Por Ignacio Rosales
Fotografía: gentileza Víctor Barahona

Un periodista salvadoreño, Víctor Barahona, cuenta cómo fue pasar casi un año en las cárceles de Bukele, el modelo que la La Libertad Avanza mira con cariño.

El periodista salvadoreño Víctor Barahona fue detenido en su país  el 7 de junio de 2022 sin siquiera una orden judicial. Así pasó de ser una voz crítica en los medios a convertirse en un número dentro de un sistema carcelario marcado por el hacinamiento extremo, la violencia institucionalizada y la falta absoluta de garantías. El mismo sistema que el presidente de El Salvador Nayib Bukele presenta como modelo a exportar.

Durante su encierro Barahona compartió celdas con decenas de personas en condiciones infrahumanas, sobreviviendo con apenas un vaso de agua al día y enfrentando graves problemas de salud sin atención médica real. Tras 11 meses y 12 días de detención, su liberación —solicitada por la fiscalía y no por un proceso judicial transparente— pone en evidencia un sistema que el propio Barahona califica como «viciado».

A pesar de las secuelas físicas y el clima de temor, continúa en El Salvador y regresó a su labor periodística para seguir siendo la voz de las comunidades que viven bajo la sombra de la arbitrariedad.

 

¿Podría relatarnos cómo fue el momento de su detención en 2022?

Fue el martes 7 de junio de 2022. Los agentes de «Casa Segura» [operativos rutinarios de la Policía de Bukele] llegaron a mi casa como a las 10 de la mañana. No traían orden judicial ni nada, pero como dicen los salvadoreños: «Nada debe, nada teme». Les di permiso de pasar. Revisaron todo, me pidieron mi DUI [equivalente al DNI argentino], y uno salió. Cuando regresó, me dijo que lo iba a acompañar. Me identifiqué como periodista, les mostré mis credenciales, pero no les importó. Me esposaron «por seguridad» y ahí me dijeron que estaba detenido bajo el régimen de excepción.

¿Nunca le mostraron una orden de detención o algo similar?

Nunca. Solo me decían: «Mi jefe dice que vaya y ya va a regresar». Pero no regresé hasta 11 meses después.

 ¿Cómo fueron las primeras horas y los primeros días de su detención?

Me llevaron a una delegación en Apopa. En la tarde me pusieron ropas blancas, como a los privados de libertad. Ya en la noche me trasladaron a una celda de castigo en el mismo distrito. Éramos más de 70 personas en un espacio pequeñísimo, un hacinamiento horrible. Después de 72 horas me llevaron a la Procuraduría General de la República. Ahí me asignaron una abogada de gobierno, que me dijo: «Don Víctor, aquí dice que por agrupaciones ilícitas lo vieron sospechoso en la calle». ¡Pero a mí me detuvieron dentro de mi propia casa! Tenía testigos, vecinos, mis hijos. Y ella me dijo: «Usted puede tener todos los arraigos, pero aquí me están ordenando al menos 6 meses».

 ¿Y de ahí lo trasladaron a un penal?

Sí, a la penitenciaria La Esperanza, en Mariona. Llegaban cientos de personas, camionada tras camionada. Me raparon el cabello, me dieron un número como si fuera mi nueva identidad. Me llevaron al famoso Sector 6 [sector conocido por tener un alto hacinamiento]. Ahí estuve como 15 días. A diario nos tiraban gases lacrimógenos, nos castigaban, nos hincaban. Yo le preguntaba a otros: «¿Usted por qué está aquí?» Y todos decían: «No, si yo no debo nada». Algunos tenían delitos de tránsito o una deuda familiar, pero nada grave.

Luego lo trasladaron a Izalco, a la fase 3 de máxima seguridad. ¿Cómo era la vida allí?

Horrible. Nos metieron en una celda tan pequeña que donde cabrían 6 personas, éramos 15. Y después, en otra celda, llegamos a ser más de 100 en un espacio para 50. Dormíamos como «pan de caja», como sándwich de lado, porque si no, no cabíamos en el suelo. Nos daban un solo vaso de agua al día para beber. Para bañarnos, usábamos un guacalito [balde] cuando caía agua. Nos enfermamos de hongos, sarna, pus. Yo perdí más de 80 libras.

 ¿Y recibían atención médica?

No había médicos. Te atendían los mismos presos de confianza. Una noche estuve a punto de morir por una infección. Cuando llamé al custodio, me dijo: «Estás bien mal, enséñame las nalgas». Y cuando vio, me dijo: «Estás bien jodido». Pero solo me mandó a «consulta» y ahí me dijeron: «Si están así es por chucos, por no bañarse». No me hicieron nada. Esa noche sentí que me moría. Le pedí a un compañero que le dijera a mis hijos que los amaba. Pero un joven me dio una lección de fe: me alivió las infecciones que tenía, y desperté como a la 1 de la mañana, cubierto de sangre y pus. Ese día entraron paquetes y un compañero me dio un poco de leche con azúcar. Todos decían: «Enfermo que come, ya no se muere».

 ¿Fue testigo de actos de violencia física directa por parte de los custodios?

Sí, muchas veces. Vi cómo sacaban a compañeros y les pegaban una «lateada» horrible, entre 20 custodios golpeando a uno hasta dejarlo tirado. También nos castigaban por hacer culto religioso. Nos hincaban toda la noche y a los pastores les pegaban. Nos decían: «Aquí no hay dioses, los dioses somos nosotros. Ustedes son ratas, basuras». Era una tortura psicológica y física constante.

 ¿Bajo qué cargos específicos lo mantuvieron detenido todo ese tiempo?

Por «agrupaciones ilícitas». Ese fue el único cargo. Mi único delito, estoy seguro, era informar, ser una voz crítica. Tenía dos programas: uno en el Canal 29 de Universal Cable, «Análisis con la comunidad», y otro en la radio digital Tu onda Club.

Durante esos 11 meses ¿le hicieron alguna audiencia judicial?

Solo una vez, cuando decretaron la prórroga por seis meses. De ahí, nunca más. No tuve otra audiencia. Mi liberación no llegó por un proceso judicial transparente. Un día, el 5 de mayo, sentí que Dios me decía que iba a salir. Se rieron mis compañeros. Pero a las 3 de la tarde me sacaron de la celda. Después de varios trámites, el 19 de mayo me dijeron: «Vas libre». Pero no fue una jueza quien lo decidió. Fue la fiscalía quien pidió mi liberación.

¿Cómo fue ese momento de la liberación?

Increíble y triste a la vez. No avisaron a mi familia. Ellos no sabían. Cuando llegué a mi casa, mi hija pensaba que me había muerto. Pero Dios puso ángeles en el camino: una señora me trajo desde Izalco hasta Apopa. Cuando vi la noche, la luna, después de 11 meses y 12 días… empecé a llorar. Mi familia me esperaba con una noticia: mi hija estaba embarazada de una niña que hoy se llama Gracia, porque llegó para dar gracias a Dios.

Usted sigue firmando cada 15 días. ¿Qué expectativas tiene sobre su situación judicial?

No puedo decir mucho por reserva. Pero te digo: el sistema jurídico está viciado. La balanza no está para nosotros, los pobres. Yo estoy 100% seguro que no cometí ningún delito. Mi único delito era callarme. Tengo fe en que seré absuelto si la justicia funciona. Pero en este país no se puede confiar en el sistema judicial.

¿Y qué opina de que mucha gente apoye el régimen de excepción y quiera replicarlo en otros países?

Mira, lo único que le aplauden al presidente es que redujo la violencia de las pandillas. Eso es cierto. Pero El Salvador no es la Suiza que te venden. No hay obras, no hay empleo, no hay medicina. Las colonias están abandonadas. Y este modelo no se puede replicar porque viola derechos humanos. Ya hay denuncias en la Corte Interamericana y en la Corte Penal Internacional. Ningún gobierno democrático debería querer eso. La violencia no se controla capturando inocentes, callando la libre expresión y quitando la democracia. La gente aquí vive con miedo, con terror. Si te expresas, puede haber consecuencias. No vivimos en democracia.

A pesar de todo, usted ha vuelto a hacer periodismo.

Sí. Cuando salí, perdí mi empleo en Canal 29. Me daba miedo. Pero luego pensé: tenemos un compromiso con la sociedad. Si callamos, somos cobardes. Somos el último pilar de la democracia. Volví a Tu onda Club y ahora también al Canal 57, que cubre seis municipios de San Salvador. Hago periodismo con temor, pero lo hago. Trato de ser la voz de las comunidades. La gente de mi comunidad me abrazó, me dio fuerzas. Aquí estoy, con mi gente, mi familia, tratando de hacer las cosas bien. Disfrutando cada día como si fuera el último.