Hace más de una década que Luciano Fabbri coordina talleres sobre nuevas masculinidades. Hoy forma parte del Instituto de Masculinidades y Cambio Social (MasCS), un espacio que tiene como objetivo la intervención en el campo de las políticas de género destinadas a los varones. Cuáles deben ser las políticas de estado para ellos y cómo derribar los mandatos.
«Uno de los aportes que podemos hacer los varones es el de una escucha activa, que nos permita interpelarnos sin oponernos defensivamente a los cuestionamientos de los feminismos», dice Fabbri.

Construye sus frases con una firmeza atrapante y cautiva en una conversación realizada en sus pocos momentos libres de interminables jornadas de reuniones virtuales, que se reparten en sus espacios de formación y trabajo. Luciano Fabbri es licenciado en Ciencia Política y Doctor en Ciencias Sociales, hace más de 10 años que coordina talleres sobre nuevas masculinidades y hoy forma de parte del Instituto de Masculinidades y Cambio Social (MasCS), un espacio que tiene como objetivo la intervención en el campo de las políticas de género destinadas a los varones.

Lucho, como lo conocen todos y todas, realiza el aislamiento social, preventivo y obligatorio en Rosario -su ciudad natal- desde donde opina sobre el impacto de la nueva agenda de género en los varones y la necesidad de pensar nuevas estrategias para transformar nuestras prácticas machistas.

¿Cuál es el papel de los varones en medio de la revolución feminista que estamos viviendo?

En términos colectivos, uno de los aportes principales que podemos hacer los varones es poder ejercer una escucha activa, que nos permita interpelarnos y no oponernos defensivamente a las resistencias que nos generan muchos de los cuestionamientos de los feminismos a nuestras prácticas. Debemos buscar espacios de encuentro y reflexión colectiva para repensarnos y hacer un ejercicio de repolitización de lo personal y de colectivización de esas reflexiones. El objetivo es intervenir para que en los espacios comunitarios, laborales, educativos y militantes y también en nuestras relaciones, podamos aportar desde la transformación de nuestras prácticas a la democratización de los vínculos para combatir las desigualdades y las violencias basadas en género.

¿Cómo se construyen las masculinidades? ¿Por qué hablás de ellas en plural y no en singular?

Yo me refiero a las masculinidades en plural para dar cuenta de construcciones múltiples, heterogéneas y diversas en relación a esta identidad y expresión de género que llamamos masculinidades. Está atravesada por múltiples posiciones, que tienen que ver con la pertenencia de clase étnico-racial, generacional, de discapacidad, nacionalidad, etc. Masculinidades no es sinónimo de varones ni de varones cis-género; las hay trans, no binarias, lésbicas. Los varones cis somos una de las tantas expresiones de esa multiplicidad de formas de habitar la masculinidad. Y cuando me refiero al dispositivo de masculinidad, que es otra forma de nombrar la masculinidad en singular, me refiero a un conjunto de discursos y de prácticas que buscan construir una forma normativa de masculinidad tradicional. Es la hegemónica y tiene que ver con la socialización de los varones para creer que las mujeres y que sus tiempos, sus capacidades y sus sexualidades deberían estar a nuestra disposición. El dispositivo de masculinidad no es la masculinidad de uno u otro sujeto o sujeta, sino un proyecto político dominante orientado a la producción de relaciones jerárquicas; las masculinidades, en cambio, sí tienen que ver con las construcciones más subjetivas y singulares.

«Masculinidades no es sinónimo de varones cis-género; las hay trans, no binarias, lésbicas», dice Fabbri.

¿Cómo hacemos los varones para romper con el lazo de complicidad entre nosotros?

Lo importante es generar espacios de encuentro, de reflexión y de crítica colectiva entre varones, ya que es lo que nos permite empezar a contar con mayores herramientas para romper con esos pactos de silencio e impunidad en los que se reproducen las relaciones de complicidad. Se trata de entendernos como sujetos y agentes activos en el marco de la prevención y erradicación de las violencias machistas y que, en ese sentido, tenemos un rol muy importante: llevar las propuestas de los feminismos a los espacios de socialización entre varones a los que las compañeras no tienen acceso y en donde, justamente por la ausencia de las compañeras, sentimos que hay mayor licencia o impunidad para la reproducción del sexismo.

Con respecto a las tareas de cuidado, ¿Qué rol debemos cumplir las masculinidades -en especial los varones hetero cis?

Algunos de los resultados de estos dispositivos de apropiación de los tiempos, de los cuerpos, de las sexualidades y de las capacidades de las mujeres y de las feminidades impactan en diferentes medidas, entre ellas las tareas de cuidado. Por un lado tiene que ver con las tareas domésticas y de cuidado de la salud pero también del cuidado de nuestras relaciones sexoafectivas, de nuestros vínculos, del ejercicio de la paternidad. Y me parece que interpelar y transformar ese dispositivo tiene que ver con asumir una corresponsabilidad en esos vínculos y, fundamentalmente, con una atención muy importante a la reciprocidad y al consentimiento, que son aspectos en general muy escindidos de la socialización más normativa de la masculinidad y que tenemos que poder reaprender para tener vínculos más saludables y más justos.

¿Cómo discutimos la agenda de construcción de políticas públicas que transformen un Estado patriarcal?

En términos de agenda de políticas públicas lo que venimos pensando son, sobre todo, dos líneas de trabajo principales para articular desde el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de Nación, también aportándolas a su consejo asesor ad honorem. Por un lado, tiene que ver con la promoción de otras masculinidades sin violencia, en donde hay un rol fundamental de las políticas de formación, de educación sexual integral, de sensibilización, de abordaje territorial con las organizaciones populares y sindicales, de transversalización con las políticas vinculadas a la cultura y la comunicación. Por otro lado, una línea más vinculada a la generación de dispositivos de atención a varones que ejercen violencia con fines reeducativos, de algún modo, que permitan que esos varones se hagan responsables de sus prácticas, que puedan repararlas y que, sobre todo, no sean reincidentes.

¿Se pueden derribar los mandatos de masculinidad dentro de las organizaciones políticas?

Trabajar sobre los mandatos de masculinidad en las organizaciones políticas tiene que ver con lo que hablábamos antes: poder generar espacios de encuentros colectivos entre varones donde también, aparte de reflexionar entre nosotres, podamos hacer lugar a lo que las compañeras nos vienen planteando hace tiempo acerca de la erradicación de lógicas viriles en el ejercicio de la política, que tienen que ver con la reproducción de privilegios, micromachismos y relaciones de complicidad. De algún modo, con esas críticas y autocríticas de nuestros vínculos interpersonales en las dinámicas militantes hacer estrategias colectivas de despatriarcalización de nuestras organizaciones.

Si pensamos la escuela como espacio de socialización de género, ¿cómo se podría trabajar las masculinidades dentro de los ámbitos educativos?

Para eso hay que generar herramientas pedagógicas que puedan entrelazar los desafíos que tenemos en los sistemas educativos con sus especificidades en función del nivel y la modalidad de la que estemos hablando. Cuando nos desafiamos a pensar herramientas no punitivas para la erradicación de las violencias, el lugar de la educación sexual integral y las pedagogías feministas con un enfoque crítico de las masculinidades son la herramienta clave a jerarquizar y desarrollar.