Por Marcel Chávez
Fotografía: Lara Greco y Lucía de Marco

 

Miles de personas se reunieron ayer en FOETRA, el sindicato de las Telecomunicaciones, para despedir a Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora y referenta de la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Como lo planeó, fue despedida entre trabajadores y una multitud que hacía presente su lema “no nos han vencido”. La mujer que transformó el dolor en lucha.

Sobre el féretro crecen los pañuelos blancos, las cartas escritas a mano, fotos, libros, remeras y pequeños objetos que dejan en cada visita. A su alrededor hay abrazos, lágrimas, cantos y también risas. Así es la escena de despedida de Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y símbolo de la lucha por los derechos humanos en Argentina.

 “Taty no dejaba nada librado al azar”, cuentan quienes la frecuentaban durante años. Por eso eligió que el velorio se realizara en la sede de FOETRA, el sindicato de las telecomunicaciones, ubicado en el barrio porteño de Balvanera. Durante la tarde-noche del lunes y la mañana del martes pasaron miles de personas, referentes sociales y de derechos humanos, dirigentes políticos y militantes para rendirle un último homenaje. Lidia Stella Mercedes Miy Uranga de Almeida tenía 95 años. Había nacido en una familia militar, fue maestra y madre de tres hijos. La búsqueda de Alejandro la convirtió en una de las voces más reconocidas de la lucha por la Memoria, Verdad y Justicia. Para todos los que entran al salón es simplemente conocida como Taty.

—No hay que aflojar —grita alguien desde algún lugar del salón.

Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo y compañera de militancia de Taty, está sentada junto a su otra compañera, la abuela Buscarita Roa, tiene el micrófono, sonríe y agrega:

—¿Cómo vamos a aflojar? Nosotros tenemos que unirnos y no aflojar.

—¡Exactamente! — Susurran varios.

Algunos lloran. Otros se brindan en abrazos. Muchos la miran en silencio. Como cada vez que la brújula se desmagnetiza y hay que volver a mirar los pañuelos blancos que marcan el camino

—Porque todos somos libres —continúa Estela—. Este es un país libre. Lo hicieron libre personas que ya no están. Hay que seguir pensando en el otro.

 «Ya vengo», le dijo a su mamá esa noche Alejandro. Nunca volvió. Taty golpeó las puertas de militares conocidos de su familia, recorrió despachos y buscó respuestas donde creyó que podía encontrarlas. No halló ninguna. Un día se animó. Se acercó a Madres de Plaza de Mayo y transformó para siempre su manera de entender el país. “Yo me siento parida por Alejandro”, diría más tarde.

Afuera hay cumbia. Más tarde aparecen Los Redondos. Algunos acompañan la música con saltitos para capear el frío mientras avanzan en la fila. “Nos sentimos un poco más huérfanos. Primero el Indio, ahora Taty”, dice Fabricio Roldán, que llegó junto a su novia para despedirla. “Ellas siempre fueron nuestra brújula. Siempre estuvieron. Ahora nos toca seguir defendiendo las banderas de la memoria, la verdad y la justicia”.

La fila avanza despacio. Sale desde la puerta de FOETRA sobre Avenida Hipólito Yrigoyen y dobla por Urquiza. Son más de dos cuadras. Quienes ya se despidieron de Taty salen hacia la calle 24 de Noviembre. Entre ellos está Mónica Larrañaga, que acaba de pasar frente al féretro: “Venimos a decirle que su lucha no fue en vano. Hay miles de personas que aprendimos algo gracias a ella. Hoy la imagino abrazada con Alejandro”.

Alejandro Almeida tenía veinte años cuando fue secuestrado por la Triple A, el 17 de junio de 1975. Trabajaba en Télam, estudiaba Medicina en la UBA y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). «Ya vengo», le dijo a su mamá esa noche. Nunca volvió. Taty golpeó las puertas de militares conocidos de su familia, recorrió despachos y buscó respuestas donde creyó que podía encontrarlas. No halló ninguna. Un día se animó. Se acercó a Madres de Plaza de Mayo y transformó para siempre su manera de entender el país. “Yo me siento parida por Alejandro”, diría más tarde.

Entre quienes hacen la fila hay personas que vieron militar a Taty durante décadas, otras apenas habían nacido cuando ella ya era una referencia en la lucha por los derechos de la gente. Ivo pertenece a ese segundo grupo. Tiene 18 años, cursa el último año de secundaria y está con su hermano mayor y dos amigos. “En mi casa las Madres y las Abuelas son una presencia constante. Yo crecí escuchando los nombres de Estela, de Hebe, Norita y Taty. Para nosotros representan todo lo que tenemos. Personalmente vine porque mi viejo ya no está, pero siento que hoy estaríamos acá juntos. Nos deja un legado que se tiene que multiplicar en miles”.

Más adelante, mientras espera para entrar, una mujer le dice a una de las personas de la organización: “Yo me quedo con una imagen suya: sonriendo, abrazando a alguien, con esa voz tan particular, animándonos a seguir adelante. En una época tan dura, de tanto desamor, ella conservó la alegría y la fuerza para luchar”.

Adentro, María Fabiana Almeida señala un retrato enorme de su madre sonriendo. “Era ella. Esta es ella. Esa cara de felicidad, esa cara de militancia y joda, como solía decir. Esa cara de hay que seguir andando en esto”.

Ya sobre el final no queda espacio arriba del féretro para más pañuelos, cartas, fotos o recuerdos. Entonces se improvisa un altar en el piso. Víctor Heredia se hace presente e interpreta “Todavía Cantamos”.

La escena parece resumir un poco de lo que fue Taty Almeida. Una mujer que convirtió el dolor en lucha, en resistencia sin resignar la alegría. Enseñando que la memoria también se construye así, para que el pasado más triste no vuelva a alcanzarnos nunca más.