Por Franco Révora
Fotografía: Antonella Tustanoski

La Orquesta Típica Ciudad Baigón, integrada por 14 músicos, apuesta desde hace más de dos décadas a una forma de organización contrapuesta al mercado. Gestiona su propio centro cultural y acaba de presentar su nuevo álbum Instrucciones para Sobrevivir en una Pecera

Al entrar a Galpón B, un palier al aire libre recibe a los visitantes con un leve sol filtrándose entre las nubes algo inoportunas del verano porteño. En la puerta está Hernán Cabrera, compositor y pianista de la Orquesta Típica Ciudad Baigón y uno de los socios del centro cultural, junto a su perro. Lo que se percibe es un gran hogar que confraterniza arte independiente con autogestión, una casa que cuenta con un escenario gigante al fondo del terreno.

El proyecto de Ciudad Baigón, orquesta de tango de 14 integrantes, comenzó hace más de 20 años en las calles de San Telmo, cuando se juntaban en Plaza Dorrego y eran echados por la policía por denuncias de ruidos molestos. Del arte callejero a gerenciar su propio espacio en formato cooperativo, el camino de décadas de la banda los nutrió de experiencias que los presenta como un experimento particular por fuera de la lógica algorítmica.

La banda encaró un cambio en sus sesiones de estudio para su último álbum, que se produjo con grabaciones separadas para cada tanda de instrumentos, a diferencia de los anteriores en los que se capturó en tomas únicas: “En este disco estuvimos más tiempo, grabamos las bases, grabamos los bandoneones y después grabamos las cuerdas encima de eso. Fue un proceso diferente a lo que veníamos acostumbrados”.

La nueva experiencia es nutrida, como todo lo que hace el grupo, por la autogestión, por el motor del arte independiente que lleva a la creación a depender nada más que de la curiosidad y el hambre del artista. «Tener una orquesta de tantos integrantes y autoproducir nuestros discos, giras y shows requiere una gran energía, pero no hay otra manera de hacerlo»

 “Esto lo pudimos hacer porque no teníamos un productor detrás. La autogestión no es por amor a ella misma, sino porque priorizamos valores culturales y humanos que hacen la diferencia», remarca Ignacio Santos, primer bandoneon. «Grabamos con click, lo que nos permitió más precisión y duplicar cuerdas. Fue una experiencia nueva y enriquecedora”, destaca Hernán Higa, sonidista del grupo.

«Autogestionarnos –subraya- nos enseñó a resolver problemas, valorar cada recurso y encontrar formas de conectar con el público de manera auténtica». En ese sentido, Santos destaca que esto da la posibilidad también de “ser comprensivos con los momentos de vida de cada uno. La gente se separa, tiene problemas, uno no siempre puede estar al cien. No es que acá controlamos a qué hora llega. Trabajamos como nos hubiera gustado trabajar en cualquier lado”.

Así, el Galpón B –ubicado en Cochabamba al 2500- se convirtió en uno de los motores que le dio vida a la banda. Al ser un proyecto particular y distintivo, la música que tocan no es la típica que se oye en una milonga: “No tocamos tango para bailar, si se ponen a bailar se caen”, dice Higa, riendo levemente. La búsqueda de la orquesta es algo ecléctica,  siguiendo un sonido moderno pero con los elementos distintivos de la canción nacional, sumado a su gran número de músicos, hace que Ciudad Baigón tenga una dificultad extra para llevarse a cabo.

Luego de grabar su anterior disco en Abbey Road, siendo la primera orquesta típica que grabó allí, remarcan que El Galpón es su lugar en el mundo. “Yo estoy en Europa y quiero volver a tocar acá. Cuando nos quedamos sin lugares para tocar, el galpón nos dio la oportunidad de seguir haciendo música en un espacio propio” dice Hernán Cabrera.

El centro surge hace más de 20 años, cuando “el fantasma de Cromañón estaba muy presente”, señala Cabrera. Pero ya buscando una continuidad más estable, el grupo se vio obligado a la creatividad y así forjaron un espacio específico para que la banda de 14 integrantes pueda desplegarse de forma total. “Si no hacíamos el galpón, no tocábamos”, afirma, remarcando que al principio sufrieron muchas clausuras en lo que era otro tiempo para estos establecimientos de la  Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Desde la puesta escénica, el galpón se construyó específicamente para contar con un escenario y una puesta de sonido que pueda soportar un despliegue de tantos músicos a la vez. Lejos de ser un escollo o algo sufrido, remarcan que es algo único. “Tener una banda de este tamaño es económicamente una mala idea, pero artísticamente es único”.

En ese sentido, Julián Bruno, cantante de la banda, admite que siente una gran responsabilidad al ser, por particuaridades de su rol, la cara más visible a la hora de tocar. Sin embargo, reconoce en la experiencia de la orquesta algo singular e inigualable: “Subirte a cantar con la banda es como cantar en un tren, como un trance”.

De esta manera, el proyecto termina siendo posible y rentable por un cúmulo de factores, más allá de lo que produce la banda. Discos, shows, giras, pero también el galpón y la gestión de un centro que nuclea muchos más artistas y bandas que Ciudad Baigón. Esto, sumado al status actual del tango, en un momento en el que la venta de disco, principal ingreso de la banda hace varios años, ya no existe como tal. «El tango es un fenómeno cultural, pero no industrial. Si no lo hacemos por nuestros propios medios, no hay forma de que exista», destaca Santos.

Sin embargo, el tango aquí va más allá de la cuestión comercial: conecta con con las raíces de la canción nacional. Santos remarca que antes “vos antes tocabas en la orquesta de (Aníbal) Troilo y te salvabas”, pero ya no es así. Pero, sin embargo, el tango ha sabido llenar un vacío que el rock dejaba: “El rock se creó en Londres. El rock nacional es bueno por sus raíces, que son el tango y el folclore. Hay algo que no se consigue en otro lado que tiene que ver muchísimo con el tango, es una música popular que convive con lo mainstream, hay un bagaje que se ve en la música actual. Y yo toco tango, y acá están los mejores y el tango somos nosotros”.