Por Candela Acedo y Iara Nougues
Fotografía: Oriana Estrada

El Centro Barrial Hurtado, que asiste a personas afectadas por el consumo de drogas y también funciona como comedor popular, soporta recortes presupuestarios y tuvo que reducir las raciones para quienes se acercan a pedir un plato de comida, que cada vez son más. Para peor, el Gobierno de la Ciudad dispuso que se le tomen los datos a los necesitados que concurren a este espacio, que funciona en el borde de la Villa 21-24 de Barracas.

Sobre la calle Iguazú, a una cuadra de la Villa 21-24, el Centro Barrial Hurtado abre todos los días a las nueve de la mañana. Es, sobre todo, un espacio de orientación, contención y atención de personas en situación de sufrimiento social por el consumo problemático de drogas. Funciona dentro del Hogar de Cristo, la red de centros barriales que fundaron los curas villeros para responder a la epidemia de paco en los barrios populares. Fue el primero del país, abrió en 2008, lo inauguró el cardenal Jorge Bergoglio. Hoy son más de trescientos en toda la Argentina. Pero también es un comedor abierto al barrio, y cualquier vecino que necesite un plato puede entrar, sea quien sea. Por eso, entre las personas que llegan cada día, hay quienes están en consumo activo o en proceso de recuperación, pero también familias, chicos y vecinos que no llegan a fin de mes.

Adentro hay un salón donde se hacen las reuniones grupales y los almuerzos, consultorios pequeños para las charlas privadas con psicólogos y psiquiatras, una salita con cunas para los hijos e hijas de quienes están en proceso, y al lado, una cancha de fútbol. El espacio se sostiene como puede: faltan baldosas en algunos sectores y hay paredes a las que le falta pintura. Hace un año y medio, quien quisiera podía repetir el plato. Hoy hay una sola ración por persona y hay días en que no alcanza para todos:La realidad es que hoy no se le puede cerrar la puerta a nadie, no se debería hacer”, dice Camila, que trabaja en el Hurtado hace tres años y se ocupa de la escuela para adultos. La explicación es directa: “Hace más de un año estamos recibiendo la misma plata desde el Gobierno de la Ciudad, y al mismo tiempo nos están bajando menos mercadería. Nosotros tenemos que comprar más y recibimos lo mismo”. Mientras tanto, no para de llegar más gente. En los últimos tres meses entraron al lugar unas setenta personas nuevas. Y en verano, cuando el calor mantiene más tiempo en la calle a quienes viven ahí, viene todavía más.

A eso se le suma otra cosa nueva. Hace cuatro o cinco meses, el Gobierno de la Ciudad sumó una obligación: registrar todos los días, en una aplicación del celular, a cada persona que desayuna o almuerza en el lugar, con nombre, apellido y DNI. En el Hurtado lo recibieron con rechazo: “Fue una discusión bastante intensa”, recuerda Camila. Hay personas que no pueden responder porque están demasiado mal, otras que prefieren no dar sus datos. Pero, sobre todo, hay una cuestión de fondo: “No es el objetivo del lugar controlar quién viene, sino recibirlos, seas quien seas”. El objetivo oficial del registro es controlar que la institución realmente atienda a la cantidad de personas que dice atender. En el rubro tienen otra lectura: “Ya le ha pasado a compañeros en otros lugares: por no completar esa lista, les redujeron los alimentos”, advierte Pilar, también trabajadora del Hurtado desde hace tres años, que se ocupa del Hurtadito, el espacio donde se acompaña a los hijos e hijas de quienes están en proceso de enfrentar la adicción: “Me parece que es una forma de control y de reducción de recursos que cada vez nos está comiendo más el trabajo”. En otros espacios con los que trabajan en conjunto, hospitales y centros de salud, ya redujeron personal. “Creo que en cualquier momento eso también nos va a producir un conflicto.”

Atender el daño

Lo que hace el Hurtado, más allá del comedor, es atender el daño que el consumo deja en las personas y acompañar a quienes quieren dejar de consumir. El día se organiza en dos “umbrales”. El primero, por la mañana, es para personas que están en situación de calle y en consumo activo: vienen a desayunar, ducharse, cambiarse de ropa, descansar y almorzar. No hay condiciones: “Todo esto es abierto al que quiera pasar, a toda la comunidad”, dice Camila. El segundo umbral, por la tarde, es para quienes “eligieron dar un paso más y poder rehabilitarse”: personas que empezaron un proceso terapéutico para dejar el consumo. Tienen acceso a grupos de tratamiento, talleres de carpintería, textil, de género, recreación, una escuela primaria y secundaria para adultos. Otros centros del Hogar de Cristo se encargan de lo que llaman “tercer y cuarto umbral”, cuando las personas ya están más avanzadas en la recuperación y empiezan a buscar trabajo o un lugar donde vivir. En el Hurtadito, mientras tanto, se acompaña a los hijos e hijas de quienes están en proceso de rehabilitación: “Buscamos integrar a ese niño a los cuidados que necesita, escuela, turnos de salud, un acompañamiento integral, tanto para la madre como para el hijo, para que puedan empezar a vivir mejor”, cuenta Pilar.

Pero ese trabajo con el consumo es justamente el que más siente el ajuste. La principal fuente de financiamiento viene del Sedronar, la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas, que sostiene cerca de trescientos centros del Hogar de Cristo en todo el país. “Sedronar no tiene la cantidad de espacios necesarios para enfocarse en la rehabilitación del consumo que necesita la comunidad”, advierte Camila. Los pagos, además, llegan tarde de manera sistemática: “Siempre hay un atraso que es parte del recorte”,  explica Pilar. Y eso también se traduce en cómo se mantiene el lugar: “Hay veces que no tenemos para arreglar una puerta, pintar una pared, o se tiene que estar haciendo malabares para que esas cosas se puedan lograr”, agrega Camila. A esa fuente principal se suman el aporte del Gobierno de la Ciudad por funcionar como comedor, un aporte menor de la Iglesia, donaciones de empresas, sobre todo productos de higiene, y mercadería de la parroquia de Caacupé. Desde el fallecimiento del papa Francisco, quien fue cura en la Villa 21-24 y uno de los fundadores del espacio, el Vaticano también suma una pequeña subvención para los cinco centros en los que él participó directamente. Pero la suma de todo eso no alcanza. “Si pensamos en un plato saludable, con alimentos variados, eso la verdad que no se logra”, dice Pilar. Y hay señales del ajuste en cosas chicas pero concretas: a quienes hacen el proceso terapéutico se les entregaba mercadería seca, fideos, polenta, enlatados, galletitas, para llevar a la casa todas las semanas; hoy es cada dos.

No son solo personas en situación de calle las que explican el aumento: “Lo más preocupante es que aumentó la cantidad de personas que quizás no están en situación de calle y que también necesitan un plato de comida”, señala Pilar. Familias que no llegan a fin de mes, madres con hijos, vecinos del barrio que antes no necesitaban venir al comedor. “En estos últimos tres años, el cambio fue abismal”, agrega. El sistema de paradores de la Ciudad, donde las personas en situación de calle pueden pasar la noche, completa el cuadro: “Está completamente colapsado. Los dejan dormir en los micros, no hay camas. Es un conflicto habitacional muy grande, producto de que hoy no existen herramientas que puedan acompañar integralmente a esas personas”.

“Lo que veo acá es un horror”

Detrás de las cifras y los recortes hay trayectorias concretas. Jonathan Ferreira tiene 34 años y hace dos años que viene al Hurtado de forma continua. Está en proceso de recuperación, vive en una pequeña casa que funciona como etapa previa a la granja del Hogar, y hoy acompaña el espacio de la mañana como parte de su recorrido: Cada vez que pasa el tiempo hay gente que está más lastimada, por el tema del consumo, la calle, la falta de comida, de asesoramiento”, dice. “Yo nací y me crié en este barrio. Lo que veo acá es un horror.”

Carlos Matías Ayala tiene 46 años y conoce el lugar desde que abrió, en 2008. Después de varias idas y vueltas, lleva dos años de proceso sin cortes. Pone en palabras algo que también marcan las trabajadoras: el problema hoy no es solo cuánta gente viene, sino de dónde viene. “Cada vez hay más gente en la calle porque las cosas salen más caras. Vienen no solo de Capital, también de provincia. Antes había comedores, había lugares; ahora hay menos. Entonces cae más acá”.

Gustavo tiene 42 años y participa del Hurtado hace diez. “Ya tengo proceso”, dice y agrega: “Pero tuve una recaída, por eso estoy de nuevo acá”. Lauro Campos tiene 53 y llegó ayer por primera vez, aunque conoce la red: estuvo tres meses en un Hogar de Cristo en Linares. Cuando se les pregunta qué es lo que más valoran del lugar, ninguno duda: “La contención, el abrazo, la familia, porque es lo que uno necesita”, dice Gustavo. “El buen trato”, suma Lauro. “Trato caliente, un abrazo, un aliento. Sabés que estás limpio, no corrés riesgo de nada”.

A pesar de todo, el Hurtado sigue abriendo todos los días. A la mañana, ducha, desayuno, ropa, espacio abierto. Al mediodía, almuerzo en dos turnos. A la tarde, talleres, escuela, espacios terapéuticos. Los viernes, un cierre donde se hace balance de la semana. “Empezamos el lunes y bueno, cerramos el viernes”, describe Jonathan.

A las cinco de la tarde se sirve la merienda. El espacio cierra. Mañana, vuelve a abrir.