Por Cristian Villalba
Fotografía: Lao Vázquez

Los centros culturales autogestionados surfean la crisis y se convierten en refugios de identidad y organización popular. Tres experiencias del conurbano que generan resistencia desde lo colectivo

Es un sábado de invierno en el Centro Cultural Metamorfosis, en Monte Grande, al sur del conurbano. La banda Lxs Hermanxs de la Mente Furiosa acaba de tocar frente a unas decenas de personas. Acá no hay sponsors, pantallas gigantes ni campañas de marketing. Al costado del escenario, sobre dos mesitas de madera, conviven remeras de las bandas, fanzines fotocopiados, discos independientes y libros autogestionados.

Quienes recién estaban sobre el escenario son los mismos que ahora atienden la feria. También organizaron la fecha, hicieron el sonido, difundieron el evento en redes y van a limpiar el lugar cuando termine la noche. Todo atendido por sus propios protagonistas.

La escena del Centro Cultural Metamorfosis parece pequeña, incluso marginal. Pero encierra algunas preguntas: ¿Cómo se organizan y financian  estos lugares y estas experiencias de distintas manifestaciones culturales?, ¿qué significa sostener un espacio cultural independiente en una época donde casi toda la producción simbólica parece depender de algoritmos, plataformas digitales y grandes corporaciones? La respuesta excede a la música o las expresiones artísticas. Tiene que ver con la política y cómo se la entiende más allá de preconceptos de sentido común que la reducen a la acción parlamentaria o a la cuestión electoral.

Lolo Camera no solo toca el bajo en Hermanxs de la Mente Furiosa sino que también es uno de los fundadores del “Meta” y comenta cómo comenzaron con el espacio al calor de las asambleas post diciembre de 2001:

“Militábamos en distintas agrupaciones y queríamos hacer algo vinculado a todo ese espíritu asambleario que estábamos viviendo. Empezamos en un localcito en Luis Guillón, a unas cuadras de la estación. Ahí estuvimos hasta que en el 2005 conseguimos un local frente a la estación de Monte Grande donde nos mantuvimos hasta fines de 2017. Ese fue nuestro lugar histórico y luego de pasar un tiempo por un local en la calle Salta entre Guillón y Monte Grande volvimos al centro de Monte Grande donde estamos ahora ”

A unos pocos kilómetros del “Meta», funciona el Centro Cultural El Cimiento, inaugurado en noviembre de 2024. Ubicado a tres cuadras de la estación de Claypole, lo que en algún momento fue un gimnasio hoy es un espacio que aglutina a los vecinos de un barrio tranquilo, con pocos espacios culturales. 

Sentados en una mesita mientras se preparan para una jornada de música en vivo, Eliana Tejeda, referente del lugar, comenta sobre el rol político del espacio: 

“Creemos que la cultura y el arte tienen un rol de encuentro entre vecinos, donde nos juntamos a construir conocimiento, a charlar sobre nuestros trabajos o a ver a unas bandas de unos chicos. Todas son acciones políticas. Todos los que gestionamos espacios independientes estamos haciendo política, partidaria o no, y estamos fomentando lugares de encuentro en momentos en que mucha gente se encuentra sola” 

Unos minutos más tarde se suma a la charla Mateo Ponce. Dentro de un grupo muy jovén, se destaca por sus 18 años y dice sobre su acercamiento al espacio: “A mi me atrapó que es un lugar donde siento pertenencia, donde me siento contenido y me tratan bien. Para mí es como una casa”. Mientras sigue hablando del espacio y de cómo comenzó a interesarse en la política un grupo de chicas, enfundadas en negro y con instrumentos colgados, entran. No parecen superar la edad de Mateo y, al igual que él, muestran una apropiación del lugar muy natural, nada forzada. Entran, hablan animadamente y se preparan para probar sonido. En unas pocas horas estarán interpretando clásicos del rock nacional en el escenario de El Cimiento. ¿El público? amigos, vecinos, familiares y compañeros de escuela que se acercan a un espacio que les abre las puertas cálidamente: 

“Nuestro espacio abre las puertas para que muchos jóvenes puedan expresarse. En Claypole no existen tantos espacios donde lo puedan hacer y muchas veces terminan en la calle o en las plazas haciéndolo y sabemos que no siempre es fácil. Sabemos que a la policía les molestan los pibes haciendo freestyle o música y los terminan corriendo. Además de la crueldad propia de la calle, el frío que hace y los peligros que existen acá se neutralizan” 

Hacerlo uno mismo, hacerlo entre todos 

Es domingo y hoy Camera está tras el mostrador del buffet. Mientras se lleva adelante una feria de cosplayers y animé cuenta cómo hacen para financiar el espacio: 

“Una parte importante de nuestros ingresos son por el buffet. Vamos rotando quien atiende la caja, pero básicamente yo soy el encargado. También tenemos ingresos por los talleristas. Nos manejamos 30/70 % o 20/80% dependiendo del arreglo. Quien da el taller se queda con la mayoría y nos dan una parte a nosotros. Y después hacemos arreglos parecidos con las bandas que vienen a tocar. Eso se va viendo dependiendo la convocatoria”.

La resistencia no solo es simbólica; también es financiera. A la quita de subsidios estatales se suma el impacto de los tarifazos en servicios básicos y el aumento de los alquileres, golpeando de lleno la viabilidad de estos inmuebles. Pagar la boleta de luz o mantener el techo de un local en el conurbano se vuelve un acto de microeconomía militante donde cada empanada vendida en el buffet o cada entrada cuenta para no bajar la persiana. 

Mientras habla entrega una empanada y una gaseosa a una adolescente disfrazada de un personaje de un animé. No conoce ese personaje pero escucha con atención cuando le responde a la pregunta sobre su disfraz: 

“Hoy no tenemos gran ganancia pero este tipo de eventos nos ayuda a consolidar una comunidad y que se acerquen otros chicos que tienen otros intereses, más allá de la música. Acá en algún momento funcionó una sede de Fines, se hicieron reuniones de maestros o de compas de organizaciones. Queremos tener las puertas abiertas y sumar”. 

Volviendo a ese sábado de recital en Monte Grande, una de sus asistentes fue Sol Silva, docente, escritora y amiga de los fundadores del espacio. Ese día aparte de ser público dio una charla sobre violencia de género en el rock bajo la pregunta disparadora “¿Y vos qué podés hacer?” relata distintos casos de abuso y violencia de género sucedidos con músicos e insta a los varones a replantearse sus prácticas. Al mismo tiempo, destaca los espacios de cuidado que se fueron generando entre mujeres en lugares como el Metamorfosis. 

Días más tarde Sol destaca del espacio lo siguiente: “El Meta fue un lugar donde encontré hermanxs de la vida, grandes amigues, compas, arte, sentido de pertenencia, abrazos, pensamiento crítico y feminismos populares. Es nuestra casa, una casa colectiva”. Luego contó sobre actividades que llevará adelante en el Centro Cultural en las próximas semanas: “Estamos armando una fecha para colgar una muestra que hicieron las compas del Movimiento Ni Una Menos. Es una muestra audiovisual y fotográfica”    

Cumple sus sueños quien resiste 

Tardecita de jueves y al atravesar una antigua puerta de lo que es un edificio histórico, donde alguna vez funcionó una imprenta del diario socialista La Vanguardia, Dacil Simone se encuentra sobre el mostrador de entrada de La Fábrica. Pronto arrimara unas sillas a una mesa y comentará sobre cómo se organizan y resisten. El tango de fondo de un taller de baile le da el toque:

“Nosotros como grupo nos terminamos de organizar recién entre 2024 y 2025. Antes había otras personas gestionando el lugar pero ese grupo se estaba desintegrando. Yo volví acá post pandemia ofreciendo un taller, porque soy bailarina, y me quedé. Hoy somos cuatro compañeros fijos más algunos colaboradores llevando adelante el espacio” 

Si bien el aspecto económico no es menor, las ganas y las fuerzas de quienes sostienen el espacio son más fuertes. Simone se para a calentar agua para los asistentes del taller de tango y luego sigue con el relato:  “En verano abrimos de día como cafetería. La idea era que vecinos que nunca habían visto el lugar abierto lo puedan hacer. También abrimos el espacio para propuestas que nos llegan de compañeros como charlas debates o proyecciones de algunas películas. Queremos sumar más compañeros para alivianar las responsabilidades y la dedicación diaria”

Sobre el final se sumarán Mauro Cortéz y Marcelo Peiteado, quienes minutos antes estaban haciendo unos arreglos en otro sector del centro cultural. Cortéz, justamente, hablando de ese trabajo que es mental pero también muy físico agrega: “Formar parte de este lugar es ponerle cuerpo y estar presente. Eso cuesta a veces. Podrán pasar los años, los jugadores, muchas cosas pero siempre estás queriendo estar dándole fuerza a ese sentir.”

En ese contexto, sostener un sello independiente, organizar un recital sin patrocinadores o publicar un libro ya no representa solamente una elección estética. Es una forma de discutir quién controla la cultura y bajo qué reglas circulan las ideas. Simone reflexiona: “El arte debería formar parte de la vida de las personas. Aunque no sea tu profesión, tu oficio, a lo que le dediques la mayor parte de tu vida, me parece que siempre está bueno y que hace a un mundo mejor. Esa cuestión también es identitaria. La música, el cine, los libros que uno lee construye identidad. Y me parece que viene por ahí lo que a mí me sostiene.” 

Quizás por eso la resistencia cultural sigue incomodando. Porque demuestra que todavía existen personas dispuestas a producir sin depender completamente del mercado, a organizarse colectivamente y a construir circuitos propios. No se trata de nostalgia por un pasado analógico ni de una guerra contra la tecnología. Se trata de defender la posibilidad de que la cultura siga siendo un territorio donde imaginar otras formas de vivir.

En una época marcada por la concentración económica, la velocidad del consumo y la homogeneización de los discursos, cada recital autogestionado, cada fanzine, cada feria de editoriales independientes y cada sello DIY recuerdan que la cultura todavía puede ser un espacio de disputa. Y toda disputa por el sentido es, inevitablemente, una disputa política. Como sintetiza Camera: «Nos pueden sacar los ministerios y los fondos, pero no nos pueden sacar las ganas de juntarnos. Mientras haya un pibe con una guitarra, una fotocopiadora para un fanzine y un espacio que abra sus puertas, la cultura independiente va a seguir viva».