En la causa Puente 12 el Tribunal Oral Federal 6 condenó a prisión perpetua a Etchecolatz y Minicucci; dictó  ocho años para Bulacio, siete para Delgado y seis para Mancuso; pero otorgó la absolución para Madrid, Ornstein, Salerno y Tarantino.
Los represores Miguel Etchecolatz, Alberto Faustino Bulacio y Guillermo Horacio Ornstein. En la segunda fila, Federico Minicucci tapándose la cara.

El primer juicio a represores por los crímenes cometidos durante la última dictadura cívico militar en Puente 12 y Comisaría de Monte Grande, Partido de Esteban Echeverría, concluyó ayer en los tribunales de Comodoro Py. La causa investigó los delitos de lesa humanidad cometidos contra 125 personas entre 1974 y 1977, 64 de las cuales permanecen desaparecidas. Los imputados que llegaron a juicio oral fueron: Miguel Osvaldo Etchecolatz, José Félix Madrid, Guillermo Horacio Ornstein, Ángel Salerno, Carlos Alberto Tarantino, Federico Antonio Minicucci, Nildo Jesús Delgado, Alberto Faustino Bulacio y Daniel Francisco Mancuso. Otros cinco imputados fallecieron durante el proceso judicial y uno fue apartado del juicio por incapacidad.

La sentencia estaba programada para las 12, aunque el tribunal compuesto por Julio Panelo, José Martínez Sobrino y Herminio Canero, hizo su aparición recién a las 13. Acto seguido, desfilaron los imputados hacia sus banquillos. Etchecolatz con el rostro tapado, el resto cabizbajo, todos bajo una catarata de abucheos. Cinco minutos fueron destinados para fotografiar a los acusados por cometer crímenes contra la humanidad, mientras que retratos de sus víctimas inundaban las sillas de la sala AMIA. Luego de las formalidades, el juez comenzó a leer una casi interminable lista de delitos de lesa humanidad cometidos por los nueve imputados. Inimaginables, estremecedores.

Trece horas y doce minutos. “Se condena a Miguel Osvaldo Etchecolatz a la pena de prisión perpetua”. Fue la primera sentencia leída por el tribunal. Erguido, Etchecolatz besaba un crucifijo al escuchar su veredicto. El rostro del genocida mostraba impaciencia por tener que escuchar la interminable enumeración de crímenes que cometió, y que el juez le recordaba: “Homicidios agravados por alevosía y premeditación; violaciones sexuales y abusos deshonestos reiterados; privaciones ilegales de la libertad; torturas, amenazas y tormentos; persecuciones seguidas de muertes”. Todo al por mayor. La extensa cantidad de víctimas y crímenes cometidos por el ex subcomisario de La Bonaerense tomó diez largos minutos para ser recitada. Tras conocerse la sentencia, la sala se fundió en aplausos y abrazos. Familiares, allegados, activistas y hasta periodistas unidos en un grito unísono de alivio y sensación de -siempre insuficiente y tardía- justicia.

Minutos más tarde, conocería su porvenir Federico Minicucci, ex jefe de Infantería de La Tablada. Cabizbajo y con aspecto de resignación ante el tribunal, recibió la misma condena que Etchecolatz: “Prisión perpetua”, dijo el juez, abucheos y silbidos le dedicó la sala. En el marco de la causa Puente 12/Comisaría de Monte Grande, Minicucci fue autor del secuestro de catorce personas, un homicidio y reiteradas violaciones.

Luego fue el turno de los oficiales de Monte Grande. Nildo Delgado recibió una condena de siete años y seis meses de reclusión. Le siguió Alberto Bulacio, con ocho años de prisión, e instantes más tarde se supo la pena para Daniel Mancuso, a seis años, así como también se dispuso sus detenciones inmediatas. Los tres represores persiguieron y desaparecieron a trece personas.

Alberto Faustino Bulacio, Guillermo Horacio Ornstein y Carlos Alberto Tarantino.

La injusticia tuvo cita en Comodoro Py hacia las 13:25. Fue entonces cuando el juez decidió comunicar la decisión del tribunal de absolver de todos sus cargos a José Félix Madrid y Guillermo Ornstein, ex subinspectores de la Policía de Buenos Aires, como también a Carlos Alberto Tarantino y Ángel Salerno, agentes de la misma Policía. Los acusados persiguieron, amenazaron y secuestraron personas. Sin embargo, el tribunal les dio el beneficio de la impunidad por considerar prescriptas sus causas.

La incredulidad y desazón cundieron en la sala AMIA. Acababan de dejar libres a cuatro participantes del plan sistemático de amedrentamiento y secuestros. La condena del público también alcanzó al trío de jueces: “¡Qué vergüenza! ¡Cómplices! ¡Corruptos! ¡Inoperantes!”, gritaron los presentes. Los silbidos, en señal de reprobación al veredicto, fueron un trémolo.

“Como a los nazis les va a pasar/ adonde vayan los iremos a buscar”, cantó el salón AMIA entero, menos los jueces y los imputados. La sociedad ya los condenó.

Dos menos cuarto. Terminó el juicio y las cabezas meneaban de un lado a otro, buscando explicación, algunas lágrimas no encontraron resistencia. Los abrazos por doquier eran una demostración de unidad y una promesa de tenacidad frente a lo venidero.

“Una sentencia salomónica. Por un lado, se condenó a Etchecolatz y Minicucci con todo el rigor que corresponde. Y un trato diferenciado para con el resto, cuyos crímenes no son considerados de lesa humanidad”, explicó el abogado querellante, Pablo Llonto.

El sabor fue a medias. Justicia e impunidad en un mismo veredicto.Para Miguel Santucho, por su madre, Cristina Navajas y su tía Manuela Santucho, desaparecidas en julio de 1976, se consiguió justicia. Los de Cristina y Manuela fueron casos que decantaron en la condena de Etchecolatz. Sin embargo, tanto él como la totalidad de los presentes en Comodoro Py  resaltaban en cada diálogo la falta de justicia por las cuatro absoluciones.

“Fue una tomada de pelo. Se trataron de causas con más de cien víctimas y condenaron sólo a dos genocidas. Con otros tres fueron laxos y absolvieron al resto. Pero vamos a seguir, como lo hicimos siempre. Es importante que la sociedad sepa qué hicieron. Que el país sea su cárcel para ellos, ésa es la verdadera condena”, comentó a ANCCOM Miguel Santucho, quien además busca a su hermano nacido en cautiverio. Diez de las 125 víctimas de este juicio se encontraban embarazadas al momento de su secuestro. Los acusados no sólo no se arrepintieron de sus crímenes, sino que tampoco brindaron información sobre el paradero de esos niños y niñas, hoy hombre y mujeres, que sus familias aún continúan buscando.

 

 

 

 

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