Ricardo Capelli caminaba junto a su íntimo amigo, el padre Carlos Mugica, cuando ambos fueron baleados por la Triple A. El recuerdo de aquel momento y el por qué tardó tanto en darle el nombre del asesino a la justicia. La historia de cómo dos jóvenes antiperonistas se acercaron a Montoneros.

Lo que en otro contexto hubiera sido un encuentro presencial, la cuarentena obligó a limitarlo a una llamada telefónica, de esas que dejan la oreja roja. “Soy el sobreviviente del asesinato de Carlos Mugica”, se presenta Ricardo Capelli, quien fuera amigo y colaborador del emblemático sacerdote. Parece una simple voz en el teléfono, pero también es un pedazo de historia viviente.

Desde su casa, en la que lleva a cabo el aislamiento social preventivo y obligatorio, recorre aquellos años de su vida que, durante mayo, parecieron un poco más recientes: el 11 del mes pasado se cumplió un nuevo aniversario de la noche lluviosa en la que Mugica fue asesinado y en la que Capelli casi pierde la vida a causa de las balas de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA). El contexto también revive memorias: en días en que la Villa 31 aparece en todos los medios debido a la falta de servicios básicos y al avance del coronavirus, es imposible no recordar la lucha y el compromiso del padre Mugica en ese barrio y con los pobres.

Corría el año 1954 cuando Capelli y Mugica se conocieron en un cumpleaños de la hermana del cura, Marta. “Las casualidades no existen”, afirma Capelli, haciendo referencia al hecho de que había asistido de “colado” a la fiesta, acompañando a otro amigo. Allí conoció Carlos Mugica Echagüe, un muchacho rubio y carismático perteneciente a la aristocracia y antiperonismo de la época. Aún no era sacerdote: hacía poco que había ingresado al Seminario Metropolitano de Buenos Aires luego de haber abandonado la Carrera de Derecho.

Los dos amigos fueron retratados en 1972, en la quinta de la familia Mugica, por la prensa alemana.

En aquel entonces, Mugica tenía 23 años y usted, 17. ¿Cómo fue que se hicieron amigos? ¿Qué cosas tenían en común, a pesar de la diferencia de edad?

En realidad aún no había muchas cosas en común, él hacía dos años que estaba en el seminario y yo era operador de las Bolsas de Cereales y Comercio. Nos encontrábamos en idas al cine o partidos de fútbol, y ambos teníamos conceptos antiperonistas o no peronistas, influidos por nuestras familias y actividades.

Habiendo pasado ya tantos años, si mira retrospectivamente, ¿cree que reconoce en ese Carlos del 1954 algún indicio de quien llegaría a ser?

No sé si tenía conciencia de hasta dónde llegaría, dado que aún no había movimientos muy profundos de curas con ideologías populares. En ese momento lo entendía más bien como una forma de «salvar su alma». De todos modos, en esa época, Carlos ya se reunía con gente joven e iba a campamentos, además de todas las actividades que resultaban luego de esos encuentros.

En esa época también había empezado a ir a una capilla que estaba en la villa que pertenecía a la escuela Mallinckrodt, allí comienza el contacto con los habitantes de esa zona.

¿Cuál era la relación de Mugica con la Iglesia?

Era mala. La Iglesia estaba enfrentada con los curas tercermundistas, les decían “curas comunistas”. Carlos tenía miedo de que lo echaran de la Iglesia por su conducta o su forma de pensar. Incluso años después, cuando escribe “Peronismo y cristianismo”, el libro que está conformado por muchos escritos de su autoría, no lo firma por temor a la respuesta de sus superiores.

 

Del golpe del 55 a los curas tercermundistas

El golpe de Estado a Perón, en 1955, los encontró festejando en la Plaza de Mayo a la autodenominada Revolución Libertadora. Se sentían muy lejanos del presidente que acababan de derrocar. En ese entonces, ambos colaboraban con monseñor Juan José Iriarte, recorriendo las zonas humildes cerca de la Basílica de Santa Rosa de Lima, ubicada en Balvanera. Fue sobre la calle Catamarca que encontraron una frase escrita en una pared que sería puntapié para su transformación política: «Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos.» La leyenda de tiza era una referencia a los curas, y la tristeza de los humildes -una muy diferente de lo que ellos sentían- se entendía en las palabras.

Mencionó antes que con Mugica tenían en común conceptos antiperonistas o no peronistas. ¿Qué cambios atraviesan respecto de estas concepciones y por qué?

Carlos y yo ya trabajábamos en los conventillos de la zona de la iglesia Santa Rosa de Lima. Cuando derrocan a Perón, empezamos a ver a la gente pobre muy deprimida, asustada, con miedo y caída. Era como que les habían quitado a su protector. Y ahí empezó nuestra conversión política. Entendimos que si la gente estaba así, Perón representaba lo que la gente quería. Ahí comienza nuestro cambio. Además, Carlos veía en Cristo como un revolucionario que estaba al lado de los pobres y que se jugó por ellos. Por eso, para él, ser cristiano era estar con los humildes. Y así vivió.

Mugica hace un viaje y allí conoce a Perón en su exilio, en Puerta de Hierro. ¿Cambia algo en él a partir de ese encuentro?

En el ‘67 Carlos viaja a Bolivia, donde intenta retirar los restos del Che Guevara; luego va a Cuba, intenta reunirse con Fidel Castro pero fracasa. De ahí viaja a Europa donde coincide con el Mayo Francés. Durante esa travesía -que duró alrededor de dos años- se formó el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) y lo invitan a integrarse. Él acepta de inmediato. Es durante ese lapso, también, que estuvo en Puerta de Hierro visitando a Perón y vino obnubilado. A partir de entonces ya tomó al peronismo como base de su lucha cristiana por los puntos en común que tenían: la lucha por la igualdad y la justicia social. Era lo que buscaba. En todo esto que comento hubo también un cambio total de la lucha de la Iglesia (aunque no de la dirigencia eclesiástica) para con los pobres, que era para ellos el verdadero fundamento de la representación de Cristo en la tierra.

 

El cura obrero

Cuando Mugica regresa de su viaje, se encuentra con que había sido apartado de su labor en la iglesia de Mallinckrodt. A los sectores de la Iglesia ligados a las Fuerzas Armadas no les había resultado simpática la serie de encuentros que había tenido el sacerdote durante su estadía en el exterior del país. Frente a esta situación, Alejandro Mugica -su hermano- le construye su propia capilla en el barrio Comunicaciones de la Villa 31 para que realizara allí sus tareas pastorales: la capilla Cristo Obrero, lugar donde luego -y hasta el día de hoy- descansarían sus restos.

En ese momento es cuando Capelli también comienza a tomar contacto con los vecinos y vecinas de Retiro, a través de su colaboración con Mugica.

¿Cómo era la vida cotidiana y las tareas que realizaban en la capilla Cristo Obrero, de la Villa 31 de Retiro?

El trabajo en las villas era día a día. Debido a los acontecimientos, no se podía hacer de las distintas actividades una cosa formal. Pero lo fundamental era concientizar a la gente de su importancia y del papel que deberían tener en la sociedad: fortalecer la igualdad, la justicia y la inclusión. Allí se trabajaba mucho en comunidad, incluso con los que veníamos “del asfalto”, como solían recordarme. Era una comunidad y eso era lo hermoso.

Mugica trabajaba desde sus creencias religiosas y sociales junto con los sectores populares, ¿cómo es que usted llega a ser un colaborador en esas tareas y acciones?

No tengo idea como me fui internando en ese lugar. Seguía con mi trabajo, iba a mi oficina y a la tarde me cambiaba de ropa y me iba a laburar al barrio, con los amigos -mis amigos- que conocí allí. Fue una de las experiencias más fecundas que tuve. Y la sigo teniendo.

¿Alguna vez Mugica sintió contradicciones entre su origen social, de clase alta, y su trabajo pastoral en la villa?

Nunca sintió contradicciones entre su origen y su destino, como él lo entendía. Pero aunque no se quiera, quedan pautas que se notan y yo se las hacía ver. Le causaba gracia, se reía pero trataba de no hacerlas notar nuevamente.

Montoneros

Mugica se desempeñó también como asesor espiritual del Colegio Nacional Buenos Aires. Fue así que llegó a conocer a quienes varios años después se convertirían en la cúpula de la organización Montoneros; entre ellos, Mario Firmenich y Juan Manuel Abal Medina.

Durante un viaje al chaco santafesino, y en contacto con la injusticia con la que vivían los campesinos, los estudiantes y el mismo Mugica comienzan a organizarlos para que lucharan por su dignidad y sus derechos. Es en esa actividad que comienza a pergeñarse “una nueva forma de lucha que luego sería ‘La Orga’”, cuenta Capelli. También comienza a pensarse en la lucha armada como una salida plausible a la realidad de la que eran testigos, postura a la que Mugica adhirió tempranamente, si bien siempre se diferenció: «Estoy dispuesto a morir pero no a matar», sostenía.

Ricardo Capelli no ahonda mucho en la cuestión Montoneros, apenas le dedica unas palabras rápidas, casi al pasar. Es un poco el hastío de repetir una y otra vez aquellos momentos de su historia -la suya y la de Mugica-; pero también la falta de ganas de comenzar a mencionar nombres de personas con los que todavía mantiene una, en principio, buena relación. Sí menciona la reacción del sacerdote cuando asesinan a José Ignacio Rucci, el entonces secretario de la Confederación General del Trabajo (CGT), en 1973: “Cuando matan a Rucci se enfureció, porque él había dicho que, habiendo vuelto Perón a la Argentina, había que ‘enterrar la armas y empuñar el arado’”, recuerda Capelli. Aquel acontecimiento fue el punto de ruptura con Montoneros, si bien su amigo insiste en que la comunicación y consulta continuó constante, a pesar de que fuera uno de los militantes que se escindieron para formar la JP Lealtad.

Otra cuestión que Capelli prefiere evitar es la relación de Mugica con Lucía Cullen, una colaboradora y también gran amiga del padre, a pesar de que ha inspirado muchas historias y rumores. Quizás por esa misma razón.

El asesinato

En 1973, a Mugica le ofrecen un cargo en el Ministerio de Bienestar Social. La orden es dada por el mismo Perón, si bien a José López Rega no le gustó en lo más mínimo. El cura acepta llevar a cabo la asesoría ad honorem como una forma de poder ayudar más y mejor a su gente en la villa. El mismo Capelli le dijo, en su momento, que aquel cargo era una gran oportunidad para conseguir insumos y una mayor presencia estatal. Sin embargo, y al poco tiempo de asumir, Mugica renuncia: nada podía lograrse si nadie estaba dispuesto a escuchar dentro del Ministerio.

“La relación con López Rega no fue profunda y se resquebrajó con la denuncia de que en Bienestar Social se había engañado al pueblo”, cuenta Capelli. Según él, aquello fue la sentencia de muerte de Mugica. A partir de entonces, comenzaron las amenazas.

La noche del 11 de mayo fue lluviosa. Mugica estaba dando misa en la Parroquia San Francisco Solano, y Capelli había ido a buscarlo porque luego tenían un asado en la Villa 31. Pero nunca llegaron: mientras se dirigían al Fiat 600 de Capelli, fueron atacados.

Ricardo Capelli recuerda muy bien ese momento. Recuerda el grito de Carlos Mugica, que lo alertó de que algo grave estaba pasando. Recuerda el impacto de cuatro balas sobre su cuerpo, una de ellas a la altura del pulmón izquierdo que lo volteó como si fuera una trompada. Recuerda a su amigo siendo acribillado por uno de los hombres que solía ver dentro del Ministerio de Bienestar Social.

Luego de eso, ambos fueron trasladados al Hospital Salaberry. Al llegar, Mugica todavía se encontraba con vida, y allí pidió que operaran primero a su amigo, a Capelli.

¿Cómo fueron los días posteriores al atentado? ¿Cómo se entera de que Mugica había muerto?

A mí me operan catorce veces en dos días, porque los que armaron las balas no tuvieron la capacidad de limarlas y estaban oxidadas, por lo que se producen infecciones internas. Abrían y cerraban, una y otra vez. En ese contexto no me habían dicho nada sobre lo que le había pasado a Carlos, porque yo mismo estaba muy grave.

A los dos días aparece Jorge Conti, el secretario de Prensa del “Brujo” (López Rega), y me dice “Ricardito, que horrible lo que le pasó a Carlos”. Ahí me entero. Después de eso, Conti agrega que viene de parte de “don Pepe”, que así le decían a López Rega, y que él estaba a mi servicio para lo que necesitara. A partir de eso pido que me saquen del hospital porque sabía que me iban a matar: “Sáquenme de acá porque soy boleta”.

¿Y después de eso?

A mí me siguen operando en la clandestinidad porque una de las balas me había cortado una arteria del brazo izquierdo. Por eso, al día de hoy, no tengo tacto. Me desinfectaban las heridas con cepillo de cerda y jabón para la ropa. Después de eso, viví bajo constante amenaza. Una vuelta, cuando ya estaba mejor y empezaba a manejar de vuelta, me pusieron una corona con una bomba en donde vivía. Los mismos vecinos me avisaron: “Rajá, pusieron un bomba en la ventana de tu casa”. En 1978, incluso, estuve desaparecido. Me secuestraron y me cosieron a torturas. Pero lo que ellos querían saber, yo no lo sabía. Sin embargo, hasta el ‘83, cuando vuelve la democracia, fui controlado permanentemente. Al punto de recibir una llamada por día. Sonaba el teléfono, me decían “te vamos a matar” y colgaban.

¿Por esto es que tardó tantos años en afirmar que había sido Rodolfo Almirón, custodio de López Rega, el asesino de Mugica?

Tardé mucho a nivel legal, porque todos me recomendaban que no lo dijese, porque había servicios que todavía estaban muy atentos a lo que yo pudiera decir. Y les hice caso hasta que no aguanté más, era una situación de conciencia. Pero ya en el ‘76 decía quién había sido, y muchos medios y mucha gente lo sabía. Antes lo dije. Había dos o tres personas a las que ya se los había dicho en el momento, y me recomendaron callar para sobrevivir.

Dado que usted conoció y frecuentaba el Ministerio de Bienestar Social, ¿había escuchado rumores sobre que la Triple A o su accionar bajo las órdenes de López Rega?

Cuando yo iba al Ministerio aún no se conocía la existencia de la Triple A. Si bien había gente que merodeaba armada en los espacios comunes, todos pensábamos que eran los custodios del “Brujo”. Ahí es donde conocí a Almirón, el asesino de Carlos.

A usted le dispararon desde un lugar distinto al de Mugica, ¿logró ver al otro tirador?

No vi quien me tiró, pero las balas venían de otro lado. Yo estaba de espalda a Carlos y me pegaron de frente. El impacto me dobló y cuando caigo lo veo a Carlos y Almirón con la ametralladora envuelta en nylon porque estaba lloviendo, y cómo lo estaba acribillando mientras Carlos resbala por la pared hasta quedar sentado.

En el momento del crimen hubo versiones que sostuvieron que Montoneros había matado a Mugica.

Hubo y todavía hay gente interesada de culpar a Montoneros de la muerte. No es de sorprender. Pero yo sé quiénes fueron, lo vi a Almirón esa noche.

¿Cree que se podría haber evitado de alguna forma?

No sé si se podría haber evitado el asesinato habiendo complicidad de la Iglesia. Ellos sabían sobre las amenazas de muerte que recibía Carlos y no hicieron nada al respecto. Dejaron que pasara.

El Covid 19 y la Villa 31

A 46 años del asesinato de Carlos Mugica, pocas cosas cambiaron en el barrio al que le dedicó la última parte de su vida, en el que estaba -está- su gente. Los reclamos de los vecinos de la Villa 31 son los mismos que se lo observa enunciar en los videos de archivo de la época, en blanco y negro. Como si fuera poco, a su realidad se suma ahora también la pandemia de Covid-19, especialmente riesgosa para aquellos que habitan en lugares vulnerables, con las condiciones mínimas de subsistencia insatisfechas.

¿Qué piensa cuando ve la situación en las villas, especialmente en la 31?

Es un desastre. En el año 2018, desde el gobierno de la Ciudad dijeron que iban a estar con todos los servicios en las villas, y no hicieron nada. Y ahora está pasando todo esto, y lo peor es que va a ser culpa de los villeros. El problema es que (Horacio) Rodríguez Larreta, que ahora está haciendo bien los deberes porque sabe que es culpable, es un neoliberal. El suyo es un gobierno de ricos, que gobierna para ricos y le saca a los pobres.

¿Sigue yendo a la villa?

Sigo en contacto pero voy menos. Ahora no estoy yendo por la cuarentena, pero estuve mandando audios, apoyando como puedo. Trato dentro de todo de estar en contacto y comparto todas las actividades solidarias que se realizan en la villa.

¿Cuál es la postura de la Iglesia ahora dentro de las villas?

Actualmente hay dos grupos de la Iglesia: el Grupo de Curas en Opción por los Pobres es el más radicalizado. Pero cada uno, desde su manera, ayuda a los pobres y eso es lo importante, aunque me gustaría que hubiese otro grupo. Ahora apareció “Paco” [Francisco Oliveira] que es una figura, digamos. Pero no consiguen los medios necesarios para solucionarlos problemas que tienen. Está bien que la situación es muy distinta a entonces, pero Carlos no pedía: exigía, y le daban bola. Era mucho más frontal.

No hay nadie que se asemeje a Mugica, ¿entonces?

Hay buenos, pero no es fácil tener el carisma y el respeto -y un poco el miedo, también- que le tenían a Carlos, porque él venía de una familia que pertenecía a esos grupos a los que les exigía. Era uno de ellos. Además, él era muy duro y breve: con Carlos era sí o sí. Ahora no es que no se ha conseguido nada, se han conseguido muchas cosas, pero de los privados.

Pareciera que ahora todo el mundo habla sobre la cuarentena y las acciones del gobierno. ¿Qué opina sobre la reciente aparición de Mario Firmenich y sus dichos?

Bueno, como dijeron en los medios, “éramos pocos y apareció Firmenich”. Hay gente que necesita estar en el medio. Si no me equivoco, creo que él estaba en Barcelona y desde ahí habla de Argentina. No es el momento, y ese siempre fue un problema. Yo no tengo nada contra de “La Orga”. Se han hecho cosas buenas y muchas cagadas también, pero no es momento para perder en hablar de esas cosas. Hay gente que se cree que Argentina es Cuba, pero no se puede hacer una revolución del pueblo a espaldas del pueblo.

Ya que nos adentramos en la cuestión política, ¿qué opinión tiene respecto del peronismo luego de la muerte de Perón, en democracia?

El único peronismo en la democracia fue el de Néstor y Cristina. Todo lo demás fue una puesta en escena para ganar votos.

Y de Alberto Fernández ¿qué opina?

Alberto Fernández venía con una idea bastante clara de cómo recuperar el saqueo que nos habían hecho, pero al poco tiempo apareció esta pandemia, entonces todo cambió. Está llevando muy bien las cosas, apostó por la vida. En Argentina ya llevamos muchos muertos desde la colonización, estamos llenos de muertos. A parte nos está cuidando a todos, pero le van a hacer la vida imposible. Hay gente que quiere que fracase la cuarentena, que muera mucha gente para fustigarlo.

¿Cómo vivió las elecciones del 2019?

No creí que iban a ser solo 8 puntos, nunca creí que el depredador que se fue iba a ser apoyado por tanta gente. Es por eso que ganamos las elecciones pero todavía no ganamos el poder. Creí que iba a ser más fácil.

¿Y por qué considera que hubo gente que votó a Mauricio Macri?

Es la oligarquía y la clase media que quiere pertenecer. Tienen una maceta en la casa y se creen el campo. Tratan de atacar siempre al peronismo porque está a favor de los pobres, y lo hacen con lo que sea. Por ejemplo, dicen que Cristo resucitó una sola vez y a Nisman ya lo resucitaron como diez veces y vamos por más. Es mala gente, gente que odia y el odio es lo peor porque te destruye y hacés que destruyas todo. Por eso yo no odio, ni siquiera a los que me torturaron.

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