Por Delfina Rojo y Lucas Duete
Fotografía: Gentileza Nodal

Dieciocho días después de ser detenidos, poco se sabe de ellos. La Cancillería argentina no actúa y sus familias denuncian las condiciones inhumanas que atraviesan.

Paula Giménez es psicóloga e investigadora. Lucas Aguilera es veterinario, escritor y dirigente social. Ambos son directores de investigación de NODAL, el portal de noticias especializado en América Latina y el Caribe. El 24 de mayo fueron detenidos en Libia del Este cuando integraban el Convoy Global Sumud Maghreb, una misión civil internacional que buscaba llevar ayuda humanitaria hacia Gaza. Dieciocho días después, continúan privados de su libertad y sin una acusación formal en su contra.

Los dos formaban parte de una delegación internacional que se dirigía a una tercera ronda de negociaciones con autoridades del este de Libia Este para que les permitieran cruzar la frontera al convoy humanitario que llevaba ayuda a Gaza. Hay registros audiovisuales que muestran su salida hacia la reunión, pero nunca llegaron. Fueron interceptados junto a otros ocho activistas por fuerzas sin identificar y trasladados a un lugar desconocido. La única comunicación que tuvieron fue a través de un audio que Paula envió con un celular prestado por un guardia. “Esto es un infierno, estuvimos cuatro días sin comer”, llegó a decir. Y hace pocas horas hubo otra comunicación que permitió constatar que están físicamente estables, pero mencionaron un gran deterioro psicológico por el prolongado aislamiento y la incertidumbre.

Para la abogada Fernanda Pereira, que acompaña el caso, la situación no admite demasiadas interpretaciones: al no existir una acusación formal, una causa judicial ni garantías procesales, se trata de un secuestro. La definición es compartida por las familias, que además cuestionan la actuación de la Cancillería argentina y reclaman una intervención diplomática más activa.

La noticia golpeó con fuerza a quienes conocen las trayectorias de ambos. Sus familiares describen vidas marcadas por la militancia, el compromiso social y una convicción compartida: poner el conocimiento y el trabajo al servicio de otros.

María Paula “Pili” Giménez tiene 42 años y creció en General Alvear, Mendoza, en una familia atravesada por la historia reciente argentina. Su madre, Nora Otín, integra la Coordinadora de Derechos Humanos de esa ciudad y perdió a un compañero detenido-desaparecido durante la última dictadura. Paula es la segunda de cuatro hermanos y desde muy joven comenzó a involucrarse en actividades vinculadas a los derechos humanos y la política internacional.

Su acercamiento a la militancia empezó en la escuela secundaria, participando en simulacros de Naciones Unidas. Más tarde se trasladó a San Luis para estudiar Psicología y fue allí donde encontró los espacios de militancia universitaria que marcarían el rumbo de su vida. Una vez recibida se instaló en Buenos Aires y profundizó su trabajo político y académico.

Fue en esos años cuando conoció al grupo de personas con el que posteriormente fundaría NODAL. Allí desarrolló gran parte de su trayectoria profesional hasta convertirse en directora de investigación.

“Son como familia”, dice Nora sobre quienes integran ese espacio, incluyendo a Lucas Aguilera. “Hemos pasado navidades juntos en Luján de Cuyo, con gente del barrio, en comunidad”.

Aunque viven lejos y se ven pocas veces al año, la madre describe a Paula con una certeza construida a lo largo de décadas. “Siempre está ocupada, siempre está organizando algo”, cuenta. Y agrega: “Tiene una vocación de solidaridad y de amor que la llevó adentro toda la vida”.

Cuando Paula le comunicó que participaría del convoy humanitario hacia Gaza, Nora intentó convencerla de que no fuera. La respuesta todavía resuena en su memoria: “Mamá, si no lo hago, ¿quién lo va a hacer?”.

Lucas Aguilera tiene 49 años, es padre de tres hijos y nació en Mendoza. Proviene de una familia de ocho hermanos que debió reorganizarse tras la muerte temprana de su madre. Según relata su hermano Adalberto, aquella experiencia marcó profundamente su manera de entender el mundo. “Siempre fue un luchador por las causas de los más débiles”, afirma.

Cuando decidió estudiar veterinaria se mudó a Río Cuarto sin apoyo económico familiar. Trabajó en una fotocopiadora, en veterinarias y en distintos empleos para sostener sus estudios. Durante esos años se involucró activamente en la vida universitaria, participó en el centro de estudiantes y llegó a ocupar responsabilidades de representación estudiantil.

Su recorrido profesional mantuvo la misma orientación. Trabajó junto a pequeños productores rurales en distintas regiones del país y más tarde ocupó cargos vinculados a la agricultura familiar y al trabajo rural. Fue director de Agricultura Familiar en San Luis y director nacional del Registro Nacional de Trabajadores y Empleadores Agrarios (RENATEA). También desarrolló una extensa actividad académica y de investigación, que incluyó publicaciones y viajes por distintos países de América Latina.

Para Adalberto, la participación de Lucas en el convoy humanitario no fue una excepción sino una consecuencia lógica de toda su trayectoria. “Siempre fue crítico, pero para ser crítico siempre fue muy investigador. No quería ser crítico por el solo hecho de serlo”, explica.

La despedida antes del viaje fue alegre. Lucas sabía que existían riesgos, pero consideraba que el objetivo justificaba asumirlos. “¿Qué iba a hacer después de todo eso? Algo de lo que está haciendo ahora. Era el doctorado de todo lo que venía mostrando”, resume su hermano.

Mientras las familias reconstruyen estas historias, la incertidumbre continúa. Los primeros días de cautiverio transcurrieron bajo incomunicación total. Ante esa situación, los diez activistas iniciaron una huelga de hambre seca. Según relataron posteriormente a sus allegados, estuvieron recluidos en condiciones extremadamente precarias.

Paula llegó a sufrir una descompensación severa y convulsionó producto de la baja presión. A partir de ese episodio, los captores permitieron algunas comunicaciones telefónicas con las familias. El 4 de junio Nora pudo volver a escuchar la voz de su hija: “No era la voz de siempre”, recuerda.

Desde el 5 de junio no hubo nuevos contactos.

La preocupación también se trasladó al plano diplomático. Según denuncian los familiares, los primeros movimientos de la Cancillería argentina llegaron varios días después de conocerse la desaparición y hasta el momento no hubo representación consular argentina en el lugar de detención. En contraste, señalan que funcionarios de Italia y España sí realizaron gestiones para interiorizarse sobre la situación de sus ciudadanos.

Desde NODAL acompañan el reclamo por la liberación de ambos investigadores y exigen que el Estado argentino despliegue todas las herramientas diplomáticas necesarias para garantizar su integridad física y su regreso al país.

Mientras esperan novedades, familiares, compañeros y organismos de derechos humanos sostienen las campañas de difusión y las acciones públicas. Para ellos, la situación de Paula Giménez y Lucas Aguilera excede el caso individual: pone en discusión el derecho a la solidaridad internacional y la obligación del Estado de proteger a sus ciudadanos cuando sus derechos fundamentales se encuentran amenazados.

Por ahora, las historias que cuentan Nora y Adalberto son también una forma de mantenerlos presentes. Historias atravesadas por la militancia, la educación pública, los derechos humanos y una idea compartida: que frente al sufrimiento ajeno, quedarse al margen nunca fue una opción.