Miguel Santucho pertenece a una familia emblemática, de altísimo protagonismo en las organizaciones político-revolucionarias de los setenta. Hijo de madre desaparecida, busca a un hermano o hermana nacido en cautiverio. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, propone.

“Mi nombre es Miguel El Tano  Santucho, lo puedo decir porque conozco mi identidad”, empieza Miguel. “Es como un cassette que tengo grabado”, dice entre risas mientras le hace señas al mozo para pedir un café.
Miguel es hijo de Cristina Navajas, desaparecida en 1976, y busca a su hermano o hermana nacida en cautiverio. Junto con su abuela, se dedicaron a la búsqueda y a difundir la consigna de Memoria, Verdad y Justicia.
En un bar del barrio de Once, invita a sumergirse en lo más profundo de su historia personal, que hace eco en la historia y actualidad nacional. “Me llamaron Miguel porque tenía un tío que fue abatido en la Selva Tucumana unos meses antes de que naciera y su nombre de guerra era Miguel”, comienza.

 

O sea que ya tu nombre viene bastante cargado.

 

Sí, y sobre todo el apellido: Santucho es el apellido de una familia que, lamentablemente, fue víctima directa del terrorismo de Estado.

 

¿Cómo entrás vos en la historia de los Santucho?

 

Yo nací en octubre del 75 y en julio del 76 secuestraron a mi mamá,Cristina Navajas. En la casa nos dejaron a nosotros, de casualidad. Estábamos con mi hermano más grande y mi primo, tuvimos la suerte o la desgracia de que nos dejaran ahí. Mi abuela Nélida nos pudo ira buscar y un tiempo después nos establecimos en Roma con mi papá, Julio Santucho. Junto con nuestras pertenencias había cartas que mi vieja le escribía a mi viejo. Él se había exiliado, militaban en el PRT y estaba en el extranjero. Ella ahí contaba que daba por seguro que estaba embarazada. Esa información después la pudimos confirmar con testimonios. Uno de ellos diceq ue en un traslado estaban tiradas en el piso varias compañeras y mi vieja le dijo a una, desoyendo las órdenes de hacer silencio, su nombre, donde militaba y que estaba embarazada. Eso para mí fue una indicación clara de mi vieja de decir: “Búsquenme y busquen a mi hijo”. 

 

¿Tenés alguna información certera sobre la vida y el paradero de tu hermano?

 

No, lo que sí sé es que los últimos nietos recuperados pertenecen al mismo rango de edad y tuvieron circuitos parecidos al que debería haber tenido mi hermano. Estoy ansioso por saber si aparece.
También sé que ella mantuvo el embarazo y fue vista hasta los 6 meses de gestación en el Protobanco y después, en el 77 en el Pozo de Banfield, la vieron ya sin embarazo. En el medio, posiblemente pasó por Campo de Mayo, así que esos dos últimos lugares pueden ser los de nacimiento.

 

Decías que sentiste una indicación clara de tu mamá para que los busquen, ¿cuándo decidiste volver al país y responder a su pedido?

 

Volví en el 92. Siempre supe que hubo desaparecidos pero para mí era un relato, yo no lo vivía, no lo sentía. Me hablaban de una familia numerosa, de los primos, pero hasta que no los ves es como que no están. Además, mi viejo se volvió a juntar y tuvo una hija, así que vivíamos en una familia aparentemente normal. Cada tanto mi abuela viajaba, por la militancia en Abuelas, y aprovechaba para visitarnos. Hasta que a los 15 años se generaron las condiciones para volver. Yo siempre quise venir a Argentina y empecé a insistir. El año que volví fui a una marcha de secundarios y me pasó algo que marcó mi adolescencia y mi vida: en la desconcentración, un pibe hizo una pintada que decía: “Santucho vive”, junto con la estrella roja. Ahí sentí que entré al túnel del tiempo y volví a mi casa pensando: “Tengo que vivir acá, hay algo que no conozco y que me pertenece”. Finalmente, al año siguiente volví al país definitivamente, fui a parar a la casa de mi abuela -que mucho no la conocía- y a esa edad no era el mejor plan. Mi hermano mayor se quedó en el extranjero y hasta el día de hoy sigue allá.

 

¿La relación con tu abuela se ligó mucho con la causa de la desaparición?

 

Tuve una relación muy linda con mi abuela, porque ella derivó en mí muchas cosas. Me veía interesado y con ganas de reconstruir, así que ella delegó mucho en mí. Además, mi familia materna es muy chica, así que mi abuela concentraba toda la figura que había estado buscando realmente. Ella falleció sin saber nada de su nieto y yo sentí la necesidad de retomar la búsqueda y ocupar su lugar. Me presenté a la Asociación y dije que quería seguir la búsqueda que había comenzado ella. En realidad, Abuelas es una gran familia, se maneja todo a través de la conexión afectiva y emocional. No entras por mérito, sino por pertenencia.

 

Las relaciones trascienden lo político y se ligan más a lo emocional.

 

Totalmente, también me pasó en  H.I.J.O.S, donde después de haber vivido mucho tiempo ser hijo de desaparecidos de una manera conflictiva, de repente pude darme cuenta del valor que tenía, de los muchos que éramos. También nos generó un tipo de relación particular, donde lo afectivo tiene un valor primordial. 

 

¿Qué te pasa cuando encuentran un nieto que no es tu hermano? ¿Te genera un sentimiento agridulce?

 

En un momento utilizaba el término “envidia sana” y después me di cuenta de que no existe. Para mi pasó a ser una alegría compartida. Obviamente espero que me toque, para cumplir con mi abuela y cerrar un ciclo. Pero el compromiso seguiría: mi hermano está entre todos los que faltan,y aunque lo encontrara no podría dar la búsqueda por terminada. Así que es un poco como una hermandad. En un espacio donde hay tantas ausencias por encontrar, tantos vacíos para llenar, cada vez que encuentran a uno es como llenar mi vacío también. 

 

¿Cómo se hace para que las generaciones que nacen en un país con desaparecidos no lo naturalicen y lo tomen como un proceso cerrado?

 

En las charlas resalto ese aspecto. Es tan presente este tema, que el hecho de que haya personas con la identidad falseada salta generaciones. Yo tengo una hija en el secundario, que podría tener un compañero con un apellido que no es de él, porque su padre puede haber sido apropiado. Tu compañero puede estar viviendo con una identidad que no le corresponde. Siempre hablo en primera persona, contar la experiencia propia genera más identificación y creo que funciona mejor. En general siempre me llamó la atención el interés y la recepción que hay. 

 

A pesar de las respuestas positivas que recibiste, sigue habiendo una parte de la sociedad que no cree en su lucha, ¿qué pensas de esa postura?

 

Me molestan las cosas con intencionalidad política como lo que dijo (el exministro de Cultura porteño Darío) Lopérfido o (el secretario de Derechos Humanos de la Nación Claudio) Avruj, porque están queriendo deslegitimar algo que está comprobado: hubo un genocidio perpetrado por el Estado y es el Estado el que tiene que asumir la responsabilidad de recuperar a los nietos y poner el nombre de cada uno de los desaparecidos. Ahora, sobre las opiniones que puede haber en el sentido común, creo que esa es la batalla cultural que hay que ganar, ahí está lo pendiente. He tenido discusiones con gente que me planteaba que tenía que superarlo, como si fuera un problema mío. Lo que queda por instaurar en el sentido común es que nuestra búsqueda es un reclamo legítimo y necesario para todos. El legado de las Madres debería ser tomado por el conjunto de la sociedad, garantizarle una continuidad colectiva.

 

Bajo un gobierno como el actual, ¿crees que puede subsistir esa idea?

 

Cuando yo empecé a militar en el 96 nos parecía imposible todo lo que tenemos hoy, pero nosotros recuperábamos la consigna del Mayo Francés: Seamos realistas, pidamos lo imposible. No podemos hacer otra cosa que ser coherentes con nosotros mismos, y tuvimos la capacidad de llegar a la gente con pedidos desde el sentido común. ¿Qué persona no puede entender que una madre busca a su hijo secuestrado? Son cosas tan básicas que se destruye todo el castillo de sospechas, de dudas. Siempre fueron buscados con amor, para recuperar historias, con un sentimiento positivo. Esa es la batalla que hay que dar, instalar que hay una necesidad real para nosotros y el colectivo de personas, de poner un contrapeso a lo que fue la dictadura y el terror.

 

¿Te parece que es posible ganar esa batalla cultural?

 

Siento que eso sigue siendo un desafío. Hay amplios sectores de la sociedad argentina que son reaccionarios y no se puede luchar contra una herencia de generaciones y generaciones centradas en el individualismo. Son defectos arraigados que no se pueden cambiar en cinco años. Pero si creo que hay una lectura distinta de lo que pasó, a partir de los juicios, del trabajo de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y del encuentro del nieto de Estela (de Carlotto). Pero sigo sosteniendo que la batalla cultural la tenemos que dar nosotros. Hay muchísimas expresiones que se suman, los artistas, los profesores, vos que decidís hacer la entrevista sobre este tema también la estás dando. Sigue pendiente pero no tan lejos. 

 

¿Cómo impregna tu vida  la desaparición de tu mamá y de tu hermano?

 

Creo que marcó mi vida, sin duda. Sobre todo porque canalicé mucho. Mi hermano se quedó en el exterior y no se interiorizó en el tema y mi viejo por mucho tiempo prefirió negar la posibilidad de que tuviera un hijo desaparecido. Siento que de alguna manera tengo una carga más grande, pero no es el centro de mi vida. No siento que me diferencie de los demás, hago todo esto porque asumí la responsabilidad, pero si nunca lo encuentro al menos puedo sentir que lo intenté.

 

¿Nunca le planteaste este tema a tu familia? El hecho de encargarte casi solo de la búsqueda.

 

Yo le dije a mi hermano y un poco lo sabe, que somos la contracara de la misma moneda. Lo que él hace de quedarse allá, es una forma de procesar el sufrimiento. También es una pérdida la de él, no pienso que yo asumí una carga y él está feliz allá, no tengo rencor en ese sentido. No me arrepiento de las decisiones que tomé, haber venido a la Argentina no fue un error. 

17/01/2017

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