¿Qué significaría la victoria de Abelardo de la Espriella en el país cafetero? Petro logró la reforma agraria, la reforma laboral progresista y aumentó el salario mínimo. ¿Por qué perdió?
El candidato de derecha, Abelardo de la Espriella ganó el balotaje en Colombia. Los números del preconteo de la Registraduría —con el 99% de las mesas— le daban 12.959.515 votos contra 12.708.695 de Iván Cepeda, una diferencia de 250.820 sufragios. Desde Barranquilla, mientras llegaban las felicitaciones de Donald Trump y Javier Milei, Gustavo Petro pedía calma y cuestionaba la validez de formularios del exterior.
Cuando Milei ganó en Argentina en noviembre de 2023, no pocos lo leyeron como un accidente local: crisis económica excepcional, fenómeno irrepetible. Tres países después, la tesis del accidente no se sostiene.
Sofía Muñoz Álvarez trabaja con la reforma agraria en la Agencia Nacional de Tierras de Colombia y tiene una forma de nombrarlo que no requiere mucho agregado: «Es un eco dinámico». Lo que ocurre no es imitación sino resonancia: cada nueva versión toma la forma de las anteriores y la sube. Bukele, Bolsonaro, Milei y De la Espriella comparten un mismo esqueleto retórico: anticorrupción como bandera moral, patriotismo como rasgo identitario, «la política tradicional» como eslogan de campaña para tomar como blanco. Milei pone el acento en destruir el Estado desde un marco libertario. De la Espriella, por su parte, todavía en construcción como figura política, combina y agrega la estética del espectáculo digital: TikTok, streamers, el apodo de animal depredador, un «Plan Patria Milagro» de cuatro páginas para «reestructurar la República».
Que la propuesta de un candidato se resuma en cuatro páginas da cuenta de que el programa es lo de menos. «Lo que él dice es: ‘vamos a acabar con estas entidades, estas instituciones, estos ministerios’… dijo ‘voy a acabar con el 40% del Estado'», describe Muñoz Álvarez.
El argumento de De la Espriella es presupuestario en la superficie e ideológico en el fondo. Eliminar el Ministerio de la Igualdad o el de Ambiente suprime una orientación sobre quiénes merecen ser cuidados con políticas públicas. La promesa de diez megacárceles, importada del modelo salvadoreño, funciona en el mismo sentido: en principio, se presenta como una solución a la seguridad, pero está claro que hay una imagen que se busca replicar: la de un Estado que golpea y encierra con fuerza visible.
El gobierno de Petro
El balance del gobierno de Gustavo Petro contiene avances reales en distribución, fracasos en seguridad y un gobierno que nunca encontró la manera de contar ninguna de las dos cosas.
Muñoz Álvarez lleva cuatro años trabajando desde adentro del proceso institucional y viendo algo que el debate público colombiano casi no mencionó: «Ha sido bien interesante viajar, escuchar y ver cómo se han podido en estos cuatro años desenredar cosas que llevan veinte años esperando que se resolvieran». La reforma agraria avanzó por compra voluntaria de tierras —no por expropiación—, siguiendo los lineamientos del Acuerdo Final de Paz, y formalizó más de dos millones de hectáreas para comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes. El salario mínimo pasó de aproximadamente 1.300.000 a 2.300.000 pesos colombianos. La reforma laboral fue aprobada. Se establecieron las bases del Sistema Nacional del Cuidado, destinado a reconocer el trabajo de las mujeres cuidadoras, históricamente fuera de cualquier política pública visible.
Por qué todo eso no alcanzó para construir una mayoría electoral es una pregunta con varias respuestas, cada una exige mirar hacia adentro.
El relato del «gobierno en llamas»
La percepción pública del gobierno de Petro no fue construida solo por sus errores. Los grandes medios y la centro-derecha —con intereses directos en las tierras cuya formalización avanzó durante este período— sostuvieron con constancia el relato de una economía en colapso, un Estado desbordado y un proceso de paz que solo beneficiaba a los armados. La distancia entre lo que el proceso agrario logró concretamente y la percepción generalizada de fracaso no se produjo sola. Alguien tenía interés en sostenerla y tenía los medios para hacerlo.
El punto más vulnerable fue real: la «Paz Total» como estrategia de negociación simultánea con múltiples grupos armados mostró resultados metodológicamente cuestionables. Hay evidencia —registrada en análisis del INDEPAZ y el CERAC— de que el Clan del Golfo y el ELN fortalecieron posiciones durante el proceso. Ese fracaso es real y la derecha lo capitalizó con eficacia, pero lo hizo para vender la ilusión de que diez megacárceles resuelven lo que décadas de conflicto estructural produjeron.
El votante
Paloma Valencia, candidata del uribismo tradicional, colapsó en su intento de llegar a la presidencia luego de sacar 1,6 millones de votos en la primera ronda. El gran empresariado y expresidente colombiano ya tenía su candidata y la abandonó antes de la primera vuelta. Quienes votaron a De la Espriella fueron hombres de clase trabajadora y clase media aspiracional que no se identifican con el proyecto político de la izquierda. «Su prototipo es este hombre que se ve amenazado por el feminismo, por las disidencias sexuales… católico, cristiano… que compra este discurso anticorrupción y que además no cree en la política tradicional», dice Muñoz Álvarez.
El votante de De la Espriella compró la posibilidad de prosperar con el sistema neoliberal, que promueve la secularización del Estado y la primacía del mercado y ve en el candidato antisistema a alguien que «dice la verdad» mientras los políticos tradicionales —a los que distingue por pertenencia al establishment— no dicen nada.
La izquierda tiene una deuda estructural con sectores que ninguna política de identidad salda por sí sola. La reforma agraria que formalizó dos millones de hectáreas no tocó la vida cotidiana del obrero urbano que siente que el feminismo amenaza su lugar y la economía amenaza su ingreso. Ese espacio —entre la política de largo plazo y la urgencia subjetiva del presente— es el que Abelardo de la Espriella, como antes Milei, como antes Bukele, ocupó con un discurso simple, contundente y brutalmente eficaz.
Al analizar por qué sectores del electorado se inclinaron por Abelardo de la Espriella, Gabriela Restrepo, una de las personas entrevistadas, señaló que predominó «el odio a la izquierda». Al profundizar en este fenómeno, identificó como factores clave «uno, el odio. Dos, la ignorancia. Y tres: había personas que realmente querían votar por Abelardo», sugiriendo que el apoyo no siempre respondió a una afinidad programática, sino a una reacción emocional o falta de información.
Otros colombianos en Argentina expresaron críticas tajantes hacia el candidato de derecha: «De Abelardo que es un misógino, machista, abusador, maltratador de animales”. Javier Sánchez, un trabajador del sector de la barbería fue muy enfático en que las preocupaciones de la gente común a menudo giran en torno a la supervivencia y sostuvo su preocupación ante la victoria del candidato de derecha: «A nosotros ahora nos baja el sueldo mínimo enseguida”.