«La nueva oligarquía tecnológica» es el último libro de Ariel Goldstein, donde lanza pistas sobre los magnates de Silicon Valley: cómo erosionan las democracias, cómo definen nuestras conductas y cuál es su vínculo con la derecha política. ¿Por qué vienen a la Argentina?
Peter Thiel llegó a Buenos Aires entre el 16 y el 17 de abril. Se reunió con personajes como Javier Milei, Santiago Caputo, Luis Caputo, Federico Sturzenegger y, recientemente, Juan Grabois. Se compró una mansión en Barrio Parque, donde vive con su marido y sus dos hijos, que ya están anotados en un colegio de la ciudad. El 23 de abril visitó la Casa Rosada, el mismo día que el presidente decidió cerrar la Sala de Periodistas. El 22 de mayo, el Ministerio de Capital Humano anunció el lanzamiento de un “Gemelo Digital Social”, con definiciones sumamente opacas sobre su funcionamiento. Sin embargo, estas coincidencias no despertaron mayores escándalos en la sociedad argentina. “Este problema no ha sido públicamente construido. La gente no entiende lo que está pasando, porque tampoco es algo plenamente visible. Si fuera un poco más visible sería escandaloso”, advierte Ariel Goldstein, doctor en Ciencias Sociales y autor de La nueva oligarquía tecnológica.
En diálogo con ANCCOM, Goldstein dice que su último libro es un intento por comprender las estructuras de poder que están detrás de las élites tecnológicas que, según él, se han transformado en la oligarquía de nuestro tiempo. El investigador propone entender a los gigantes tecnológicos no como una masa homogénea, sino como actores que cumplen distintas funciones en un sistema de dominación: “Quizás el régimen tecnopolítico en su conjunto quiere algo común que no es ni una democracia ni una dictadura, sino un régimen híbrido, que vacía la representación democrática y le da más poder a las corporaciones, a los datos, al algoritmo. Pero no todos quieren lo mismo dentro del régimen tecnopolítico. En un momento me doy cuenta de que Alex Karp y Peter Thiel [los fundadores de Palantir] no son lo mismo que el resto. Estos tipos son filósofos, tienen una mirada del mundo. Karp se formó con la Escuela de Frankfurt, con el tema de la dominación, que es uno de los temas centrales de la sociología alemana”.
Goldstein distingue cuatro categorías en las que se inscriben los oligarcas tecnológicos: los arquitectos -ideólogos del régimen, quienes diseñan las tecnologías que permiten ejercer la dominación tecnocrática- como Thiel y Karp; los operadores carismáticos -los que movilizan afectos e incitan a la polarización política- como Elon Musk o Donald Trump; los administradores -los que gestionan las plataformas e infraestructuras que funcionan como el entorno social donde se naturaliza y se vuelve cotidiana la dominación- como Mark Zuckerberg, Jeff Bezos o Sam Altman; y, por último, los traductores periféricos -quienes adaptan el régimen tecnopolítico a contextos locales de la periferia, usualmente atravesados por crisis- como Javier Milei, Daniel Noboa o Nayib Bukele. “Esta tipología es el aporte principal del libro”, dice Goldstein. Si bien muchos autores escribieron sobre este nuevo régimen tecnopolítico, ninguno describió los matices que diferencian entre sí a los distintos tecnócratas.
Entre risas, el autor revela que arribó a estas categorías con un poco de ayuda de Chat GPT: “Para mí, los modelos de lenguaje pueden servir para acelerar procesos de conocimiento, razonamiento, testeo de hipótesis. Quizás solo, sin la ayuda del chat, también hubiera llegado a estas categorías. Pero sin dudas aceleró el proceso”. En general la innovación tecnológica, como signo de progreso, aparece más asociada a la derecha que a la izquierda política. Para Goldstein, el progresismo tiene que disputar su lugar en el campo de la tecnología: “Los desarrollos tecnológicos traen evolución en las fuerzas productivas, y también, por lo general, mejoramiento de la calidad de vida. La izquierda tiene que encontrar la manera de insertarse en esa trama. La autonomía cognitiva tiene que ser utilizada por el progresismo para disputar ese campo. Yo he escuchado profesores que dicen que TikTok es el enemigo, por ejemplo. Bueno, puede ser que en parte sea el enemigo, pero fijate cómo la derecha supo utilizar las redes sociales. Hay muchos más influencers de derecha que de izquierda”.
Empresarios como Thiel y Karp son lo que Goldstein considera arquitectos del régimen político y el mundo que diseñan entiende a la democracia como un obstáculo para la libertad y las innovaciones tecnológicas. Thiel ha dicho explícitamente que considera a la libertad incompatible con la democracia. “En vez de preguntarse cómo podemos reformar la democracia para que tenga mayor capacidad de ajustarse a los problemas tecnológicos, estos tipos plantean ir hacia un régimen autoritario. Ahí se ve la influencia que tiene en Thiel Curtis Yarvin [un bloguero estadounidense], quien propone abiertamente reemplazar las democracias por una especie de CEO-monarca”, explica Goldstein. Y agrega: “Por eso la fascinación de todos estos personajes con el mundo árabe, con el mundo de las monarquías del Golfo, con personajes como Ahmed Bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudita. En esos lugares hay aceleración tecnológica sin los problemas de la democracia”.
A eso se suma la incursión de los gigantes tecnológicos en el campo de la seguridad y la defensa nacional. El autor revela que si antes el Estado se definía por el monopolio de la violencia legítima, ahora esa exclusividad es puesta en jaque: “Ahora eso cambia porque tenés estas grandes corporaciones de las cuales dependen la represión y la violencia. Ya no es solamente el Estado”. De hecho, empresas como Palantir ofrecen su software a las instituciones militares de Estados Unidos para optimizar estrategias de guerra y colaborar con el ICE, el organismo de control de inmigración, para identificar y deportar inmigrantes del territorio estadounidense. Goldstein agrega: “Esta intersección de datos permitió, por ejemplo, la captura de [Nicolás] Maduro o el asesinato de Alí Jameneí en Irán. Estas IA son muy útiles para este tipo de operaciones quirúrgicas. Entonces, este tipo de tecnologías tienen un potencial disruptivo, pero también generan un desequilibrio muy grande a nivel internacional”.
«La autonomía cognitiva tiene que ser utilizada por el progresismo para disputar ese campo. Yo he escuchado profesores que dicen que TikTok es el enemigo, por ejemplo. Bueno, puede ser que en parte sea el enemigo, pero fijate cómo la derecha supo utilizar las redes sociales. Hay muchos más influencers de derecha que de izquierda”, dice Goldstein.
La preocupación por el mundo que imaginan y construyen estos tecnócratas adquiere una dimensión particular para la Argentina, que es para aquellos un posible territorio de experimentación. Goldstein describe que la función de lo que él denomina traductores periféricos es esa: adaptar el régimen tecnopolítico a la periferia. “Argentina es un laboratorio de experimentación para el régimen. Hay cosas que no pueden probarse en los países centrales y se experimentan en las naciones periféricas, donde hay crisis políticas y las instituciones están colapsadas. Acá no hay mecanismos democráticos fuertes que puedan impedir ese experimento”. En este sentido, la presencia de Peter Thiel en el país se vuelve especialmente inquietante. Goldstein escribió La nueva oligarquía tecnológica antes de la llegada del empresario a la Argentina, pero ya apuntaba que el país es terreno fértil para la opaca experimentación de este régimen.
En diálogo con ANCCOM, el autor advierte sobre una entrevista publicada por FiloNews que pasó sumamente desapercibida. Santiago Siri, argentino programador y especialista en tecnología, le hizo un reportaje a Eric Weinstein, mano derecha de Thiel. Según Goldstein, lo que Weinstein plantea en la entrevista es escandaloso: “Yo fui sacando las partes que me interesaban. Entre muchas otras cosas, Weinstein dice que Buenos Aires es la última ciudad europea natural, y que Argentina es lo más parecido a lo que Europa era antes. Dice: ‘Usen su aislamiento como país para salir de su decadencia. Hagan un instituto para salir del sistema solar, para eso necesitan 10 personas con plata. Imaginá que más billonarios vienen a la Argentina. Cada europeo y cada indígena que llegó aquí tomó un gran riesgo para llegar. No se dan cuenta de que si están en este estado de decadencia es porque no están dispuestos a soñar. Aquí es donde guardamos a Europa por si la cagamos”. Y añade: “O sea, el chabón se baja del avión y no es que dice ‘a ver cómo está la Argentina, cómo están los pibes, cómo está la desigualdad’. No, nada de eso. ‘Ustedes son el reservorio europeo del apocalipsis’, dice. Está pensando en experimentación, recursos naturales, tierra para millonarios”.
A eso se agrega el rol pasivo del entrevistador: “Santiago Siri aparece como una especie de interlocutor, traductor de esta oligarquía tecnológica en la periferia. Porque se reunió con Thiel, ahora aparece con Weinstein. Está traduciendo para un cierto sector tecnológico de la Argentina y lo deja hablar sin perspectiva crítica. Yo agradezco la entrevista porque permite ver desnudo el mecanismo. Pero una persona con una perspectiva más crítica tendría que haber interrogado una enorme cantidad de cosas que le dejó pasar. Como por ejemplo, que los indígenas no llegaron a la Argentina, sino que ya estaban acá”.
De alguna manera, aparece una suerte de distancia entre la frontalidad con que estos tecnócratas hablan del régimen tecnopolítico y la poca reacción de la sociedad al respecto. Según el autor, “no hay que ser muy sagaz para darse cuenta cuál es el proyecto que están proponiendo. Pero pareciera que no genera demasiado revuelo. Hay una gran eficacia de quienes están enfrente y una gran dificultad de nosotros para traducir estos problemas de manera que la gente pueda entender la relevancia que tienen. Porque también pueden ser interpretados de otra manera: viene la innovación, viene el desarrollo tecnológico, ‘es ahora o nunca’. Ese discurso también puede ser seductor”. La nueva oligarquía tecnológica es una invitación a pensar las transformaciones del poder en el siglo XXI. Goldstein busca llamar la atención sobre actores e ideas que, aunque cada vez más influyentes, todavía no son percibidos como un problema público. El libro será presentado en la librería del Fondo de Cultura Económica (Palermo), el próximo 4 de agosto, y contará con la participación del autor y de Claudio Martinez, Leandro Santoro y Constanza Brunet.