Seis personas que interrumpieron su embarazo cuentan cómo fue ese momento, en qué condiciones lo hicieron y dimensionan el peso que tuvo en sus vidas llevar ese silencio encima.

La clandestinidad está rodeada de silencio. Calladas, en secreto, a escondidas, entre 460 mil y 600 personas abortan clandestinamente cada año en Argentina, según la Campaña Nacional por el Aborto Legal Seguro y Gratuito. La clandestinidad son las náuseas, vómitos y mareos que se esconden en las casas, universidades y oficinas. Es la búsqueda desesperada porque aparezca un contacto, una receta sellada o una farmacia que venda las pastillas. Son las horas extras para conseguir el dinero.

La clandestinidad transcurre en departamentos despojados, clínicas improvisadas en livings, salas de espera en garajes. Con anestesias dobles cuando el pánico es mayor.

La clandestinidad es una madre que espera del otro lado del teléfono, un novio que desaparece un otro que trae una manta y se acomoda al lado para ver una película y esperar. Es la ginecóloga que te dice que tenés que abortar y entrar por la otra puerta para que te liguen las trompas, la que te pide por favor que le lleves folletos e información para ayudar a sus pacientes. Lo clandestino habita en la amiga que te acompaña y la que te llama asesina sin saberlo. Y también en el miedo a contarlo, a que haya quedado registro, a que se sepa y te denuncien, o a morir en el intento. La clandestinidad es un pacto de silencio siniestro que empezó a quebrarse.

Tom Máscolo

“Yo nunca me sentí mujer. En ese momento no había mucha información sobre el tema, ni Ley de Identidad de Género, ni programas como Cien días para enamorarse. No sabía qué era lo que me pasaba. Pensaba que estaba enfermo, que algo estaba mal en mí y lo manifestaba, aunque la gente no me entendiera. Tenía dieciocho años y estaba en pareja con un hombre. Cuando le conté cómo me sentía respecto a mi género, él decidió sacarse el preservativo sin mi consentimiento mientras teníamos sexo y quedé embarazado.

El chabón se borró apenas le conté. Mi familia adoptiva es muy católica y si le contaba a mi mamá, iba a querer que lo tenga. Fueron mis amigues quienes me acompañaron. Uno de elles me pasó el contacto de una clínica donde hacían abortos. Yo le digo ‘clínica’ pero en realidad era una casa en la zona sur de Rosario. La sala de espera era un garaje y atendían en la habitación contigua en la que habían montado una camilla con una madera atravesada sobre la que te ataban.

La primera vez que fui había cuatro pibas esperando: una lloraba, las otras tenían una cara de miedo terrible. Me atendió una señora y le hablé sobre mi identidad de género. Ella me dijo que no le importaba. Me revisó y me indicó que tenía que hacerme una ecografía de manera clandestina para averiguar de cuántas semanas estaba. Me dio dos rivotriles para que los tomara unas horas antes de ir el día en que me hicieran el aborto, como para ya llegar dopado, y me dijo que el aborto salía

4.500 pesos. En ese momento era un montón de plata y mis amigues me ayudaron a juntarla.

La ecografía me la hice en el Centro de Salud de Rosario. El médico me pidió que llegue con los dos litros de agua ya tomados, que fuera solo, en un horario especial y que apenas terminara el estudio me fuera. Tenía que hacer todo solo, nadie me tenía que ver y eso me daba mucho miedo. Tenía miedo de caer preso o de morirme en el intento.

Ese día fui a la clínica solo, en un taxi. Cuando llegué ya me sentía muy mal por los rivotriles. Me acosté en la camilla, me ataron y me dieron una inyección intravenosa para anestesiarme. Yo no me podía dormir, entonces me preguntaron si me animaba a que me inyecten otra más. Les consulté cuál era el riesgo y me dijeron: ‘Que no te despiertes más’. Les dije que me la dieran igual. ¿Qué otra opción tenía?

Me desperté con un pañal puesto lleno de sangre, y me dijeron: ‘Tenés veinte minutos para reponerte e irte’. Me levanté como pude y me fui.

La segunda vez fue muy distinto. Tenía veintitrés años, ya estaba militando, era mucho más consciente de lo que estaba haciendo y estaba más informado. Esa vez pude conseguir las pastillas y estuve todo el tiempo acompañado por una amiga. De todas formas también fue una experiencia bastante dolorosa para mí. Lo viví en la clandestinidad, con miedo a que me pasara algo y a tener que ir al hospital.”

Julieta

“Tenía un día de atraso. Me acerqué al cuarto de mi vieja y le dije: ‘Ma, no me viene’. Me hice un test. Apenas hice pis ya se veían las dos rayas. Lo apoyé para esperar los cinco minutos con la esperanza de que desapareciera y cuando vi que era positivo se me vino el mundo abajo. Mi mamá me preguntó qué quería hacer y le dije que no lo quería tener. No lo dudé un segundo. Tenía diecisiete años y estaba cursando quinto año en un colegio católico en el que tuvimos solo una clase de educación sexual desde una perspectiva meramente biologicista. Había quedado embarazada de mi novio del secundario y el tampoco quería tenerlo.

Al día siguiente, cuando salí del colegio, fuimos con mi mamá a un sanatorio a ver al mismo ginecólogo que me vio nacer. Él me confirmó que estaba embarazada, me hizo una receta para una úlcera, que es para lo que está indicado el Oxaprost (Misoprostol), y nos dio un lugar de referencia para ir a comprarlo. Era muy costoso, pero por suerte mi mamá lo pudo comprar.

Ese día quería que pasara todo rápido. Tomé las pastillas por vía oral e intravaginal y no me hicieron efecto. Mi mamá llamó al médico para decirle que no estaba pasando nada y él sugirió que fuéramos a verlo.

Al otro día mi vieja pasó a retirarme del colegio cuando estábamos en clase de religión, les dije a mis amigas que tenía turno con el dentista y me fui. El ginecólogo me puso las pastillas de nuevo y cuando volví a mi casa me vino. Despedí un coágulo de sangre que no se parecía en nada a un bebé, sentada en el bidet la llame a mi mamá para contarle y ella me dijo: ‘Ya está, Juli’.

Fue algo que vivimos mi vieja y yo. Nadie más. Ella también había abortado a sus veintipico, me entendió y me acompañó. Yo me puse en sus manos y me sentí segura. Mi papá nunca lo supo. Mi novio de ese momento no me apoyó económicamente y no sentí que me haya acompañado.

El no poder hablar del tema es algo con lo que cargo hasta el día de hoy. Siento que quizás es importante para mi salud contar esa experiencia y no lo puedo hacer. Una vez me atreví a preguntarle a una ginecóloga qué opinaba sobre el tema y me dijo: ‘Mujer que aborta tiene que salir y entrar por la otra puerta a ligarse las trompas’.

También me da miedo que contarlo me perjudique laboralmente, porque en la facultad nos aconsejaron que no nos expresemos a favor y que no contemos la experiencia en caso de que hayamos abortado porque eso puede cerrarnos puertas.

De mi entorno no lo sabe casi nadie. A mis amigues del secundario, que son católiques y están en contra, nunca se los pude contar. Solo les pude contar a tres amigas. Una de ellas quedó embarazada y cuando le pregunté si lo quería tener me dijo: ‘No quiero, pero yo no podría vivir sabiendo que mate a una persona’. Cuando me dijo eso sentí que tenía frente a mis ojos todo lo que la sociedad le hace a las mujeres.

Cuando terminé la secundaria empecé a estudiar Comunicación Social en la UBA. Ahora tengo veinticuatro años, terminé de cursar la carrera y estoy estudiando Locución. Viéndolo a la distancia entiendo que mi experiencia fue buena por una cuestión de clase, por contar con las herramientas para poder hacerlo. Yo no lo viví como un hecho traumático, creo que la carga negativa se la da la sociedad. Me traslado a ese momento y volvería a tomar la misma decisión. Arrepentirme de haber abortado sería arrepentirme de lo que soy hoy.

Camila

“A los veintinueve años quede embarazada en una relación sexual no consentida. Desde ya no quería tenerlo. Las primeras semanas fueron terribles para mí: tenía muchos síntomas y debía esconderlos todo el tiempo en el hospital donde trabajo. Por eso intenté dos veces abortar con pastillas, aunque sabía que era demasiado pronto porque estaba de muy pocas semanas. Ninguna de las dos funcionó, así que una compañera del trabajo me pasó el dato de un lugar en el que hacían abortos. Me pasó un número de teléfono y me dijo que tenía que preguntar por un nombre que era el código para que supieran de lo que estaba hablando. Me dieron una fecha, me dijeron que tenía que llevar una ecografía, me pasaron la dirección. Me aclararon que podía llevar una sola acompañante y que tenía que ser mujer, no podían entrar hombres. Le conté a mis hermanas y una de ellas me prestó plata porque con mi sueldo no me alcanzaba. Para devolvérsela había empezado a trabajar también los fines de semana en un bar. Estaba muy cansada y me quedaba dormida en todos lados, era un desastre.

Un día de semana al mediodía llegué a la dirección que me habían pasado por teléfono con una amiga y mi novio, un ex con el que había vuelto hacía muy poco tiempo y me acompañó en todo el proceso aunque el embarazo no era de él. Toqué la puerta repitiendo el código telefónico y esperamos paradas sobre alguna calle del barrio de Avellaneda mientras una vorágine de gente iba de aquí para allá y nos aturdía el ruido de una obra en construcción que estaba al lado. Entramos y mi novio se quedó esperando en el auto.

El departamento parecía un telo de mala muerte, estaba despojado de cosas, aunque había una escenografía medianamente buscada de ‘clínica’: en la entrada una secretaria y su mesita, al costado una especie de sala de espera chiquita con unos sillones sobre los que estaban sentadas unas chicas re adolescentes y de barrio.

Cuando fue mi turno pasé sola. Mi amiga se quedó en la sala de espera. Me desvestí en una habitación y después pasé a un living en el que habían montado una camilla y me esperaban una pseudo enfermera y un pseudo médico disfrazados con ambos. Me acosté en la camilla y el tipo me explicó lo que iba a hacer mientras se fumaba un pucho. Me aplicaron una anestesia y me dormí.

Me desperté en la habitación en la que me había cambiado, sobre una camita de madera de pino. En la cama de al lado había una chica descansando. En seguida apareció la secretaria y nos pidió que pasáramos a la sala de espera. Cuando me levanté, estaba muy mareada. Ella nos dio un té y mientras lo tomábamos nos dijo que nos teníamos que ir. Mi amiga me levantó y, como pude, fui hasta el ascensor. Antes de subirme al auto me desvanecí en la vereda y vomité. La secretaria vio la secuencia y le dijo a mi amiga: ‘Dale, levantala y vayanse ya’.

Con mi familia y amigos lo pude hablar con tranquilidad. Pero fue muy duro tener que mantenerlo en secreto en mi trabajo. También me costó decírselo a mi ginecóloga. Sentía que era importante contarle pero también era importante para mí que no me dijera cualquier cosa, porque yo no lo quería

escuchar. Me ha pasado a lo largo de mi vida que las ginecólogas me quieran bajar línea desde sus estándares morales, como si fueran los válidos. La situación del paciente siempre es vulnerable, uno está ahí con el cuerpo y no puede intervenir mucho, estás obligada a confiar lo cual es una paradoja. Ya en un marco de derecho es desigual la relación entre médicos y pacientes, hay muy pocas cosas en las que una pueda intervenir. Y en la clandestinidad eso se potencia, la sensación de vulnerabilidad es muy fuerte.

Cecilia Fleita

-¿Cuántos años tenés?-, me dijo el ecógrafo mientras me pasaba el transductor por el vientre y miraba atento a la pantalla.

-Veintiuno-, respondí.

-Ah, sos muy joven. No se si sabías, pero estás embarazada- soltó y me miró fijo esperando mi reacción.

-No sabía nada…

-¿Querés continuar con el embarazo?

-No-, respondí rotundamente.

-Hagas lo que hagas, no te lastimes.

Salí de esa ecografía de control llorando y llamé a una amiga, que me acompañó en todo el proceso. Yo ya sabía por mi hermana, que en algún momento de su vida fue socorrista, de la posibilidad de abortar con Misoprostol y conocía el libro Cómo hacerse un aborto con pastillas. Es muy importante el derecho a la información: aunque los médicos no estén de acuerdo te tienen que hablar de la posibilidad de interrumpir el embarazo, porque en Argentina el aborto es legal por tres causales y no hay chances de que un médico te lo diga. Por eso creo que para mí estar informada por otros medios fue clave y desde el primer momento decidí que las pastillas iban a ser el método que iba a usar.

Mi amiga trabajaba el Ministerio de Salud, conocía médicos que brindaban recetas para poder conseguir las pastillas y pudo conseguir una ya sellada por uno de sus compañeros. Un domingo de febrero, después de que cumpliera las ocho semanas, empezamos la recorrida para encontrar un lugar que vendiera Misoprostol. Caminamos desde Constitución hasta Palermo; entramos a la última farmacia y cuando el hombre que nos atendió nos dijo que las tenía nos abrazamos.

Usé doce pastillas divididas en tres tomas por vía sublingual. Tuve conmigo todo el tiempo el manual, que también me había dado mi amiga: ahí estaba todo explicado, hasta cuántas toallitas está bien usar para controlar el sangrado. También tenía preparado un bolso en caso de que algo se complicara y tuviera que ir al hospital.

Tomé las primeras cuatro pastillas mientras veíamos una película; a las tres horas tomé la segunda dosis y al rato empecé a sangrar. Para la tercera ya era de noche y el proceso duró toda la madrugada. No recuerdo haber sentido mucho dolor ese día pero sí en los días que siguieron, mientras preparaba mi examen de ingreso para Lenguas Vivas.

Algunos días después llegó de visita mi mamá, de Misiones, de donde soy, y no me animé a contarle. Tuve que disfrazar mis dolores como si fueran menstruales; lo mismo en todas mis actividades.

La segunda vez quedé embarazada de mi pareja actual; él tampoco quería tenerlo y me acompañó en todo momento. Por entonces mi hermana estaba participando de una movida muy grande en Misiones en la que entregaban pastillas para abortar a quienes no pudieran pagarlas y brindaban consejerías para mujeres con embarazos no deseados. Se acercaban chicas de muchos lados, hasta de Paraguay.

Llamé a mi hermana para contarle y quedamos en encontrarnos en el Encuentro Nacional de Mujeres, que ese año se hizo en Chaco, para que me diera las pastillas. Durante el encuentro, ella me hizo la consejería, me explicó cómo abortar con Mifepristona, que es un medicamento que interrumpe el proceso de gestación, y cómo tomar después el Misoprostol.

Mientras transcurría la octava semana de embarazo tomé la Mifepristona. Al día siguiente tomé el Misoprostol, de nuevo por vía sublingual y esta vez sí recuerdo haber sentido mucho dolor. Mi compañero estuvo conmigo todo el tiempo, tengo el recuerdo de estar teniendo una contracción muy fuerte, con los ojos cerrados, y cuando lo miro él estaba igual, haciendo fuerza con la misma expresión. Después me fui a una clase de dibujo, quería seguir haciendo mis cosas porque justamente por eso había tomado esa decisión.

Las dos veces tuve miedo de que en la clínica me denunciaran, a tener que acercarme por alguna complicación o a que se dieran cuenta de que había abortado en los controles posteriores. Sé que hay registros de los controles que una se hace y estuve muy perseguida con eso. De hecho, una vez mientras me hacían una ecografía intravaginal entró un grupo de personas que supuse que eran practicantes a presenciar el estudio. Yo no sabía qué era lo que estaban viendo y tuve miedo de que estuvieran investigando si me había hecho un aborto. Eso es la clandestinidad. En la teoría ellos no pueden decir nada, pero en la práctica te mandan en cana.

Con el tiempo elaboré un montón lo que me pasó y ya lo puedo hablar desde otro lugar. La segunda vez le pude contar a mi vieja y también lo hable en terapia. Mi psicóloga me dijo: “Cómo te costó decirlo”. Porque lo conté después de varias sesiones.

Lo que caracterizó mis experiencias fue la seguridad absoluta de que quería interrumpir el embarazo. Mi cuerpo está bien, no tengo consecuencias ni físicas ni psicológicas. Creo que haber abortado fue una muy buena decisión; haber sido madre no hubiese sido la muerte, porque tengo un entorno que me apoya, pero no hubiese podido seguir con mi vida tal como yo lo quería.

Erika

Después de siete años de tomar anticonceptivos quería descansar un tiempo de las pastillas, así que decidí ponerme un DIU por primera vez. En enero fui a controlarlo y me salió todo bien. En marzo me enteré de que estaba embarazada. Yo no tenía trabajo, mi novio tampoco y nuestras familias no podían hacerse cargo. Mi novio me preguntó qué quería hacer, iba a respetar mi decisión fuera cual fuera, aunque él tampoco quería tenerlo. Yo decidí no continuar con el embarazo.

Fui a ver a mi ginecóloga de toda la vida y le dije que no lo quería tener; tenía miedo de contarle porque estaba la posibilidad de que me denunciara, pero no sabía qué hacer. Me dijo que ella no podía hacer nada, que buscara ayuda en algún lado para conseguir Misoprostol, me dio algunas explicaciones vagas sobre cómo se practica un aborto con pastillas y llamó a la paciente que seguía. Creo que no me tomó en serio, pensó que iba a continuar con el embarazo igual.

Cuando te enteras de que estás embarazada ya estás de cinco semanas, y se recomienda que el aborto sea durante la semana ocho. Tenía que conseguir todo rápido porque el tiempo corría y mientras tanto mantener el embarazo en secreto. Eso fue muy difícil para mí porque tenía todos los síntomas: vómitos, mareos, cansancio, ganas de hacer pis. Yo vivía con mi familia y tenía que esconderlos todo el tiempo. Iba a cursar a la facultad y me sentía muy mal; yo estudio Bioquímica, tenía que pasar muchas horas parada en el laboratorio y no podía decirles a mis compañeres “Necesito sentarme, estoy embarazada”, porque a la semana siguiente ya no iba a estarlo.

Mis amigues lo supieron apenas me dio positivo el test. Elles eran los que me sacaban de la mierda, me apoyaban, me escuchaban y trataban de hacerme reír. Un día uno me aconsejó que fuera a la Asamblea de Villa Urquiza en la que había una consejería. Me acerqué y ahí me contaron que en el CeSAC (Centro de Salud y Acción Comunitaria) brindaban de manera gratuita el seguimiento para hacerse un aborto con pastillas.

Cuando fui al Centro me revisó un médico y me dijo que tenía que hacerme una ecografía para saber de cuántas semanas estaba. En la orden que me dio se especificaba que el mío era un embarazo no deseado. La ecógrafa que me atendió leyó la orden y me hizo saber que estaba en contra, así que durante la ecografía me hizo escuchar los latidos. Eso para mí fue durísimo, yo me sentía en contradicción conmigo misma por lo que estaba haciendo porque en un futuro me gustaría tener hijos, pero sentía que ese no era el momento. Por el estudio supe que estaba de siete semanas y media y cuando volví a ver al médico me dio el Misoprostol gratis y me explicó cómo usarlo.

Aborté en la casa de mi novio, él me acompaño en todo momento. Me puse las pastillas por vía vaginal y nos acostamos a esperar. Tuve pérdidas y pensé que había abortado, pero seguí varios días con mucho sangrado. A las dos semanas volví al Centro a hacerme la ecografía posterior de control y me dijeron que no había expulsado todo, tenía restos que mi útero estaba intentando expulsar. Me explicaron que tenía que repetir el proceso y es vez lo hice por vía sublingual.

Cuando volví a ver a mi ginecóloga le dije que había interrumpido el embarazo y ella se sorprendió muchísimo. En el CeSAC ya me habían dado el alta pero ella quería mandarme a hacer un legrado. Me dio la sensación de que nunca nadie le había dicho “Sí, aborté, y estoy acá, viva”. Ella sabía que era un embarazo no deseado pero había dado por sentado que lo iba a tener igual. Sentí que por primera vez veía que era viable hacerlo, me empezó a preguntar dónde lo había hecho y cómo, a pedirme folletos informativos, me dijo que esa información le servía para otras pacientes. Me di cuenta de que había un montón de gente pasando por esto y médicos que no saben qué hacer, o no se animan a ayudarlos. Después volví al CeSAC para pedir folletos y fui a visitarla para dárselos. Me sentí mucho más contenida por el Centro que por ella, y nunca más la volví a ver.

Para mí toda la experiencia fue horrible, pero lo peor fue tener que esconder que estaba embarazada, no poder decirle a nadie. Nunca le conté a mi familia. A mi papá si le cuento me mata; y creo que mi mamá me hubiera entendido y acompañado, pero no me animé a decírselo. Para mí el silencio fue lo más duro de la clandestinidad.

Lo positivo fue haber estado acompañada todo el tiempo por mi novio y mis amigues, y que me haya pasado a mis veintidós años, porque en ese momento ya era madura mentalmente como para hacerme cargo de la situación. Las chicas de catorce o quince años no están listas para pasar por eso y el daño que puede provocarles la experiencia depende de cómo ellas tengan acceso a la interrupción del embarazo.

Candelaria Hernández Villarreal

La clandestinidad te lleva a pensar que sos la única descuidada e irresponsable que tiene que pasar por una situación así. Tenía diecinueve años y había quedado embarazada de mi novio de ese momento, no nos habíamos cuidado pero yo había tomado la pastilla del día después y no funcionó. Estaba muy enojada con el azar, con que me estuviera pasando eso; con el tiempo entendí que aunque fuera con un anticonceptivo de emergencia yo sí me había cuidado.

Cuando me enteré, lo primero que hice fue llamar a mi mamá. Esa situación hizo que se abrieran un montón de diálogos entre nosotras, ya habíamos hablado del tema pero ella nunca me había contado que había abortado. Había sido hacía mucho tiempo pero seguía teniendo la referencia que había usado en ese momento, era una enfermera de La Plata, de donde soy, que facilitaba el contacto con una clínica clandestina en Florencio Varela.

Un viernes viajamos en auto desde La Plata hasta Florencio Varela mi mamá, la facilitadora, mi novio y yo. Ella tenía la tarea de guiarnos hasta la pseudo clínica porque no podía darnos la dirección; estaba súper enojada con que hubiera venido a acompañarme mi novio, aunque nunca nos había aclarado que no podían venir hombres. Durante todo el viaje se la pasó aleccionándome sobre cómo tenía que cuidarme para no volver a quedar embarazada. El auto quedó con balizas, la facilitadora me pidió que me bajara tapándome con una capucha y mi novio se quedó en el auto. Entré con mi mamá.

Si hay un estereotipo de clínica clandestina, esta cumplía con todos los requisitos; era un lugar horrible: por el aspecto, si ahí no se hacían abortos, se vendía droga. Cuando entré pasé a una salita, me desvestí y me puse una bata. Ahí apareció un médico, me preguntó de cuánto estaba y cuánto pesaba, calculo que para saber qué cantidad de anestesia ponerme. Me dieron un valium y me dormí.

Me hicieron un raspaje, habrán sido veinte minutos como mucho. Cuando me desperté ya estaba vestida. Me levanté muy mareada y caminé llorando hasta el final de un pasillo en donde me esperaba mi vieja, que también lloraba. Ella después me dijo que estaba muerta de miedo, había respetado mi decisión y estaba de acuerdo, pero sabíamos que había mil riesgos. Siento que mi mamá fue mi mamá más que nunca, me dio la vida cuando nací y me volvió a dar la posibilidad de elegir por mí vida ahí.

En ese momento elegí no compartirlo con nadie porque no quería que mi decisión estuviera sujeta a la opinión de nadie, excepto la de mi vieja y mi pareja de ese momento. Me sentí muy protegida por elles y también por mi mejor amiga que fue la otra persona que lo supo. Para mí eso fue crucial.

El fin de semana que siguió me la pasé llorando, tuve una crisis de angustia fuerte, estaba muy triste. Yo siempre estuve a favor del aborto, nunca lo había visto como algo terrible, creo que no es más que la decisión de una mujer de elegir cómo tiene ganas de vivir y de proyectar su vida. Asocio la angustia que sentí a la situación de clandestinidad. Después me permití seguir con mi vida normal porque tenía un montón de cosas que me contuvieran, iba a terapia, tenía mis cursadas en la facultad, tenía a mi pareja. Pero también tenía algo de lo que no podía hablar.

La segunda vez tenía veintitrés años. En ese momento estaba mucho más informada sobre el tema y había decidido que me lo iba a hacer con pastillas, no quería volver a pasar por la situación de clandestinidad que viví en la clínica en la que aborté. Esta vez decidí no contárselo a mi mamá y arreglármelas por mi cuenta. Estaba embarazada de otra pareja con la que convivía hacía poco tiempo y él fue quien me acompañó. Fue una etapa de mi vida en la que, por esto y por otras cosas que me pasaron, me encontré frente a la noción de que ya era una adulta y me tenía que hacer cargo de todo, de las cosas que hacía bien y también de las que quería corregir.

Las semanas que estuve embarazada la pasé horrible. Tenía muchos síntomas y la pasaba mal en las clases de la facultad, me sentía tan mal que me tenía que ir antes o directamente faltaba. Mientras tanto estaba averiguando por todos lados, dentro de lo que se puede averiguar a escondidas, para conseguir las pastillas y acompañamiento. Había contactado a varias agrupaciones que se dedicaban a eso pero no había conseguido ninguna respuesta concreta y el tiempo me corría.

Un día estaba hablando con una amiga de la facultad y me dijo que había estado un poco desaparecida porque había tenido problemas ginecológicos. Se me ocurrió preguntarle qué le había pasado y me contó que se había hecho un aborto. No lo podía creer, le dije que yo estaba en la misma situación, entonces ella me puso en contacto con otra amiga que participaba del Frente de Mujeres del Movimiento Evita. Ahí me pasaron el contacto de un ginecólogo que practica el aborto como es legal a partir del fallo FAL, mediante la causal que plantea que el embarazo puede poner en riesgo tu vida o tu salud entendida de manera integral (física, emocional y psíquica).

Ya estaba muy justa con el tiempo y cuando llamé al ginecólogo le dije que tenía que ser ya. Me atendió en un consultorio común y corriente en donde me hizo la ecografía y firmé la declaración jurada. Me dio la receta para las pastillas y todas las indicaciones: me enseñó cómo sacarles el diclofenac de adentro, cómo tenía que tomarlas y me dio indicaciones para saber cuándo podría estar teniendo una hemorragia. Me dejó su celular y me dijo que podía llamarlo en cualquier momento.

Antes de hacerlo leí todo el manual Cómo hacerse un aborto con pastillas y un montón de otras cosas sobre el tema. Tenía el contacto del ginecólogo y de mi amiga en caso de que algo pasara. Estaba segura de que no quería ser madre, de que no quería seguir adelante con ese embarazo, pero no sabía si me animaba, tenía mucho miedo de hacerlo con pastillas. No tenía desconfianza con el método: me asustaba saber que lo que pasara estaba exclusivamente en mis manos y en las de mi exnovio. Más allá de todas las indicaciones, me sentía desprotegida.

Ese día la pasé horrible. Conseguimos el Oxaprost en una farmacia de Parque Chacabuco. Tomé doce pastillas, divididas en tres tomas, por el método sublingual, como me había aconsejado el ginecólogo. Apenas hice la primera ingesta me empecé a sentir muy mal, tenía náuseas y mucho dolor de ovarios. Era un dolor que además tenía una carga emocional muy grande. Por suerte salió todo bien y en la ecografía posterior me confirmaron que estaba todo en orden.

Más allá de que un aborto fue quirúrgico y otro con pastillas, los dos fueron en la clandestinidad. Yo tuve las condiciones económicas para hacerlo y desde ya que nunca sentí que corría riesgo mi vida, como quizás sí lo deba sentir una piba que no tiene a dónde recurrir y puede que su vida esté en verdadero riesgo. Pero más allá de mis condiciones de clase, yo también la pasé muy mal por no poder contarlo. La clandestinidad para mí fue eso, un pacto de silencio muy siniestro, una cuestión simbólica que me pesó muchísimo.

Empezar a contarlo me costó mucho, la primera vez pasaron dos años y la segunda varios meses hasta que empecé a abrir el tema con personas muy cercanas. Un día, una compañera de un proyecto en el que participo contó que su hermana quería abortar y estaba buscando la forma de poder gestionarlo. En ese momento no le pude decir y me cayó la ficha de lo importante que era hablarlo: me di cuenta de que me moría si una amiga o conocida no recurría a mí para que la ayude por no saber que yo había estado en esa situación. Todo lo que fue pasando en el último tiempo con respecto a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo fue creando un colchoncito para que podamos hablar de esto fuera del tabú. Me siento mucho menos careta por poder contarlo porque es coherente con cómo soy yo en mi vida.

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