Por Catalina Agüero
Fotografía: Juan Pablo Caldarone

Una obra convierte al yacimiento Vaca Muerta en punto de partida para hablar del poder, la ambición y el discurso del progreso. “Todos, de una manera u otra, participamos de las lógicas que criticamos”, dice uno de sus directores, sobre una puesta que rompe la comodidad de mirar desde afuera.

Mientras el público termina de ubicarse en la sala, una frase anticipa algo de la obra. Desde una de las filas cercanas al escenario, alguien mira hacia las primeras butacas y advierte: “Con estos se la van a agarrar…”. La sospecha es razonable porque en el teatro de bufón, la cuarta pared suele durar poco. Lo que todavía no se sabía era hasta dónde iba a llegar esa participación.

Durante una hora y cuarto, Vaca Muerta despliega una fábula política atravesada por el exceso, la incorrección y el humor ácido. La historia parte de una Argentina donde el presidente designa una comisión para administrar Vaca Muerta, integrada por representantes de las provincias involucradas y por el secretario de Energía. En escena, Carolina Hardoy, Charly Arzulian, Florencia Boasso, Luciana Márquez, Micaela Pane y Sandra Rojas construyen un universo donde lo que en principio aparece como una estructura institucional para gestionar un recurso estratégico deriva rápidamente en una disputa por el dinero, el poder y el control del territorio. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Esto permite que la obra trabaje sobre Vaca Muerta sin limitarse a una representación literal del yacimiento. Para su director Marcelo Katz, “el bufón tiene una capacidad extraordinaria para decir lo que otros no pueden. Habla desde el exceso, la incorrección y el disparate, y justamente por eso puede desnudar los mecanismos del poder”. Según afirma, la búsqueda no fue hacer una obra realista, sino construir “un espejo deformado donde la ambición, el cinismo y la lógica del ‘todo vale’ aparecieran amplificados”. El también director Checho Castrillón coincide en esa elección estética: “Vivimos en una época bastante deformada, monstruosa y bestial. Y no encontramos mejor manera que contar esta historia, ‘basada en hechos reales’, que con el lenguaje bufonesco”.

En diálogo con ANCCOM, Katz explica que, si bien tomaron como punto de partida este tema concreto, les interesaba “hablar de una manera de ejercer el poder que, con distintos matices, atraviesa tristemente buena parte de nuestra historia reciente y de los variados últimos gobiernos que hemos tenido”. Katz vincula esa lectura con el presente: “Sentimos que hoy esa lógica aparece más descarnada, más brutal, menos dispuesta incluso a disimularse. La fascinación por el dinero, la idea de que cualquier costo está justificado en nombre del progreso, la concentración de poder y la construcción de discursos que vuelven razonable lo irracional parecen haberse intensificado”. Desde esa perspectiva, el yacimiento funciona como “una puerta para hablar de un clima de época en el que ciertas formas de violencia y de cinismo empiezan a volverse normales”.

Castrillón también sitúa a Vaca Muerta dentro de una discusión más amplia sobre el poder político y económico. “La presentan como la gran panacea para todos nuestros males. Pero ‘los personajes’ que deben controlar, manejar, administrar nuestros recursos no están a la altura”, señala. Para él, los bufones permiten exponer no sólo “la incompetencia”, sino también “el salvajismo y grotesco” de modos de conducción que “en la actualidad ya ni se ocultan tras el decoro y las buenas formas”. En esa clave, los personajes de la obra no aparecen como figuras lejanas o imposibles, sino como una deformación reconocible de ciertas prácticas del poder: “Los personajes que pusimos en la obra pueden ser funcionarios reales en cualquier estamento del poder”, sostiene.

Uno de los rasgos más visibles de la puesta es la relación directa con el público. La interacción no es un recurso lateral. Los actores avanzan hacia el fondo de la sala, interpelan a espectadores ubicados en distintos sectores y los incorporan a escenas que modifican, aunque sea por unos minutos, su lugar dentro del relato. “No buscamos incomodar porque sí, sino recordar que todos participamos de las lógicas que criticamos”, explica Katz, para quien la participación rompe “la comodidad de mirar desde afuera” y desplaza la idea de inocencia del espectador: “Cuando el espectador entra en el juego deja, aunque sea por un instante, de ocupar un lugar completamente inocente”.

Ese vínculo también responde a la tradición del bufón como figura que necesita una energía viva con quienes miran. “No trabaja frente a espectadores silenciosos, sino en diálogo permanente con ellos. Esa energía compartida hace que cada función sea distinta”, señaló Katz. En esa dinámica, la sala no queda afuera del conflicto: entra en la lógica inestable de una ficción que transforma al público según lo que cada escena necesita. “El público es un personaje más dentro de la obra”, subraya Castrillón.

El equilibrio entre risa y crítica fue uno de los desafíos del montaje. Vaca Muerta aborda temas como el extractivismo, la corrupción, el discurso del progreso y la disputa geopolítica por los recursos naturales, pero evita organizarse como una denuncia lineal. “Nunca pensamos primero el discurso y después el humor. Al contrario: buscamos que la crítica naciera de la propia acción bufonesca”, puntualiza Katz. Si el espectáculo funcionara sólo como denuncia, remarca, perdería fuerza teatral, y si fuera únicamente una sucesión de gags perdería profundidad.

La risa aparece, entonces, como una forma de incomodidad. “Fuimos encontrando en cada momento la dosis necesaria de humor, de imagen y del aroma que queríamos plasmar -rememora Katz–. Confiamos en que cuando una escena está realmente viva y tiene verdad teatral, la reflexión aparece sola, sin necesidad de subrayarla. El humor no está puesto para suavizar el conflicto, sino para volverlo más filoso”. Castrillón condensa el tono de la obra en una definición: “Una orgía cómica y monstruosa de ambición y poder de la que no podemos ser simples espectadores”.

“Nos gustaría que salga con ganas de conversar, de hacerse preguntas, de discutir aquello que vio”, expresa el director. Para Katz, si durante una hora y cuarto la obra logra mover el lugar desde el que el público mira la realidad, el teatro ya produjo un efecto. “Y si además nos reímos mucho en el camino, mejor todavía”, concluye.

 

Vaca Muerta se presenta los sábados a las 19:00 horas en el Teatro Del Pueblo, ubicado en Lavalle 3636 (CABA). Las entradas se consiguen en la sala o por Alternativa Teatral.