Por Maitena Hoppe
Fotografía: Guadalupe Presa Falcón

En la estación de tren rebautizada con sus nombres, organizaciones sociales y familiares recordaron a los militantes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, asesinados el 26 de junio de 2002 por la policía bonaerense cuando reclamaban trabajo y comida.

La Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki construye memoria todos los días: sus pasillos están cubiertos de murales, pintadas, fotografías y frases que mantienen vivo el recuerdo de los dos militantes asesinados el 26 de junio de 2002. Pero todos los años, cuando se acerca un nuevo aniversario de la Masacre de Avellaneda, aquella memoria se convierte en jornadas de encuentro y movilización. 

A 24 años de los asesinatos de Kosteki y Santillán, organizaciones sociales, políticas, sindicales y culturales volvieron a reunirse en la estación para una nueva edición del festival “Junio Arde Rojo”. Durante la tarde hubo conversatorios, intervenciones artísticas, muestras fotográficas, una feria autogestiva, una olla popular, música en vivo y espacios de debate que confluyeron en un mismo objetivo: mantener viva la memoria de Darío y Maxi y renovar el reclamo de justicia por los responsables políticos de sus asesinatos.

En cada rincón de la estación aparecen huellas de aquella historia; pero entre todas ellas sobresale un pequeño santuario dedicado a Darío Santillán. Allí, una estampita lo presenta como “San Darío Santillán”, un “héroe piquetero”. Y la imagen no es casual. Desde hace más de dos décadas, la fotografía que registró el momento en el que Darío intentaba auxiliar a Maximiliano Kosteki, segundos antes de ser asesinado a manos de la policía, dejó de ser únicamente un documento judicial y periodístico para convertirse en uno de los símbolos más emblemáticos de la lucha piquetera argentina.

Esa construcción de memoria no podría haber sido posible sin el trabajo del fotoperiodismo. Aquellas imágenes, tomadas por los fotógrafos José Mateos, Sergio Kowalewski y Mariano Espinosa, fueron decisivas para desmontar la versión oficial que intentaba instalar un enfrentamiento entre los manifestantes piqueteros que reclamaban por trabajo y major calidad de vida.

Las secuencias fotográficas trascendieron las paǵinas de los diarios y comenzaron a reproducirse en murales, banderas, afiches y pintadas. La figura de Darío, con el brazo levantado mientras intentaba proteger a su compañero herido, terminó convirtiéndose en un emblema de solidaridad y compromiso militante.

 

Movimiento de lucha

“Lo importante es seguir en las calles, porque es ahí donde hemos conseguido las cosas. Y nos ha costado. Nosotros hemos pagado con sangre”. Con esas palabras, Leonardo Santillán, hermano de Darío, cerró uno de los discursos centrales de la jornada realizada en la estación. Frente a militantes, organizaciones sociales y vecinos insistió que la pelea por justicia ya no sólo se limita al asesinato de Kosteki y Santillán, sino que también implica acompañar otras luchas atravesadas por la represión estatal. Aunque el reclamo histórico sigue siendo el juicio y castigo a todos los responsables materiales y políticos del operativo represivo del 26 de junio de 2002, la jornada también incorporó nuevas (viejas) consignas. La libertad para los detenidos por protestar, el rechazo a la criminalización de la protesta social y la defensa de las organizaciones populares. “Nosotros hoy como familia seguimos en la calle pidiendo justicia pero también estamos reivindicando su actitud militante, acompañando otras causas, otras luchas”, concluyó Santillán.

Durante el acto también tomó la palabra Daniela Calarco, dirigente del Movimiento Teresa Rodríguez – Votamos Luchar, quien puso el foco en la necesidad de transmitir la historia de los militants asesinados a las nuevas generaciones. Días antes, contó, había participado de una proyección de la película La crisis causó dos nuevas muertes 2 en el Centro Cultural La Toma, en Lomas de Zamora, donde familiares y compañeros recordaron cómo eran ambos militantes en su vida cotidiana. “Lo que más nos impactó fue pensar lo pibes que eran. Pibitos muy jóvenes. Muchos de los chicos que hoy tienen la misma edad que ellos cuando fueron asesinados ni siquiera habían nacido en el 2002”, señaló. Cuando sucedió la Masacre de Avellaneda Darío tenía 21 años y Maxi 22.

La dirigente, además, sostuvo que las condiciones políticas y sociales que dieron origen al movimiento piquetero en aquel entonces vuelven a aparecer con fuerza. Recordó que, a comienzos de los años 2000, miles de trabajadores desocupados encontraron en los cortes de ruta una herramienta de organización luego de perder sus empleos. “El contexto era muy parecido al de hoy”, afirmó, y mencionó el cierre constante de fábricas y comercios como parte de un escenario que vuelve a empujar a los sectores trabajadores y piqueteros a organizarse.

Sin embargo, aseguró que existe una diferencia respecto a aquel momento: la experiencia acumulada. “Tenemos casi 30 años de organización y eso nos permitió fortalecernos. Lejos de desgastarnos, seguimos más organizados, con más convicción y con muchos jóvenes dispuestos a continuar esta lucha”, expresó. Pero al mismo tiempo, esta continuidad de las organizaciones piqueteras implica enfrentar la criminalización de la protesta y sostener la unidad entre los distintos sectores populares. “Probablemente sigamos sumando compañeros perseguidos o con causas judiciales, pero acá está el movimiento organizado para defender esas luchas”, concluyó.

También, tanto Calarco como Santillán, reclamaron por la libertad de Eneas Gallo y Milton Tolomeo, detenidos tras las protestas contra la Ley Bases.

Construyendo memoria

“¿Por qué es importante que la estación se llame Darío y Maxi?” se dejaba leer en una de las tantas cartulinas rojas que impregnaban la ex Estación Avellaneda. Alrededor, las respuestas escritas a mano alzada por los propios asistentes: “Para nunca olvidar que dieron su vida por la lucha”, “Porque aquí los sentimos. Los queremos”, “Para recordar todos los días que Darío y Maxi están presentes. Hoy, mañana y siempre. Que su llama de lucha no muera nunca”.

La propuesta fue impulsada por la organización Familiares y Compañeros de Darío y Maxi, un espacio conformado con el objetivo de acompañar en el reclamo de justicia por los responsables materiales y políticos de la Masacre de Avellaneda y mantener vivo el recuerdo de ambos militantes.

“Este es el segundo año que montamos la Carpa de la Memoria. Buscamos visibilizar el pedido de justicia pero también construir y mantener la memoria activa”, explicó Ana Clara, integrante del espacio, en diálogo con ANCCOM.

“El año pasado preguntábamos dónde estaba cada uno o cómo se había enterado de lo que pasó el 26 de junio de 2002. Fue muy emocionante porque respondieron tanto personas que lo vivieron como otras que ni siquiera habían nacido. Algunos escribían que conocieron la historia porque un familiar se las contó; otros, simplemente porque un día pasaron por esta estación y se preguntaron por qué llevaba esos nombres”, relató. “Es muy importante que los pibes y las pibas también conozcan esta historia y la hagan propia. En eso, las Madres de Plaza de Mayo son un ejemplo enorme de cómo sostener la memoria en el tiempo”.

La Carpa de la Memoria fue una de las tantas propuestas que se desplegaron este jueves en el marco de la jornada cultural. Desde el mediodía, la estación se convirtió en un punto de encuentro para diferentes organizaciones que participaron de conversatorios, muestras fotográficas, medios alternativos, intervenciones artísticas y presentaciones musicales. La memoria de Kosteki y Santillán dialogaba con otras luchas: había fotografía de víctimas de represión estatal, puestos de editoriales independientes, serigrafía y otros espacios de arte que encontraban allí una forma de recordar  distintas historias de resistencia.

Entre ellos estaba Bordando Historias, una agrupación que se reúne cada quince días para bordar pañuelos, telas y bastidores dedicados a distintas causas vinculadas con los derechos humanos. Nacido a partir del reclamo de justicia por el incendio del taller textil clandestino Luis Viale, ocurrido en 2006, el grupo utiliza la tela, el hilo y las agujas como herramientas de memoria colectiva. “Nos juntamos a bordar luchas que nos conmueven. Venimos de distintos espacios, no pertenecemos a un mismo partido político, pero nos une la necesidad de construir memoria”, contó una de sus integrantes. En esta oportunidad, las agujas dibujaban los rostros de Darío Santillán y Maximiliano Koskteki. “Bordando historias también construimos memoria”, explicó. Para el grupo, mantener vivas aquellas caras y nombres implica seguir reclamando justicia. “Los responsables políticos de la Masacre de Avellaneda siguen impunes: Felipe Solá, Aníbal Fernández y Eduardo Duhalde. Esta masacre marcó un antes y un después en el movimiento obrero y en el movimiento de trabajadores desocupados. Hoy más que nunca en el contexto en el que estamos viviendo exigimos justicia”, concluyó otra de las integrantes.

Al día de hoy, los únicos condenados por la massacre fueron quienes apretaron el gatillo: el comisario Alfredo Franchiotti y el cabo Alejandro Acosta.

Junio arde rojo

Osvaldo tiene 56 años, vive en Gerli y llegó por su cuenta a la estación. No integra ninguna organización, pero decidió participar de la jornada porque, según explicó a ANCCOM, “está en contra de toda represión política y policial”. Para él, el aniversario de la Masacre de Avellaneda no remite únicamente al pasado. “Hay que conocer la historia para no repetirla. Y mucho más ahora, cuando las luchas por las que murieron Darío y Maxi todavía no se saldaron”, sostuvo.

Mientras algunos niños pintaban los rostros de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en un espacio destinado a las infancias, sobre el escenario sucedían intervenciones artísticas, lecturas de poesía y canciones populares. Hacia el cierre, vecinos, militantes y asistentes improvisaron una ronda de baile al ritmo del folklore. Minutos antes, una de las poetas había leído: “Junio arde rojo y como cada 25 nos recuerda el dolor de lo colectivo. Más tarde, Todo preso es político, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, sonó como una consigna que sintetiza buena parte de los reclamos presentes durante el festival.

La convocatoria concluyó con el llamado a movilizarse hacia el Puente Pueyrredón, el mismo lugar donde el 26 de junio de 2002 las fuerzas de seguridad reprimieron una protesta de organizaciones de trabajadores desocupados que reclamaban trabajo, alimentos para los comedores populares y asistencia social, dejando como saldo los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Veinticuatro años después, los nombres, las consignas y las demandas vuelven a reunirse en el mismo lugar.

La edición 2026 del festival estuvo marcada, además, por una resolución de la Cámara Federal de La Plata que garantizó la realización de los actos conmemorativos en la estación y el Puente Pueyrredón. A través de una medida cautelar, el tribunal ordenó al Ministerio de Seguridad abstenerse de impedir, hostigar o dispersar las actividades previstas y reconoció el valor de ambos espacios como sitios de memoria.

La exigencia de justicia por los responsables políticos de la Masacre de Avellaneda convive con nuevos reclamos frente a la criminalización de la protesta, las detenciones de manifestantes y el deterioro de las condiciones de vida. La jornada dejó en claro que, para quienes participaron, los asesinatos de Kostehi y Santillán no pertenecen únicamente al pasado: continúan siendo un punto de partida para pensar las luchas sociales y las políticas del presente.