Por Milagros Robotti
Fotografía: Pamela Duran

En su cuarto año en cartel, el unipersonal “Todo lo que nombro desaparece”, escrito e interpretado por Hernán Lewkowicz, vuelve a escena para explorar cómo la memoria transforma los recuerdos, cómo el lenguaje oculta más de lo que revela y por qué el teatro todavía es un refugio para lo sensible.

«Que sea mentira no significa que no sea verdad». La frase funciona como declaración de principios de Todo lo que nombro desaparece. Con un relato que avanza entre recuerdos e invenciones, silencios y una intensa presencia sobre tablas, los cuadros se arman y desarman al mismo tiempo. En el centro del escenario, La Deseo, una transformista que reconstruye su propia historia, es alumbrada entre luces y sombras mientras bordea una verdad que sólo puede decirse con algo de maquillaje.

Con apenas una mesa, una silla, un vestido, unos zapatos y una lámpara, la puesta en escena construye un universo donde todo parece a punto de romperse: los recuerdos, el lenguaje y también la propia identidad.

El unipersonal regresó a escena en su cuarto año de funciones, esta vez en NüN Teatro Bar, luego de presentarse en distintas salas de Argentina, España y Chile. Escrita e interpretada por Hernán Lewkowicz, con codirección de Jési González Ajón, la obra es el resultado de un largo proceso creativo que comenzó mucho antes de su estreno.

«Este material es de larga gestación. Es un proyecto que tiene unos diez años desde sus ideas primigenias», cuenta Lewkowicz. El punto de partida surgió a partir de un ejercicio actoral con monólogos de Blanche DuBois, protagonista de Un tranvía llamado Deseo. «Me pregunté cómo sería encarnar un personaje femenino. Esa sensación física fue aglutinando imágenes, anécdotas, citas, frases e hipótesis de acción», recuerda. Con el tiempo, aquellas intuiciones terminaron por darle forma a La Deseo, un personaje que, según explica, «desea, sobre todo, no estar sola». Esa búsqueda también terminó construyendo un personaje que escapa a los rótulos y cuya resonancia dialoga con discusiones actuales.

Su estreno llegó en 2023, con el apoyo de una beca del Fondo Nacional de las Artes, que le permitió comenzar los primeros ensayos. «Me ponía una camarita, un teléfono, y lo filmaba porque tenía que rendir cuenta de esa beca. Eran videos que nunca vi, era como un ojo mecánico, testigo», recuerda. Más adelante convocó a Jési González para la codirección, con quien trabajó la traducción escénica del texto a partir del vestuario, la iluminación y el sonido.

Aunque el personaje continuó creciendo función tras función, el texto permaneció prácticamente intacto. «No le cambié un punto ni una coma. Lo que cambia es el encuentro con el público, cambian los contextos», explica. Con los años, agrega, la obra fue encontrando nuevas capas: «Fue ganando mucho en humor. Es una historia muy cruda y nos empezamos a dar cuenta de que las zonas más livianas le daban más volumen al material».

Aquellas imágenes iniciales también terminaron definiendo la forma en que La Deseo cuenta su historia. En la obra, el pasado nunca vuelve de manera lineal: los recuerdos aparecen fragmentados, se interrumpen, se corrigen y se embellecen constantemente. Una polilla puede terminar convertida en una mariposa; quienes se rieron de ella pueden ser, en el relato, admiradores. La memoria deja de ser un registro fiel para convertirse en una forma de invención.

Para Lewkowicz, ese procedimiento nace del propio funcionamiento del lenguaje. «Cuando creemos que estamos nombrando, en realidad estamos ocultando», sostiene. «Nunca sabemos exactamente si estamos diciendo lo que queremos decir. En una conversación puede haber un montón de ruidos y malentendidos». Esa idea también rompe la linealidad del relato: las historias que comienzan, terminan perdiéndose en otras. «Los recuerdos empiezan a deformarse y uno ya no sabe qué es realidad y qué es condimento, qué es ficción», explica el dramaturgo. Esa incertidumbre no aparece como una falla de la memoria sino como su modo de funcionamiento.

 

En el desarrollo de la obra, cada objeto parece contener una historia posible. Una tela puede convertirse en un vestido de seda; una noche cualquiera, en una escena de película. La obra construye así una suerte de melodrama mínimo, donde la imaginación del espectador completa la puesta en escena.

En ese juego entre lo que se muestra y lo que se esconde aparece una de las tensiones centrales de la obra: la necesidad de ser visto. La Deseo habla hacia un interlocutor oculto, un admirador ausente que promete escribir su biografía. «No quiere espectadores, quiere amantes», dice la descripción de la obra. Más que contar una historia, busca construir una intimidad compartida, una complicidad donde la ficción deja de ser una máscara para convertirse en otra forma de verdad.

Lewkowicz cuenta que ese vínculo también está atravesado por el propio desafío de actuar solo en escena. «Actuar es una forma de dejarse ver», plantea. En un unipersonal, esa exposición se vuelve absoluta: no hay otro actor que funcione como sostén, sino la relación con la platea. «Realmente creer en ese interlocutor ausente es como si fuéramos dos en la función: yo poniendo el cuerpo y él ahí callado», explica. Durante los ensayos, esa apuesta incluso llegó a sorprenderlo: «Bordea un poco la locura. Estoy encerrado en una sala de ensayo, subido a un zapato de taco bajo haciendo de señora y hablando solo».

Esa presencia escénica se construye a partir de una gestualidad precisa. La Deseo canta, baila, se detiene, juega con los tacos y con el gesto de quien conoce su propio artificio. Pero debajo de esa apariencia de diva aparece una vulnerabilidad que sostiene todo el relato. «Si no está la carnadura debajo de toda esa capa de glamour y de exceso, queda como una cáscara», afirma Lewkowicz. El desafío consiste, entonces, en sostener la ilusión sin perder de vista aquello que duele. Sostener ese equilibrio también implica asumir un riesgo. Lewkowicz compara esa tensión con la del artista circense: el riesgo no está en una caída física, sino en ese encuentro entre quien actúa y quien observa.

La recepción cambia según el lugar donde se presenta. En España, incluso frente a espectadores que no hablaban español, el actor descubrió que la obra podía sostenerse desde otros lenguajes: «Había algo en la voz, en el cuerpo, en el ritmo que se traducía». Más que una historia cerrada, Todo lo que nombro desaparece propone una experiencia sensible que trasciende las palabras.

Para el dramaturgo, esa experiencia compartida es también una de las razones por las que el teatro conserva una potencia singular en el presente. En un contexto marcado por la velocidad de las redes sociales y la fragmentación de la atención, considera que la escena sigue siendo «uno de los últimos refugios de lo analógico, de lo sensible». «Pasan muchas cosas todo el tiempo, pero pocas nos atraviesan», reflexiona.

Esa concepción también atraviesa su mirada sobre el teatro independiente, un circuito del que forma parte como actor, dramaturgo y docente de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y la EMAD. «Hacer teatro independiente siempre tiene algo de hazaña», sostiene. En ese sentido, cuestiona el recorte de las políticas de fomento a la cultura y el deterioro de instituciones dedicadas a la formación artística. Recuerda que la obra nació gracias a una política de fomento cultural y que hoy continúa con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro y Proteatro. «La cultura y las expresiones artísticas de un pueblo hacen a su identidad. Son las que nos reúnen y muchas veces sacan a la luz relatos olvidados», afirma.

Después de más de cien funciones y de haber llevado la obra a distintos escenarios, Lewkowicz todavía imagina un largo recorrido para La Deseo. «Tengo la ilusión de seguir haciendo esta obra toda la vida. Ser muy viejito y que mi cuerpo se ponga más arrugado y así también el del personaje», dice. Mientras lo efímero parece condenado a desaparecer, en el teatro hay algo que insiste en permanecer: un cuerpo, una voz y la experiencia compartida con quienes están presentes.

“Todo lo que nombro desaparece” puede verse los sábados a las 20 en NüN Teatro Bar (Juan Ramírez de Velasco 419, CABA). Las entradas pueden adquirirse a través de Alternativa Teatral.