La 11ª Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil fue esta vez una concentración para evitar la represión de los efectivos que comanda Patricia Bullrich. Familiares de decenas de jóvenes y adolescentes continúan exigiendo justicia para sus hijos, que fueron asesinados por la violencia estatal. Participó Fabián Grillo, el papá de Pablo, el fotorreportero gravemente herido en la marcha de los jubilados.

Once años ya llevan los familiares de víctimas del “gatillo fácil” manifestándose en contra del sistemático asesinato de jóvenes por parte de agentes policiales y de las fuerzas de seguridad del Estado. Ayer miércoles 27 de agosto la Plaza de Mayo fue el escenario de la 11ª Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil, que desde el año pasado mutó a concentración para resguardarse de la represión policial con que terminan casi todas las movilizaciones desde la asunción de Patricia Bullrich frente al Ministerio de Seguridad. Inés Alderete, mamá de Marcos Sebastián Acuña, asesinado en el año 2015 por un oficial policial y de Gustavo Alejandro Alderete, asesinado el 3 de agosto del 2020 en una entradera, explicó: “Es el segundo año que concentramos en lugar de marchar, decidimos resguardarnos y cuidarnos entre nosotros por el gobierno represor que tenemos ahora. No queremos más violencia sobre la violencia que ya ejercieron sobre nosotros”. Alderete también detalló que la situación económica dificulta a quienes no viven en Buenos Aires viajar hasta aquí. “Se nos hace imposible traer a los familiares de las provincias y ellos tampoco se pueden pagar los pasajes, concentrar también es una forma de cuidarnos porque no somos tantos. Pero la marcha ya va a volver”, afirmó.
El trovador Abelardo Martín inauguró la concentración con su música. Más tarde, las madres lo homenajearon y le agradecieron por acompañarlas hace una década. Emilia Vasallo, mamá de Pablo “Paly” Alcorta, asesinado por la policía bonaerense en el 2013, abrió la radio abierta preguntando: “¿Qué miedo vamos a tener si perdimos lo más importante que tiene una madre o un padre?” La activista y referente de la lucha antirrepresiva presentó con la voz quebrada a Fabián Grillo, papá de Pablo, el joven fotógrafo que recibió el impacto de una granada de gas lacrimógeno en su cabeza por parte del gendarme Hector Guerrero en marzo y cuya vida aún se encuentra en peligro: “No se si voy a poder hablar mucho, estoy muy emocionado”, aclaró Grillo y manifestó: “Lamentablemente la tragedia es algo que nos une, no tendríamos que estar acá, ninguno de nosotros tendría que estar acá. Pablo tendría que estar sacando fotos con ellos”, expresó señalando a los fotorreporteros que se encontraban allí.

Angélica Urquiza, mamá de Kiki Lezcano también dió su testimonio tras 16 años de lucha exigiendo justicia. Un 8 de julio del 2009, Ezequiel “Kiki” Lezcano de 17 años, salió de su casa en Lugano, le dijo a su mamá: “Mami, ahora vengo”, y nunca regresó. Lezcano venía sufriendo amenazas por parte de la Policía Federal, que “reclutaba” chicos del barrio para que roben para ellos. Lezcano y Ezequiel Blanco, otro joven de la zona, fueron asesinados ese 8 de julio por el efectivo policial Daniel Santiago Veyga, que no tuvo ninguna condena y aún continúa prestando servicio en la fuerza. Lezcano fue enterrado en el cementerio de la Chacarita como NN. La familia pudo saber dónde estaba Kiki recién en septiembre, luego de meses de maltratos por parte de la policía de la Comisaría 52 de Lugano, donde se negaban a tomarles la denuncia y manipulaban los testimonios de los vecinos del barrio. Urquiza no pasa por alto que en cada marcha aparecen nuevas caras de jóvenes asesinados y más familias se suman para contar sus casos. “Lamentablemente hay mucha gente que ha perdido a su ser querido y quizá no saben como hacer, no saben cómo levantarse. Y nosotras no somos superhéroes, pero sabemos levantarnos del dolor con amor”, sostuvo.
Luego hablaron los familiares de Santiago Beltrán, un adolescente de quince años asesinado hace dos meses por una policía de civil, la abuela de Luciana Muñoz desaparecida en Neuquén hace más de un año, y el papá de Peca Rivero, asesinado por la policía de Rafael Castillo en 1989, a sus 18 años. También se expresó la hermana de Sofía Fernández, mujer trans asesinada en la comisaría 5ª de Derqui, los familiares de Darío Santillán y la mamá de Juan Encina, asesinado por el policía Jorge Montero, que le disparó por la espalda al “confundirlo con un delincuente”.

Surgimiento
La Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil se realiza hace diez años y su antecedente directo fueron las actividades de lucha llevadas adelante en el 2014 por la Coordinadora de Familiares de Víctimas del Gatillo Fácil, en Córdoba. Allí mismo surgió la primera marcha el 27 de agosto del año 2015, tras el asesinato de Ismael Sosa por parte de la policia cordobesa, cuando el joven asistía a un recital de La Renga en Villa Rumipal. Vasallo resaltó la organización de las familias: “La Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil es un precedente que sentamos los y las familiares. Decidimos que la marcha la hacíamos nosotros, las familias organizamos y decidimos y las organizaciones acompañan”, aclaró. Alderete recordó vívidamente su primera participación, en la segunda marcha. “Éramos 10, 15 familiares. No me puedo olvidar, era una lluvia torrencial y fuimos de Congreso a Plaza de Mayo. En la Plaza había un acto político así que la cerramos abajo del techito de un local”, repasó. “Yo participé por primera vez en esa segunda marcha, la primera se hizo el 27 de agosto del 2015 y a mi hijo me lo mataron el 28”, rememoró.

El duelo permanente
Marcos Sebastián Acuña fue asesinado el 28 de agosto del 2015 por el prefecto Juan José Silva. Esa mañana, Acuña salió de su casa en el barrio de La Cañada, en Quilmes, para encontrarse con dos amigos. En el camino se cruzó con Silva, que declaró haber tenido una discusión con el joven de 22 años. El policía disparó tres veces, una de esas balas impactó en la espalda de Marcos. El prefecto abandonó la escena inmediatamente. Los amigos que estaban con Acuña declararon que solo dijo dos palabras: “Me quema, me quema”, y se desmayó. Los jóvenes pidieron ayuda a los vecinos y a la policía que pasaba por el lugar gritando que llamaran a una ambulancia, pero Acuña ya había muerto. Silva alegó haber actuado en legítima defensa, pero sus palabras no pudieron comprobarse: la policía halló al joven en el piso, con un tiro por la espalda, sin ningún arma, droga o alcohol en sangre. Con todo, Silva recibió una condena de un año y ocho meses.
Alderete recordó el sinuoso inicio de su camino de lucha: “Cuando empecé yo no sabía qué hacer. Mandaba mensajes a todos lados, pedía ayuda por todos lados. Ese es el problema de las madres, que no hay un lugar donde vos vayas y sepas que te pueden ayudar.” Oscar Escobar, papá de Camilo Caupolicán Escobar, asesinado en enero del 2019, destacó la contención que genera la red de solidaridad entre los familiares de las víctimas. “Nos contenemos en la angustia y el dolor de perder a un hijo. En mi caso, la experiencia de los compañeros que han sufrido esta tragedia antes que yo, me sirvió mucho para saber qué camino tomar”.
Durante la concentración fueron recordadas varias veces Nora Cortiñas y Mirta Baravalle, las emblemáticas Madres de Plaza de Mayo que se dedicaron a luchar contra las violaciones a los derechos humanos. Alderte inscribe a las madres de víctimas del gatillo fácil en la misma lucha que las Madres y trae una escena. “No me olvido más una vez que estábamos en Plaza de Mayo y yo lloraba. Norita me pasó la manos por la cara y me dijo ‘eso no, que nunca te vean llorar. Siempre con la voz en alto, siempre con la cabeza arriba. Secate las lágrimas y hablá por tu hijo y por el resto de los chicos. Cuando una madre no pueda, hablá por ella’, y eso fue lo que nosotras hicimos ”, recordó.
Con sus palabras, Vasallo pone en evidencia lo que queda después para muchas madres y padres: “Me han invitado a participar de actividades en todas partes: Italia, Francia, Brasil, pero yo no puedo viajar. Me quedé con ese miedo de que le pase algo a mis hijos, a mis nietos o a mis bisnietos. Es algo que no puedo superar, entonces no viajo. No puedo viajar”, confesó. La militante también destacó la necesidad de contención profesional, que muchas veces es inaccesible: “La mayoría de las madres no tiene donde atenderse o no puede pagar un tratamiento psicológico o psiquiátrico. Pero es necesario, la nuestra lamentablemente es una vida de lucha constante y el duelo de un hijo es permanente”.

Un gran cómplice: el sistema judicial
La mayoría de las familias de las víctimas coincide en que el accionar judicial en las investigaciones sobre los asesinatos de sus hijos es insuficiente y muchas veces encubre el abuso policial, asegurando la impunidad de los responsables. Vasallo recordó lo sucedido tras el asesinato de su hijo, Pablo Paly Alcorta y afirmó: “Para mí la justicia no existe”.
El 18 de mayo del 2013, Pablo Alcorta de 17 años intentó junto a un conocido robar una moto en el peaje de Morón. Mientras el joven huía, el oficial de la bonaerense Daniel Ariel Tolaba, le disparó en la cabeza. La bala le atravesó la sien y el nervio óptico, dejándolo instantanemante ciego. Alcorta estuvo internado hasta su fallecimiento, siete meses más tarde. Tolaba dijo haber actuado en legítima defensa, aunque las pruebas no están. La mamá de la víctima enumera los hechos: “Plantaron un arma a 600 metros del lugar, que ni siquiera estaba apta para el disparo, para decir que había habido un enfrentamiento. Tolaba dice que Pablo levantó la mano derecha y le apuntó, mi hijo era zurdo y con la mano derecha es con la que se acelera la moto, ¿en qué momento pudo haber sacado un arma?”, desglosa Vasallo, que también recuerda el testimonio de una testigo del hecho, que declaró que Alcorta no poseía arma alguna. Tolaba fue absuelto por la justicia, que no investigó ninguna de las pruebas que la familia exigió y pidió el traslado a la Policía de la Ciudad donde siguió prestando servicio en el Área de Delitos contra la Integridad Física y la Salud de las Personas durante años.
El caso de Camilo Caupolicán Escobar también es una muestra de la impericia del sistema judicial y el encubrimiento policial. El 10 de enero de 2019, Camilo acudió a un departamento del barrio de Caballito a comprar marihuana para uso personal. Ya en el lugar, un hombre que había llegado para realizar una compra grande, mostró su chapa de la policía y ordenó que se tiren al piso. Escobar intentó escapar y lo golpeó. El policía Juan Manuel Guellin respondió al golpe con un tiro en el tórax, que dejó sin vida al joven de 23 años. Luego de los hechos, Guellín huyó, pero volvió minutos más tarde con otra ropa, cuando la escena ya estaba llena de patrulleros, a recuperar su moto. Otro chico que se encontraba en el departamento al momento de los hechos e intentó hacerle RCP a Escobar, lo vió y lo señaló al grito de: «Es ese, es ese el que mató a mi amigo”. Pero la policía se mantuvo inmutable ante el aviso. El joven que identificó al asesino escapó a Perú por temor, pero volvió cuando Oscar, papá de la víctima, le pagó el pasaje para que venga a declarar: “Pero la fiscalía no siguió la línea del testigo. De hecho, cuando declaró la fiscal le dijo que estaba mintiendo porque en los videos nunca se ve la moto. Ocurre que misteriosamente en el expediente hubieron cámaras de la calle que no estuvieron, nunca se ve ni una ambulancia, ni un patrullero, nada de lo que hubo”, sugirió el padre. Meses después, Escobar logró la autorización por parte del Ministerio de Seguridad de pegar en las comisarías y las calles un cartel con la foto del asesino, ofreciendo recompensa a quien aporte información. Un día, recibieron el llamado de alguien que había ido a la escuela con él, que los ayudó sin cobrar la recompensa. “Así descubrimos que era policía de la Federal y muy amigo del tipo que lo mandó a hacer la movida” , explicó Escobar. Lo que Guellín buscaba esa noche era hacerle una “mexicaneada” a los jóvenes que estaban allí: “El tipo fue a hacer un negocio porque se iban a la costa en enero y querían vender marihuana ahí. Quería robarles”, afirmó. Ahora, Guellín y sus dos cómplices se encuentran detenidos, a la espera del juicio.

Desde el dolor, lucha con amor y alegría
En un espacio entre los testimonios y la música, Delia Fucci, mamá de Pablo Fucci muerto en Cromañón, se acercó al micrófono: “La alegría es nuestra. Una mujer muy chiquitita pero muy inmensa, Norita Cortiñas, me enseñó a luchar con alegre rebeldía”, intervino. La tarde continuó con música, a cargo de Maleza Ruda, Pica para Todxs mis Compas, que cantó junto a Silvia Bignami, mamá de Julián Rozengardt, otra víctima de Cromañón. Aún con dolor, los y las familiares se abrazaron, se encontraron y continuaron construyendo la red de solidaridad que los contiene frente al desamparo y la violencia estatal. La tarde cerró con la banda punk “Sublimando Mierda” y un tema dedicado a las madres: “Vieja, te amo y vos lo sabés”, cantó la banda mientras los manifestantes bailaban en el medio de la plaza.