La recesión golpea a la avenida caracterizada por sus negocios de repuestos de autos. Hablan los comerciantes.

“Los impuestos y los servicios están más caros, hay desocupación y pobreza. Estamos peor que en el 2001”. Con esta frase contundente, Alejandro Bober, dueño del local de suspensión y tren delantero BJB Repuestos, grafica la sensación que se percibe en gran parte de los negocios ubicados en la tradicional zona autopartista. Hace casi un siglo  que el tramo de la avenida Warnes comprendido entre Jorge Newbery y Olaya, se convirtió en el cordón comercial de repuestos para el automotor más importante de Sudamérica. El contexto actual de recesión, baja de consumo y pérdida de poder adquisitivo, impacta directamente en las ventas de productos que, como se encargan de resaltar varios comerciantes, no son de primera necesidad.

“Desde hace un año aproximadamente hay una baja notoria en las ventas, la gente camina mucho y busca tanto precio como productos importados más baratos, o alternativos. En mi caso particular, la venta de amortiguadores cayó un 40 por ciento. El Gobierno literalmente secó el bolsillo de todos”, asegura Bober, quien a su vez entiende que en épocas de crisis hay que diversificarse y ser inteligente para poder subsistir.

Según un informe de la Asociación de Concesionarios de Automotrices de la República Argentina (ACARA), los patentamientos de vehículos bajaron un 45 por ciento en 2018 respecto al año anterior. En paralelo, la Asociación de Fabricantes de Automotores (ADEFA), aseguró en noviembre de 2018 que las ventas bajaron un 40 por ciento respecto al 2017. Estos elementos se suman a la eliminación de reintegros a las exportaciones y el aumento de retenciones sufridos por los fabricantes de repuestos, lo que, según la Asociación de Fábricas Argentinas de Componentes (AFAC), le quitó solo el año pasado un 12,5 por ciento de rentabilidad a empresas que en su gran mayoría son PYMES.

En consecuencia, el flujo de gente es escaso y las postales del antaño denominado “shopping de los hombres” cada día se parecen más a un desierto. Juan Lobo, cafetero que recorre el territorio hace veinte años y conoce a todos y cada uno de los comerciantes, sostiene que “esto no se vio nunca, los negocios cierran, tuve que aumentar todo y a la vez perdí plata, porque no puedo cargarle al producto todo lo que gasto de más. Por primera vez estoy considerando comprar leche en polvo, no puedo pagar 50 pesos el sachet de leche”.

El dueño de una conocida casa de juntas observa los movimientos de la avenida hace 28 años y, al respecto, afirma que “desde hace un año dejó de haber gente en la calle, no hay plata y nadie compra. En mi rubro particular, el aumento de precios no es desmesurado. Pero en general los aumentos de las autopartes rondan en un 40 o 50 por ciento, siempre dependiendo del dólar”. Además subraya que varios locales bajaron sus persianas en los últimos meses por no poder pagar alquileres cada vez más exorbitantes.

La cotización de la moneda extranjera es otra variable fundamental para entender la suba desmedida de los precios. Como explica Néstor Pessano, uno de los dueños de Black Bird, local especializado en cristales y alarmas, “Argentina es un país muy particular en el cual todos los productos, sobre todo los de nuestro rubro, están en dólares. Cuando los convierten a pesos tienen un precio superior al que tenían anteriormente, y no baja aunque el dólar lo haga.”

Por otro lado, Pessano, quien hace 25 años instaló su negocio en la zona, identifica a dos tipos de compradores que, en definitiva, son un botón de muestra del conflicto actual. “Está el que tiene mucho dinero y le hace algo sencillo a su 0 kilómetro, como puede ser un polarizado o un grabado de cristales, cosas que al comerciante no le mueven la aguja. Y después está el que tiene un auto viejo y anda como puede. Lo único que hace falta para poder circular sí o sí son los vidrios, pero si la gente no puede comprar alimentos o no llega a fin de mes, menos van a poder gastar en adornos o productos superfluos”.

Precisamente los métodos de los conductores para ahorrar dinero son un claro ejemplo del estancamiento que hay en el consumo. Alberto Córdoba, electricista del automotor y habitual comprador de repuestos, afirma que “algunos prefieren no tener calefacción, o no tener luces, con tal de que no hacer modificaciones que puedan llegar a costar más dinero”. A su vez, Córdoba entiende que hay costumbres adquiridas ante la crisis que a corto plazo terminan atrasando su trabajo. “La gente trata de buscar el repuesto por su cuenta, quiere pagar con tarjeta para financiarlo o comprarlo más barato. El tema es que normalmente compran mal, entonces tenés que esperar a que compren de nuevo y vuelvan. Terminan perjudicándose ellos, y yo también, porque al fin y al cabo es pérdida de tiempo”, sostiene.

Pablo Gómez, encargado del local de accesorios Dorrego 50, va más allá y no tiene dudas de que “si no fuera por la VTV (NdeR: Verificación Técnica Vehicular), la gente no arreglaría el auto. Hace un par de años que se acercan al mostrador, preguntan, pelean precio y no compran. De cien personas que teníamos por día, ahora con suerte tenemos veinte”. En la misma línea, detalla que los problemas no solo surgen en la interacción con el consumidor común, sino también con la gente del entorno. “Los talleres de chapa y pintura con los que trabajamos casi no nos compran, y al mismo tiempo no podemos vender barato porque los proveedores nos sacaron los descuentos”, se lamenta.

No obstante, Gómez asegura que hay otros elementos, como el auge de las compras  en línea, que también perjudican la venta de mostrador, aunque entiende que la gestión política actual es el origen del enrevesado momento económico que atraviesa el país. “Es simple, a la gente le aumentaron los gastos fijos. Todo aumenta en dólares, menos el salario, entonces la gente tuvo que empezar a recortar. Si no le ponen plata en el bolsillo a la gente, nuestro rubro va a caer cada vez más”, concluye, dejando en claro que va a pasar un largo tiempo hasta que el motor vuelva a ponerse en marcha.