A 24 años de la Masacre de Avellaneda, Mara Kosteki habló con ANCCOM sobre la memoria de su hermano Maximiliano, las disputas alrededor de su legado y el dolor persistente de una ausencia que ni el paso del tiempo ni las condenas judiciales lograron reparar.
Pasaron 24 años de aquel 26 de junio en el que las balas de plomo de la Policía Bonaerense atravesaron con crueldad al pibe que soñaba con sacar a su barrio de aquellos oscuros días.
La orden política del gobierno de Eduardo Duhalde era clara: que los manifestantes no crucen el puente Pueyrredón hacia CABA. Esa tarde, en Avellaneda, las escopetas policiales llevaban plomo en los cañones. Y los efectivos que dispararon también arrastraron a aquellos moribundos cuerpos por los hombros, como quien torpe y mecánicamente ramea un costal de papas. “Te tengo en todas las fotos”, le dijo a uno de los policías José “Pepe” Mateos –entonces fotoperiodista del diario Clarín–, quien junto a Sergio Kowalewski –fotógrafo de Madres de Plaza de Mayo– hicieron disparos pero con sus cámaras y captaron a los que mataron a Maximiliao Kosteki y a Darío Santillán ese 26 de junio de 2002.
Las fotografías tomadas aquella jornada terminarían por demostrar, ante la opinión pública y ante la Justicia, que no se había tratado de un enfrentamiento entre piqueteros, como intentó instalar el gobierno, sino de una masacre planificada.
“Nunca me puse a pensar en esa palabra”, reflexionó Mara Kosteki. “Sí que fue una masacre”, añadió. “Por todo el combo: la marcha, la gente, la forma en que los mataron. Con Darío fueron crueles; el asesinato de Maximiliano fue producto del caos, de las corridas y el tratar de resguardarse”, sentenció.
Kosteki fue herido de manera grave en la desbandada que se produjo y con ayuda de sus compañeros llegó a refugiarse en la estación de tren. La policía ingresó apuntando con las Itakas y aquellos que los socorrían, intentaban escapar. Todos, menos Darío Santillán que continuaba asistiéndolo. A él, el comisario Alfredo Franchiotti y el cabo Alejandro Acosta le dispararon mortalmente por la espalda. “Todavía veo el charco de sangre en el suelo cada vez que estoy ahí”, recordó Mara.
Santillán estaba socorriendo a aquel compañero al que ni siquiera conocía. Mientras otros buscaban ponerse a salvo, él regresó sobre sus pasos y pidió a los gritos que cesara el fuego. Decidió no huir, y esa decisión terminó costándole la vida. Mientras permanecía junto a Murió allí mismo, junto al hombre al que había intentado salvar.
Algo se quebró
Para el fotoperiodismo argentino esa jornada fue el hito histórico de una labor extraordinaria, tanto que acabó decantando el desenlace judicial, aportando dignidad y justicia a las víctimas. Para la prensa escrita fue el señalamiento de que nada queda impune, que no se le puede adjudicar el gatillo fácil a una crisis -como tituló Clarín– y que el tiempo y el ojo público son enemigos de la impunidad.
Para Mara Kosteki fue el día en que algo se quebró. Se enteró chusmeando de soslayo la tapa de un diario, vio la sangre en el suelo y agradeció, equivocada, que aquel cuerpo no fuese el de su hermano. Maxi era su confidente, con quien se tomó su primera cerveza, con quien fue a su primer recital, su hermano mayor que siempre le pedía que juzgue sus dibujos, el tío de sus dos hijos, de quien siempre les habla con orgullo.
“Yo era chica, tenía diecisiete años”, narró Mara. “No entendía nada; al año siguiente también murió mi mamá. Fui muy sobreprotegida por mi tío, con quien viví hasta que cumplí los dieciocho, y eso un poco me aisló de lo que venía pasando”. Recordó lo difícil que fue vivir todo aquello aislada de lo que pasaba, y agradeció a la familia Santillán por encargarse de sostener la memoria en aquellos años. “Ellos tratan de que yo me involucre un poco más, pero a mí me sigue costando”, reflexionó sobre cómo sostener la memoria de aquel trágico 2002.
Mara, la menor de cuatro hermanos, vivía en Glew cuando murió Maxi. Hoy reside en Flores junto a sus dos hijos, y trabaja desde 2005 en la Casa Rosada como encargada administrativa. Llegó allí de una manera inesperada. Tenía veinte años cuando asistió a un reconocimiento a la Asociación Madres del Dolor, de la que había formado parte su madre antes de fallecer. En ese acto, alguien le presentó al entonces presidente Néstor Kirchner.
“Me preguntó que necesitaba”, recordó. “Trabajo, le dije”. El empleo llegó poco después, aunque adaptarse no fue sencillo. Durante años convivió en los pasillos con figuras políticas a las que asociaba con la tragedia que había atravesado su familia. “Me cruzaba con Duhalde y con otras personas que reconocía como culpables de lo que pasó. Me aguantaba las ganas de gritarles”, contó. Con el tiempo aprendió a convivir con esa contradicción. “Yo empecé a trabajar gracias a Maxi”, reflexionó.
Para Mara Kosteki, recordar a su hermano es una labor desde la que se compromete con sus hijos. “Trato de que tengan un recuerdo vivo de quién fue su tío, no de algo trágico”. Contó que nunca los llevó a la estación porque siente que construir esa memoria en ellos se trata de darles su espacio y de hacerles entender que él murió defendiendo sus derechos y valores. “Hay veces que es necesario levantar la voz y salir a las calles para reclamar, porque si nos quedamos sentados en nuestra casa, la cosa no cambia”.
Convivir con una ausencia que se convirtió en un símbolo político no es algo para lo que uno pueda estar preparado. “Es difícil reconocer que ese símbolo es mi hermano; pero, al mismo tiempo, es un poco gratificante también que la gente siga pidiendo justicia por lo que pasó”, reflexionó entre lágrimas.
Maximiliano Kosteki era artista plástico.
El plan que culminó en masacre
Pensar que quienes apretaron el gatillo están presos no termina de ser un consuelo para Mara. Para la Justicia, los responsables materiales de los asesinatos fueron el ex comisario bonaerense Alfredo Fanchiotti y el ex cabo Alejandro Acosta. Ambos resultaron condenados en 2006 a prisión perpetua por los homicidios de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. El tribunal consideró probado que actuaron como coautores de los asesinatos y también los responsabilizó por varias tentativas de homicidio contra otros manifestantes heridos durante la represión. Además, otros policías recibieron condenas menores por encubrimiento agravado y delitos vinculados a la posterior maniobra para ocultar lo ocurrido.
Hoy, Fanchiotti continúa detenido. En 2025, la Justicia volvió a rechazar un pedido de prisión domiciliaria y ratificó que debía seguir cumpliendo la condena en la cárcel.
La situación de Acosta es distinta. Varias resoluciones judiciales le permitieron acceder a la libertad condicional tras haber cumplido buena parte de la pena, por lo que actualmente no se encuentra preso en una unidad penitenciaria. Esa decisión fue cuestionada públicamente por familiares y organizaciones vinculadas a la causa.
Aunque las condenas por los autores materiales quedaron firmes hace años, los familiares de Kosteki y Santillán sostienen que nunca se juzgó plenamente a los responsables políticos que ordenaron o diseñaron el operativo represivo. Esa es una de las principales demandas que siguen presentes en cada aniversario de la masacre, sobre todo en reclamo a la justicia federal que tiene el expediente abierto pero congelado. Los funcionarios duhaldistas habían realizado espionaje a algunas asambleas piqueteras, y ya tenían redactada la denuncia por sedición contra los manifestantes. Por eso, lo primero que dijeron fue “se mataron entre ellos”, tal como declaró en su momento Nora Cortiñas, que le dijo el entonces gobernador bonaerense, Felipe Solá. Supuestamente, según la denuncia que redactó el exministro de Justicia Jorge Vanossi, la violencia desplegada por los piqueteros tendría como objetivo la “toma del poder”.
El recuerdo
“Yo trato de seguir adelante, de no vivir en ese recuerdo trágico”, contó Kosteki sobre cómo continuar su vida a tantos años de lo que sucedió. “Capaz durante el año uno sigue con su vida y se olvida, pero junio es un mes en el que estoy obligada a recordar; es un rejunte de sentimientos que durante el resto del año los opaco con otras cosas”.
Hay recuerdos que se niegan a abandonar un lugar. Para Mara Kosteki, la estación de Avellaneda sigue siendo la misma que conoció el día de la masacre. Recuerda las manchas de sangre que el personal de limpieza intentaba borrar con baldazos de agua. Luego supo que era la sangre de Maximiliano. Más de dos décadas después, la estación conserva para ella esa misma imagen. “Creo que cada vez que voy a Avellaneda veo ese charco de sangre. No veo los carteles, no veo el monumento, no veo nada más que el charco de sangre”.
Cuando la conversación abandonó por un momento la estación de Avellaneda y volvió sobre Maximiliano, Mara sonrió. La imagen del militante asesinado dio paso a la del hermano. Lo describió como una persona tranquila, bohemia y desprolija, siempre con una mochila al hombro y algún cuaderno o unas hojas para dibujar. Se rió al recordar que solía robarle las lapiceras.
Más que los grandes acontecimientos, Mara evocó las pequeñas costumbres que compartían. Maxi le mostraba sus dibujos para conocer su opinión y le acercaba bandas nuevas para escuchar juntos. A veces ella aprobaba el descubrimiento, otras veces no. Cuando algo les gustaba, pasaban horas investigando y buscando más música. “Era lindo tenerlo como hermano”, resumió. “Más allá de la diferencia de edad, compartimos bastante”.
Sin embargo, no toda forma de recordar a Maximiliano le resulta cómoda. Mara cuestionó especialmente ciertos usos políticos de su memoria y una expresión que escuchó repetirse durante años: “Nuestros muertos”.
La frase le resulta ajena. “¿Nuestros muertos qué?”, se preguntó. “No son nada tuyo, ni siquiera mío. Sí, es mi hermano, pero no es mi muerto”. También cuestionó a algunos espacios políticos que, según su mirada, hoy levantan una bandera con una historia de la que no participaron o que, en aquel momento, intentaron tergiversar.
Sin embargo, tampoco se ubicó en un lugar de propiedad exclusiva sobre esa memoria. Reconoció que no puede impedir que otros se sumen al reclamo de justicia ni pretende hacerlo. “Tampoco puedo ser tan cerrada de no permitir que ciertas personas lo recuerden”, sostuvo.
El legado
La reconstrucción de la faceta militante de Maximiliano llegó después de su muerte. Mara contó que ni ella ni su madre sabían que colaboraba con el comedor comunitario de Guernica. Lo único que conocía entonces era su vínculo con el dibujo y las clases que daba a un grupo de chicos.
Con el tiempo fue descubriendo el resto. Supo que participaba de talleres y que aportaba sus conocimientos artísticos en el trabajo comunitario. Sin embargo, asegura que la militancia nunca ocupó un lugar central en las conversaciones familiares. Cuando hablaban de política, recordó, Maxi no parecía darle demasiada importancia. Su atención estaba puesta en otra parte: en seguir aprendiendo, perfeccionar su técnica y crecer como artista.
“Él sí quería ser reconocido como artista”, dijo Mara. Después de una breve pausa, completó la idea con una mezcla de tristeza e ironía: “Obviamente, no sabíamos que iba a ser de esta manera”.
Cuando piensa en el legado de su hermano, Mara no habla de consignas ni de símbolos. Habla de gestos cotidianos. Cree que la principal enseñanza que le dejó Maximiliano fue la necesidad de hacer algo para mejorar la realidad, por pequeño que sea el aporte. “Poner nuestro granito de arena para ser un poquito mejor persona y pensar un poquito más en el otro”, resumió.
También reivindicó el valor de la palabra y del reclamo colectivo. “Nuestra palabra es valiosa”, reflexionó. “Lo que pensamos o decimos es muy valioso, y nuestros reclamos también lo son”. En ese sentido, recordó que Maximiliano participaba de demandas que trascendían los intereses individuales y que apuntaban a problemas que afectaban al conjunto de la sociedad. Ella considera que ese mensaje sigue vigente.
A veinticuatro años de la masacre, lo que más duele no son los recuerdos de aquella jornada, sino todo lo que vino después. Mara habló de las ausencias cotidianas, de esos momentos en los que todavía le gustaría poder recurrir a su hermano para pedir un consejo o compartir un problema. También lamentó que Maximiliano nunca haya conocido a sus sobrinos ni haya podido transmitirles su pasión por el dibujo. “Un hermano es un hermano”, resumió. “No hay lazo más lindo, firme y duradero que ese”.
Las esperanzas, en cambio, parecieron más difíciles de encontrar. Una breve risa irónica antecedió a la respuesta. Después de más de dos décadas, dijo, resulta agotador que la Justicia no haya avanzado sobre las responsabilidades políticas de lo que pasó aquel día, del operativo desplegado con la participación de varias fuerzas policiales y de seguridad, de la cacería posterior hacia los manifestantes. También le duele pensar que quienes dispararon contra Maximiliano y Darío algún día volverán a sus hogares y estarán con sus familias.
“Me da mucha tristeza que los que apretaron el gatillo también vayan a salir en algún momento y vayan a estar con su familia cuando yo no tuve la mía”, comentó. “Ellos me arrebataron a la mía, me dejaron huérfana”.