Por Lautaro Miranda Núñez
Fotografía: ANCCOM

En un mundo tan globalizado, hay personas de todas las nacionalidades en cada rincón del planeta. ANCCOM estuvo en uno de los sitios más especiales para vivir un Argentina vs. Inglaterra por una semifinal del mundo: Londres.

El miércoles 15 de julio no fue un día más en Londres. Desde temprano, camisetas blancas aparecieron en el subte, en los parques y en las calles de la ciudad. «It’s Coming Home» («Está viniendo a casa», en referencia a la copa) sonaba en los rincones de la capital inglesa como una declaración de optimismo colectivo. Inglaterra tenía la posibilidad de acceder a una final del mundo por primera vez en 60 años y la ilusión se respiraba en cada pub, en cada conversación y en cada pantalla encendida. La ciudad vivía una jornada especial, convencida de que estaba a un paso de volver al lugar que persigue desde 1966 y dar vuelta una maldición en los partidos finales de la copa.

La manera de vivir los partidos importantes también muestra una diferencia cultural entre ambos países. En Inglaterra, el pub funciona como un punto de encuentro social donde miles de personas se reúnen para mirar los grandes acontecimientos deportivos. No se trata solamente de ver el partido, sino de compartirlo con desconocidos, cantar y sufrir en comunidad. La tradición inglesa de reunirse frente a una pantalla gigante, con una cerveza en la mano, contrasta con la costumbre argentina de vivir estos encuentros generalmente puertas adentro, rodeado de familiares o amigos cercanos. Mientras en Argentina la previa suele estar marcada por el asado, la comida casera y el ritual del hogar, en Londres el escenario natural para una semifinal del mundo son los pubs, espacios básicos de la sociabilidad donde una ciudad entera puede sentirse parte de un mismo equipo.

A varios kilómetros de ese clima de confianza inglesa, los argentinos encontraron su propio refugio en el Lighthouse Theatre, sobre Camberwell Road. Allí, entre banderas celestes y blancas, se reunieron cientos de hinchas para seguir la semifinal. El menú ayudaba a combatir la nostalgia, aunque a precios londinenses: panchos por 8 libras, choripanes por 10 y sándwiches de carne por 12. Con una cotización cercana a los 2.000 pesos por libra, cada bocado obligaba a hacer cuentas mentales. Para acompañar, había fernet a 10 libras, whisky a 12 y Coca-Cola a 5. La bebida argentina por excelencia fue protagonista desde temprano: durante el primer “cooling break” del partido, el fernet ya se había terminado y comenzaron los primeros abucheos de quienes esperaban seguir acompañando el encuentro con ese sabor tan asociado a la identidad argentina.

Entre los asistentes aparecieron historias de todos los colores. Amoah, una inglesa de raíces nigerianas, llegó con la camiseta del Arsenal porque la habían invitado sus amigos argentinos: «Vine porque quería vivir la experiencia con ellos». Adela Portillo, de 87 años, viajó a Londres para visitar a sus hijos y nietos y no quiso perderse la oportunidad de acompañar al equipo: «Esta es la selección que más feliz me hizo». También estuvo Mario Gómez, un aficionado boliviano que llevó orgulloso la camiseta de su país: «Amo a Messi, por eso vine a alentar a Argentina». La semifinal dejó claro que la pasión por la Albiceleste había trascendido fronteras.

El partido tuvo todos los condimentos. En uno de los momentos de mayor tensión, la transmisión de TyC Sports se cortó inesperadamente y apareció la señal de la BBC, lo que generó una ola de abucheos entre los presentes. La preocupación duró apenas unos minutos, hasta que la transmisión argentina volvió y el partido pudo continuar. Poco después llegó el desahogo: Enzo Fernández apareció para empatar el encuentro y desatar una explosión entre los hinchas argentinos, que hasta ese momento sufrían con la posibilidad de quedar eliminados. Con el 1-1, el público recuperó la calma y comenzó a mentalizarse en una media hora más de fútbol. Todo parecía indicar que la semifinal se encaminaba al tiempo extra, hasta que Lautaro Martínez apareció para cambiar la historia y desatar el festejo definitivo.

Cuando llegó el pitazo final, el contraste entre ambos mundos fue absoluto. Mientras en el centro de Londres se veían caras largas de expresa frustración, en Camberwell comenzaban los festejos. La celebración no terminó dentro del teatro: el próximo destino era Trafalgar Square, uno de los lugares más emblemáticos de la capital inglesa. El viaje tuvo su propio capítulo: el grupo argentino subió al tradicional bus 12, uno de los históricos colectivos de dos pisos londinenses, y copó completamente la parte superior. Entre canciones y banderas, el recorrido se transformó en una pequeña caravana albiceleste por las calles de Londres.

En ese trayecto apareció una imagen difícil de imaginar horas antes: una única pasajera inglesa con una camiseta roja número 4 de Steven Gerrard quedó rodeada por decenas de argentinos. Sin mucha alternativa, terminó sumándose a los cantos y acompañando la celebración. También viajaba un alemán, novio de una sanjuanina, que recibió una ovación inesperada cuando el micro entero comenzó a cantarle: «El alemán es argentino».

Ya en Trafalgar Square, la fiesta fue creciendo de a poco. Personas de distintas nacionalidades que observaban desde afuera comenzaron a acercarse. Al principio lo hicieron tímidamente, respetando que la celebración pertenecía a otros, pero los argentinos rápidamente los adoptaron y abrieron la puerta a cualquiera que quisiera festejar. Entre quienes se sumaron había principalmente personas de Bangladesh, Italia y hasta un inglés que terminó cantando junto a la multitud celeste y blanca.

Hubo algunos incidentes aislados con fanáticos ingleses afectados por la derrota, pero fueron la excepción. La gran mayoría se mostró respetuosa, felicitó a los argentinos y hasta se acercó a compartir el momento. La fiesta que los ingleses habían preparado para celebrar su regreso a una final del mundo terminó disfrutada por los argentinos que viven en Londres, por quienes estaban allí por trabajo y también por aquellos que simplemente llegaron como turistas para acompañar a la selección.

Por una noche, una de las plazas más emblemáticas de la capital inglesa se tiñó de celeste y blanco. Londres, la ciudad que soñaba con que «la copa venga a casa», terminó siendo escenario de otra celebración argentina en el camino hacia una nueva final del mundo.