Por Sofía Di Sandro
Fotografía: Oriana Estrada

Andrea Robles publicó su primer libro, «Mi padre, la revolución y la Triple A. Crónica de una generación militante e investigación de un asesinato político (1956-1976)», donde reconstruye la militancia de vida su papá César, un dirigente morenista asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina.

Con el fin de transmitir una experiencia de vida revolucionaria a las nuevas generaciones a través de la trayectoria de César “el Negro” Robles en la corriente morenista, su hija Andrea realizó un minucioso trabajo de investigación sobre su secuestro y asesinato a manos de la Triple A en 1974. Este relato no solo reconstruye la historia de uno de los dirigentes más importantes del PST, sino que también funciona como el hilo conductor capaz de narrar las vivencias de toda una generación entre las décadas de 1950 y 1970, un período en el que la izquierda adquirió un enorme peso entre la juventud universitaria y los sindicatos combativos.

El resultado fue un libro titulado Mi padre, la revolución y la Triple A. Crónica de una generación militante e investigación de un asesinato político (1956-1976).En la segunda parte del trabajo, llamada “Investigación de un asesinato político”, la autora busca esclarecer el período conocido específicamente como la fase represiva del tercer peronismo, argumentando que, en la mayor parte de estudios dirigidos a esta etapa, “el accionar no recibe un tratamiento específico y, cuando es abordado, suele quedar subsumido a una explicación más amplia centrada en la violencia política de la época”.

El relato se construye a partir de anécdotas, testimonios, documentos partidarios, cartas personales y publicaciones de ese momento.

¿Cómo surgió la idea de escribir este libro y por qué decidió hacerlo ahora, más de cincuenta años después del asesinato de su padre?

Hubo dos momentos. El primero fue en 2004, cuando empecé a investigar quiénes fueron los responsables del asesinato de mi papá, dentro de un trabajo de reivindicación de la generación trotskista de los setenta; ahí salió mi primer trabajo, publicado en Insurgencia Obrera en 2007.
El segundo se armó después, con la necesidad de responder a los relatos que ocultaron los crímenes de la Triple A oponiendo democracia y dictadura. Lo decidí en 2024, a cincuenta años del asesinato de mi papá, cuando publiqué un avance de esta crónica y la repercusión me alentó a encarar el libro.

De todas las fuentes, ¿hubo alguna que le haya costado conseguir?

Lo que no pude conseguir —reclamo histórico del movimiento democrático de derechos humanos— son los archivos del Estado: nunca se abrieron. Es una limitación de fondo, para la causa judicial y para reconstruir estos hechos.

¿Qué fue lo más difícil de escribir, tanto en lo emocional como en lo narrativo?

Es muy difícil escribir un libro. Me esforcé por no contar una posverdad, sino una historia sustentada en las voces de los protagonistas, sin saber de antemano si iba a poder reconstruir tanto después de cincuenta años. Armar esa historia coral, hilvanada a partir de cartas y testimonios, fue difícil, pero también apasionante.

Usted ya había investigado y escrito sobre la Triple A en un trabajo más historiográfico que mencionó anteriormente. ¿Qué cambió entre aquel trabajo y este libro, atravesado por lo personal?

Aquel trabajo se centraba en establecer quiénes fueron los responsables del crimen de mi papá y en la reivindicación política de la generación trotskista. Este libro es una crónica que recorre su vida, desde que empieza a militar en 1957 hasta que lo asesinan, apoyada en fuentes de primera mano que dejan hablar a los propios protagonistas. En ese sentido es mucho más personal.

¿Cuánto demoró en escribir este libro?

Lo escribí, con muchas horas de trabajo, entre febrero y julio de este año, aunque antes hubo años de investigación. En enero terminé de reunir el material y en febrero empecé a escribir.

¿Cómo era César Robles como militante y como padre, más allá de la imagen pública del dirigente del PST?

Como padre lo recuerdo poco: asesinaron a mi papá cuando yo tenía ocho años, y los últimos cuatro vivía en Córdoba, así que lo veía poco. Lo quería muchísimo —son cosas casi fisiológicas—, pero no tengo muchos más recuerdos concretos. Parte de hacer este libro fue poder conocerlo como dirigente, algo que de chica no pude. Como militante descubrí mucho más de lo que sabía. Dejó la Facultad de Odontología cuando le faltaba muy poco para terminarla, para dedicarse al movimiento obrero, convencido de que había un proceso revolucionario en marcha. Fue dirigente del PST; en el archivo de la Fundación Pluma encontré sus cartas políticas. Pocas semanas antes de que lo asesinaran, tras un operativo represivo muy violento en Córdoba en el que mataron, entre otras víctimas, a una compañera, Clelia «Tita» Hidalgo, escribió algo así como un testamento: decía que si la Triple A lo mataba, iba a morir contento de haberse podido dedicar a la única causa justa, la liberación de los trabajadores por el socialismo.

Como querellante por el crimen de su padre, ¿en qué situación está hoy esa causa y qué expectativas tiene de que haya justicia?

La causa está sobreseída desde 2016: el Estado no encontró culpables vivos. Se asume que el principal responsable fue López Rega, ya muerto, igual que otros cabecillas, y algunos ya fueron condenados. Es un delito de lesa humanidad, así que no se puede cerrar del todo, pero queda archivada hasta que aparezcan nuevas pruebas, y ahí choca con el problema de fondo: nunca se abrieron los archivos del Estado. No espero nada de la justicia. Sí valoro la pelea de los organismos de derechos humanos y de los familiares, aunque limitada por la falta de testigos: a diferencia de los centros clandestinos de la dictadura, a los crímenes de la Triple A no hubo sobrevivientes que pudieran declarar. Para mí la verdadera reparación es la revolución: hacer justicia derrotando a quienes asesinaron a esa generación y logrando el mundo por el que luchó mi papá.

¿Qué cree que aporta este libro a la reconstrucción histórica de la represión de la Triple A?

Aporta la reconstrucción de un período deliberadamente ocultado. A la salida de la dictadura, Alfonsín e Isabel Perón acordaron no incluir los crímenes de la Triple A en la Conadep ni en el Nunca más, lo que instaló la Teoría de los Dos Demonios y una oposición absoluta entre democracia y dictadura. Cuando se reabrió la causa en 2006 apenas se avanzó en los casos con testigos, y los principales responsables ya habían muerto. Este libro reconstruye esa historia con fuentes de primera mano que antes no estaban disponibles o no se habían reunido.

¿Qué de aquella experiencia militante considera que sigue vigente en la izquierda trotskista de hoy?

Sostenemos la misma perspectiva de fondo: que la revolución social es necesaria y posible, y que no alcanza con la espontaneidad de las masas —hace falta un partido que dirija ese proceso—. Revisamos ese período y sacamos conclusiones, no partimos de cero: la teoría no es un dogma, se debe criticar porque las condiciones cambian, pero tomamos ese bagaje como materia prima para actualizar la teoría y la práctica. Creo que hoy estamos en un momento bisagra a nivel internacional, con la crisis del capitalismo expresándose primero por derecha y empezando a emerger también por izquierda, en sectores que buscan una alternativa, como los que hoy se identifican con Myriam Bregman.

¿Qué espera que se lleve el lector al terminar el libro?

Que le genere ese diálogo y reflexiones que sirvan para el presente y el futuro. Para mí ese es el mejor homenaje que le podemos hacer a esa generación: no llorarla ni victimizarla, sino sacar lo mejor que hizo y tomarlo como experiencia para no partir de cero, viendo también los errores que hubo. Me gustaría que el libro llegue sobre todo a jóvenes que buscan una alternativa por izquierda, y a trabajadores que no se conforman con el mundo de hoy.