En diálogo con ANCCOM, la socióloga Victoria O’Donnell reflexiona sobre su nuevo libro, Mosaicos, en el que explora cómo la soledad se convirtió en uno de los grandes problemas del siglo XXI.
La epidemia de la soledad ya no es solo una sensación individual. En 2023, la Organización Mundial de la Salud la identificó como un problema prioritario de salud pública debido a su impacto sobre el bienestar físico y mental. Lejos de afectar únicamente a determinados grupos, atraviesa edades, géneros y clases sociales, una situación que se profundizó tras la pandemia.
La evidencia científica respalda esa preocupación. Un metaanálisis publicado en Nature Human Behaviour que analizó 90 estudios con más de 2,2 millones de personas concluyó que el aislamiento social aumenta un 32% el riesgo de muerte prematura por cualquier causa, mientras que la soledad lo incrementa en un 14%. Además, el aislamiento se asocia con una mayor probabilidad de morir por enfermedades cardiovasculares y cáncer.
En Mosaicos, la socióloga Victoria O’Donnell reúne nueve crónicas que exploran distintas formas de experimentar la soledad en el siglo XXI.
¿Por qué hablar de soledad?
Siempre me interesó entender cómo una sociedad produce bienestar o malestar. Hay experiencias que solemos pensar como individuales, pero que en realidad dicen mucho sobre el momento histórico que estamos viviendo. La soledad es una de ellas, tanto la buscada como la no deseada. La soledad no es un fenómeno nuevo pero hoy concentra preguntas y cambios muy importantes sobre la salud, los vínculos y las formas de vivir juntos. Mi formación como socióloga me llevó a mirar la salud más allá del consultorio. La salud mental, la salud pública y lo que algunos autores llaman la salud social no son mundos separados. La posibilidad de confiar en otros, de sentirse parte de una comunidad, de contar con apoyo cuando uno lo necesita o de encontrar espacios de cuidado también influye en cómo vivimos y en cómo enfermamos. Cuando empecé a trabajar sobre la soledad me encontré con un fenómeno que obligaba a poner todas esas dimensiones en diálogo. Por un lado, había evidencia cada vez más sólida sobre sus efectos en la salud física y mental. Por otro, aparecía una pregunta sociológica igual de importante: ¿qué cambios en nuestra forma de organizar la vida hacen que cada vez más personas describan esa experiencia?
¿Cómo elegiste las historias de soledad sobre las cuales contar?
Cuando la editorial El Gato y la Caja me ofreció escribir el libro a partir de testimonios, lo que me planteé fue que había temas que no podían no estar, como la informalidad laboral, el amor y las citas, la inteligencia artificial o las sectas. Las historias son reales, pero no quería que pretendieran ser representativas de toda la sociedad, sino ir por historias que yo conociera y que me llamaran la atención.
¿Por qué cuesta mucho admitir el ‘’sentirse solo’’?
Hay muchos fenómenos vinculados con la salud mental que se viven como algo profundamente privado. Como ocurren en la subjetividad, son emociones, sensaciones, experiencias muy íntimas, suelen quedar puertas adentro. Resulta difícil comprender que, aunque sea algo individual, muchas veces está socialmente determinado. Además, todavía es más difícil decir ‘’me siento solo o sola’’ en un país tan «amiguero», donde existe una idea muy fuerte de la cercanía; y también desafía otra idea muy instalada: que la soledad es buena, necesaria, que la autonomía es un valor en sí mismo. Creo que conviven esas dos cosas. Por un lado, la sensación de que hay una falla personal, de que hay algo en uno que está mal, en lugar de pensar que quizá la estructura social no está ayudando a que las personas puedan encontrarse y vincularse. Y, por otro lado, la sensación de que hablar de ese malestar es ser funcional a un mandato que es el de que tenés que estar en pareja. En esa complejidad, creo que es muy difícil que las personas puedan hablar de este tema o admitirlo.
En estos últimos tiempos se pusieron de moda los eventos para conocer personas sin la intervención de celulares: ¿son estas experiencias consecuencia de la soledad?
Para mí es supersintomático y están buenísimas. Que existan significa que estamos asumiendolo más y asumiendo su importancia, y también reconociendo que hay algo estructural que no nos permite encontrarnos. Pero todas esas iniciativas implican esfuerzo, tiempo y plata. Lo que a mí me gustaría es que nos podamos sentir parte, sentirse vistos, reconocidos, valorados, independientemente de que tengamos que hacer un esfuerzo. Todavía hace falta que detrás de eso haya algo más universal. Ahora se resuelve de forma privada, pero es algo que tiene que ser resuelto de una manera más universal para todas las clases sociales, que sea independiente de los recursos que tengas.
¿Se convierte en un privilegio de clase el sentirse menos aislado?
Las clases altas, históricamente, tuvieron mucha pertenencia a instituciones, por ejemplo el Hockey Club, a la política y además mucho tiempo de ocio. Cuando vemos las estadísticas, se ve que las clases más altas tienen el doble de tiempo que las clases más bajas para socializar, y eso no es solo tener amigos, es tengo amigos y tengo entonces un montón de más capacidad de encontrar trabajo, más capacidad de encontrar pareja, más redes de contención. Me parece que es necesario nombrar que hay algo ahí que si no lo volvemos más equitativo, se teje solo en las clases altas
Cuando vemos las estadísticas, se ve que las clases más altas tienen el doble de tiempo que las clases más bajas para socializar, y eso no es solo tener amigos, sino también un montón de mayores capacidades para encontrar trabajo, más capacidad de encontrar pareja, más redes de contención.
Está instalada la idea de que hoy los hombres sufren más la soledad que las mujeres ¿Hay diferencias entre la soledad masculina y la soledad femenina?
Las estadísticas muestran que hay más varones jóvenes que no tienen confidentes o que casi no se reúnen con amigos, es decir, que están más aislados. Pero también es importante distinguir entre estar aislado y sentirse solo. El aislamiento es una condición objetiva: el no compartir momentos con otras personas. En cambio, la soledad es una experiencia subjetiva, tiene que ver con sentirse poco visto, poco comprendido o poco valorado. En las mujeres, en cambio, la sensación subjetiva de soledad es muy alta. Entonces no es del todo cierto que no sientan la soledad. Hay un tipo de soledad que aparece mucho en mujeres mayores. Muchas cuentan que se sintieron solas incluso estando en pareja. Si el cuidado está distribuido de manera desigual y sos vos quien sostiene permanentemente las necesidades de los demás por encima de las propias, el reconocimiento de tu propio malestar queda siempre relegado. Además, las mujeres suelen haber tenido menores ingresos a lo largo de su vida, eso significa también menos ahorros y una mayor vulnerabilidad económica en la vejez. Por eso no es casual que muchas de las iniciativas de cohousing estén integradas principalmente por mujeres. No se explica solamente porque, quizás, tengamos mayor facilidad para reconocer o expresar nuestras emociones, sino también porque existe una necesidad de compartir la vida para poder sobrevivir.
Mencionaste que la IA era uno de los temas que era necesario que estuvieran presentes en el libro ¿Qué consecuencias tiene la IA en relación a la soledad?
La IA está sacando a las personas de los afectos. Lo importante es no solo poder identificar la sensación de soledad en uno mismo sino también el entender que no tenés que tener nada malo para que te pase eso, que sepamos que los demás lo sufren. Es importante recuperar nuestro valor como personas independientemente del trabajo que tengamos, de nuestra capacidad de hacer sentir bien al otro, nuestra capacidad de acompañar, de que no hay forma en la que no podamos no ser valiosos en el mundo. La IA lo que está haciendo es retirar de la persona esa capacidad de potencial cuidador, la capacidad de dar afecto, cariño. La inteligencia artificial es muy cómoda para usar y es muy fácil que reemplace los afectos. De hecho, vemos en estadísticas que el principal uso del artificial es dar consejos sobre los afectos. Las personas la usan mucho como pareja, como amigos, como psicólogo, como mentor. A nivel de efectos e impacto, me parece que solo lo que hace es profundizar esta epidemia.
En una de las crónicas habla sobre las sectas pero también mencionas la existencia de otros grupos sociales con lógicas similares ¿Qué rol ocupan?
Yo creo que existe un deseo muy fuerte de pertenecer e identificarse con un grupo. Por ejemplo, las marcas de consumo también ofrecen una forma de ilusión de la comunidad, muy poco virtuosa porque no te devuelve nada. En cuanto se termina el acto del consumo, se pierde esta pertenencia. No te va a ayudar en el día de mañana a sentirte más integrado. La identidad en general se conforma en tu vínculo con los demás, entonces creo que el mercado está recogiendo muy bien esas cuestiones. El mercado y también estas agrupaciones muy extremas, pienso en los grupos que terminan siendo una estafa. Saben leer muy bien esa necesidad y se apoyan en ella para captar personas.
¿Qué consecuencias tienen?
Lo que terminan generando es una pérdida del encuentro con quienes son diferentes, lo que nos empobrece tanto emocional como intelectualmente. Dejamos de acostumbrarnos a convivir con la diferencia, a negociar con la alteridad y empezamos a creer que el mundo es exactamente como nosotros lo imaginamos.
¿Se relaciona con el surgimiento de los grupos de derecha a nivel mundial?
Creo que muchos gobiernos de derecha construyen su discurso alrededor de la idea del mérito individual y la autosuficiencia. Es una narrativa atravesada por la negación de la dependencia, de la vulnerabilidad, de la fragilidad y, en definitiva, de las necesidades que tenemos unos de otros. Al mismo tiempo, generan un fuerte sentido de pertenencia. Lo hacen a partir de una narrativa que identifica un enemigo: las instituciones que te fallaron, el Estado, la política; entonces el único recurso que queda sos vos mismo. El discurso de derecha te ofrece todas las respuestas: una pertenencia porque te oponés a algo y una explicación a porqué se dan las cosas de tal forma, y también una esperanza: ‘’si terminamos con estas instituciones, entonces seremos libres’’. Lo interesante es pensar cómo se puede generar una alternativa a todo esto.
Mosaicos se consiguen en la página web de El Gato y la Caja. A través de nueve crónicas, O’Donnell invita a desestigmatizar una experiencia cada vez más extendida y plantea una pregunta que atraviesa todo el libro: cómo reconstruir vínculos, pertenencia y formas de cuidado en una sociedad que, paradójicamente, nunca estuvo tan conectada y, al mismo tiempo, tan sola.