Un número creciente de adultos mayores se ve obligado a trabajar como chofer de aplicaciones para cubrir gastos básicos como vivienda, salud y alimentación. ANCCOM salió a la calle paras conocer sus historias, entre ellas la de un entrañable mecánico naval retirado devenido en escritor que ofrece su novela a los pasajeros.
A las 5, Alejandro Lucas Wolaniuk (81) ya está sentado frente al volante. Enciende el motor, espera que el auto tome temperatura y se prepara para comenzar otra jornada como conductor de una aplicación de viajes. Durante las primeras dos horas, las calles de la Ciudad de Buenos Aires son casi exclusivamente suyas… suyas y de todos los demás jubilados que como él eligen ese horario para trabajar más tranquilos.
“De 5 a 7 tengo las calles para mí. Hay trabajos seguros porque la gente que viaja a esa hora va a laburar”, cuenta. Cuando el tránsito empieza a espesarse, ya completó una parte importante de la recaudación que se propuso para ese día. Maneja entre cinco y seis horas, generalmente cinco veces por semana, aunque puede sumar una salida si todavía no alcanzó su objetivo de recaudación semanal.
No es el único adulto mayor que sale a trabajar casi de madrugada. Ricardo Guillermo (66), un maquinista jubilado, también enciende dos aplicaciones de viajes para complementar su ingreso previsional apenas superior a la mínima. Comenzó a manejar hace dos años, cuando los gastos de los medicamentos dejaron de estar totalmente cubiertos por el PAMI. “Con la jubilación pagaba las deudas y con esto comía, reparaba el auto y cubría todo lo demás”, explica.
Al principio, le alcanzaba con manejar cuatro o cinco horas, pero la caída de la rentabilidad de los viajes y el aumento de los costos extendieron sus jornadas hasta seis, siete u ocho. A diferencia de Wolaniuk, que puede desconectarse cuando alcanza su objetivo semanal, Guillermo trabaja hasta reunir el dinero necesario para los gastos cotidianos. “Cuando hago la diaria para comer, salgo de la aplicación”, resume.
“Yo imaginaba un final seguro. Pensaba que iba a tener un salario acorde para vivir, porque para eso me descontaban del sueldo y mandaban mis aportes a la caja. El mensaje para los trabajadores era que uno iba a jubilarse con el 82% móvil. Entonces no tenía temor. Al contrario, esperaba la jubilación”, rememora Wolaniuk, quien empezó a trabajar mucho antes de ingresar formalmente al mercado laboral. Desde los 10 años, ayudaba a su madre en un puesto de diarios.
“Mi infancia y mi adolescencia pasaron por el puesto de diarios”, afirma. Allí también inició una relación con la lectura que lo ha acompañado toda la vida. “Mientras esperaba a los clientes, leía los diarios y devoraba las revistas. Y en la escuela, cuando me hacían pasar al frente para leer el pasaje de algún libro, lo hacía con tanta precisión, por la mecánica que había ganado en el puesto, que para eso era el campeón. Después sería un burro para las demás cosas, pero para leer era el campeón”, bromea.
Llegó hasta segundo año de la escuela secundaria. Desde joven tenía otra vocación: “Yo quería navegar”, dice. Por eso, a los 18 años, ingresó a la Marina Mercante. Sus primeros ocho años transcurrieron en un buque petrolero que navegaba hasta el Golfo San Jorge, en la Patagonia, para transportar petróleo hacia Campana. “La navegación era el espacio físico donde yo quería vivir. Podría haber pensado en el campo o en las montañas, pero pensé en el agua. Me sentía bien, me sentía feliz. A medida que aprendía la profesión, empezaba a sentirme un hombre útil. Había agarrado un camino desconocido”, asevera.
En los barcos encontró una vocación, pero también conoció la distancia. Podía pasar largos períodos lejos de su casa. Cuanto más avanzaba en su carrera, más elegía los buques en los que quería embarcarse, aunque nunca desapareció el deseo de volver. “Siempre tenía una pata en tierra. Extrañaba mucho a mis hijos y a mi esposa. Siempre estaba anhelando dejar de navegar.” A la trayectoria marítima le sumó la militancia sindical y política. Repartió volantes en el puerto, redactó documentos y participó en diversas agrupaciones.
Los trabajadores de su sector habían logrado, mediante la organización, la posibilidad de jubilarse a los 58 años. Cuando Wolaniuk alcanzó esa edad, en 2003, algunos compañeros le recomendaron que continuara hasta los 65 para mejorar sus ingresos. Pero él decidió retirarse. “No quería traicionar esa lucha. Yo había militado por jubilarnos a los 58. Me parecía una traición no hacerlo cuando me llegara el momento”, remarca.
La decisión que debía inaugurar un período de descanso abrió, en cambio, uno de incertidumbre. Durante años había pensado que, una vez jubilado, podría permanecer cerca de sus hijos, pasear con su esposa y sostenerse con el ingreso previsional. La realidad fue distinta. “Ahí empezó otra etapa. La pobreza real y la falta de una buena jubilación me espantaron”, expresa. El problema no fue solamente el monto que comenzó a cobrar. Sin una vivienda propia, el hogar que había imaginado para la vejez no estaba: “Cuando me di cuenta de que estaba desamparado, de que no tenía casa, podría haber vuelto al agua. Pero no estaba preparado para algunas cosas. La plata no me alcanzaba y tuve que seguir trabajando”.
Durante los primeros años posteriores a la jubilación, manejó un taxi alquilado. El propietario se quedaba con el 45% de la recaudación. “Para redondear una buena recaudación diaria tenía que trabajar 12 o 13 horas –recuerda–. Eso ya era lo peor que te podía pasar”.
Además de pagar por el vehículo, debía respetar las condiciones fijadas por el dueño: retirarlo y devolverlo en determinados horarios, cuidar la unidad y garantizar el monto del alquiler. Más adelante pudo contratarlo durante las 24 horas y llevarlo a su casa. Tenerlo estacionado en la puerta le daba autonomía, pero no significaba trabajar menos. “Me apuraba más. No era que lo hacía para descansar. Tenerlo en casa hacía que saliera a las cinco de la mañana”.
El contraste con su vida anterior era marcado y la urgencia económica postergaba cualquier proyecto. “Tenía vocación de hacer otra cosa, pero no pude. A mí me corría por las venas sentarme a escribir”, confiesa. El cambio llegó cuatro años después de la jubilación, cuando ganó una demanda contra una empresa naviera por una enfermedad hepática que no había sido detectada al momento de su ingreso. Con el resarcimiento, compró un Chevrolet nuevo. “Fue como un salvavidas en medio del océano. Nunca más dependí de nadie. Tuve mi propio coche y lo fui cambiando”, resume.
Cuando aparecieron las plataformas de viajes, dejó el taxi y comenzó a trabajar mediante aplicaciones. Primero probó Uber y luego Cabify. La principal razón fue la forma de pago. Hoy Wolaniuk trabaja únicamente con viajes abonados con tarjeta. No quiere manejar efectivo, llevar cambio ni circular con dinero en la billetera. “Cargo combustible con tarjeta, pago los peajes con tarjeta y cobro con tarjeta. No muevo dinero. Los miércoles aparece en mi cuenta la plata de la semana y nunca fallaron”, explica. Sabe que habilitar los viajes en efectivo aumentaría la demanda, pero prefiere ganar menos y reducir otros riesgos. Durante sus años como taxista estuvo expuesto a robos y a pasajeros que intentaban pagar recorridos cortos con billetes de alta denominación, sin avisarle previamente.
Conducir un auto propio tampoco elimina los costos y un choque puede dejarlo durante meses sin su principal herramienta laboral. En una oportunidad, comenta, un camión dañó el frente del vehículo y permaneció cerca de dos meses y medio sin poder usarlo. También vivió un episodio de presión alta mientras trabajaba. Una ambulancia lo trasladó al Hospital Rivadavia y el automóvil quedó detenido en la calle hasta que su familia pudo recuperarlo. “Siempre hay un riesgo. Hay demasiado tráfico y demasiada gente. Uno está corriendo para llevar al pasajero a tiempo o para ir a buscarlo rápido”, admite.
Por ello, a sus 81 años, organizó una rutina destinada a reducir la exposición. Sale cuando todavía está oscuro, trabaja principalmente dentro de la Ciudad de Buenos Aires y evita ingresar en determinadas zonas. Su jornada habitual comienza a las 5 y termina entre las 10 y las 11. Si un pasajero lo lleva hasta Escobar o Campana, el regreso extiende el horario. Sin embargo, estableció un límite. “Mi política son cinco o seis horas. Podría trabajar más, pero ya no quiero”.
Aunque la suma de ambos ingresos le permite llegar a fin de mes, el alquiler de la vivienda consume una parte determinante de sus recursos. Por eso mide la recaudación semana por semana. Si descansó un día o no alcanzó el objetivo previsto, vuelve a conectar la aplicación el viernes por la noche. “Voy mirando cuánto me falta. Salgo un rato, junto la diferencia y vuelvo. Cuando alcanzo el dinero que quería hacer en la semana, chau”.
Pero la posibilidad de establecer un límite laboral no alcanza a todos los jubilados que trabajan mediante aplicaciones. Marta (69), otra de las entrevistadas para esta nota, maneja para una plataforma entre 9 y 10 horas por día porque su jubilación no cubre el alquiler, los servicios y los medicamentos. Su objetivo es recaudar cerca de 100.000 pesos por jornada y superar los 550.000 semanales, aunque de ese monto debe descontar combustible, seguro, mantenimiento y la comisión de la aplicación. Antes de comenzar a producir un ingreso disponible, calcula que necesita cubrir alrededor de 250.000 pesos semanales entre los gastos del vehículo y las obligaciones de su hogar. “No manejo para mantenerme activa, manejo porque con la jubilación sola no llego”, sintetiza Marta.
La aparición de las aplicaciones no solo modificó la relación de Wolaniuk con el auto. También lo obligó a aprender una nueva forma de organizar el trabajo. Para recibir viajes, cobrar, seguir recorridos y comunicarse con los pasajeros debía incorporar tecnologías que no habían existido durante la mayor parte de su vida laboral. Su primer contacto con una computadora ocurrió a bordo de un barco. “La computadora fue una revolución en mi vida”. Con el teléfono atravesó otro aprendizaje. Necesita observar permanentemente la pantalla para aceptar viajes y seguir el itinerario, pero evita colocarlo en un soporte visible. Una vez, mientras conversaba con una pasajera, una persona introdujo la mano por la ventanilla y se lo arrebató. Desde entonces, lo mantiene más protegido, aunque esa decisión le exige combinar el manejo, la aplicación y los cambios del vehículo con movimientos adicionales. Pese a las dificultades, no rechaza las transformaciones. “Me encantan. Ojalá fuera más joven hoy”, sostiene.
Cuando termina la jornada, vuelve a su departamento, piensa qué va a comer y duerme una siesta. Al levantarse, revisa los mensajes que le enviaron los lectores de su primera novela, Salvoconducto, que publicó en 2025, y se sienta frente a la computadora. Algunas tardes acompaña a su perra; otras, mira fútbol. A las 21 se prepara para dormir porque el despertador volverá a sonar antes de las 4. La escritura ocupa los espacios que le deja el trabajo. Mientras maneja aparecen personajes, escenas o capítulos. “Vas conduciendo y te salta una idea. Me pasó de escribir un capítulo a partir de algo que había pensado en el coche”. Las ideas, dice, no se le olvidan, las conserva durante el viaje y las vuelca cuando regresa a su casa.
Salvoconducto sigue la vida de un trabajador vinculado con el comercio exterior que atraviesa distintos momentos profesionales hasta llegar a Chile durante el golpe de Estado contra Salvador Allende. En el momento de mayor peligro, el protagonista consigue subir a un barco argentino y evitar que los militares lo detengan. Aunque la trama no reproduce de manera directa su experiencia como marino mercante, su vida aparece como material de fondo. “Casi siempre, en algún momento del libro, articulo las historias con las actividades que desarrollé tantos años. Muchos escritores hacen eso: cuentan novelas a partir de lo que vivieron y trasladan esas experiencias a un personaje”.
Publicar, para Wolaniuk, no fue un impulso repentino. La novela prolongó el recorrido que había empezado en el puesto de diarios, continuado con las lecturas escolares y desarrollado mediante los escritos políticos. “Era un camino que me estaba marcando la vida para terminar en la escritura, contando mis experiencias a través de un personaje”. Presentó su libro en la Feria del Libro del año pasado. Vendió algunos, pero el principal valor de la experiencia estuvo en conversar con los visitantes y ver exhibida su obra.
“La Feria es una vidriera. La gente se acercaba y conversaba. Después tuve que resolver cómo continuar. Publicar había sido difícil y costoso, lograr que el libro encontrara lectores presentaba otro desafío. La solución volvió a aparecer dentro del auto”. Lleva cuatro o cinco ejemplares en el baúl y otros dos en la guantera. En el interior del vehículo colocó un pequeño cartel con una síntesis de la novela. Cuando un pasajero demuestra interés, inicia la conversación. “Le pregunto: ‘Perdón, ¿le gusta leer?’. Siempre con simpatía. A veces la gente me dice que ya se dio cuenta de que escribo porque vio el cartelito”. La combinación produce sorpresa: el conductor de 81 años que pasó décadas en barcos también escribió una novela, la presentó en la Feria del Libro y ahora la ofrece durante sus recorridos por la ciudad.
“Me dicen: ‘Usted navegó, maneja, encima escribió y publicó, ¿y lo vende en el auto?’. Yo creo que eso no lo hizo nadie. Siempre fui medio sorpresivo para mis cosas. Busco las salidas y abro puertas a mi manera”. Cada ejemplar cuesta 30.000 pesos. Los pasajeros suelen pagar mediante transferencia, una modalidad que facilita la compra y coincide con su decisión de no manejar efectivo. En una semana llegó a vender tres de los cuatro libros que había cargado en el auto.
“Antes de entregarlos, les digo: ‘Que lo disfrute. En la segunda página está mi correo que es barloa2005@yahoo.com.ar. Cualquier cosa que me quiera decir, mándeme un mensaje’”. Wolaniuk está conforme con el camino que encontró para la novela. Le quedan pocos volúmenes de la primera tirada, y quiere publicar otra novela, pero eso requeriría una suma que por ahora no puede afrontar. Ante la pregunta de ANCCOM, qué haría si pudiera dejar de conducir, no duda: “Escribiría. Iría a todo tipo de eventos para escritores, pero necesito descansar. Si no tuviera esta actividad (conducir), viviría nada más de eso”.
En su historia no hay una reivindicación romántica del trabajo durante la vejez. Wolaniuk no presenta las jornadas frente al volante como una aventura ni como una receta para sentirse joven. Preferiría dedicar ese tiempo a escribir. Sin embargo, se resiste a que su vida sea narrada desde la frustración. Cada día, se sigue organizando para salir adelante, aprendiendo tecnologías, manteniendo el auto, conversando con pasajeros y buscando lectores. No logró el retiro que imaginaba, pero tampoco abandonó la vocación que descubrió entre diarios y revistas cuando era un chico.
Al revisar su recorrido, insiste en que las generaciones más jóvenes deben aprovechar el momento de formación, más allá de la universidad, habla de aprender un oficio, construir una profesión y evitar que las urgencias futuras encuentren a una persona sin herramientas. “Hay que prepararse muy bien de joven. Después uno va agregando información a medida que avanza la vida, pero la base tiene que estar. Hay que ser sacrificado, abnegado y perseverante con el sueño que uno tiene”, aconseja. Mientras tanto, cada madrugada, de lunes a viernes, vuelve a encender el motor para completar los ingresos que la jubilación no le garantiza. Cuando un pasajero abre la puerta, no sabe si sólo realizará otro viaje o si también encontrará un nuevo lector. Y así, a los 81 años, todavía lucha para seguir escribiendo su historia.