Los trabajadores despedidos continúan adentro de la fábrica para defender su fuente laboral. Prometen resistir su se ejecuta la orden de desalojo que dictó el Poder Judicial.
Entre vigilias permanentes y el apoyo de familiares y compañeros, los trabajadores de Fate sostienen la toma de la fábrica, a la espera de un desalojo forzado que podría producirse en cualquier momento. Han pasado más de siete meses desde que la empresa anunciara su cierre, el 18 de febrero de este año, cuando se produjeron 920 despidos. En respuesta, esa misma mañana, un grupo de empleados ingresó al predio y tomó control de la planta de producción, en Virreyes, partido de San Fernando. Desde entonces, han mantenido un acampe en las instalaciones, a modo de huelga, para exigir que se reabra la fábrica y se respeten los puestos de trabajo, de los cuales dependen no solo sus familias, sino también buena parte de la economía de la zona.
Fate se ha convertido en un botón de muestra de la economía mileista. Tras meses de resistencia y vaivenes judiciales, el pasado 17 de septiembre, la Cámara de Apelaciones y Garantías de San Isidro emitió un fallo que ordenó la restitución de las instalaciones de la fábrica a su propietario: el multimillonario Javier Madanes Quintanilla, uno de los empresarios más ricos del país, cuyo patrimonio se estima cercano a los 1.500 millones de dólares. Los trabajadores aguardan con incertidumbre la ejecución de la orden de desalojo por parte de las autoridades.
La fábrica y la vida
Cerca de la entrada principal de la enorme planta industrial de Fate, sobre la calle Blanco Escalada, en la localidad de Virreyes, se encuentra una pequeña casilla de madera, adornada por símbolos de lucha popular y frases de apoyo a la resistencia obrera. Frente a ella, un grupo de trabajadores se reúne en torno al fuego de un pequeño hogar improvisado, encendido con madera de quebracho, donada por trabajadores ferroviarios, en señal de apoyo. Suspendida sobre el fuego, se encuentra una olla de metal, en cuyo interior se prepara una sopa de pasta y pollo que compartirán con los vecinos. Mientras uno de los acampantes revuelve la sopa con un cucharón de madera, otro añade ingredientes a la mezcla. A unos pasos de allí, otro compañero se acerca con un puñado de cubiertos, mientras su esposa dispone platos y vasos sobre una mesa de plástico.
Los autos que transitan sobre la calle Blanco de Escalada se detienen frente a la casilla, bajan sus ventanas para saludar y tocan sus bocinas en señal de apoyo a los trabajadores. Ocasionalmente, se aproximan vecinos de la zona caminando, a saludar a los obreros con un abrazo. Muchos se conocen de toda la vida: la planta de Fate ha empleado a generaciones enteras de lugareños y ha tenido una profunda injerencia en la historia y desarrollo del barrio, que no en vano es conocido por muchos como “el barrio Fate”.
“Está todo muy tenso, la verdad. Tenso, tenso. Todas las madrugadas nos estamos levantando a las 5 de la mañana a ver si hay movimientos de la policía cerca de la fábrica porque la orden es inminente. O sea, puede ser en cualquier momento”, relata Joaquín Godoy, hijo de Ariel. Joaquín tiene 22 años, el mismo tiempo que Ariel lleva trabajando en Fate como armador de cubiertas de camión. “Cuando yo nazco, él entra acá. Por eso es muy significativo para todos nosotros, porque es el trabajo de toda la vida de nuestras familias”, afirma Joaquín. Junto a él, está Ivanna, quien enseña el lugar: “Tenemos todo bien acondicionado; tenemos una garrafa, colchones, frazadas, sábanas… Tratamos de mantener algo higiénico, estamos con las familias acá, así que es importante”, relata Ivana, la, esposa de Sebastián, quien ha sido operario de la fábrica durante los últimos 12 años.
En una de las paredes de la casilla, se pueden apreciar dibujos realizados por hijos de los trabajadores. No obstante, señala los duros retos que ha implicado mantener el acampe a lo largo de todos estos meses: “La cooperativa Manos Negras nos hizo esta casilla para poder aguantar los fríos, porque el invierno fue bastante crudo, hubo vientos fuertes. Y ya estamos desde febrero…. Empezamos con unas carpitas, con mucho calor”, recuerda. Sin embargo, la segunda base de los trabajadores, que se encuentran en los techos de la fábrica, no cuenta con las mismas comodidades. Allí, han mantenido el acampe prácticamente a la intemperie, supeditados a las inclemencias del clima y soportando el hostigamiento por parte de la patronal.
Desde ese segundo llega poco después Ariel Godoy, padre de Joaquín. Lo acompaña Víctor Ottoboni, uno de los líderes de la resistencia, quien ha sido trabajador de Fate desde hace 21 años. Víctor saluda a sus compañeros, pregunta si la comida está lista e invita a la mesa. “Ese mismo día ingresamos a la fábrica”, comenta sobre el 18 de febrero. “Primero subimos al techo un grupo, y después otro grupo pasó por acá, cortó el alambrado y entró. Empezamos a establecernos dentro del predio, dentro de la planta, y, ya llevamos más de siete meses», señala.. Desde entonces no han abandonado la guardia.
Entre los tribunales, la ocupación y las changas
Tras el cierre anunciado por Fate el 18 de febrero y la ocupación de la planta, un juez de Garantías de San Isidro ordenó el desalojo del predio a pedido de la fiscalía. El SUTNA, sindicato del neumático, apeló y, el 9 de marzo, la Sala II de la Cámara de Apelación y Garantías en lo Penal de San Isidro revocó la orden. “Antes la justicia decía que nosotros estábamos en derecho a huelga. Y también teníamos derecho a permanecer en la fábrica. Lo decía la justicia, ¿eh?”, subraya Ivanna. Según los pasajes del fallo difundidos entonces, la Cámara describió la ocupación como una medida de acción directa vinculada con la defensa de los puestos de trabajo y recordó que la huelga está reconocida por el Artículo 14 bis de la Constitución. Consideró prematuro desalojar la planta mientras siguieran abiertas las instancias de conciliación.
El 30 de marzo, la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo ordenó cautelarmente que Fate pagara los salarios devengados a los trabajadores comprendidos en un acuerdo de 2025, por el cual la empresa se había comprometido a no despedir sin causa hasta junio de 2026. Ante la falta de pago, el 14 de abril un juzgado laboral dispuso un embargo cercano a los 3.000 millones de pesos por haberes y costas. Sin embargo, dicho embargo no significó que todos cobraran. Al momento de la entrevista, Ottoboni calculaba que entre 140 y 150 compañeros habían recibido lo equivalente a tres quincenas, mientras que otros no habían cobrado nada.
La falta de ingresos a lo largo de estos meses ha significado un duro obstáculo para los trabajadores y sus familias, quienes han tenido que organizarse y trabajar en equipo para intentar sortear las dificultades. Para sostener las guardias, explica Joaquín, los trabajadores organizan turnos que permitan salir a hacer changas ocasionales, mientras un fondo de lucha sostenido por donaciones ayuda a costear algunos gastos urgentes y las ollas populares que comparten con los vecinos.
Dos casas
Muchos trabajadores, como Víctor y Ariel, destacan la importancia del apoyo de sus esposas e hijos para acomodarse económicamente, mientras que sortean las responsabilidades del día a día sin abandonar la resistencia. “Situaciones personales, enfermedades, los pibes en la escuela, imaginate todo eso… Pero también metiéndole lucha; así que, tenés dos casas, ¿no? Es compartir dos casas, porque hay que seguir con la continuidad de la vida cotidiana”, afirma Ivanna. Mientras señala un muro donde cuelgan dibujos realizados por los hijos de los trabajadores, junto a una salamandra, narra la forma en que la vida en el acampe y la lucha obrera se hicieron parte del día a día de sus familias: “Acá se festejan cumpleaños, comuniones… O sea, la vida se compartió”. Ivanna señala que cuando la fábrica cerró, muchas mujeres tenían empleos informales, de pocas horas, o se dedicaban exclusivamente al trabajo del hogar, para adaptarse a los horarios rotativos de sus esposos. Sin embargo, tras siete meses de resistencia, sin su ingreso principal, algunas familias no pudieron sostener la permanencia: “La verdad es que, con mucho dolor, se han bajado por el tema de dinero”, se lamenta.
“Venían de vacaciones más del 90 % de los trabajadores de la fábrica cuando fue el lock-out, el cierre. O sea, no tenían plata. La patronal eligió bien el momento justamente para que los compañeros queden totalmente asfixiados económicamente y de esa forma, extorsionarlos para que vayan a una especie de arreglo individual. Lo que comúnmente acá se le dice ´arreglo´, que son despidos encubiertos”, denuncia Ottoboni, en referencia a los acuerdos extrajudiciales impulsados por la patronal, que muchos trabajadores se han visto forzados a aceptar. Según advierte Ariel Godoy, dichas indemnizaciones resultaban muy insuficientes; calculadas a partir de sueldos desactualizados, por paritarias atrasadas. Y añade que muchos trabajadores, endeudados tras meses sin registrar ingresos, tuvieron que destinar dichas indemnizaciones a saldar deudas: “Es una indemnización que es pan para hoy, hambre para mañana”, afirma.
Hostigar con gusanos
Aquellos trabajadores que, como Ariel y Víctor, se rehusaron a aceptar los arreglos extrajudiciales y que han permanecido en la fábrica, denuncian haber sido víctimas desde entonces de hostigamientos por parte de la patronal. «Es constante de parte de la seguridad privada contratada por Madanes Quintanilla: las empresas Köner y Securion. Han agarrado y saboteado los lugares de descanso, tirándoles matafuegos, dejando todo el polvo ignífugo que tienen los matafuegos. Han incluso metido gusanos en los lugares de descanso, en los colchones que teníamos”, denuncia Ariel. “Todo el tiempo hay un hostigamiento para generarnos miedo. Hemos hecho denuncias públicas, con imágenes. Gusanos, carne podrida, les tiran comadrejas, ratas en los lugares de descanso. Les cortan el agua o les desbordan los tanques. Hacen cosas peligrosas. Encienden las alarmas a la noche para que los vecinos se enojen con nosotros. Nos quieren tirar al barrio en contra. Y eso pesa”, manifiesta Ivanna. “A la patronal le costó mucho sacar la orden de desalojo. Entonces, jugaron es a la desmoralización y al desgaste. Por eso, esa guerra de alguna manera psicológica”, concluye Ariel Godoy.
Las conciliaciones nacional y bonaerense vencieron el 18 de marzo y el 21 de abril sin resolver el cierre. Finalmente, el 17 de septiembre, la Sala II de la Cámara de Apelaciones y Garantías de San Isidro emitió un fallo en que se ordenó restituir la fábrica al empresario Javier Madanes Quintanilla, tras considerar agotadas las instancias de negociación. La semana pasada el SUTNA se presentó ante la Justicia para insistir con la apelación en rechazo a la medida, planteando que se trata de un conflicto laboral. Lo hizo junto a dirigentes como Hugo “Cachorro” Godoy, de ATE, y Christian Castillo, del PTS .
“Es contradictorio porque primero pone el juez que los trabajadores no estamos incurriendo en ningún delito, que estamos utilizando nuestro legítimo derecho a huelga. Y sin embargo, ahora dice que hay que devolverle el inmueble al propietario. En realidad, nosotros lo que estamos haciendo es un resguardo de los puestos de trabajo, de las máquinas, nada más que eso”, afirma Ariel, en referencia al cambio de perspectiva, desde la resolución del 19 de mayo hasta el fallo del 17 de septiembre. Sucede que el primer fallo lo emitió la justicia laboral, y ahora intervino la justicia penal.
Los trabajadores sostienen que están dispuestos a evaluar cualquier solución que permita la reapertura de la fábrica y la restitución de los puestos de trabajo de los cuales dependen sus familias. Aseguran haber intentado contactar y plantearles opciones, tanto a los dirigentes del municipio como de la provincia, proponiendo soluciones como la reapertura de la fábrica bajo control estatal. Sin embargo, según denuncian, sus intentos de comunicación han sido desatendidos. Incluso han apelado, sin éxito, a la intervención del propio gobernador Axel Kicillof.
Contra la conciencia de clase
Según sostienen algunos empleados, se teoriza que las intenciones de la patronal podrían obedecer a un plan de renovar la planta de trabajo, con trabajadores nuevos, más jóvenes y que se vincularían bajo el nuevo régimen de trabajo, estipulado por la reforma laboral que impuso el gobierno de Javier Milei en febrero de 2016. “Sabemos que la patronal ha metido gente para hacer tareas de mantenimiento, lo que a nosotros también nos da la pauta para pensar que en realidad es un cierre temporal, pensado para echar a todos los trabajadores actuales y volver a tomar gente en otras condiciones. Porque todo esto se da después de que se vota la reforma laboral en todo el país. A la vez, Madanes lo que quiere es desterrar toda esta conciencia de clase forjada durante más de 20 años de pelea en esta fábrica. Quiere tierra arrasada y arrancar de vuelta”, asegura Joaquín.
Desde entonces, los trabajadores esperan el momento en el que se ejecute el desalojo. Y teorizan que si no se ha efectuado hasta el momento, esto puede obedecer al peso político que dicho desalojo podría acarrear. “Si todavía no dieron la orden para ejecutar el operativo, algo tiene que ver con el costo político. También, creo que esperaban otro escenario. En mi opinión, pensaban que esta lucha estaba más muerta de lo que está hoy, pensaban que esto ya estaba agonizando, que solo había que darle el golpe final. Pero la orden de desalojo lo que hizo fue reactivar y fortalecer esta lucha”, señala Víctor Ottoboni. “Veremos qué hace Kicillof, a ver si finalmente resuelve jugar fuertemente a favor de las patronales y cumplir la orden de desalojo. El gobierno provincial tiene herramientas para resolverlo políticamente. Pero bueno, tienen la pelota el gobernador, de alguna manera”, agrega.
De ejecutarse la orden de desalojo, los trabajadores afirman estar dispuestos a resistir y hacer frente, para resguardar sus puestos de trabajo. “Va a haber una resistencia muy grande. En la calle y adentro”, anticipa Ariel. Hasta la fecha, el desalojo no ha ocurrido, pero su ejecución podría producirse en cualquier momento. Mientras tanto, los trabajadores de Fate siguen alerta y organizándose para hacer frente y sostener su lucha, manteniendo la guardia desde antes de cada amanecer.