Un recorrido por la vida de una figura clave de la escena musical de la década del 80. El recuerdo de Chocolate Fogo.

Tres décadas atrás, un 26 de marzo, murió Miguel Abuelo, líder de una de las bandas fundacionales del rock nacional. Con una de las voces más destacadas de Argentina, una presencia hipnótica arriba del escenario y una personalidad y pluma arrasadoras, la muerte encontró a Miguel Ángel Peralta en el otoño del ‘88, a los 42 años y casi a la par de los otros dos grandes innovadores de esos tiempos: Luca Prodan y Federico Moura.  

“Un poeta y un juglar”, así el Flaco Spinetta había definido a Miguel.

En el ‘46, cuando todavía no había cumplido el mes de vida, su madre, Virginia Peralta, contrajo tuberculosis y Miguel fue internado en un orfanato, ya que nunca conoció la identidad de su padre. A los cinco años fue adoptado por el director de la institución, maravillado por la personalidad del pequeño. Y a los 12 regresó a vivir a Munro junto a su madre y a su hermana Norma, donde empezó a vincularse con la música, más precisamente con el folklore.

A fines de los ‘60 y a partir de una mentira, Miguel creó Los Abuelos de la Nada cuando acompañó a su amigo Alberto “Pipo” Lernoud a una reunión con Ben Molar, dueño de la discográfica Fermata. En aquel encuentro le aseguró al productor que tenía un conjunto. “Cuando le preguntaron sobre el nombre no tenía ni idea, entonces eligió algo del libro El banquete del Severo Arcángelo de Leopoldo Marechal, en el que en un momento se lee ‘padre de los piojos y abuelo de la nada’, y así surgió Los Abuelos de la Nada”, relata Marcelo “Chocolate” Fogo, bajista de la última formación y sobrino de Miguel Abuelo.

En Plaza Francia, lugar de reunión de hippies y bohemios de la época, nació la primera formación de Los Abuelos de la Nada. Estuvo integrada por Eduardo “Mayoneso” Fanacoa en teclados, los hermanos Lara, Miky en guitarra rítmica y Alberto “Abuelo” en bajo; y Héctor “Pomo” Lorenzo en batería. De esta temprana etapa, en la que graban en 1968 su primer simple Diana Divaga, también participaron otros músicos como Kubero Díaz, Miguel Cantilo, Claudio Gabis, Jorge Pinchevsky y un joven Norberto “Pappo” Napolitano. Pero la primera generación de Los Abuelos no duró demasiado, especialmente por problemas entre Miguel y Pappo, que generaron que la banda se disolviera un año después de su formación.

A principios de los 70, el entonces ex líder de la banda decidió exiliarse en Europa, escapando de la dictadura de Juan Carlos Onganía,. Allí vivió once años. “El rock estaba en un círculo vicioso de algunos pocos artistas, los que se habían callado la boca con el tema de la dictadura, un momento en el que las opciones eran o irse del país o empezar a hablar de otra cosa y Miguel fue uno de los que se fue”, recalca Chocolate Fogo, quien recuerda muy bien esos días. “Mi mamá (Norma Peralta) también tuvo que irse y lo hizo con Mercedes Sosa, que era su compañera de ruta. Al igual que cantidades de músicos que tuvieron que escapar de Argentina porque estaban en las listas negras”, agrega el músico.

En el Viejo Continente conoció a su esposa Krisha Bogdan, con quien tuvo a su único hijo, Gato Azul Peralta, y grabó un disco solista,  Miguel Abuelo et nada. Pasó por Inglaterra, España, Holanda y Bélgica hasta que cruzó camino con el bajista Cachorro López, con quien surgió la idea de reflotar Los Abuelos de la Nada. De vuelta en Buenos Aires, rearmaron la banda con la que sería su formación más exitosa: Andrés Calamaro en teclados, Cachorro en bajo, Gustavo Bazterrica en guitarra, el saxofonista Daniel Melingo y Polo Corbella en batería.

Su primer álbum, Los Abuelos de la Nada, fue producido por Charly García, quién además los invitó a ser teloneros de su show de 1982 en Ferro. De ese primer trabajo, las canciones “Sin gamulán”, “Vasos y besos”, “Himno de mi corazón”, “No te enamores nunca de un marinero bengalí” y “Tristeza en la ciudad”, sin dudas marcaron la época. “Vi a Los Abuelos por primera vez con la segunda y mejor formación en el Cine Gran Ituzaingó y fue un show alucinante. Abuelo era increíble en el escenario, era pura energía”, recuerda con emoción José Moyano Prado, fanático de la banda.

La segunda formación editó en 1984 el segundo disco, Himno de mi Corazón y en paralelo Miguel lanzó un proyecto solista que bautizó Buen Día, Día. Por estos años, comenzaron en el grupo a producirse roces y desacuerdos. Como despedida, en 1985 editaron Los Abuelos en el Opera, un disco en vivo.

Ese año fue el último recital con esa formación en el festival Rock and Pop, que se llevó adelante en el estadio de Vélez, “famoso porque Miguel recibió un botellazo en la cara y después de ese episodio, tanto Andrés como Cachorro decidieron que era el momento de parar”, cuenta Fogo. Es así que a fines del 1985 Los Abuelos de la Nada se disuelven, una vez más.

Miguel Abuelo, Chocolate Fogo y Los Abuelos de la nada en 1987.

La tercera y última versión de Los Abuelos apareció en 1986: Juan del Barrio tomó los teclados, Marcelo “Chocolate” Fogo el bajo, continuó Polo Corbella en batería y se sumó el ya por entonces legendario guitarrista Kubero Díaz. Este último conjunto inició con el nombre de “Miguel Abuelo en banda”, “jugando un poco con la idea de que los otros habían dejado el proyecto abruptamente”, dispara Fogo, pero luego volvió al nombre original para lanzar el último disco de Los Abuelos: Cosas Mías. A esta altura la música de Miguel y los suyos llegaba a toda Latinoamérica.

“Formar parte de Los Abuelos de la Nada fue una experiencia única, una marca a fuego para el resto de mi carrera y de mi vida”, explica, emocionado, Fogo, quien se sumó a la banda siendo sólo un adolescente, pero de un talento prometedor. “Yo fui muy promiscuo con el tema del arte, específicamente con la música y la escritura, y Miguel detectó eso rápidamente, él era un gran buscador de cómplices para concretar sus obras”, rememora. Fogo se había formado no sólo viendo y escuchando a Los Abuelos y tomando clases con Cachorro López, sino trabajando en el “detrás de escena” con las formaciones anteriores.

En marzo de 1988, cinco días después de haber cumplido 42 años, Miguel Abuelo murió como consecuencia del VIH. Un poeta y un juglar, como lo definió el Flaco Spinetta, que irradió con su música y sus letras el valor de la libertad. Quizás las mejores palabras para recordarlo sean las que expresó su sobrino y amigo Chocolate Fogo: “Miguel era un personaje muy controvertido e impredecible, circense por momentos con toques líricos, un showman por supuesto, pero sobre todo fue un gran intérprete de su obra”.

 

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