Por Catalina Agüero
Fotografía: Gentileza Nata Calpurnia

Abogada de día, comediante de noche, Nata Calpurnia hace humor sobre los estereotipos y el trato hacia los migrantes bolivianos. Desde La Paz, donde vive, reflexiona sobre su propia historia y sobre las imputaciones a la Argentina que se dispararon con el Mundial de Fútbol. Las diferencias con las vivencias de su madre, que llegó al país hace tres décadas.

En medio de las acusaciones de racismo contra Argentina que circularon a nivel internacional tras el Mundial, la comediante boliviana Nata Calpurnia se suma a la discusión desde el humor y su propia experiencia en el país. A partir de su historia y la de su madre, propone ir más allá de las definiciones generales y observar cómo la nacionalidad, la clase social y el color de piel atraviesan de distintas maneras la experiencia migrante.

“Hay muchas miradas, pero yo conocí dos: la mía y la de mi madre”, dice Nata Calpurnia cuando intenta explicar cómo fue su vínculo con Argentina. La comediante boliviana llegó al país en condiciones muy diferentes a las que había atravesado su madre tres décadas antes. “Yo fui en calidad de turista: iba a ver teatros, a subirme a escenarios, desayunaba una IPA con pizza, el fernet era mi religión. Viví la joda argentina, que por cierto es increíble. Una amiga me dio hospedaje, me pagaron el subte cuando mi tarjeta no funcionaba y conocí grandes amigos”.

Su madre llegó hace 30 años para trabajar como costurera. “No tuvo la misma suerte. En la frontera le cambiaron la ropa, le pusieron lentes de sol, la hicieron bañarse para poder pasar. Le decían ‘bolita’, la explotaban laboralmente y muchas veces la miraban con desprecio”.

Las dos historias conviven en el relato de Nata Calpurnia y dificultan cualquier respuesta sencilla sobre cómo reciben los argentinos a quienes llegan de otros países. Para ella, la condición de extranjera no alcanza por sí sola para explicar esas diferencias. “No sé cuánto habrá cambiado en estos 30 años, pero la situación migratoria, la clase social y el color de piel siguen determinando, muchas veces, cómo te trata la gente”.

Hay situaciones que, sin embargo, se repitieron. “A las dos nos gritaron alguna vez: ‘Bolita, ¿cuánto por dos horas?’. Mi mamá siguió de largo. Yo le respondí: ‘Si vos durás dos horas, yo te pago’”. Esa respuesta también muestra el lugar que el humor ocupa en la forma en que Calpurnia construye su identidad. El escenario no fue para ella un espacio donde disimular aquello que podía señalarla como extranjera, sino todo lo contrario.

“El stand up y el escenario hicieron que reafirmara quién soy: boliviana, indígena y morena. Nunca intenté esconderlo; al contrario, jugué con eso arriba del escenario”. Desde ahí convirtió en material los discursos sobre la comunidad boliviana, las referencias a su nacionalidad y los estereotipos que suelen aparecer alrededor de la migración.

“Hablé de la política argentina, de cómo me hacía sentir escuchar ciertos discursos sobre los bolivianos y también de que muchos bolivianos están ganando dinero simplemente gracias a su trabajo. Sentía que eso había que decirlo”.

El mecanismo muchas veces consiste en tomar un prejuicio conocido y cambiar la dirección del chiste. “Desde el humor decía que estaba a punto de abrir mi verdulería, contratar a un argentino, pagarle en negro y sin aguinaldo”.

Para Nata Calpurnia, importa quién hace el chiste y desde qué lugar. “La superioridad y el privilegio son muy difíciles de esconder arriba de un escenario. El público percibe quién sos de verdad. Cuando hacés un chiste desde un lugar de desprecio, eso también se nota. Y cuando sos consciente de tu posición y jugás con ella, también”.

Por eso no ubica el límite del humor en los temas que se tocan. “El humor negro siempre es complicado. Personalmente, no creo que existan temas prohibidos; el límite está en el comediante y en su capacidad para hacer reír con ese material”.

También interviene el público. “Cuando tocás un tema sensible, dependés del público. Hay espectadores acostumbrados al humor negro que disfrutan más de la construcción del chiste que de hacer un análisis moral de cada palabra. Para mí, el límite no está en el tema, sino en si el chiste funciona o no”.

Calpurnia incluso juega con esa discusión en sus propios términos: “El público argentino recibe muy bien el humor negro y a los negros también”. La recepción de un chiste, de todos modos, tampoco tiene para ella una interpretación única. Frente a un mismo material pueden convivir distintas razones para reírse.

“El público se ríe por muchas razones. Algunos porque se sienten identificados conmigo, otros porque hablo de ellos. Y sí, también se ríen del prejuicio”. Los estereotipos no aparecen entonces solamente como algo que el humor denuncia, sino también como parte de las herramientas con las que trabaja. “El humor está lleno de estereotipos, prejuicios y clichés”.

Calpurnia tampoco cree que sea posible controlar completamente qué interpretación hace cada espectador. “No creo que haya una forma de saber exactamente por qué se ríe cada persona. Lo importante para mí es que el chiste funcione y que la risa ocurra”.

Lo que sí cambia, para ella, es la posición desde la que se construye esa risa. “Que yo sea boliviana y me ría de los argentinos, cuando casi siempre es al revés, da otro toque al chiste. Una cierta revancha, por así decirlo”.

Su aparición pública quedó rápidamente incorporada a una discusión más amplia sobre racismo y discriminación en Argentina. Sin embargo, es justamente allí donde Calpurnia encuentra un problema: cuando el debate busca determinar si una sociedad entera merece o no esa definición, otras experiencias quedan fuera del cuadro.

“Muchas veces el debate se queda en si un país es o no racista y se olvida de mirar dónde ocurren realmente esas experiencias”. Para ella, la atención puesta sobre su figura también deja al descubierto qué voces siguen sin aparecer. “Hasta ahora, en todas las entrevistas que di, no vi a ningún presentador o presentadora de rasgos indígenas o morenos”.

La propia historia familiar que cuenta permite entender esa crítica. Entre la Argentina que recibió a Calpurnia como turista, amiga y comediante y la que décadas atrás recibió a su madre como trabajadora migrante hay una distancia que no puede resolverse con una respuesta única.

Calpurnia, de todos modos, reconoce un efecto positivo en la exposición que recibió. “Agradezco muchísimo toda esta visibilidad. Me sirvió para que mucha gente descubriera que en Bolivia también hacemos comedia, conociera mi trabajo y, además, para que los temas de discriminación y racismo volvieran a discutirse”. Y ese es el punto que más le interesa conservar de toda la polémica: “Siempre es bueno que nos obligue a repensarlos”.