Por Violeta Bulacio Areco
Fotografía: Gentileza Pepe Mateos

El politólogo Francisco Longa habla de Historia del movimiento piquetero, un libro que abarca tres décadas de férreos reclamos callejeros, desde los cortes de ruta en 1996 por la desocupación en Neuquén hasta la estigmatización actual del mileísmo.

A 30 años de los primeros piquetes en Cutral Có y Plaza Huincul, provincia de Neuquén, la editorial Siglo XXI publica Historia del movimiento piquetero, un libro del politólogo Francisco Longa que reconstruye la historia de estas organizaciones sociales de desocupados desde su surgimiento, en los momentos previos al estallido social del 2001, hasta la actualidad en el gobierno de Javier Milei.

En diálogo con ANCCOM, su autor lo define como un “libro escrito por un académico pero que intenta llegar mucho más allá de la academia, busca ser leído por cualquiera que esté interesado en la política, en la acción colectiva y en las protestas”. Es por eso que el texto, estructurado alrededor de cinco capítulos, condensa de una forma llevadera la historia reciente de Argentina junto con la de este nuevo actor social, que logró perdurar en el tiempo modificando sus vínculos con el Estado, los diferentes gobiernos y el sistema político.

Tras las primeras protestas y cortes de ruta durante el invierno patagónico de 1996 que reclamaban por la falta de trabajo –debido al 26% de desocupación en las localidades neuquinas tras la privatización de YPF–, las organizaciones sociales se multiplicaron en todo el país y paulatinamente fueron ampliando sus iniciativas barriales con comedores, cooperativas, espacios de apoyo escolar y de género, entre muchos otros. En este sentido, Longa sostiene que “lograron politizar sus demandas e incorporar nuevos horizontes de disputa. De esta forma, organizaciones que en sus inicios eran bastantes limitadas, 30 años después presentan reclamos muy sofisticados como proyectos de ley elaborados con fundamentos técnicos, con análisis presupuestarios, con la pluma de arquitectos e ingenieros”.

Además, es preciso destacar que la legitimidad sobre estas organizaciones de desocupados fue variando en la opinión pública, pero su principal método de lucha logró instalarse con fuerza. “Hoy en día cualquier sector de la sociedad argentina que ve afectados sus intereses, y que por otros medios no consigue respuesta, sabe que tiene el piquete en el menú de opciones”, afirma el autor.

Longa es magíster en Investigación Social, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet, pero su interés por el movimiento de trabajadores desocupados comenzó cuando todavía era estudiante de ciencia política. En 2005 realizó su primera investigación y desde entonces nunca dejó de estudiar a estas organizaciones. “Eran épocas donde el movimiento estudiantil buscaba tender puentes y articularse con el movimiento piquetero en las universidades y en las calles”, recuerda. Desde entonces, también guarda una relación peculiar con este tipo de organizaciones territoriales, ya que decidió incorporarse a una y formó parte de ella por varios años.

Todo este recorrido –junto con un proceso de escritura y trabajo de campo de cuatro años que consistió en encuentros con dirigentes, militantes, visitas a locales y largas entrevistas con las y los académicos más importantes que habían estudiado al movimiento–, le permitió enfocarse en estas agrupaciones desde adentro, en las calles, en sus dinámicas barriales y hasta en sus experiencias en la cúspide del poder. Con objetividad en el análisis pero sin negar su cercanía con el sector.

Pensando en la coyuntura actual, “el que corta no cobra” fue la consigna predominante que el gobierno de Milei instaló en las pantallas de las estaciones de trenes y en la aplicación Mi Argentina en los días posteriores a su asunción, ya que las organizaciones del mundo piquetero fueron elegidas desde el principio como uno de sus principales enemigos. Tal como identifica Longa en el libro, esta maniobra junto con la represión habilitada por el denominado protocolo antipiquetes, la persecución judicial a dirigentes y el recorte y congelamiento de los fondos como el Potenciar Trabajo, estructuraron el nuevo tipo de vínculo del Estado con estos actores, marcando un quiebre abrupto en relación a las etapas anteriores.

“Estas organizaciones hicieron un aprendizaje muy grande de su paso por el Estado. A algunas le fue mal y a otras bien pero todas aprendieron a lidiar de otra manera con el poder político, con los burócratas estatales, con los funcionarios, aprendieron a establecer vínculos más profesionales y a gestionar los recursos”, dice Longa.

Durante el período kirchnerista y con el Frente de Todos algunas de estas agrupaciones y sus dirigentes pasaron a colaborar activamente con los gobiernos, a integrarlos como funcionarios y diputados en el Congreso Nacional. Incluso durante el macrismo, cuando debieron replegarse de algunos de estos espacios, lograron importantes avances con leyes fundamentales como la de Barrios Populares o Emergencia Social. Como sostiene el autor, “estas organizaciones hicieron un aprendizaje muy grande de su paso por el Estado. A algunas le fue mal y a otras bien pero todas aprendieron a lidiar de otra manera con el poder político, con los burócratas estatales, con los funcionarios, aprendieron a establecer vínculos más profesionales y a gestionar los recursos”.

Los desafíos a futuro

Uno de los argumentos centrales para explicar la excepcionalidad de este movimiento se apoya en la fuerte herencia sindical de Argentina. “El libro sostiene que estas organizaciones en algún momento buscaron emular la estrategia de poder del sindicalismo tradicional, y en eso pesó mucho la memoria histórica de la sociedad salarial y del peronismo, pero hoy tanto la forma sindical como la movimientista están en crisis”, afirma el politólogo.

Estas formas de organización colectiva entran en tensión con los nuevos discursos sobre el emprendedurismo y la creciente precarización laboral. Según los datos del INDEC del primer trimestre de 2026 las tasas de informalidad y subocupación vienen en aumento en la comparación interanual. El trabajo informal pasó de 42% a 44,2% en apenas un año, mientras que la subocupación creció de 10 a 11,1 puntos porcentuales.

Si bien el autor anticipa en el texto la importancia de prestar atención al poder que surge de la movilización callejera y la negociación en los espacios institucionales, también comenta que “hay algo más complejo y subterráneo, una especie de tendencia conservadora popular que busca salidas más individuales, más entroncadas en el discurso libertario que irían en contra de la tendencia más igualitaria de la sociedad argentina. Para pensar qué posibilidades de proyección en el tiempo tiene el movimiento de desocupados también hay que prestar atención a ese aspecto y a la naturalización de la precarización”.

Por último, Longa destaca que aún en este escenario actual de debilidad, gracias a sus tres décadas de trayectoria, los movimientos sociales son actores sociopolíticos relevantes que aprovechan todas las estrategias y los espacios disponibles. “Saben compulsar ante la justicia para presentar denuncias, como pasó con la retención de alimentos por parte de Capital Humano, saben presentarse ante los medios de comunicación y ocupar los espacios que aún le quedan en la institucionalidad como las bancas en el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales o las concejalías para transformarlos en tribuna de disputa contra el gobierno y en defensa de sus intereses”.