Hugo Zuccarelli, creador de los “parlantes holofónicos”, cuenta su vida como si fuera un guión cinematográfico. Describe increíbles escenas con Pink Floyd, Roger Waters y Michael Jackson en las que indefectiblemente termina timado. ¿La historia de un genio incomprendido?

Minutos después de hablar con ANCCOM, Hugo Zuccarelli se para frente a 80 ó 90 personas que bajaron a un sótano de la calle Florida con la promesa de escuchar a Charly García como nunca antes. Allí, como un Quijote del sonido, hace un stand up verborrágico y potente, defiende su invento y llena la sala oscura de pajaritos virtuales que recorren de una punta a la otra el espacio. Cuando empieza a sonar la música no queda ni un hilo de luz, pero en un rincón brillan los ojos del inventor apasionado que -está convencido- pudo cambiar la historia de la música.

Zuccarelli cuenta que Paul McCartney, Michael Jackson y el grupo Pink Floyd, entre otras estrellas, se interesaron por sus creaciones e intentaron llevarse su tesoro, que ese histriónico inventor argentino esconde desde hace casi 40 años dentro de la cabeza de un maniquí y los dos parlantes de cinco metros que lo acompañan.

“Parate acá, al lado del parlante, y fijate que no te aturde, que no te hace mal”, dice con la mirada de un chico que muestra un juguete nuevo. Y efectivamente la introducción de “Yendo de la cama al living” suena a altísimo volumen pero no molesta. “Suenan bien, no fuerte como los demás parlantes, no tienen separados los agudos y los graves en tweeter y woofer”, aclara.

Lo que Zuccarelli proclama que descubrió a principios de 1980 -después de una vida de estudio, ensayos y traspiés- es la holofonía. Es decir, la tridimensionalidad del sonido, que, según su teoría, permite que el ser humano reconozca el origen espacial de un sonido incluso con un solo oído. Y fue a partir de esa idea que desarrolló micrófonos especiales dentro de la cabeza de un maniquí. Una cajita de fósforos girando alrededor, el canto de pájaros, voces que susurran cerca y lejos del oído, y música con una fidelidad inigualable son algunas de las maravillas que grabó.

Hoy, 37 años después de patentar su creación, este inventor de nuestros tiempos organiza en el auditorio Kraft escuchas masivas de grandes discos en total oscuridad. Más allá de que las grandes corporaciones hayan dejado a él y a la holofonía fuera del sistema, antes de su demostración contó orgulloso su  historia de éxitos y fracasos, pasión y conspiraciones.     

¿Cómo surgió la idea de investigar la percepción del sonido?

Cuando tenía 10 años estaba en la calle leyendo una revistita del Pato Donald y hubo un accidente de autos. Automáticamente me di vuelta, supe que había pasado detrás de mí. Entonces le pregunté a mi papá, que era inventor y profesor de química en la UBA: ¿Cómo hice para darme cuenta dónde fue el choque? Mi papá me explicó la teoría binaural, estereofónica, que todavía rige el paradigma científico. Me dijo que hay una diferencia entre la llegada del sonido a un oído y al otro que nos permite saber dónde se produjo un ruido. Y yo le dije: “No papá, el auto estaba exactamente atrás, ¿cómo pude darme cuenta? Bien podía haber estado adelante, si no había diferencia interaural”. Mi papá, que no era zonzo, me dijo entonces que quizás tenía que ver con las vueltas de la oreja. Ahí dije: “Cuando sea grande voy a hacer un micrófono con forma de oreja”. Después tuve otra experiencia personal a los 14. Yo estudié para técnico químico en el Otto Krause. Nos enseñaron a soldar y un día trabajando con la soldadora eléctrica se me produjo una ceguera fotosensible, casi quedo ciego. Además hubo mala praxis y estuve varios días con los ojos vendados. Entonces, hice una promesa: si salgo de ésta me gustaría estudiar un poquito el cerebro y cómo hacer para que la gente que perdió la vista pueda recuperarla, ya sea adaptando cámaras de televisión o algo así. Yo leía mucho, además veía estudiar a mi padre, y siempre me interesó la parte de percepción del cerebro.

¿Y por qué la rama que eligió fue el sonido?

Me di cuenta que lo que diferencia al hombre de los animales, más allá del pensamiento, de lo cognitivo, es la artillería de sentidos y órganos superiores que tenemos. Somos mucho más sofisticados.

¿Y sospechaba que la percepción del sonido tenía más que ver con el cerebro que con el oído?

No, en realidad no tenía un preconcepto. No sabía realmente de qué estaba hablando. Pero cuando llegué a adulto me encontré con ex compañeros que dicen que desde que era universitario yo andaba hinchando con la cajita de fósforos, haciendo que la gente diga desde dónde provenía el sonido. Desde esa época sospechaba que solo con un oído se podía ubicar el origen espacial del sonido y que la teoría binaural era errónea, no era verdad. Pero nunca tenía el tiempo ni la necesidad de abordar el tema de lleno.

¿Viajó a Italia para estudiar?

En realidad viajo por los militares. Acá empieza a desaparecer gente, había muertos por todos lados. Soy de familia italiana y ya había visitado allá. Llego y recibo una beca en el Politécnico de Milán para seguir estudiando Ingeniería hasta que me caso con mi novia argentina. Ella estudiaba Bellas Artes, entonces me empieza a ayudar en esto de construir moldes de orejas y otras cosas para mis estudios del oído. Yo en aquel tiempo, incluso antes de viajar, era uno de los pioneros en el aladelta. Me armaba mis equipos para volar, y cuando estaba en el aire lo que más disfrutaba era el silencio. Pero el casco del aladeltista deja las orejas afuera, entonces me encantaba escuchar el sonido de la vela sobre mí, y el grito de la gente y el ladrido de mi perro abajo, a lo lejos. Ahí, en el aire, se me ocurrió grabar esos sonidos para la gente que no se anima a tirarse, a volar. Que al menos hicieran un vuelo virtual. Empiezo entonces a construir el micrófono con forma de oreja, hago mil experimentos, y nada. No me sale.

¿Qué quería lograr con el micrófono?

Básicamente, la tridimensionalidad con un solo oído. Si yo lograba construir un micrófono que permitiera escuchar con un solo auricular, tapando el otro oído, y sonaba como en la vida real, en tres dimensiones, era que me había topado con la realidad auditiva. Luego empiezo a trabajar en el campo, como químico, en una fábrica de papel. Tenía mucho tiempo libre ahí, era el mejor trabajo para un científico. Y descubro que la única manera de que el sonido humano logre la discriminación espacial es emitiendo sonido. El oído emite sonido.

¿Cómo llega a esa conclusión?

Imaginate un lago en el que soltás dos piedras a una corta distancia una de la otra. Se van a formar en el agua dos círculos que van creciendo. En un momento intersectan, se juntan. Una de esas piedras es el sonido que querés identificar y el otro generador de ondas es tu oído. El oído necesita un sonido generado por él como marco de referencia. Ese sonido es modulado por otro, y esa modulación es lo que vas a escuchar. No escuchás el sonido exterior sino cómo hace el sonido de afuera para interferir en el que es producido por el oído.

¿Y cómo logró grabar eso?

Si vos ponés un micrófono común, va a grabar un violín, por ejemplo, pero no te va a decir de dónde viene. Ahora si vos ponés a Ringo, que es el micrófono que yo inventé (es una cabeza de maniquí con un micrófono en cada oreja y le debe su nombre al parecido facial con el boxeador Oscar Bonavena) no captás el violín sino la interferencia entre el violín y un sonido producido por Ringo.

¿Y todo lo grabado en holofonía está hecho con Ringo? ¿Llo que grabó con Pink Floyd, por ejemplo?

Todo. Cuando invento la holofonía, me empieza a ir mal en Italia y me voy a Inglaterra. Ahí, buscando desarrollar mi invento, me reúno con Paul McCartney, que lo primero que hace es tratar de averiguar cómo se hace para robármelo. Me ofrece un contrato por un año, que en realidad era el tiempo que necesitaba para desarrollar la holofonía y olvidarse de mí. Entonces termino trabajando con Pink Floyd, y también me embroman. Me contratan por diez días y me tienen un año y medio laburando, sin permitirme trabajar con otras bandas. Una exclusividad que no paga, un chantaje.

¿Y qué le ofrecían?

Y…currículum, la oportunidad de trabajar con ellos. Pero cuando sale el disco (The final cut) no le dicen a nadie que es holofónico, aparece en los créditos pero EMI no lo promociona porque no es su sistema. Además hay un boicot contra el disco porque Pink Floyd se manifestaba en contra de la Guerra de Malvinas.

¿Y es verdad que trabaja en el disco solista de Roger Waters, The pros and cons of hitch hiking?

Sí, pero mi trabajo lo paga de su bolsillo, porque la discográfica no me quería. Me paga uno por ciento de las regalías que recibe él. Pero sacarle todos los años la plata es como sacarle un diente a un león. Ahora mismo me debe tres años de regalías. Si vos vieras lo que son los mails…me dan vueltas, me dicen que están calculando.

También contó que tuvo relación con Michael Jackson. ¿Grabó en el disco Bad?

Con Michael fue jodido el tema. Hice algunas grabaciones con él y me ofreció comprar la holofonía. Estaba muy interesado en grabar las voces de Smooth Criminal con Ringo, para que sea más realista la escena de la violación que se oye en esa canción. El tema es que me quiso comprar las patentes por cien mil dólares y le dije que no me interesaba. Nada era, es como ofrecerle eso a Bill Gates. Si Michael Jackson agarraba mi invento, hacía más plata que Microsoft. Le dije que no y no me llamó más, ni contestaba mis llamadas. Pero después me entero por los diarios que salía el disco sin que nadie me dijera si lo grabado por mí iba a estar incluido o no. El tipo lo usa, me pone en los créditos pero no me paga regalías. Se hizo el boludo, se fue de gira, y entonces le hice una demanda.

¿Y pudo cobrar lo que le correspondía?

No, el juez dijo que reclamamos demasiado tarde, que habían pasado más de dos años, y cuando apelamos los abogados de Jackson y de Sony me acusan de haberles levantado la mano y me mandan 90 días preso en Estados Unidos. Más adelante me volví a la Argentina.

¿Y en la Argentina tuvo mejor suerte?

Acá me pasó más o menos lo mismo. Por el disco De Ushuaia a La Quiaca, que había grabado con León Gieco entre el 85 y el 86 no me pagaron un mango porque la discográfica Music Hall se fundió. El mundo del entretenimiento es un saco de gatos impresionante.

¿Pero por qué no pudo instalarse y hacerse masiva la holofonía?

Porque es como si inventaras la cura del cáncer. Vienen los médicos y los laboratorios y te matan. Es como si escribieras un libro revelador, lleno de verdades, y ninguna editorial te lo quiere publicar.

¿Y qué pretende que pase ahora con su descubrimiento?

Que se conozca, que circule aunque no sea negocio para mí.

¿Los dos parlantes holofónicos que hay en el Auditorio Kraft son los únicos en el mundo?

Sí. Fijate que cuando apagamos la luz en los shows y empezás a escuchar la música, te olvidás que son dos y sentís que hay miles de parlantes por todos lados. Ahora estoy por hacer un viaje a Hawai para montar una fábrica de parlantes, y planeo irme de la Argentina para no volver. El país está muy complicado.

¿Usted no quiso vender o entregar el invento para que no lo produjera otro?

La gente que me lo robó y lo intentó hacer, tampoco pudo. Creo que si Bill Gates me lo compraba, ni a él se lo dejaban desarrollar. La holofonía está prohibida.

¿Quiénes la prohibieron?

Las discográficas sacaron la holofonía del medio pero no desarrollaron nada. Te hicieron comprar los parlantes Dolby pero no te dieron discos. Pasa que cuando vos tenés una invención como la mía que puede hacer escuchar a los sordos, despertar a los comatosos, educar a chicos autistas, tiene muchísimo potencial científico, pero forma parte principalmente de la industria del entretenimiento. Y esa industria está muy relacionada con las grandes corporaciones. Es muy difícil meterse a cambiarles el negocio. Son seis o siete familias que manejan todo.

Actualizado 24/01/2018

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