El español David Serrano Blanquer presentó su libro «Cuerpos cautivos, memoria viva» en la ex ESMA, acompañado por las sobrevivientes Miriam Lewin, Iris Avellaneda y Ana María Careaga. Las particularidades de la represión a las mujeres.
El 1 de julio, en el auditorio Mabel Gutiérrez del Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA), el académico español David Serrano Blanquer presentó Cuerpos cautivos, memorias vivas, un libro de investigación centrado en las experiencias de mujeres que pasaron por centros clandestinos de detención durante la última dictadura. A partir de los testimonios de sobrevivientes, el libro explora las formas de represión específicas que atravesaron los cuerpos femeninos y recupera las redes de solidaridad, resistencia y memoria construidas en cautiverio. Junto al autor participaron Ana María Careaga, Miriam Lewin e Iris Avellaneda, sobrevivientes que aportaron sus experiencias y reflexiones sobre la memoria, el testimonio y las experiencias específicas de las mujeres durante la dictadura.
Serrano Blanquer es un investigador dedicado al estudio de la memoria y los testimonios de sobrevivientes de distintas experiencias represivas. Su trabajo se ha centrado especialmente en los campos de concentración nazis y el franquismo. Para su último libro decidió venir a la Argentina con el objetivo de reconstruir las historias de mujeres que atravesaron los centros clandestinos de detención durante la última dictadura. En la presentación explicó que la idea surgió hace seis años. En investigaciones anteriores había trabajado con testimonios de mujeres en los campos nazis porque, según sostuvo, no solo le interesa entender «qué significa haber sufrido el paso por campos de concentración», sino también cómo la experiencia de las mujeres estuvo atravesada por los silencios. El proceso fue largo, años de entrevistas y videollamadas con las sobrevivientes, y luego de encontrarse personalmente con ellas, expresó haber quedado «absolutamente colapsado». Incluso tuvo que interrumpir el trabajo por varios meses porque le era imposible continuar.
En el prólogo, el autor retoma conceptos de distintos pensadores para analizar los puntos de contacto entre los centros clandestinos argentinos y otros sistemas represivos, como los campos nazis o la dictadura franquista. A partir de ahí, plantea que existen experiencias compartidas entre víctimas de distintas épocas y lugares del mundo, pero también que la condición de mujer atraviesa la situación de manera diferente y necesita de una mirada con perspectiva de género.
Pero la presentación no fue solo sobre el proceso de investigación. Serrano Blanquer volvió a compartir la mesa con algunas de las mujeres de las que sus testimonios forman parte del libro. En una tarde fría en el auditorio Mabel Gutiérrez del Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA), Iris Avellaneda recordó su paso por el Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio Campo de Mayo y las consecuencias que esa experiencia tuvo en su vida.
Iris Avellaneda es una histórica referente de derechos humanos y actual presidenta de la Liga Argentina por los Derechos Humanos. Fue secuestrada durante la última dictadura junto a su hijo, Floreal “Negrito” Avellaneda, asesinado, y desde entonces se dedica a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia.
A cincuenta años, Avellaneda asegura que la experiencia sigue estando «tan latente». «Es algo tan fuerte que una a veces se pone a pensar de dónde sale tanta fortaleza para soportar todo lo que soportamos», afirmó. También destacó la importancia de seguir transmitiendo estas historias a las nuevas generaciones. En ese sentido recordó una charla en una escuela primaria donde una niña le preguntó: «¿Por qué vos no llorás cuando hablás de tu hijo?». Ella respondió que ya había derramado demasiadas lágrimas y que ahora las que derrama son de alegría. Ahí -explicó- encuentra la fortaleza para seguir contando su historia.
Luego tomó la palabra Miriam Lewin, periodista de investigación, escritora y sobreviviente de la última dictadura militar. Estuvo detenida en los centros clandestinos de tortura y exterminio de la ESMA y Virrey Cevallos, y fue testigo en el histórico Juicio a las Juntas Militares.
Lewin retomó uno de los ejes centrales del libro, los puntos de contacto entre distintas experiencias represivas. Señaló que el esfuerzo que implica dar testimonio sobre “ese infierno” probablemente haya sido similar para las mujeres que sobrevivieron a los campos nazis, “a pesar de las distancias y las diferencias entre los genocidios”.
Pero también destacó que las mujeres enfrentaron obstáculos particulares a la hora de contar lo que habían vivido. Recordó que durante mucho tiempo existió la idea de que las sobrevivientes habían hecho “cosas terribles para sobrevivir” y que, por eso, eran vistas como “traidoras”. “Con vida nos llevaron, con vida los queremos, pero cuando volvíamos con vida éramos incómodos. Habíamos atravesado el Hades y no habíamos salido de la misma manera que habíamos entrado”, afirmó. Y citando a Primo Levi, sostuvo que nadie sobrevive a un campo de concentración sin algún tipo de concesión.
Lewin explicó que esos prejuicios también existían entre las propias sobrevivientes. “Nosotras mismas teníamos el estereotipo de que si algo te pasaba y no habías ido con una pistola en la cabeza, habías dado tu consentimiento para que esto ocurriera”, recordó. A partir de esa experiencia, vinculó esas formas de estigmatización con debates actuales sobre violencia sexual, consentimiento y revictimización de las mujeres que denuncian. Por eso insistió en la necesidad de analizar los crímenes de lesa humanidad desde una perspectiva de género y recordó que durante años muchas violencias sexuales quedaron invisibilizadas en los procesos judiciales. “No se puede hablar de consentimiento en un centro clandestino de detención”, sostuvo. Y agregó: “Si el crimen no es contra ellas, es contra la humanidad”. Para cerrar, recuperó una de las preguntas que recientemente planteó Gisèle Pelicot en el debate público sobre la violencia sexual: «¿De qué lado tiene que quedar la vergüenza? ¿De qué lado tiene que quedar la culpa?».
La última en dar su palabra fue Ana María Careaga, psicóloga, investigadora y sobreviviente del CCDTyE Club Atlético. Fue secuestrada en 1977 cuando tenía 16 años y estaba embarazada, y desde la vuelta a la democracia se convirtió en una referente en la defensa de los derechos humanos y la visibilización de la violencia sexual durante la dictadura.
Careaga analizó cómo este libro, al igual que otros testimonios, investigaciones y producciones sobre la dictadura, permite volver sobre un pasado reciente que todavía nos involucra. Sin embargo, también remarcó la relación entre ese pasado y el presente, al señalar que muchas de las «estrategias de dominación» desplegadas durante el terrorismo de Estado siguen estando en la actualidad. Es por eso que retomó la importancia del testimonio como una herramienta fundamental para construir memoria. «Hay algo del decir, del testimonio, que justamente separa de los dichos de los que nadie se hace cargo», sostuvo. Y agregó: «No es ‘a mí me lo contaron’, es ‘yo lo sufrí'».
Luego hizo referencia a uno de los conceptos que también aparece en el libro, la idea de los centros clandestinos como «no-lugares». Según explicó, se trata de espacios que vuelven aún más difícil la tarea de narrar la experiencia, porque implican «el intento de explicar lo inexplicable». También reflexionó sobre cómo muchas veces son los propios sobrevivientes quienes pueden entender con más profundidad a otros sobrevivientes. En esa línea, citó al filósofo y sobreviviente del Holocausto Jean Améry: «Quien ha sufrido la tortura ya no puede sentir el mundo como su hogar». Antes de cerrar, Careaga volvió sobre la violencia ejercida sobre los cuerpos, pero también sobre los límites de ese poder. «El último lugar al que ellos no pueden entrar es en tu cabeza», afirmó.
Este libro no finalizó una discusión, sino que Cuerpos cautivos, memorias vivas la abre. Al recuperar testimonios de mujeres sobrevivientes y visibilizar experiencias históricamente silenciadas, el libro propone repensar los crímenes de lesa humanidad desde una perspectiva de género. Como señaló Serrano durante la presentación, las protagonistas «han hecho el esfuerzo no solo por contar su historia sino estas otras historias», recuperando nombres, voces y memorias más allá de las experiencias individuales. El libro no solo contribuye a preservar estos relatos para las nuevas generaciones, sino que también invita a seguir «actualizando» el pasado y seguir ampliando el debate sobre las violencias específicas que atravesaron las mujeres durante el terrorismo de Estado.