A lo largo del gobierno de Mauricio Macri 33.000 kioscos bajaron la persiana. La reducción del poder adquisitivo sumado a los aumentos de alquileres y de las tarifas de servicios hizo estragos en el rubro. La situación arrastró, además, a las fábricas de golosinas.
El consumo de golosinas cayó el 13,5% en los últimos años.

La crisis impacta fuerte en los kioscos. La Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA), entidad que representa al rubro, dio a conocer cifras lamentables. Desde diciembre del año 2015 hasta la actualidad, durante la gestión del presidente Mauricio Macri, bajaron la persiana treinta y tres mil locales por la fuerte caída de las ventas, el aumento de los alquileres y de las tarifas de los servicios públicos. La gran mayoría de los locales se encontraba en la Ciudad de Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Mendoza.

El derrumbe de los kioscos arrastró a las fábricas de golosinas. Ese es el caso reciente de la empresa La Nirva, fabricante del famoso alfajor Grandote, que estuvo un año entero sin producir y sus empleados no recibieron los sueldos. O el de la firma Suschen, conocida por sus golosinas Mielcitas y Naranju, que detuvo su planta y,como consecuencia, sus empleados se unieron y formaron una cooperativa de trabajadores.

Se calcula que en Argentina hay un kiosco cada cuatrocientos habitantes y un total de ciento diez mil en el país. Es un negocio típico que prolifera con la recurrencia de las crisis económicas. Se convierte en un rebusque ideal cuando aumenta la desocupación.

Adrián Palacios, presidente de UKRA, afirmó que en los últimos meses cerraron unos cuatro mil locales y los dueños quedaron con graves deudas económicas. “El Estado no ha tomado medidas adecuadas hacia nuestro rubro. Pedimos llevar las tarifas de luz y gas al año 2017 para que los trabajadores puedan seguir con sus negocios y manteniendo la fuente laboral”, explicó. En muchos kioscos, como mínimo, trabaja el titular y, algunos, tienen empleados. Palacios estima que, por lo menos, setenta mil personas se quedaron sin trabajo.

Karina es la encargada de un kiosco que se encuentra sobre la Avenida Entre Ríos e Independencia que funciona durante las veinticuatro horas. Hace nueve años que vende golosinas todos los días y comenzó en su primer local de la calle Solís.

Por otro lado, Ayelén es empleada de un pequeño quiosco que se encuentra en la Avenida Entre Ríos y Moreno, a una cuadra del Congreso de la Nación Argentina. La joven trabaja hace cuatro meses allí.

Alquilar en la Ciudad de Buenos Aires requiere dinero. Mientras que Karina paga en su local treinta mil pesos por mes, el dueño del local en el cual trabaja Ayelén paga cincuenta mil pesos, debido a que está ubicado en las cercanías del centro porteño.

Además, al costo de la renta se le debe sumar los gastos en las tarifas de servicios públicos. “De electricidad pagamos doce mil, y gas no tenemos”, afirmó Karina. En el negocio que trabaja Ayelén, la luz tiene un costo de diez mil pesos. Karina agregó que lo más crítico que atraviesan es la suba de precios de todas las semanas, ya que en cada suba del dólar o del combustible, suben los importes. “Hay también alguna movida política y suben los precios”, protestó.

“El cliente, hace unos años,  compraba unos cigarrillos y unos chicles ahora sólo viene a comprar el atado”.

Con respecto a las golosinas, el consumo cayó un 13,5 por ciento en los últimos años, según informó la Asociación de Distribuidores de Golosinas y Afines (ADGYA), entidad que representa al sector de la distribución. En el negocio de Karina, los clientes disminuyeron -manifestó- pero el hecho que esté ubicado sobre una avenida disminuye la baja. Y continuó: “Los chicos que van al colegio consumen cosas chiquitas como chupetines, alfajores o caramelos. Tabaquería se vende muchísimo. A la noche se vende más. Antes se llevaban un montón de productos, y ahora dos o tres cosas. Un beldent está veinticinco pesos en mi local, pero en otros lugares lo conseguís a treinta”.

Ayelén también notó la caída del consumo en su local, y remarcó que cien pesos alcanzan sólo para comprar unas galletitas y una gaseosa. En su negocio, los clientes eligen comprar pocos productos, no más de dos. “El cliente que hace unos años compraba unos cigarrillos y unos chicles -dijo- ahora sólo viene a comprar el atado, por ejemplo”.

En la búsqueda por la supervivencia, los establecimientos llevan adelante distintas estrategias. Agregan mayor cantidad de promociones, en algunos venden panchos o sándwiches, abren más horas por día, o despiden empleados y llaman a colaborar a los miembros de sus familias. Otros suman diferentes rubros como artículos de librería, juguetes para niños o regalería.

En el caso de Karina, en su momento se las rebuscó para decorar el negocio con la temática de Halloween. Eso la llevó a incrementar las ventas durante esos días. “Con Halloween arrasamos, ordené el negocio con juguetes, golosinas y objetos de decoración, de esa manera busco al cliente”, comentó. De todo aquello que había preparado, le sobró una celda que colgaba del techo y contenía un muñeco, y al ritmo de las palmas de Karina, se activó el juguete con el sonido de una risa diabólica. Otra de sus tácticas es vender otro tipo de productos como bolsas brillantes para regalos o maquillajes para los niños.

En cambio, el quiosco de Ayelén opta por las promociones y ofertas para atraer mayor cantidad de clientes. “Por ejemplo, tenemos el alfajor Guaymallén -dijo- a cuatro unidades por cincuenta pesos y sale mucho”.

Los kioscos registran en la actualidad una fuerte competencia por parte de las grandes cadenas de supermercados y farmacias, como Farmacity, que incluyen la venta de golosinas y galletitas y pueden ofrecer mejores promociones por tratarse de comercios más grandes, qué adquieren sus mercadería con otros volúmenes. Además, se ven amenazados ante la presencia de las cadenas que ofrecen aparente modernización y mejora del servicio. Los dos gigantes que se vienen expandiendo y copando los barrios porteños, Open 25 y 365, fueron adquiriendo locales logrando alcanzar lugares estratégicos como los aeropuertos, las terminales de ómnibus y la calle Florida en el centro de la Ciudad. El negocio de Karina tiene mucha competencia alrededor, uno similar en la esquina, otro enfrente y también a la vuelta, y encima están los supermercados.

Según la Cámara de Kiosqueros Unidos (CKU), una organización que agrupa a trabajadores del sector, se genera una competencia salvaje. Por un lado, las personas que se quedaron desempleadas en el último tiempo invirtieron su indemnización en esta actividad. Por el otro, porque los comercios que cerraron sus puertas, abrieron kioscos-ventana, una modalidad de venta de mercadería desde sus propias casas.

Ayelén registró que subieron un 10 por ciento marcas como Felfort, Coca Cola, y Pepsico. De igual manera, Karina coincidió y agregó: “Aumentó muchísimo lo que es gaseosas, marcas como La Serenísima y Terrabusi. Pepsico no tanto.” Los dos comercios, además de primeras marcas, venden segundas firmas, como la gaseosa de producción nacional Manaos.

Optar por las distribuidoras es una gran alternativa para ellos. “Compramos a las distribuidoras -dijo, Karina- pero no a las empresas.” Por su parte, el jefe de Ayelén adquiere lo justo y necesario para tener durante la semana, y elige las ofertas siempre.

El director de la UKRA aseguró que los costos fueron en incremento e intentan buscar siempre lo mejor. Quieren evitar que los clientes recurran a supermercados chinos, almacenes u otros comercios. Al ingresar en la página web de la entidad un reclamo se presenta: “Solicitamos la reducción del IVA al 0 por ciento a las golosinas”.

El cierre de los kioscos es inevitablemente visible. Karina indicó que en su zona cerraron una gran cantidad de negocios, pero a la vez inauguraron otros nuevos. “La gente cree que se va a salvar con un kiosco, pero no es así. Hay que estar muchas horas acá para que te vaya bien”, opinó. “Este precisamente está lleno de mercadería, limpio y hay muy buena atención -agregó- todo eso cuesta un montón. Igualmente, hay que saber comprar y vender”.

Por otra parte, Ayelén comentó que el negocio hace seis meses era un Rapipago, una red de cobranza extrabancaria, y sólo de comestibles se vendían panchos. Luego, cambió de dueño y comenzó a funcionar como kiosco propiamente dicho.

Infokioscos, la web orientada al rubro que publica artículos como “A la venta el nuevo alfajor Guaymallén triple de fruta” y “Disfrutá el verano con la promo Arcor helados”, hace tiempo que está avisando los riesgos que enfrentan los establecimientos.

Palacios sumó el problema de la tarjeta del transporte público conocida como SUBE: “Tenemos conflicto con la rentabilidad de la carga, porque es del 1 por ciento lo que nos deja a nosotros por brindar el servicio.”  Este el caso de Karina, que para atraer clientes al paso que le compren algo, ofrece el sistema. “Imaginate que tengo que cargar más de veinte mil pesos -dijo, irritada- para tener 200 pesos de ganancia, es imposible”.

La situación fiscal de los trabajadores del rubro es compleja. El dirigente afirmó que el 80 por ciento de los que se dedican al rubro pertenecen al ala monotributista, mientras que sólo el porcentaje restante está dentro de los responsables inscriptos.

El kiosco remite a la infancia y a la niñez. Las salidas e idas y vueltas al jardín de infantes aluden a los tirones de las manos de los niños que se detenían a mirar las coloridas golosinas y reclamar la compra de alguna en lugar de seguir su recorrido. Argentino como el tango y el dulce de leche, este gran gigante se encuentra en aprietos.