eran las canciones, era el show, y a mí me parecía que había que hacer justicia a la historia de los Estelares, que la historia se imponga sobre el formato. Eso es un poco Nuestros días en mi memoria.

Como soy fan de la banda lo que estoy buscando dentro de todo este desarrollo también es descubrir qué es eso que tiene una banda que pasan los años, los discos, las canciones y siempre es afín a uno como ser humano. Lamentablemente la respuesta no la puedo encontrar. Ese misterio creo que está bueno que siga sin poder resolverse de una manera lógica, que sean las emociones las que se imponen cuando uno está apreciando una obra de arte.

 ¿Por qué el nombre Nuestros días en mi memoria?

En el proceso de la película yo estaba trabajando con otro nombre. Cuando lo cambié se borró de mi mente. Escuchando Frescos como uvas del primer disco, me llegó esa frase. Y eso es en cierta forma la película. Contar los días de Estelares desde la memoria de cada uno de ellos, con el paso de los años uno va teniendo el recuerdo de un recuerdo y vamos armando nuestra historia a partir de lo que nos acordamos de lo que pasó, o lo que nos acordamos de lo que nos contaron que pasó. Me pareció una buena síntesis que engloba el espíritu del documental y de la banda, que habla de cierta nostalgia también.

Estelares es una banda que sigo, escucho, que tengo sus discos y sin embargo, cuando vi el documental me di cuenta que no sabía nada de ellos. Es algo raro. ¿Qué te dicen los espectadores?

Lo que le pasa sobre todo a Manuel es que va a comprar a algún negocio y están escuchando Estelares y le dicen: “Sí, señor, ¿qué necesita?”. No lo conocen. Por eso me parece importante la película, para poder contar todas las peripecias por las que tuvieron que pasar, muchos años remándola. Teniendo la posibilidad de transar un poco con el sistema para poder obtener ciertos atajos, a costa de cambiar su estilo, su idea de la música y el arte que querían hacer, ellos siguieron confiando en lo que querían, siguieron trabajando en pos de las canciones. Bueno, el resultado es el que todos conocemos hoy. Gustavo Gauvry [productor del sello “Del Cielito”], que es uno de los primeros productores de la banda, lo dice claramente: “Cuando las canciones son buenas el reconocimiento tarde o temprano llega”. Y me parece que es una frase que condensa un poco la idea del documental.

Con el paso de los años uno va teniendo el recuerdo de un recuerdo y vamos armando nuestra historia a partir de lo que nos acordamos de lo que pasó, o lo que nos acordamos de lo que nos contaron que pasó.

Gonza López

Hay mucho archivo y material inédito de los primeros años, ¿cómo llegaste a ellos?

Fue un trabajo arqueológico que hice con placer y conté con la colaboración de un montón de personas, que por ahí te preguntan: “¿Qué estás haciendo?”. Les contás y te dicen: “Ah yo tengo unas fotos” o “Hablá con tal que te puede conseguir”. También en las mismas entrevistas con allegados de la banda fueron surgiendo nombres que iba contactando y mucha gente que formó parte de la historia de Estelares fue cediendo material que hermoso. Quiero agradecer a todos ellos porque sin ese material hubiese sido imposible. Así conseguimos mucho material inédito como el demo de Pelotitas de ping pong, la versión en vivo de la canción Los Muchachos que hacen en la glorieta de Plaza San Martín de La Plata en 1994 y sobre todo la entrega de premios de La Plata Rock en 1991. Es un concurso que ganan bandas emblemáticas de la ciudad como Peligroso Gorriones, Mister América o Los Hermanos Makana. Ese año los chicos ganan con Peregrinos, la banda que fue un poco la génesis de Estelares.

 

¿Hay algo que te sorprendió en el desarrollo del documental?

Lo que me genera más admiración todavía para con ellos es la confianza que tenían en sus canciones. Atravesaron momentos duros para poder sobrevivir en tiempos difíciles y de crisis en el país y ellos eligieron tomar su camino. Esa confianza es admirable.

 

Te metiste en las entrañas de Estelares, ¿sos el mismo fan de la banda que antes de este proceso?

Indudablemente el proceso de escribir, de dirigir y en mi caso también de editar una película te transforma. Porque también cuando empezás a indagar sobre un artista tan cercano vas encontrando cuestiones más identitarias de uno mismo. Inevitablemente el proceso de hacer una película te modifica. ¿Cómo? En este momento no lo sé, pero sé que me genera mucha más empatía todo lo produce la banda y el hecho de dedicarnos al mundo artístico donde tenemos la confianza en nosotros mismos es fundamental porque siempre vamos a estar con viento de frente.

¿Cuáles son tus expectativas en el contexto actual?

Esperemos poder llegar a cada uno de los rincones del país porque todo implica mucho esfuerzo. Por suerte el cine sigue imponiéndose, sigue recibiendo premios internacionales y el reconocimiento del mundo callan esas bocas que quieren desprestigiarlo en Argentina. Es una herramienta muy fuerte de identidad cultural, tenemos que defenderlo porque justamente lo que algunas personas quieren es callar esas voces y la mejor forma de revelarnos a eso de seguir produciendo.

 

¿Cuánto duró el proceso del del documental?¿Y cómo cortaste?

-Yo sigo viendo la película y le seguiría agregando cosas o seguiría corrigiendo, sigue apareciendo material [Risas]. El proceso de edición me llevó un año. En cuanto a la narrativa tiene que ver con el retrato cronológico de la banda, lo que estaba sucediendo dentro de cada una de las esferas y secuencias, es decir, que los personajes que iban apareciendo correspondieran al momento que aparece en la historia real de la banda. Y para cerrar, Gloria López que es mi productora y parte fundamental también de esta película, me dijo: “Bueno tenemos que terminar la película”, y en ese momento fue darle vida. El objetivo a la hora de filmar la película era que te lo cuenten en primera persona como si estuvieran mirándote a la cara y vos los veas contándote su historia, sobre todo para que el espectador los pueda conocer mirándolos a los ojos.

Un argentino y un Nobel de Literatura escribieron juntos sobre el genocidio de los pueblos originarios

Un argentino y un Nobel de Literatura escribieron juntos sobre el genocidio de los pueblos originarios

Fabián Martínez Siccardi y J. M. Coetzee presentan en la Feria del Libro «Un mal salvaje», la obra que aborda los exterminios de Australia, Sudáfrica, Namibia y Argentina. El progreso, planteado como excusa de la crueldad.

“Trabajar con Coetzee te obliga a ser tu versión más inteligente. No hay forma. Tenés que levantarte a la mañana y decir: vamos a ver, pongamos todas las neuronas en funcionamiento”. Así describió Fabián Martínez Siccardi, en diálogo con ANCCOM, el proceso de escritura junto al Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee: el resultado de ese trabajo es Un mal salvaje, el primer libro que ambos autores firman en coautoría y que se presentará el miércoles 6 de mayo a las 19 en la Sala Victoria Ocampo de la Feria del Libro de Buenos Aires. El acto estará a cargo de la poeta mapuche Liliana Ancalao —una de las voces más reconocidas a nivel internacional de ese pueblo— e incluirá lectura de fragmentos en español e inglés, traducción simultánea y proyección de textos.

El libro propone una lectura comparada de las violencias coloniales y estatales que atravesaron distintos territorios del hemisferio sur. A través de relatos autobiográficos, un diálogo entre los autores y una serie de reconstrucciones históricas, conecta las experiencias de Argentina, Sudáfrica, Namibia y Australia. La estructura avanza de este a oeste: comienza en África, pasa por el Cono Sur y culmina en Oceanía. Mientras Coetzee aborda los procesos en África austral y Australia, Martínez Siccardi se enfoca en la región de Pampa y Patagonia. “Sus campañas de apropiación de tierras, acompañadas por el desplazamiento, la reducción a la servidumbre y en ocasiones la erradicación de poblaciones indígenas enteras, son el tema de este libro”, sostienen los autores.

Martínez Siccardi llegó relativamente tarde a la escritura. Empezó a los 40 años, después de una trayectoria como ingeniero agrónomo y traductor técnico. Define su recorrido como “meteórico”: su primer relato, Memoria fotográfica, obtuvo un premio en un concurso financiado por una caja de ahorros en España, y más tarde ganó el Premio Clarín en 2013. Con el tiempo, su obra fue desplazándose hacia lo que define como su “territorio germinal”: la meseta de Santa Cruz, donde pasó la infancia.

Ese regreso también implicó una revisión. La estancia de sus abuelos, en el medio de la meseta patagónica, estaba habitada por peones solteros que vivían y trabajaban allí todo el año. “Me di cuenta de grande que esos hombres eran indígenas, que nunca se habían identificado como tales, porque nadie se quería identificar así –señala Siccardi–. Empecé a pensar que esas personas, que habían estado tan cerca de mí desde chico y han sido importantes en mi vida, eran descendientes, venían de un genocidio, eran las víctimas de un avance estatal muy fuerte contra la Patagonia”.

De esa toma de conciencia surgieron novelas como Los hombres más altos —centrada en el pueblo tehuelche— y Margot en el lago Cardiel —sobre los peones indígenas en la meseta—. El vínculo con Coetzee apareció tiempo después, a partir de los seminarios “Literaturas del Sur” que el escritor sudafricano dictó en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) entre 2014 y 2019. Allí, Martínez Siccardi encontró una clave de lectura: la posibilidad de pensar conexiones históricas y geográficas entre países del sur global atravesados por procesos coloniales similares.

El proyecto inicial no era escribir en conjunto. Martínez Siccardi intentó primero armar un libro con autores de Australia y Sudáfrica, pero la idea no prosperó por el lado de ellos. Años más tarde, tras una invitación a Australia y un conversatorio que ambos compartieron sobre Originarios, Pueblos, muerte y resurrección —el podcast que conduce Martínez Siccardi desde 2023—, surgió la propuesta de extender la conversación a un libro. Así nació: Un mal salvaje.

La coautoría, contó el autor, fue sorprendentemente fluida. “Fue muy fácil ponernos de acuerdo”, afirmó. La única parte escrita verdaderamente a cuatro manos es el epílogo; el resto se organizó como un intercambio epistolar y un reparto de territorios: cada autor tomó los países sobre los que podía escribir con autoridad. Pero la cercanía con Coetzee no estuvo exenta de vértigo: “Cuando me llegó el primer texto de él, me hiperventilé durante cuatro horas. Yo había sido el promotor de la idea, pero cuando me llegó ese primer texto pensé: ‘¿Quién me mandó a ponerme a narrar al lado de uno de los mejores narradores del planeta en estos momentos?’. Tuve que hacer mi propio viajecito interior para decir: ponete a trabajar. El que piensa pierde”.

“El pasado claramente no está muerto: aunque la marea haya empezado a cambiar en la forma en que vemos esa historia cruel e inhumana, los mismos prejuicios raciales que motivaron el genocidio no han desaparecido de nuestras sociedades”, dice Martínez Siccardi

Hubo, además, una decisión política sobre la edición. Coetzee insistió en dos puntos: que el libro saliera primero en la Argentina y en español —no desde España ni desde el norte— y que la traducción fuera rioplatense. “Estamos hablando de historias del sur, se van a narrar historias del sur y de la manera que hablamos en el sur”, explicó Martínez Siccardi, que tradujo al propio Coetzee al castellano del Río de la Plata.

Un mal salvaje se abre con dos relatos autobiográficos —uno por cada autor— y continúa con un diálogo que enmarca el resto de la obra desde una perspectiva ética e histórica. Luego aparecen las reconstrucciones: episodios de violencia estatal y colonial en distintos territorios que, puestos en relación, revelan similitudes estructurales.

En el caso argentino, el foco está puesto en lo ocurrido en Pampa y Patagonia entre 1875 y 1885. Más allá de las masacres, Martínez Siccardi describió un sistema organizado de apropiación de personas: circuitos de traslado, campos de concentración y redistribución forzada que se extendían desde Chubut hasta Misiones, pasando por Mendoza, Buenos Aires, Tigre, Retiro y la isla Martín García. Hombres enviados a los ingenios del norte, mujeres destinadas al trabajo doméstico y niños apropiados por familias mediante mecanismos legales.

Antes de la creación del Registro Civil, explicó, las actas de bautismo clasificaban a los chicos según categorías jurídicas: legítimos, naturales, expósitos. A los niños indígenas se los registraba como una excepción, lo que habilitaba su apropiación por parte de familias criollas. Los diarios de la época incluso publicaban pedidos específicos de chicos de entre seis y doce años. Según el autor, más del 80 por ciento de las personas desplazadas en ese período atravesó ese sistema.

El libro también recupera el lenguaje de la época. Nicolás Avellaneda hablaba de razas que debían ser “devoradas” por las superiores, mientras que ciertas interpretaciones de las teorías evolucionistas funcionaron como justificación para la eliminación o absorción de poblaciones consideradas inferiores. Sostienen los autores: “’Progreso’, un concepto vagamente definido y, en última instancia, metafísico, que proporcionaba una justificación para una empresa cuya crueldad e inmisericordia eran desde el comienzo demasiado evidentes”.

¿Por qué estos procesos no forman parte del relato escolar? Martínez Siccardi ensayó una respuesta en varios niveles. Por un lado, señaló una desigualdad en la capacidad de narrar: quienes construyeron la historia oficial tenían acceso a la escritura, la imprenta y al Estado, mientras que las comunidades indígenas, con tradiciones mayormente orales, quedaron fuera de esos circuitos de legitimación. Por otro lado, advirtió que la identidad nacional se edificó sobre una idea de país blanco y europeo que excluyó deliberadamente a los pueblos originarios y a la población afrodescendiente, pese a que los estudios genéticos muestran un alto porcentaje de ascendencia amerindia y africana. “La épica del crisol de razas dejó afuera justamente a las razas que decía fundir”, sostuvo.

El propio libro vuelve sobre esa continuidad entre el pasado colonial y el presente: “El pasado claramente no está muerto: aunque la marea haya empezado a cambiar en la forma en que vemos esa historia cruel e inhumana, los mismos prejuicios raciales que motivaron el genocidio no han desaparecido de nuestras sociedades”.

Martínez Siccardi planteó que se trata de una historia incómoda: revisarla implica cuestionar los mitos fundacionales del país y la forma en que se construyó la nación. “Cualquier nación tiene que tener una conciencia real de cómo está constituida, cómo fue su conformación –aseveró–. No sólo para encontrar culpables e inocentes, y para honrar a los muertos y a las víctimas, sino también para saber quiénes somos realmente. No quienes nos hicieron la ficción que nos dijeron que éramos”.

El libro busca acercar al público un conjunto de investigaciones históricas que, aunque existen, no siempre circulan fuera del ámbito académico. “Nosotros no somos historiadores”, aclaró el autor. “Trabajamos con material producido por historiadores impresionantes. Son como pequeños héroes para mí, esos héroes silenciosos que se han metido en archivos polvorientos”. Con una prosa accesible, la obra intenta llenar ese vacío y poner en diálogo episodios que rara vez se leen en conjunto.

Las últimas páginas de Un mal salvaje, firmadas por ambos autores, devuelven la pregunta hacia el lector occidental: “¿Quiénes se creen ustedes para arrogarse la autoridad de resolver cómo debe pagarse su deuda? ¿No corresponde acaso a los sobrevivientes de sus genocidios prescribir la reparación?”

Esa contrapregunta condensa el espíritu del trabajo: una invitación a revisar una parte del pasado que aún permanece fuera del relato dominante.

¿Quién e J. M. Coetzee?

Nacido en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) en 1940, J. M. Coetzee ganó el Premio Nobel de Literatura en 2003, recibió en dos ocasiones el Booker Prize por Vida y época de Michael K y por Desgracia. Entre sus obras de ficción se encuentran Infancia, Juventud, Elizabeth Costello, Hombre lento, Diario de un mal año, La infancia de Jesús, Los días de Jesús en la escuela y Siete cuentos morales. Es autor, además, de ensayos como Contra la censura, Costas extrañas, Mecanismos internos y Las manos de los maestros, así como de Aquí y ahora, su correspondencia con Paul Auster, y El buen relato, en diálogo con la terapeuta Arabella Kurtz. En España fue distinguido con los premios Llibreter y Reino de Redonda.

Su vínculo con la Argentina se afianzó entre 2014 y 2019, cuando ocupó la cátedra “Literaturas del Sur” en la UNSAM. Esa iniciativa buscó tender puentes entre las literaturas del hemisferio sur y fue, según Martínez Siccardi, el espacio donde se gestó la idea de Un mal salvaje.

Cuatro horas leyendo lo que la dictadura quiso callar

Cuatro horas leyendo lo que la dictadura quiso callar

A 50 años del último golpe militar, la Feria del Libro organizó una maratón de lectura de los libros que la dictadurá censuró. Autores, editores y artistas los repusieron en voz alta. Entre ellos, Luis Gusmán, que con sus 82 años leyó su obra prohibida, «El Frasquito».

“La memoria del pueblo siempre será más larga que las astucias del represor”, dijo Ezequiel Martinez, director de la Feria Internacional del Libro, frente a los afortunados que lograron ingresar a la sala Zona Futuro a las 19 del martes 28 de abril. Tanto dentro como fuera del lugar se escucharon aplausos fervorosos para las palabras que su padre, Tomás Eloy Martinez, escribió en el libro La pasión según Trelew (1973) casi adelantándose a los hechos.

El evento reunió a escritores, periodistas, actores y editores para leer fragmentos de libros censurados durante la dictadura dándole voz a las historias que intentaron ser silenciadas. “Nuestro objetivo fue hacer un guion lo más fluido posible, con música que acompañe y sin caer en golpes bajos, porque el hecho en sí ya lo es”, contó emocionada Ana Kantemiroff, quien colaboró en la selección de textos junto a la organizadora Alejandra Rodríguez Ballester.

Cuando las luces bajaron y sonó el piano de Martín Katz, la sala se transformó en un rincón íntimo y casi secreto de la Feria. El público estaba atento a quién tomaría el micrófono primero. Pero la voz autoritaria de un militar de la Junta irrumpió en el espacio anunciando el decreto 1101/77 que prohibía al libro Ganarse la muerte (1976) de Graciela Gambaro por atentar contra la “dignidad argentina”. Al escuchar estas palabras hubo risas sarcásticas y cabezas que negaban mirando hacia el piso.

 “Irónicamente, el decreto señala que es una muy buena obra”, había dicho el actor Iván Moschner a este medio antes de subir al escenario para leer un pequeño fragmento. “¿Será mi hijo un torturador o un torturado?”, susurró al micrófono. En primera fila, lo grababa con su celular Félix Bruzzone, escritor e hijo de desaparecidos nacido en 1976 que leyó La pasión según Trelew.

Uno de los más esperados por el público fue Operación Masacre (1957) de Rodolfo Walsh. La mayoría estaba al borde de su silla cuando Ingrid Pelicori comenzó a narrar el prólogo con la misma bronca y ansiedad que había impreso en aquellas hojas el escritor y periodista desaparecido. También logró captar la atención Mauricio Kartun, dramaturgo y escritor, cuya presencia convocó a gran parte de los asistentes. Fiel a su talento, generó risas irónicas en el público con su histriónica interpretación de Cuarteles de invierno (1982) de Osvaldo Soriano.

Al bajar del escenario, Kartun compartió con ANCCOM sus sensaciones sobre el evento: “Por un lado, está la sensación de disparate que ha tenido la historia argentina y de tenerlo como referencia para mirar el presente […] Por el otro, el regocijo de sentir que somos muchos los que estamos dispuestos a sentarnos y leer sin parar estos textos. Ojalá la Feria del Libro lo vuelva a hacer en los próximos años”.

Hacia la mitad del evento, subió al escenario Luis Gúsman con sus 82 años de experiencia, un traje negro de tanguero y una sonrisa que cargaba años de espera. Contó que antes de que prohibieran su libro El frasquito (1973), una integrante de la Comisión de Moralidad le dijo: “Buena porquería escribís vos, eh”. Y leyó una escena casi de memoria. Después habló Kuki Miller, fundadora de la editorial Ediciones de la Flor, que estuvo detenida y debió exiliarse por haber publicado el libro infantil Cinco dedos: “Muchos de los libros que se leyeron acá, los publicamos nosotros […] sí de algo me siento orgullosa es de eso y los seguiría publicando sí tuviera que empezar de vuelta”, aseveró y el público estalló en aplausos y chiflidos.

El cierre llegó una hora más tarde de lo estipulado y con varias sillas vacías. Afuera de la sala, los stands estaban cerrados y por los pasillos sólo caminaba el personal de seguridad. Sin embargo, quienes se quedaron a escuchar los casi 20 relatos durante cuatro horas fueron premiados con la conmovedora narración de Virginia Innocenti. La memorable actriz argentina, subió al escenario con un collar del que colgaba una gota de cartulina celeste y decía “El agua vale más que todo”.

Su interpretación de Oración de un desocupado (1965) y Bajo la lluvia ajena (Notas al pie de una derrota) (1980) de Juan Gelman, irrumpió en el aire silencioso de la Rural generando varias lágrimas. “No te olvides de olvidar el olvido” fue el verso que dio fin a una noche en que el pueblo hizo memoria para volver a decir nunca más.