Se presentó «Bahía Gris: voces a 50 años del golpe», una antología de relatos sobre vivencias bajo el horror de la dictadura, ocurridas en Bahía Blanca. Desde una carta escrita en 1981 a un abrazo que se demoró cuatro décadas.
La sala de Hasta Trilce, en el barrio porteño de Almagro, estaba llena. Decenas de personas se reunieron para la presentación de Bahía Gris: voces a 50 años del golpe, un libro editado por Elijo Leer y Hemisferio Derecho Ediciones. Durante el encuentro expusieron algunos de los autores de los textos que componen esta antología de vivencias transcurridas durante la última dictadura militar en la ciudad de Bahía Blanca. Diego Martínez, Belén Zapata, Fortunato Mallimaci, Guillermo David y Federico Randazzo fueron algunos de los protagonistas de la conversación..
El volumen reúne crónicas, testimonios, investigaciones y poesía, con textos de Alicia Partnoy, Adriana Metz, Diego Kenis, Guillermo David, Mauro Llaneza, Mallimaci, Ana Zapata, Randazzo, Ale Santucho, Anahí Junquera, Dante Patrignani y Alberto Manuel Rodríguez, acompañados por fotografías de Gustavo Pirola, Luis Ángel Salomón y Omar Morán.
El encuentro puso en diálogo el periodismo, la investigación histórica, la poesía y el testimonio. Zapata definió Bahía Gris como una obra “polifónica”, atravesada por múltiples voces y registros, y destacó la importancia de que estos relatos trasciendan los espacios académicos para llegar a sindicatos, bibliotecas populares y escuelas, especialmente a quienes no vivieron la dictadura.
En esa construcción confluyen distintas dimensiones de la experiencia bahiense durante aquellos años: la organización política y sindical, los conflictos laborales, la resistencia cultural y los mecanismos de persecución y construcción del “enemigo” que precedieron al golpe. También aparecen sus consecuencias posteriores, los procesos judiciales y las disputas en torno a la memoria y la justicia.
Esa diversidad encontró una expresión concreta durante el intercambio con el público. Entre las intervenciones estuvo la de Daniel Randazzo, quien se presentó como bahiense y compartió una experiencia familiar ocurrida en 1976. Contó que, mientras él y su pareja se encontraban en una peña, un grupo de tareas intentó secuestrarlos y, al no encontrarlos, los represores se llevaron a su padre, a su madre y a su hermana.
Randazzo relató también que, tiempo después, recibió la citación para presentarse en un destacamento de inteligencia. Allí acudió durante dos días consecutivos y prestó declaración ante un integrante del Ejército. Antes de dejarlo en libertad, le advirtieron que, si alguna vez era consultado sobre esa instancia, debía afirmar que había permanecido encapuchado, que desconocía el lugar donde había estado y que había sido retenido durante una semana. Años más tarde, volvió a encontrarse con aquel hombre durante un juicio por crímenes de lesa humanidad. Su testimonio en la sala permitió recuperar, desde la escala personal y familiar, otra dimensión de la trama represiva que atravesó a Bahía Blanca.
A su turno, Gema Fioriti tomó la palabra para reivindicar la identidad de su ciudad natal. “Les quiero agradecer la mirada sobre lo que es Bahía Blanca. Yo me crié ahí y me da mucha bronca cuando dicen que es una ciudad de mierda y fascista porque no conocen realmente. Somos muchos los que pensamos de otro modo, así que les agradezco mucho”, expresó emocionada. El gesto cobra aún más espesor al considerar que su hermano continúa desaparecido, una muestra viva de que la resistencia y el afecto por el territorio coexisten con la herida del terrorismo de Estado.
Instantes después habló Liliana Griskan, también detenida en Bahía Blanca, quien tomó la palabra conmovida por la intervención de Gema y por las palabras de Fortunato Mallimaci sobre la militancia estudiantil de los 70. Griskan recordó su juventud cursando Letras junto a Alicia Partnoy y rememoró la jornada en que fueron a la universidad a exigir la apertura de la carrera. Mirando a Mallimaci, rescató la firmeza con la que se plantaron ante las autoridades: “Subimos las escaleras con toda la altura y le dijiste a los decanos que abrieran las puertas. Yo me hice peronista ese día y quiero agradecer”, expresó, cerrando su testimonio con un reconocimiento directo al coraje de esa generación.
Así, la diversidad de voces que atraviesa Bahía Gris también se hizo presente en la sala: quienes asistieron no solo escucharon los relatos reunidos en sus páginas, sino que incorporaron sus propias experiencias y recuerdos al intercambio.
En diciembre de 1981, desde su exilio en Washington, Partnoy le escribió al abuelo de la familia. Habían pasado casi cinco años desde el secuestro de Graciela Romero y Raúl Eugenio Metz, y más de cuatro desde el nacimiento del bebé en cautiverio. Tras haber compartido con la pareja aquellos días de reclusión en La Escuelita, Alicia logró reconstruir parte de lo sucedido y dejarlo por escrito.
Para que esa información no permaneciera únicamente en su memoria, preparó un escrito destinado a la familia, que Isabel “Chicha’ Mariani – una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo– llevaría personalmente. Allí dejó asentado lo que había podido conocer sobre el nacimiento del niño y se puso nuevamente a disposición para aportar información que pudiera contribuir a su búsqueda.
Fechada el 4 de diciembre de 1981, la misiva reconstruye el parto ocurrido el 17 de abril de 1977, en una casilla rodante instalada en el patio del centro clandestino de detención. Partnoy recuerda el agua que los guardias mandaron a calentar, la fuente plástica que le pidieron lavar y su propia insistencia para acompañar a Graciela durante el nacimiento. No se lo permitieron. Según su relato, el parto fue atendido por los propios guardias.
Después del nacimiento, Graciela permaneció junto al bebé hasta que fue retirada del lugar, entre el 22 y el 23 de abril. Cuando Alicia preguntó por el niño, los guardias le dijeron que uno de los interrogadores se lo había llevado.
La búsqueda continuó durante décadas. En marzo de 1982, el abuelo Metz respondió a Partnoy y relató las gestiones realizadas desde el secuestro: las recorridas por comisarías, cuarteles y juzgados, la presentación de hábeas corpus y las cartas dirigidas a obispos, dirigentes políticos, diarios, revistas y distintas instituciones. También habló de Adriana, la hija de Graciela, que tenía seis años y esperaba conocer al hermano nacido durante el cautiverio de su madre.
Más de cuatro décadas
Para Partnoy, aquellas palabras jamás quedaron relegadas al pasado. Ya en 1978 había intentado denunciar los crímenes ante la Cruz Roja Internacional y luego continuó reuniendo información junto a otras militantes, entre ellas Zulma Izurieta, posteriormente asesinada. Esas evidencias y su posterior declaración en los procesos judiciales fueron fundamentales para sostener la búsqueda.
La carta de 1981 y la conmovedora respuesta del abuelo volvieron a circular públicamente más de cuatro décadas después, cuando se conoció la noticia de una identidad recuperada. El 7 de julio de 2025, Adriana pudo abrazar por primera vez a su hermano, nacido en cautiverio casi medio siglo antes. Era el nieto 140 restituido por Abuelas de Plaza de Mayo y, para Partnoy, el “ahijado del alma” cuya historia había acompañado desde el primer día.
Al recordar aquel encuentro, Alicia escribió: “Sí, querido señor Metz, gracias a su trabajo visionario junto a su compañera, el sol salió finalmente para Adriana y su hermano”.
“Ese testimonio fue escrito desde la desesperación y el conocimiento del poder de nuestras voces”, explicó.
Años después, al reflexionar sobre el sentido de continuar preguntando, Partnoy volvió la mirada hacia las nuevas generaciones y hacia quienes mantienen vivo el trabajo de reconstrucción de aquellas experiencias.
“Estás vos con tu juventud y tus preguntas”, dijo. “Está el libro Bahía Gris, en donde vive ahora mi voz junto a la de tantas y tantos bahienses con conciencia y memoria y vuelvo a ver que el Nunca Más es posible”.
La “nueva”
En esa tarea de reconstrucción también se inscribe la investigación del periodista Diego Martínez, que aborda otra dimensión de la trama represiva de Bahía Blanca: la persecución de la organización sindical y el papel de La Nueva Provincia en ese proceso.
En El pozo, la pala y el olvido, Martínez reconstruye las historias de Enrique Heinrich y Miguel Ángel Loyola, dos trabajadores gráficos y delegados sindicales del diario que fueron perseguidos y asesinados en 1976.
Antes de ser víctimas de la represión, Heinrich y Loyola eran trabajadores organizados. Tenían familias, vivían de sus salarios y desarrollaban su actividad gremial fuera del horario laboral. Participaban de asambleas en las que discutían y votaban a mano alzada, mientras sostenían reclamos por sus condiciones de trabajo.
En 1975, el conflicto laboral dentro de La Nueva Provincia se profundizó. Los trabajadores reclamaban el cumplimiento del convenio colectivo, mejoras salariales y condiciones laborales. Hubo paros, quites de colaboración y trabajo a reglamento. La empresa respondió con suspensiones, descuentos y otras medidas de presión.
En una de aquellas asambleas, mientras algunos trabajadores planteaban esperar una intervención externa, Heinrich tomó la palabra: “Ya se terminó el tiempo de los esclavos”.
El conflicto se intensificó durante los meses siguientes. En octubre de 1975, por primera y única vez en su historia, los seis sindicatos que agrupaban a los trabajadores de La Nueva Provincia, LU2 y Canal 9 resolvieron realizar un paro por tiempo indeterminado. La medida contó con el acompañamiento de la CGT local.
Mientras el conflicto se profundizaba, también cambiaba la manera en que los trabajadores organizados eran presentados por el diario y registrados por los organismos de inteligencia.
Un informe de Prefectura elaborado en diciembre de 1975 tituló el conflicto “Diario La Nueva Provincia S.R.L. (Guerrilla Sindical)”. El documento identificaba a 17 empleados que debían ser “raleados de un medio de difusión fundamental” y ubicaba a Heinrich y Loyola al frente de la lista. También consignaba sus domicilios particulares.
El señalamiento de los trabajadores organizados, por lo tanto, precedió al golpe de Estado.
El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas tomaron el poder. Ese mismo día, La Nueva Provincia publicó un editorial en el que reivindicaba una “violencia ordenadora” como respuesta a la violencia. En Bahía Blanca comenzaron las detenciones de dirigentes políticos y gremiales.
Días después, Heinrich y Loyola fueron citados, junto con otro delegado, al Cuerpo V de Ejército. Allí recibieron una advertencia: “Muchachos, la mano viene brava, déjense de romper las pelotas”.
Tres meses más tarde, el 30 de junio, un grupo de tareas llegó a la casa de Miguel Ángel Loyola. Redujo y ató a familiares y a otras personas que se encontraban en la vivienda. Loyola llegó cerca de las once de la noche y fue incorporado al grupo de secuestrados. Los hombres permanecieron allí durante horas, a la espera de Heinrich, que todavía trabajaba en la imprenta.
En la madrugada fueron a buscarlo. Heinrich dormía junto a su esposa y sus cinco hijos en una casa pequeña, todavía en construcción. Los hombres armados entraron, lo obligaron a vestirse y se lo llevaron. Antes de salir, pidió que le dejaran dinero a su esposa y que cuidara a los chicos.
Durante los días siguientes, sus familias los buscaron. Las denuncias llegaron a la policía, pero no derivaron en una investigación efectiva. La noticia circuló entre los trabajadores de La Nueva Provincia, pero no fue publicada por el diario.
Cuatro días después, Heinrich y Loyola fueron encontrados muertos en la Cueva de los Leones. Estaban atados y presentaban heridas de bala.
Martínez reconstruye el recorrido que condujo hasta ese desenlace: la organización sindical, los conflictos laborales, el señalamiento de los trabajadores como una amenaza, los informes de inteligencia y las listas que precedieron a los secuestros y asesinatos.
La pata civil
Durante el intercambio, el periodista contó que tardó más de veinte años en conocer estos crímenes. Había vivido en Bahía Blanca hasta 1994 y también había trabajado en La Nueva Provincia. Según explicó, el hecho de que esa historia prácticamente no formara parte de la memoria pública de la ciudad fue una de las razones que lo llevaron a investigarla.
Su trabajo reconstruye, además, la participación de sectores empresariales y mediáticos en la persecución de los trabajadores y en el posterior silenciamiento de los crímenes. La causa judicial permanece abierta: hubo condenas contra integrantes de las fuerzas represivas, pero la responsabilidad de la cúpula empresarial de La Nueva Provincia continúa sin una sentencia penal.
Durante el encuentro, Federico Randazzo señaló otra dimensión de este proceso: la posibilidad de pensar a Bahía Blanca no solo desde su tradición represiva, sino también desde las luchas que permitieron avanzar contra la impunidad. Recordó que, cuando comenzaron esos reclamos, imaginar condenas para los responsables parecía una utopía.
Esa tensión entre lo que fue silenciado y aquello que logró volver a decirse también atravesó el intercambio con el público. Las intervenciones sumaron recuerdos, vínculos y preguntas que no estaban previstas en el programa, pero que encontraron un lugar en la conversación.
Así, Bahía Gris no se limita a reunir materiales sobre el pasado: los pone nuevamente en circulación y los acerca a quienes no estuvieron allí para vivirlos.
La carta que Alicia escribió en 1981 volvió a cobrar sentido cuando el nieto 140 recuperó su identidad. Los nombres de Heinrich y Loyola regresaron a la memoria pública después de décadas de silencio. Y los documentos de inteligencia que alguna vez fueron utilizados para señalar a trabajadores hoy permiten reconstruir los mecanismos de persecución que atravesaron aquella ciudad.
Cincuenta años después, volver sobre esas historias no significa permanecer en el pasado. Significa preguntarse qué queda de ellas cuando vuelven a ser leídas, escuchadas y nombradas.
En aquella sala de Almagro, el pasado dejó de ser únicamente aquello que estaba escrito en las páginas del libro. Apareció en los testimonios, en los recuerdos y en las preguntas de quienes estaban allí. Una voz llamó a otra. Después, a otra más. Así, relatos separados por décadas volvieron a encontrarse frente a nuevos lectores. Allí reside una de las formas más profundas de hacer memoria: lograr que aquello que alguna vez intentaron callar siga encontrando quién lo escuche.