Por Lucas Cáceres Uthurralt
Fotografía: Lao Vázquez

Entre la digitalización de los medios de comunicación y las desregulaciones del gobierno nacional, los puestos de diarios y revistas se ven obligados a transformarse. Se abrió una nueva página legal que permite la ampliación a rubros como el gastronómico, los juguetes y el retiro de paquetes. ¿En qué lugar queda el oficio del canillita?

La historia de los puestos de diarios condensa una transformación que va más allá del papel y la tinta. Refleja el impacto de la digitalización, los cambios en los hábitos de lectura y las políticas que redefinen el espacio público. En las últimas décadas, la figura del canillita, símbolo de la calle y del contacto cotidiano con la información, viene enfrentando una crisis de identidad marcada por la caída de las ventas y la necesidad de reinventarse en un contexto en el que los medios digitales y las nuevas regulaciones imponen otras lógicas de consumo y supervivencia.

La digitalización de los medios y el cambio en las formas de informarse de las personas es un proceso que ya lleva décadas y que se observa en la tirada actual de los diarios y revistas. Según un informe del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se fue disminuyendo sostenidamente la tirada de los principales diarios nacionales desde 20 millones en 1997 hasta apenas 2 millones en el año 2024.

Atrás quedaron los días en que adolescentes repartían diarios en las esquinas y entre los autos, con los pantalones que les quedaban cortos y dejaban sus “canillitas” al aire. Abandonaron ese merodeo para instalarse en sus característicos puestos verdes adornados con fileteados porteños o tiras humorísticas. Pero, en sintonía con la debacle en ventas, fue disminuyendo la cantidad de puestos en la Ciudad pasando de un estimado de 7.500 en la década del ‘90 a apenas 1.025 en la actualidad según datos del gobierno de la Ciudad.

Dos pandemias

En diálogo con ANCCOM, Pablo Lombardi, secretario de organización del Sindicato de Vendedores de Diarios y Revistas hace un repaso de los últimos años de la crisis en el sector al referirse a dos “pandemias”: “El grueso de la población nuestra de lectores es mayor de 50, 60 años, población absolutamente de riesgo para lo que fue la pandemia”. Los pocos que aún compraban el diario no podían salir a la calle. Luego, en el 2022 remarca que la tendencia fue “muy brusca” en favor de los usos digitales por sobre el papel. Luego llegaría “la pandemia de los libertarios”: “Si la gente hoy no tiene para comprar carne, pan y lácteos para su familia, te imaginás que mucho menos va a tener para un diario, un libro o una revista”.

Jorge Chávez, empleado hace 20 años del puesto de Avenida Rivadavia y Medrano sobre la vereda de Las Violetas, explica por qué en su puesto comenzaron a vender principalmente juguetes: “El asunto fue cuando empezó la pandemia. Tuvieron que cerrar varios puestos. Cuando volvimos no fue lo mismo. La venta cayó, la gente empezó a comprar menos revistas y diarios. Por suerte nos dieron la libertad para poder vender otras cosas. Nosotros decidimos a vender juguetes”.

Esa “libertad” se refiere al decreto nacional 629/2025 que significó un retroceso por la pérdida de derechos de los canillitas, pero también una oportunidad para la apertura a nuevos rubros. Establece la desregulación definitiva de la actividad de venta y distribución de diarios y revistas en la vía pública.

Este decreto, en primer lugar, permite que las paradas de diarios presten servicio de casilla de correo, previa registración como operador postal ante el ENACOM o mediante un acuerdo con un operador postal autorizado. En segundo lugar, se deroga el decreto 1025/2000 y su modificatorio que restringía los puestos de diarios a la venta de publicaciones impresas y se aseguraba de respetar derechos en favor de los canillitas como la posibilidad de devolución a las empresas editoras de los ejemplares no vendidos reintegrando el importe que hubieren pagado por ellos.

Las nuevas oportunidades tienen que ver con el hecho de que ahora la actividad queda sujeta a las disposiciones del Código Civil y Comercial y a las normas locales que resulten aplicables, lo cual significa que ya no se restringe las actividades de los puestos exclusivamente a la venta de diarios y revistas. A partir de esto surgió el nuevo fenómeno: los cafés en puestos de diarios.

Pero, ¿qué asegura que se mantenga la actividad originaria del canillita y que no se transformen los puestos en meras cafeterías? Hay una intención de cadenas del rubro gastronómico de hacerse de estas paradas: “Por el lugar que ocupan en toda la geografía de la Ciudad y el conurbano, hay puntos estratégicos para la lógica comercial, por la cantidad de movimiento en estaciones de transbordo, por centros comerciales. Ha pasado que una cantidad de comerciantes o gente que no tiene nada que ver con nuestra actividad intenta comprar paradas de diarios y transformarlas directamente en una cafetería en donde quedaba la fachada, dejaban uno o dos diarios y se transformaban en un comercio. Entonces con el Gobierno de la Ciudad hubo una pelea que ahora se logró arreglar”. La nueva normativa de la Ciudad establece que “siempre deberá prevalecer visual y funcionalmente la venta de diarios y revistas como actividad” y que “el sector frontal y de mayor visibilidad quedará reservado para los productos editoriales”.

La espuma tapa la tinta

Una breve recorrida por el microcentro porteño permite vislumbrar que en las calles no se cumple la normativa. La mayoría de los puestos transformados en cafés se presentan de manera preponderante como tales, dejando las revistas y diarios expuestos en un solo costado del puesto o con solo algunas por debajo de los alimentos de pastelería ofrecidos, como compañía decorativa de las medialunas y la máquina de café. La presentación visual refleja las ventas de los puestos: “Hoy vendimos nuestra primera sopa de letras. Estamos desde el jueves pasado y recién hoy”, explica María Victoria De Ambrosio, empleada del puesto de Rivadavia y Reconquista de la empresa Raíces, que describe estos proyectos como “una nueva moda que se empezó a instaurar por todo microcentro”. Federico Vásquez, empleado de un puesto frente al Luna Park, que todavía mantiene algunas revistas exhibidas, cuenta que los dueños tienen otra parada de café cerca de Casa Rosada que directamente no oferta ningún tipo de diario o revista. En lo personal, Federico se reconoce más como barista que como canillita porque vende “casi nada” de diarios y revistas.

Cruzando Medrano, a media cuadra del puesto de Jorge Chávez, se encuentra la parada de Rodrigo Simone, un trabajador de veinte años en la profesión quien protesta por el estado actual de los puestos: “El puesto de diarios es un centro cultural de las personas y cada vez se lee menos. Se ha vuelto una juguetería. No es un lugar de lectura. Es un lugar de, perdón por la palabra, boludeo. Y también tiene que ver con esto las redes sociales porque cada persona ahí tiene su propio nicho: “Yo soy fanáico de los autitos”, “soy fanatico de cualquier otra cosa”. Entonces después terminan viniendo a coleccionar un cochecito, un muñequito. Cada uno en su nicho. Eso termina atentando con el desarrollo cultural de las personas”. Sobre el origen de sus productos cuenta que ”todo esto no tienen ningún tipo de componente nacional en cuanto a la fabricación, es todo importado. No contribuye a la economía. Entiendo que las colecciones y los juguetes son lo más rentable, pero en cuanto a desarrollo cultural, como contenido agregado lo veo bastante pobre. Pero bueno, no puedo obligar a la gente a leer”.

Perder la historia

Ante la complicada crisis que atraviesa la actividad y con un futuro cada vez menos prometedor para los canillitas, desde el sindicato ven una salida colectiva que implique cambiar la dinámica comunicacional. Lombardi explica que “la comunicación no puede responder solamente a estímulos de distintos dispositivos que niegan el encuentro físico con el otro, ya que se te va negando la esencia social y humana. Y bien lejos de no entender y de no aprovechar el desarrollo científico tecnológico, pero ese desarrollo tiene que estar en función de potenciar esa esencia humana y no de liquidarla”. A partir de esto señala la importancia de pensar qué diarios hacen falta, qué historias tienen que ser contadas para recuperar “todo lo que se está perdiendo en términos de las historias barriales, las historias de lucha de nuestro pueblo, en función de una perspectiva de futuro”.

Por último, explica que para lograr todo esto hace falta pensar una salida colectiva: “O nos salvamos todos o no se salva nada. Ese es el único sentido en que podemos pensar una perspectiva de nuestra actividad, y entendiendo que esas nuevas tecnologías tienen que profundizar el conocimiento, el aprendizaje y la comunicación en virtud de nuestros intereses y no la liquidación y el caos de la descomposición a la que nos llevan todos los medios hegemónicos que responden a los intereses de esos mismos grupos que nos generan tantos males. La salida no la pensamos, en tanto trabajadores de la comunicación, al margen de profundizar nuestro vínculo con los compañeros del Satsaid, que son los trabajadores de la televisión, con los compañeros del SiPreBA, que son los trabajadores periodistas, con los trabajadores gráficos y los papeleros”.

Más allá de las intenciones defensivas de los canillitas y su organización sindical, no se observa un futuro promisorio para la profesión. Frente a los nuevos usos y costumbres digitales y las políticas desreguladoras, son cada vez más los trabajadores de los puestos que, como Federico, no se consideran canillitas. Y ante la constante caída de ventas de diarios y revistas, hasta los propios distribuidores de diarios y revistas deciden vender juguetes y objetos coleccionables. Desprovistos de su materia prima original, hoy estos puestos son otra cosa, desde una juguetería hasta “una nueva moda” del microcentro.