Un pogo fotográfico
Se presentó en ArtexArte el fotolibro Indio eterno, un trabajo colectivo que reúne 170 imágenes tomadas por profesionales y aficionados en las multitudinarias despedidas al líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, un artista fundamental y entrañable del rock argentino.
La voz y la música del Indio Solari, sus canciones, sonaban mientras las fotos se iban proyectando en el auditorio de ArtexArte. En las jornadas de despedida al cantante, dos meses atrás, fotógrafos y fotógrafas profesionales y aficionados registraron el duelo, los abrazos y los encuentros que ocuparon las plazas y las calles. El jueves se presentó en esta galería de Villa Crespo el fotolibro Indio eterno, que reúne 170 de esas imágenes, seleccionadas entre más de 1.200 y tomadas por 70 autores. Laura Lavergne, una de las editoras de este volumen colectivo, publicado por LP Editores y Bex Patagonia, arrancó la presentación con una advertencia: «No me gusta nada estar sola de este lado», dijo, y enseguida pidió a los fotógrafos y las fotógrafas presentes que buscarán su página en el libro, levantaran la mano y contarán qué había detrás de cada imagen. Así funcionó la presentación de principio a fin, una ronda de historias frente a la pantalla.
El Indio Solari murió el viernes 5 de junio, a los 77 años, en su casa de Parque Leloir. Fue el cantante y letrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda que formó con Skay Beilinson en La Plata a mediados de los setenta y que editó nueve discos de estudio hasta su disolución en 2001, y después encabezó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. La tarde de su muerte una multitud se autoconvocó en Plaza de Mayo para una «misa ricotera», y el domingo 7 el velatorio público en el polideportivo José María Gatica de Villa Domínico, en Avellaneda, se prolongó hasta el lunes, con una fila que no se cortó ni de madrugada, banderas con sus letras, velas, tatuajes y canciones coreadas por varias generaciones. Profesionales y aficionados salieron esos días a fotografiar el duelo, y de ese registro disperso en las redes nació el libro.
Del otro lado de la pantalla estuvo Jorge Piccini, coeditor y responsable del sello Bex Patagonia, que vive en Bariloche y siguió la presentación a la distancia, «ausente pero presente de muchas maneras», según Lavergne. Piccini ya había armado con la misma lógica Diego eterno tras la muerte de Maradona, además de otros trabajos colectivos como Reforma, Somos tren y La tercera. Esta vez el proyecto arrancó de rebote: le pidió una foto de la despedida al fotógrafo Julián Martínez para publicarla y fue Martínez quien le preguntó si iban a hacer una convocatoria colectiva. Formalmente no la hubo: Piccini les escribió uno por uno a los autores a medida que sus fotos aparecían en las redes, primero para una edición digital que reunió a más participantes y después para el impreso, con la autorización de cada uno.
«Cada vez que pasa un acontecimiento así, las redes explotan de imágenes de fotógrafos y fotógrafas que acuden al lugar», explicó Piccini a ANCCOM. La apuesta por el papel tiene su razón: en tiempos en que un acontecimiento tapa al otro y lo que se ve se olvida rápido ante lo nuevo que se publica constantemente, la publicación impresa permite darle una edición, un relato, y poder tenerla guardada en una biblioteca para siempre.
«Casi el 70 por ciento son fotógrafos desconocidos o que recién empiezan, y fue una decisión nuestra: no pedimos currículum», contó Lavergne, que describió la edición como un trabajo de dejar afuera, porque muchas escenas habían sido registradas por varias cámaras a la vez y los mismos carteles se repetían en distintos archivos. Se respetó el blanco y negro o el color del original de cada autor y se cuidó, sobre todo, el diálogo entre imágenes en la puesta en página. El conjunto busca registrar tanto el duelo como las distintas formas de encuentro que atravesaron esas jornadas: abrazos, banderas, cantos y pogos. Otra decisión define al libro: los nombres no acompañan a las fotos, figuran recién al final, con su número de página: «Queríamos que se potenciará la narrativa de ese día sin saber quién hizo cada foto, porque es una construcción colectiva», explicó.
El libro cuenta, por caso, con registros de fotógrafos de amplia trayectoria, como Eduardo Longoni, Kaloian Santos Cabrera o Guido Piotrkowski. Entre los autores que enriquecen el volumen también están Victoria Gesualdi y Leandro Teysseire, editores de fotografía de ANCCOM, junto a Cristina Sille, Daniela Morán, Rocío Prim, María Bessone y Pilar Camacho, ex fotógrafas de esta redacción, que actualmente se desempeñan como fotorreporteras y cuyas obras se exhiben en muestras y se publican en diversos medios. Sus imágenes de aquellas jornadas integran ahora las páginas de Indio eterno.
Entre las imágenes se intercalan letras del Indio, un texto que Luis Angeletti publicó el 7 de junio en El Cohete a la Luna y otro que el propio Solari escribió en 1984 para Cerdos y Peces, la revista que dirigía Enrique Symns. El texto que abre el volumen lo escribió Piccini, aunque va sin firma: «Sentíamos que representaba a todos los que participaron», contó Lavergne. La tapa, una imagen de Matías Baglietto, se definió entre tres o cuatro candidatas después de un tiempo de pruebas; la contratapa, de Javier Gramuglia, estuvo clara desde el principio, con una mujer, la bandera argentina y la palabra «indio». La impresión estuvo a cargo de la cooperativa gráfica El Zócalo.
Consultado por las imágenes que sintetizan el proyecto, Piccini eligió tres: el abrazo de tres personas que lloran, «porque refleja el dolor de la pérdida»; la del padre arrodillado que besa la cabeza de su hijo, con el rostro del Indio tatuado en el brazo, «como que la pasión se transmite a la generación más joven»; y la toma cenital de la multitud alrededor de un mural gigante con la cara de Solari, «como que el Indio desde arriba está viendo su despedida».
Después llegó el momento de levantar las manos. El fotógrafo Gabriel Insaurralde nunca fue a un recital de los Redondos ni del Indio: «Yo venía del palo del punk, y en esa época las tribus urbanas estaban enemistadas. Lo más cerca que estuve fue en la despedida». Su foto es de Plaza de Mayo, donde una chica cantaba una de las canciones del Indio y, cuando entró el saxo, rompió en llanto y se tapó la cara: «Tengo la foto de tres segundos antes y la de tres segundos después», contó.
Julieta Gonet escucha a los Redondos desde los 15 años y este año cumple 50. Heredó los vinilos de un tío ricotero que ya murió, y su foto la devolvió a una charla con él: retrató una bandera con una de las frases más recordadas del Indio sobre morir estando vivo. Aquella vez ella le había confesado que quería morirse durmiendo y el tío la retó, porque para él ese instante era el misterio de la vida y no había que perdérselo. El día de la despedida llevó la cámara casi por inercia: «Era más el dolor que las ganas de hacer fotos», dijo. Hizo unas treinta tomas y las subió a Instagram como tantas otras veces: «Soy una de las fotógrafas anónimas del mundo, y fue hermoso que me convocaran».
Paula Masala es de Tierra del Fuego y nunca pudo ver al Indio en su provincia. Su foto muestra a un hombre en la fila de Villa Domínico: «Íbamos viendo cómo bajaba la botella de whisky y cómo le iba cambiando el humor a medida que cambiaban las canciones en las postas donde la gente ponía música«. La imagen aparece junto a una de las frases del Indio elegidas para la edición, que según ella «representa al cien por ciento lo que es la foto». Además, agregó:»El Indio es la banda sonora de mi vida. Con mi hermana hacíamos coreografías de los Redondos mientras nuestras amigas hacían las de Bandana».
Renata Marano tiene 21 años y estudia la Licenciatura en Fotografía en la UNSAM. «El Indio es mi infancia», dijo, y mostró una imagen sencilla y personal: la estampita de Osvaldo Pugliese que ella misma dejó en el velorio: «Fui a duelar, sin intención de sacar fotos, y las publiqué así nomás, como quien publica lo que desayuna. Cuando me escribió Jorge me di cuenta del valor que tenían».
Leonardo Majluf aportó dos tomas de Plaza de Mayo, las velas encendidas al caer la tarde y una chica que lo frenó para pedirle el retrato con su cartel: «No me gusta despedir con dolor. Estaba emocionado con las canciones, que sonaban todo el tiempo”.
Marcos Mattos es fotógrafo social, venía de trabajar toda la noche anterior en un evento y fue igual. Una de sus tres fotos tiene historia de espera: una chica pintaba un pequeño retrato del Indio en plena calle, él pasó de largo, volvió media hora más tarde y el cuadro estaba terminado. Subió las imágenes a Instagram, se viralizaron y así lo encontró Piccini. «El Instagram es la ventana, pero el libro hace que las fotos lleguen a otras manos. El libro nos trasciende», dijo. Su madre, que lo acompañó desde Florencio Varela, agregó el costado familiar: “Marcos empezó en la pandemia, fotografiando pájaros con una cámara doméstica, y estudia para contador público. Después de lo que pasó con Pablo Grillo quedamos con mucho miedo, yo no quería que fuera con la cámara», contó, en referencia al reportero gráfico gravemente herido por la Gendarmería durante una marcha de jubilados en marzo de 2025: «Cuando veníamos para acá le dije: mirá dónde vamos, a pesar de que yo no quería que vayas”.














