Por Candela Acedo y Iara Nougues
Fotografía: Gentileza Magdalena Candiotti

La historiadora Magdalena Candioti, autora de Una historia de la emancipación negra. Esclavitud y abolición en la Argentina, analiza las acusaciones de racismo que nos llovieron durante el último mundial y las entrevera con el tratamiento que negros e indios afrontaron desde los orígenes de la nación hasta la actualidad. “Hay una construcción cultural que mantiene jerarquías de colores y de ascendientes”, plantea.

La noche del 19 de julio, horas después de la derrota de la selección argentina ante España en la final del Mundial 2026 disputada en el estadio MetLife de Nueva Jersey, el actor estadounidense Samuel L. Jackson compartió en sus historias de Instagram una imagen de Stephen, el esclavo doméstico leal a su amo que él mismo interpretó en la película Django sin cadenas, vestido con la camiseta albiceleste. El posteo, originado en SEC Black Alumni Network, una red de graduados afroamericanos de universidades estadounidenses, pedía a la comunidad negra no alentar al equipo y calificaba a la Argentina como “uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”.

La publicación acumuló miles de interacciones, potenció una campaña de cuestionamientos que ya había circulado durante el torneo y desató una ola de respuestas indignadas de usuarios y famosos argentinos. Para entender qué carga esa acusación, ANCCOM entrevistó a Magdalena Candioti, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA), investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y autora de Una historia de la emancipación negra. Esclavitud y abolición en la Argentina (Siglo XXI, 2021).

“Fue muy chocante para los argentinos sentirse mirados”, señaló la historiadora. “Tenemos en la conformación de nuestra identidad nacional una negación de la relevancia que pueden tener los colores o los orígenes de las personas, una promesa de ceguera cromática: al Estado no le tiene que importar de dónde venís”. Esa promesa, explicó, tiene una doble vía, porque garantiza los mismos derechos para todos y al mismo tiempo prohíbe la diferencia: “Nos construimos con esa promesa de igualdad, o de ceguera, que no funciona en la práctica. Hay una construcción cultural que mantiene jerarquías de colores y de ascendientes”.

Esa matriz, recordó Candioti, se impuso sobre otra posibilidad que existió, la de comunidades afrodescendientes con prensa, asociaciones y prácticas propias, y que fue combatida en los inicios de la nación por figuras como Domingo Faustino Sarmiento: “Hubo muchos periódicos negros y les decían: no podés organizarte en función de tu color. Por un lado porque los pensaban inferiores, y por otro porque querían construir una unidad étnica nacional sin anclajes en esos colores”, sostuvo. De ahí viene, agregó, parte del malestar actual: “Muchos argentinos se enojan cuando alguien se reivindica afro o negro, como si nombrarlo ya fuera discriminar”.

El precio del derecho

El interés de Candioti por el tema nació en los archivos judiciales. Su doctorado analizaba cómo cambiaron las formas de pedir justicia entre el antiguo régimen y la Revolución de Mayo, y en esos expedientes encontró, una y otra vez, personas que se presentaban como pardas, morenas, mulatas, esclavas o libertas: “Me empezó a llamar la atención la omnipresencia de estas personas. No era un caso o dos, eran decenas y después centenas de causas”, contó. “Yo tenía una formación muy argentina, donde la diáspora africana y la esclavitud habían quedado como un capitulito marginal, y dije: quiero entender esto”.

Los números que reconstruyó desmienten esa marginalidad. Según detalló, el censo porteño de 1810 clasificó como parda, mulata, morena o negra al 33 por ciento de la población de la ciudad. Por los puertos de Buenos Aires y Montevideo ingresaron unos 200.000 africanos esclavizados en 250 años de trata, redistribuidos luego por todo el virreinato, y en las principales ciudades la población esclavizada representaba entre el 5 y el 14 por ciento del total, con proporciones de población racializada libre que en Santa Fe rozaban el 40 por ciento: “La esclavitud no era un fenómeno demográficamente menor”, resumió.

La supuesta desaparición de esa población se fabricó primero en el discurso. Con la organización nacional y las primeras historias oficiales, señaló Candioti, se empezó a hablar de africanos y afrodescendientes en pasado, con apoyo en las ideas evolucionistas de la época: “Decían: ´Son poblaciones atrasadas, representan otro estadio de la evolución humana y van a desaparecer´”. El peso demográfico relativo cayó recién después, con la llegada masiva de la inmigración europea, pero el estigma ya operaba: “Fueron tan estereotipados y denigrados que reivindicar esos orígenes, esas prácticas culturales, se volvió muy difícil”.

“Somos un país que casi no tiene políticas de combate al racismo. La única que existía, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), la desarmaron y nadie se quejó demasiado”.

En una segunda etapa de su investigación, la historiadora quiso entender la abolición, y ahí apareció lo que describió como “una gran trampa”: el Reglamento de educación y ejercicio de los libertos, la norma que en 1813 reglamentó la Ley de Libertad de Vientres sancionada por la Asamblea del Año XIII: “Durante mucho tiempo pensamos que la ley de vientre libre hacía libres a los niños de un día para el otro. Lo que trato de mostrar en el libro es que fue una libertad adjetivada, limitada, condicional, con consecuencias que la asemejaban en muchos sentidos a la esclavitud”, explicó. Los libertos quedaban sujetos al patronato de los amos de sus madres y debían trabajar gratuitamente para ellos durante años.

Cada expediente judicial, dijo, “es un universo del que se pueden tirar hilos y reconstruir un mundo social entero”. Uno de esos hilos la llevó a Petrona, una mujer esclavizada comprada en Santa Fe por un ama que decía vivir en Buenos Aires. Al llegar a esa ciudad, Petrona descubrió que su dueña residía en realidad en Montevideo y se negó a seguir viaje: estaba embarazada y en Buenos Aires regía la ley de vientres, inexistente en la orilla oriental, entonces ocupada por los portugueses. El ama le ofreció una carta de libertad para su hijo si la acompañaba, Petrona volvió a negarse y recurrió a la justicia, y resistió incluso cuando unos apoderados intentaron venderla y embarcarla por la fuerza.

La dueña, reconstruyó Candioti, resultó ser la esposa de Juan Antonio Lavalleja, uno de los llamados Treinta y Tres Orientales, cuyos representantes alegaron ante la justicia que “ella es más liberal de lo que ustedes creen”. Tras revisar cientos de registros parroquiales, la historiadora comprobó que el hijo de Petrona nació liberto en Buenos Aires, aunque quedó bajo el dominio de la familia Lavalleja hasta los 20 años: “Estas personas tenían sus ideas, sus agendas, sus proyectos, y trataban de negociar en una situación de clara inferioridad de condiciones”, subrayó. “Parecen un spin-off de la historia principal y en realidad están en su centro”.

Todos los caminos hacia la libertad, sostuvo, compartieron un mismo subtexto: había que merecerla y pagarla. Los libertos la pagaron con trabajo gratuito, los soldados con su esfuerzo o su vida en los llamados rescates que los incorporaban a los ejércitos, los manumisos con dinero, y quienes recibieron la libertad de sus amos la pagaron con sumisión y acomodamiento: “Al reconocerles la libertad se los estaba alterizando, construyendo como otros, porque eran personas que tenían que hacer algo para merecer esa libertad”, analizó.

Ese mismo filtro ordenó el ingreso de los afroargentinos al relato nacional, siempre como soldados. Candioti retomó el concepto de “indio permitido” del antropólogo Charles Hale, el indígena sumiso que la nación acepta como pieza de museo: “Si tenés un indio que escucha hip hop, usa jeans y corta la ruta para reclamar un derecho, ya es un indio trucho”. Su equivalente, propuso, es el afroargentino que muere en las guerras de independencia: Falucho, el soldado caído en El Callao al grito de “Viva Buenos Aires”, cuyo monumento sigue en pie frente al Regimiento de Patricios; el sargento Juan Bautista Cabral, de quien se dice que era moreno; el coronel Lorenzo Barcala, unitario recuperado por Sarmiento y fusilado en 1835, y María Remedios del Valle, combatiente en el Alto Perú reconocida por ley recién en 2013: “El subtexto para las libertades negras es que hay que merecerlas”.

 

Mirar para adentro

Para Candioti, esas jerarquías siguen operativas aunque ya no sean legales. Se escuchan en el insulto más extendido del país, que apela directamente al color, y en palabras como “villero” o “marrón”, que atribuyen características morales al lugar donde se vive o al cuerpo que se tiene, y se advierten en la ausencia de políticas públicas: “Somos un país que casi no tiene políticas de combate al racismo. La única que existía, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), la desarmaron y nadie se quejó demasiado”. El organismo fue disuelto por el Gobierno de Javier Milei en 2024. En el Censo 2022, 302.936 personas se reconocieron afrodescendientes o con antepasados africanos, el 0,7% de la población y el doble que una década atrás.

Sobre la dinámica del episodio viral, la historiadora repartió responsabilidades: “Nosotros mismos participamos magnificando el discurso: todo lo que apela a reacciones emotivas multiplica el impacto del algoritmo”, dijo, y contó que colegas de Brasil le escribían a diario, sorprendidos por cómo el posteo habilitó un subtexto antiargentino que ya circulaba. El fondo del planteo le pareció absurdo, porque “lo que hace una persona no puede describir a un colectivo entero”, aunque le llamó la atención la reacción local: “Estamos muy dispuestos a perdonarlo, a decir que fue una pavada de este o de aquel. Si siempre te parece una pavada, hacia afuera mostrás que no te importa”. También cuestionó la comparación de racismos como defensa: “Pensar que porque el que me acusa es más racista que yo, yo no lo soy, es una discusión de nenes”.

Lo que más la sorprendió en esos días fue el conocimiento selectivo: “De repente eran todos expertos en el reparto de África. Buenísimo que se sepa, pero sepamos también que acá hicimos lo mismo hace cien años, no hace mil”, planteó. “No tuvimos colonias en África, pero tuvimos la Campaña del Desierto, que no fue una batalla: fue un proceso sistemático de avance sobre tierra indígena, de desarticulación de sociedades y familias, de reparto de niños para trabajar en casas de Tucumán, de Buenos Aires, de Santa Fe. Es un colonialismo funcionando acá adentro, sobre el que construimos nuestro propio Estado nacional”. En la misma línea leyó la Constitución, que suele citarse como prueba de apertura: su objetivo explícito, recordó, era promover la inmigración europea, porque redactores como Juan Bautista Alberdi consideraban que los trabajadores que el proyecto necesitaba no saldrían de la población local: “Lo decían abiertamente. Tenemos una historia de exclusiones y de miradas racistas muy grandes que naturalizamos y reactivamos”, afirmó.

Días antes de la entrevista, Candioti había visto Nuestra tierra, el documental de Lucrecia Martel sobre el asesinato del comunero chuschagasta Javier Chocobar, que incluye grabaciones del juicio realizado en 2018: “El racismo que carga esa jueza cuando le habla con condescendencia al muchacho que declara en nombre de su comunidad lo tenés ahí, en la grabación de un juicio existente hoy”, describió. “No era el indio permitido: era el indio que se rebela o que resiste”.

El cierre que propuso fue un giro sobre el enojo: “Obviamente genera rechazo que te acuse de racista alguien que viene de un país con regímenes formales de discriminación racial, donde antes del movimiento de derechos civiles ni siquiera estaba garantizado el voto”, concedió. “Pero pasado ese enojo inicial, está bueno mirar para adentro y preguntarse sobre qué supuestos y jerarquías se construyó nuestro propio país, qué silencios mantuvimos y mantenemos”. Hasta le encontró un costado aprovechable a la avalancha de posteos que, para demostrar que la Argentina no es racista, exhibieron afroargentinos célebres: “Aunque sea por curiosidad, sirve para pensar que somos un poquito más complejos”. Y dejó una síntesis posible del episodio: “No está bueno que quienes no entienden nada de nuestra historia vengan a agregarnos un problema más a todos los que ya tenemos, pero podemos sacar algo bueno de algo que fue feo: tomar la oportunidad para pensarnos a nosotros mismos”.