A menos de tres meses de las elecciones presidenciales, Lula da Silva y Flávio Bolsonaro pelean voto a voto. Los indecisos y el centro político definirán si el gigante sudamericano continua como faro del progresismo o se contagia de la ola ultraderechista que tiñe el continente. Las denuncias de corrupción, las redes sociales y la región son las variables claves.
Elecciones presidenciales en el 2022 en Río de Janeiro.
El 4 de octubre, Brasil irá a las urnas para elegir el presidente del periodo 2027-2031. Lula buscará la reelección y tener un cuarto mandato en el Palacio de Planalto frente a la derecha Bolsonarista en un escenario poco favorable para el progresismo en la región.
El proceso electoral estará marcado por una serie de factores que exceden la disputa entre el oficialismo y la oposición. La condena judicial por intento de golpe de Estado a Jair Bolsonaro reconfiguró los liderazgos en la derecha y abrió una nueva etapa en el bolsonarismo, ahora encabezado por Flávio Bolsonaro, senador nacional e hijo de Jair, que también tiene causas judiciales abiertas por corrupción y lavado de dinero.
Del otro lado aparece Lula con una gestión desgastada y una economía estancada en relación a sus primeros mandatos. A esto se agrega un cuestionamiento político por su participación en un nuevo proceso electoral, algo que él mismo había negado cuando asumió su tercer mandato. En caso de ganar las elecciones terminaría su mandato con 85 años.
También la elección en Brasil es clave en la configuración regional. Serán las últimas elecciones presidenciales del año en Sudamérica, tras los triunfos derechistas de Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia.
Balance de gestión
Luiz Inácio “Lula” da Silva ganó las elecciones de 2022 en un balotaje muy cerrado frente a Jair Bolsonaro. La diferencia final fue de 1.8 puntos, lo que representa 2 millones de votos sobre un total de 124 millones.
A lo largo de su gestión, impulsó una agenda progresista con énfasis en lo social y el crecimiento económico, aunque muchas de sus propuestas no lograron concretarse. ANCCOM habló con Gerardo Delgado Stutz, investigador del Centro de Investigación para la Calidad Democrática (CICaD) y especialista en política brasileña: “Lula tuvo un crecimiento económico medio. No fue como en sus primeros mandatos donde alcanzó el 7% sino entre el 1 y el 3%”. Por el otro lado señala que la inflación fue un problema durante un periodo corto de su mandato: “Si bien no tuvo problemas sostenidos con la inflación, si existió una devaluación del Real a finales de 2024”.
Esto último es uno de los principales cuestionamientos de su gestión y una de las banderas de campaña de la oposición, ya que la caída en ese entonces representó un 27,35% frente al dólar estadounidense. También otros aspectos económicos representaron el talón de aquiles del mandato de Lula: “Durante su mandato tuvo problemas de balance fiscal y déficit creciente. Además existen quejas por los impuestos a importaciones altos”, menciona Delgado Stutz.
Luis Oliveira Sanches, trabajador social de infancias en el Estado de Minas Gerais, menciona: “Hubo mucho compromiso con la pobreza –principalmente infantil– durante esta gestión. Se brindó asistencia social con la ampliación del programa Bolsa Familia, reduciendo la pobreza del 26 al 23% en solo tres años”. “En Minas Gerais fue todavía más abrupta la caída, siendo 10 puntos menor a la recibida a principios de 2023”, especifica. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estatística (IBGE), en Minas Gerais la pobreza se redujo del 27% en 2022 al 16,8% en 2026, uno de los niveles más bajos de su historia.
El fantasma del bolsonarismo
La candidatura de Flávio Bolsonaro representa la continuidad de un proyecto político que, pese a los reveses judiciales sufridos por su principal referente, conserva una importante capacidad de movilización electoral. El senador por Río de Janeiro comenzó a ocupar un lugar central dentro del bolsonarismo cuando quedó claro que Jair Bolsonaro no podría competir en las elecciones presidenciales, condenado a 27 años de prisión por un intento de golpe de Estado.
Además, la decisión del Tribunal Superior Electoral de declarar inelegible al expresidente hasta 2030 –producto del abuso de poder político y del uso indebido de los medios de comunicación estatales durante el proceso electoral de 2022– ratificó el tablero político brasileño. El avance de esas causas derivó en una condena a 27 años de prisión, sin posibilidad de apelación, lo que terminó por cerrar cualquier posibilidad de una nueva candidatura de Jair Bolsonaro y obligó al Partido Liberal a buscar un sucesor político.
Si bien durante varios meses aparecieron nombres con mayor volumen de gestión, la decisión del expresidente fue impulsar a su propio hijo como heredero político. “El principal reemplazante posible parecía ser Tarcisio de Freitas pero decidió no candidatearse e ir por la reelección como gobernador en Sao Paulo. Michelle Bolsonaro parecía ser una opción pero fue descartada. Flávio, sin embargo, está mejor posicionado de lo esperado; se esperaba que no llegase a más del 25% y todas las encuestas lo dan arriba de 30%, mostrando la fuerza del bolsonarismo”, menciona Delgado Stutz.
El ascenso de Flávio Bolsonaro también permite observar un fenómeno que excede las fronteras brasileñas: la consolidación de las nuevas derechas latinoamericanas como movimientos con capacidad para sobrevivir incluso cuando sus principales líderes enfrentan derrotas electorales o procesos judiciales. A diferencia de los partidos conservadores tradicionales, estas expresiones políticas construyeron identidades mucho más personalistas, donde la figura del líder se transforma en el principal articulador del espacio.
Sin embargo, lejos de desaparecer cuando ese liderazgo se debilita, muchas de estas fuerzas encontraron mecanismos para preservar su influencia mediante la transferencia del capital político hacia dirigentes cercanos o familiares. Facundo Barbaro, politólogo de la UBA, explica: “El éxito de la nueva derecha obedece al reciente fracaso de los gobiernos de centro derecha, muchos de los cuales abandonaron el poder en un marco de profundas crisis económicas y sociales, como Piñera en Chile o Duque en Colombia”, por eso, según el especialista, es “imposible explicar la deriva de la derecha tradicional sin considerar la cercanía temporal con el precipitado fin de sus proyectos de poder, ampliamente impugnados por la sociedad”.
En Brasil, esa lógica se expresa en la candidatura de Flávio Bolsonaro. En otros países, aunque con características diferentes, puede observarse en procesos similares de continuidad liderados por dirigentes que retoman las banderas de sus antecesores o que mantienen una relación directa con ellos.
La utilización intensiva de las plataformas digitales, la comunicación sin intermediarios y la construcción de comunidades políticas altamente movilizadas les permitieron sostener niveles importantes de apoyo incluso en contextos adversos. A su vez, estas han sabido venderse en como una resistencia contra el establishment político, aunque sean modelos ya conocidos en el espectro electoral. “Hay una visión distinta sobre las derechas en Latinoamérica” menciona Felipe Galli, politólogo especializado en elecciones: “Aunque éstas (las derechas) se vendan como nueva política, todas tienen un margen reivindicador con procesos políticos previos ya existentes”.
En ese sentido, el bolsonarismo constituye uno de los ejemplos más claros de cómo una fuerza política puede mantener vigencia aun cuando su fundador se encuentra fuera de la competencia electoral.
¿Crisis del progresismo?
En contraste con ese proceso, buena parte de las fuerzas progresistas latinoamericanas atraviesa una etapa marcada por las dificultades para renovar liderazgos y fijar la agenda pública. Aunque Lula continúa siendo la principal figura política del PT y mantiene un peso electoral considerable, el oficialismo brasileño todavía depende en gran medida de su liderazgo histórico para disputar el poder. La ausencia de un sucesor con un nivel de conocimiento y legitimidad comparable expone uno de los principales desafíos del campo progresista: construir una nueva generación de dirigentes capaces de sostener el proyecto político más allá de la figura de Lula.
Esta situación no es exclusiva de Brasil. En distintos países de América Latina, las izquierdas enfrentan el desgaste propio de haber gobernado durante largos períodos, la fragmentación interna y las dificultades para conectar con nuevas demandas sociales vinculadas a la inseguridad, el estancamiento económico, la inflación o la desconfianza hacia las instituciones.
“Los movimientos progresistas están teniendo notorias dificultades a la hora de vender una narrativa de futuro que solidifique a su base electoral y atraiga a nuevos sectores sociales de modo tal de volverse actores competitivos en la disputa electoral”, afirma Barbaro. Mientras tanto, las derechas lograron instalar estos temas como ejes prioritarios del debate público, obligando incluso a los gobiernos progresistas a responder sobre cuestiones que no necesariamente forman parte de su agenda original. “Mientras la nueva derecha abusa con éxito de los renovados significantes del orden, la seguridad y la libertad, el progresismo latinoamericano sigue atado a discursos anacrónicos incapaces de ajustarse a los tiempos de extrema atomización social, fragmentación laboral y aceleracionismo técnico”, cierra Barbaro.
El resultado es una disputa política en la que las fuerzas conservadoras suelen marcar el ritmo de la conversación pública, aun cuando no ocupan el gobierno. En ese contexto, la elección presidencial brasileña trasciende la competencia entre Lula y Flávio Bolsonaro y adquiere un significado regional. Brasil es la principal economía de América Latina y uno de los actores políticos más influyentes del continente, por lo que el resultado de sus elecciones tendrá impacto sobre el equilibrio ideológico de la región.
Coimas y corrupción
Uno de los ejes centrales de la campaña de Jair Bolsonaro en 2018 y de Flávio para este año estaba centrada en la legitimidad y la lucha contra la corrupción, haciendo eje en escándalos como el caso Lava Jato. Dicha legitimidad fue perdiendo peso con dos escándalos que afectaron a la familia Bolsonaro y el entorno político conocidas como Rachadinhas y el Banco Master. “El fuerte acompañamiento a Flávio se sostenía en la integridad moral que este podía tener. Los últimos meses esa honestidad e integridad se desmoronaron por completo en los sectores medios y bajos de la sociedad”, menciona Oliveira Sanches.
El primero se trató de una práctica de desvío de fondos públicos durante el período en que Flávio se desempeñó como diputado estatal de Río de Janeiro. El esquema consistía en la contratación de empleados fantasmas dentro de su despacho legislativo, quienes estaban obligados a reintegrar sistemáticamente un alto porcentaje de sus salarios mensuales en efectivo. El dinero era recaudado por un estrecho colaborador de la familia, Fabricio de Queiroz, y según las pericias judiciales, esos fondos ilícitos se terminaron blanqueando a través de operaciones comerciales sospechosas, inversiones inmobiliarias de lujo y comercios particulares del propio senador.
El segundo hace foco a la filtración de audios y mensajes privados de Flávio Bolsonaro con Daniel Vorcaro, el entonces dueño del Banco Master, una entidad liquidada por el Banco Central y cuyo presidente terminó preso, acusado de liderar el mayor fraude al sistema financiero de la historia de Brasil. Los registros revelaron que el senador presionó y solicitó más de 20 millones de dólares al banquero para financiar la producción de la película biográfica de su padre, titulada “Dark Horse”.
“En teoría el escándalo máster afectó la campaña. Había una suerte de empate técnico hace algunos meses de cara al balotaje. Ahora pasó a una ventaja cercana a los 10 puntos por parte de Lula para la primera vuelta”, afirma Delgado Stutz.
¿Qué podemos esperar?
Las encuestas señalan hacia una victoria de Lula, pero insuficiente para ganar en primera vuelta. BTG/Nexus le da una ventaja a Lula con el 40% de la intención de voto frente al 34% de Flávio Bolsonaro. El gobernador de Goiás, Ronaldo Caiado, registra un 5%, mientras que Romeu Zema y Renan Santos marcan un 4% cada uno. En el balotaje las diferencias se achicarían, pero con una victoria de 3%-5% del actual presidente. AtlasIntel, por su parte, le da un margen más amplio a favor del oficialismo, ubicando a Lula con el 47% frente al 34,3% de Flávio Bolsonaro. En el balotaje, esa diferencia bajaría a 7%.
Una eventual victoria del candidato bolsonarista, algo que hoy es lejano, consolidaría la permanencia de una derecha que logró reinventarse tras la caída de su principal líder y demostraría que los procesos judiciales contra figuras de alto perfil no necesariamente implican el fin de los movimientos que encabezan. Por el contrario, una nueva victoria de Lula fortalecería a los gobiernos progresistas en un momento en el que buscan recuperar protagonismo después del avance de distintos proyectos conservadores.
Más allá del desenlace electoral, la candidatura de Flávio Bolsonaro refleja un cambio profundo en la política latinoamericana: las disputas no se organizan alrededor de los partidos tradicionales, sino de liderazgos personalistas, identidades políticas muy marcadas y estrategias comunicacionales que encuentran en las redes sociales un espacio privilegiado para construir legitimidad y disputar el sentido común. La capacidad del bolsonarismo para mantenerse competitivo sin Jair Bolsonaro como candidato constituye, en ese sentido, uno de los principales interrogantes que dejarán las elecciones brasileñas y un indicador relevante para comprender la evolución de las derechas y las izquierdas en América Latina durante los próximos años.