Por Camila Lamalfa
Fotografía: Lucia De Marco

La antropóloga Mónica Tarducci habla de su libro «Mujeres en lucha: escenas de un feminismo militante», donde construye una cronología del movimiento feminista y de sus complejidades.

Mónica Tarducci es antropóloga feminista y docente argentina. Pertenece a la generación del 70, aquella de ideas emancipatorias fuertes. Para entonces también conocía a Simone de Beauvoir. Sin embargo, aún no sabía sobre el feminismo. Su descubrimiento fue por otras ventanas que al correr el velo le permitieron entender que existía esa otra cosmovisión. Mientras estudiaba antropología leyó un texto llamado Antropología y feminismo. Con él entendió que el feminismo y su disciplina podían mezclarse. Tras la desmilitarización, la aparición en la esfera pública de las feministas que retornaban del exilio con una rica experiencia en otros países despertó una fascinación en ella. El impacto dejó de ser solo intelectual y se volvió también vivencial, corporal, al unirse en los ochenta a la Asociación de Trabajo y Estudios sobre la Mujer (ATEM), agrupación de mujeres feministas y de izquierda que se reunían y pasaban jornadas largas de talleres, capacitaciones, momentos lúdicos, presentaciones de libros. “Bueno, este es mi mundo.”, recuerda haber dicho la primera jornada a la que se sumó.

Su libro Mujeres en lucha: escenas de un feminismo militante fue publicado por la editorial Biblos. Allí, Tarducci construye una cronología del movimiento feminista y de sus complejidades. Para ello desempolvó una caja llena de recuerdos materiales e investigaciones de autoría propia que quedaron inconclusas y que retratan acontecimientos que en la historia del feminismo se encuentran relegados a los márgenes del conocimiento.

 ¿Cómo nació este libro?

Fueron varias cositas. Juntar cuestiones que tenía escritas sin terminar y también poner en un mismo texto otras que no son muy conocidas, como el Consejo Provincial de la Mujer o la Revista Unidas (editada entre 1986 y 1987); un homenaje a las compañeras, porque costó mucho trabajo esa incorporación del feminismo en un contexto donde no era bien visto. El texto del exilio lo había publicado en la revista Zona Franca de la Universidad de Rosario, pero los otros no. A veces los utilizaba en las clases. Esa cosa de docente de “tengo que hacer una clase de esto”. Y dije, «¿Por qué mejor no los transformo en artículos en un libro?». Por ejemplo, el primero, el que abre, que es la reivindicación de la segunda ola. Porque también estaba cansada de cosas que se dicen sin reflexión. Como si la pertinencia o no de olas, por qué para mí la primera y la segunda sí hay que denominarla ola y, también, porque por esa falta de conocimiento histórico se piensa que la interseccionalidad es un invento de la década de los 90, cuando el feminismo en lo que denominamos segunda ola (años 60 en algunos países, 70 en otros) era profundamente anticapitalista, inclusive en Estados Unidos. Podés estar enojadísima con tus compañeros de la izquierda, pero no por eso dejás de ser anticapitalista.

¿Qué opinás sobre el concepto de interseccionalidad? Siendo que en torno a él hay un debate dentro de las epistemologías feministas…

Siempre hay conceptos que nacen para una función específica y después se tergiversan. Cuando la abogada Kimberlé Crenshaw lo crea, lo hace para mostrar en el mundo de las leyes que las discriminaciones están imbricadas, que no se podía separar ser mujer de ser mujer negra. Y eso está bueno que se vea. Pero que no se diga que es un invento de ese momento porque también en eso tienen que ver los 90, periodo nefasto para la vida y las ciencias sociales, donde el postmodernismo primaba y entonces las condiciones materiales no eran importantes. Y ahí es donde se creó también este mito de que en los años 70 eran muy serias las feministas y que eran todas de clase media y blancas, y por lo tanto ahí se desarrolla la idea de un feminismo racista. Y no es así. Busquemos las fuentes, no nos llenemos de algunas pensadoras. Hay que completar esas pensadoras con otras. Hay que complejizar el foco. No se puede tirar todo por la borda, y decir que todas eran blancas de clase media. En el Manifiesto del Río Combahee (1977), que es un texto clásico, hablaban como negras, como lesbianas, como feministas. Criticaban a sus propios compañeros negros y a los hombres y mujeres blancas también. Entonces, hay todo un mundo de discusiones que complejiza un poco más la idea de la interseccionalidad que me parece que se usa mecánicamente. Hay conceptos que se ponen automáticamente y después no son útiles. Pero el trabajo de campo es el trabajo de campo, la empatía con el sujeto a investigar tiene que primar siempre. Hay mucho esnobismo en las modas intelectuales.

¿Cómo fue haber entrevistado a tantas mujeres para hablar sobre sus acercamientos al feminismo?

Las feministas estamos acostumbradas a hablar de nosotras mismas y de temas íntimos. Entrevisté a mujeres que volvieron del exilio y se incorporaron al movimiento feminista. Entonces, ya tienen otra concepción y un acercamiento. Por ahí, si entrevistás a una mujer política de un partido político, no te va a decir «Mi marido, si no era un trabajo a su altura, no quería. Yo sí tenía que ir a limpiar casas en el exilio.» Pero las feministas sí, porque han hecho una reflexión sobre su vida privada y han politizado. El exilio les permitió el malestar que sentían. Pero también desmitificó al feminismo, porque ellas vieron, eso te lo dicen todas, que las feministas que ellas conocían formaban grupos que apoyaban a las madres de Plaza de Mayo, la denuncia a la dictadura. O sea que ser feministas no implicaba no comprometerse con la lucha general y contra las dictaduras latinoamericanas. Entonces, eso provocó un acercamiento. Y después el hecho de encontrar una explicación al sentirse mal, a que las cosas no andaban muy bien. Me gusta tanto la película Mirta de Liniers a Estambul (1987). Es super interesante. La protagonista está en Suecia con su pareja y ella aprende el sueco para poder integrarse y conseguir trabajo, y él se burla un poco, porque estaba ese pensamiento del militante que la dictadura ya terminaba y que iban a poder volver. Ella le dice: «Bueno, tenemos que estar acá. ¿Por qué no aprender el idioma? Así nos relacionamos mejor.» Y eso que dice en la película, de una u otra manera te lo dicen las mujeres entrevistadas. Ahí tuve la percepción de que las que se habían acercado al feminismo con mayor o menor profundidad o compromiso pudieron bancarse mejor el exilio que las que no. Encontraron ahí un lugar de pertenencia, un lugar de reflexión. Además de que, por ejemplo, las que se exiliaron a otros países de América Latina se encontraron con una América Latina que no se conocía acá. Con un movimiento de mujeres floreciente, que pedían por el derecho al aborto en la década del 70. Eso también fue un motor para muchas. O fueron a sus primeros encuentros feministas latinoamericanos y del Caribe, que empezaron en 1981 estando exiliadas. Pero el diálogo de mujer a mujer y el acercamiento siendo feminista, algunas, te digo la verdad, son compañeras de militancia que yo conocía. Algunas son amigas, otras conocidas, pero todas con un vínculo cariñoso. Es decir, de militancia compartida, que eso te acerca mucho.

Los encuentros nacionales de mujeres son lo que hoy conocemos como los encuentros plurinacionales de mujeres, lesbianas, trans, bisexuales, intersexuales y no binaries. Y los encuentros y asambleas feministas que se hicieron de 1989 a 2003 que describís en el libro son otros.

Sí, y una de las cosas que yo digo ahí sobre los encuentros nacionales de mujeres, porque también hay un equívoco sobre todo en las chicas jóvenes, es que no nacieron como encuentros feministas y no todas las mujeres que van a los encuentros se definen como feministas. Por eso también la importancia de hacer estos otros encuentros feministas donde no había que explicar qué es el feminismo. Nosotros llegamos a hacer unos volantes diciendo qué es el feminismo para repartirlo en los encuentros nacionales de mujeres. Ahora, cada vez más, los encuentros plurinacionales incorporan las demandas feministas y, por su puesto, estamos todas de acuerdo. No hubiera existido esta incorporación de identidad si no hubiera habido una influencia del feminismo, pero hay que tener también en vista la perspectiva histórica que eso es lo que me interesa. Cómo los procesos cambian, así como en el primer Ni una Menos no se nombraba el feminismo ni la lucha contra la violencia, a los pocos meses ya sí. Entonces, cómo los contextos van cambiando, van incorporando, van desechando otros conceptos y eso es muy importante, porque la militancia, como cualquier aspecto humano, es muy dinámica. Nada nace por generación espontánea. Hay una trayectoria, hay una lucha que, por supuesto, las nuevas generaciones la enriquecen muchísimo. Mirá si nos hubiéramos quedado con lo que pensábamos en los 80. Pero tampoco hay que negar las trayectorias.

¿Qué obstáculos sigue habiendo para estudiar desde una perspectiva feminista en las ciencias sociales y en particular en tu disciplina la antropología?

La antropología tiene las dificultades que tienen todas las ciencias humanas y sociales hoy: que no se consideran ciencia, que hay un embate terrible contra la supuesta banalidad de las cosas que estudiamos en ciencias sociales. Esta época nos corre por dos lados muy relacionados: una cuestión ideológica y una cuestión material económica. Son muy pocos los proyectos que se financian, muy pocas las entradas a carrera en CONICET, con lo cual se cortan trayectorias académicas de las jóvenes. Eso en cuanto a imposiciones materiales, pero por otro lado también lo que yo noto es que esta regresión que ha habido desde las más altas esferas hace que todos esos y esas que creíamos haber convencido, en realidad no convencimos, y ahora afloran con todo su rabioso antifeminismo, anti diversidad sexual, racismo, discriminación a las personas más vulnerables de la sociedad. Entonces, si había un decano al que mucho no le gustaba la cuestión, pero “buah”, aceptaba un seminario con un contenido feminista, de cualquier disciplina de ciencias sociales, ahora va a aprovechar esta falta de consenso para eso y no va a apoyar. O sea, que esta es como una oportunidad para negarse a proseguir con los cambios que se habían iniciado los años anteriores, que fueron muy importantes en cuanto al impacto del feminismo en las ciencias sociales. Además, todo impacto en la academia tiene necesariamente que estar acompañado o es fruto de un movimiento social. Un movimiento feminista. En los 90 casi no había movimiento. Estaba como en una meseta. Sin embargo, luchamos las que estábamos en la universidad, en las distintas disciplinas para que hubiese una cátedra.

¿Cómo definirías al movimiento feminista argentino de hoy?

Es tanta la arremetida de la derecha que a veces no hay posibilidad de responder a tiempo, pero yo creo que el movimiento tiene desarrollada la sensibilidad para responder. Está alerta y en resistencia, y eso es lo que hay que rescatar. No está dormido.