Por Julián Lovrincevich
Fotografía: Oriana Estrada

El padre Lorenzo «Toto» de Vedia reflexiona sobre la primera encíclica del papa León XIV, la Doctrina Social de la Iglesia, los efectos de la tecnología y las pantallas en la Villa 21-24 y la atención sobre lo humano ante el aluvión de la inteligencia artificial.

“A la Doctrina Social de la Iglesia hay que profundizarla, no nos podemos quedar con formulaciones de hace cien años”, dice el padre Lorenzo ‘Toto’ de Vedia, cura villero en la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé. A unos días de la aparición de la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, que coincide con los 135 años de Rerum Novarum, publicada por León XIII en 1891 y considerada el punto de partida de la Doctrina Social de la Iglesia, el sacerdote reflexiona sobre la relación de los vecinos de la Villa 21-24 con la tecnología, el impacto de la crisis económica y la advertencia del sumo pontífice sobre la protección de lo humano ante el avance de la inteligencia artificial. “Ya la primera encíclica social hablaba de los efectos de la Revolución Industrial y esa tensión entre la tecnología y el trabajo del hombre. Ahora es necesaria una actualización: el Evangelio es inmutable, pero hay que ir atendiendo a la realidad actual a la luz de la palabra de Dios. Eso es lo que está haciendo León XIV con esta encíclica”.

Según el cura villero, la revolución tecnológica contemporánea plantea interrogantes semejantes a los que generó la industrialización a fines del siglo XIX. “Así como la Revolución Industrial generó injusticias, además de los beneficios que trajo, ahora está pasando lo mismo. No podemos quedarnos con el exitismo del progreso: hay que tener en cuenta que hay gente que queda fuera de la mesa de la vida. Gente que llega después, que está en el último vagón del tren. No todos partimos desde el mismo lugar en la carrera de la vida. Se trata de saber conjugar el progreso con la igualdad de oportunidades”, explica.

El padre Toto reflexiona sobre la tensión entre lo positivo y lo negativo que la técnica trae aparejado: “Está bien que haya una cautela, una advertencia con lo tecnológico. Siempre la hubo. La tecnología hace correr el riesgo de perder la humanidad. Así como nuestros viejos decían ‘la televisión interrumpe el diálogo familiar’, el celular empezó a interrumpir la vida cotidiana: se volvió más importante el que está en la pantalla que el que está frente a vos, cara a cara. Por supuesto que tiene sus cosas buenas, en cuanto a la salud, por ejemplo. El que quiere defender a la tecnología rápidamente encuentra sus argumentos. Yo puedo decir que los pibes no me miran a los ojos, y otro me puede responder ‘qué importa mirar a los ojos, si la tecnología salva vidas’. Bueno, mirar a los ojos también salva vidas. Mirar a los ojos a alguien que se quiere suicidar, por poner un ejemplo”.

Geopolítica de la encíclica

En un contexto donde gran parte del discurso público identifica la innovación tecnológica con un progreso inevitable y deseable en sí mismo, la Doctrina Social de la Iglesia hace un llamamiento a preservar lo humano en el viaje exponencial de la aceleración tecnológica. En sus primeras líneas, y a partir de dos imágenes bíblicas, Magnifica Humanitas ilustra la relevancia de la época en que vivimos y plantea una encrucijada histórica: “La Magnífica Humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. En la tradición judeocristiana, la torre de Babel representa la concentración del poder y la ruptura de los vínculos comunitarios, mientras que la reconstrucción de los muros de Jerusalén aparece como símbolo de una comunidad fundada sobre la justicia, la convivencia y la cooperación.

Magnifica Humanitas responde a los acontecimientos de su época y a quienes están liderando los procesos de aceleración tecnológica. “Mientras las distancias entre los pueblos aumentan, se abren camino lógicas de confrontación y de agresividad, y el difícil recorrido hacia un mundo más unido y fraterno sufre nuevos y dolorosos contratiempos. En este marco, hablar de un camino compartido hacia un desarrollo más justo para toda la familia humana «suena a delirio». Pero no podemos perder la esperanza. (…) Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable”, dice la encíclica. La advertencia aparece en un contexto internacional signado por conflictos armados, por el desarrollo de tecnologías militares basadas en inteligencia artificial y por discursos políticos crecientemente virulentos. Cuando León XIV habla de la inmoralidad de “eliminar o someter una nación” es imposible no pensar en aquella declaración del 7 de abril de Donald Trump, quien dijo, en relación al pueblo persa de Irán: “Una civilización entera morirá esta noche”.

La encíclica insiste en que no debemos rechazar el avance de la tecnología ni el uso de la inteligencia artificial en sí mismos. De hecho, Linchuan Zhang (@LinchZhang en X), experto en IA, sometió el texto papal a un análisis técnico y descubrió que varios párrafos están escritos con Claude, un modelo de IA conversacional desarrollado por la empresa Anthropic. El pontífice señala que el problema no se limita al avance técnico en sí mismo, sino a la concentración del poder que caracteriza su desarrollo. “Es necesario (…) contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta: ‘No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero’”.

El padre Toto también cree que una oposición automática al avance tecnológico no sirve de nada: “No hay que oponerse por pacato o por antiguo, eso son pavadas. Pero sí hay que pensar que hay un montón de cuestiones de la humanidad que, a la larga, se terminan perdiendo. Y la inteligencia artificial lleva al extremo esa pérdida de la humanidad; corremos el riesgo de que anule nuestra capacidad de pensamiento. Yo creo que no hay que idealizar ni demonizar. Las máquinas, los aparatos, la tecnología en tanto y en cuanto sirvan para el bien, buenísimo. Pero cuando el hombre se vuelve esclavo de eso, ahí hay que parar la antena”.

La pregunta acerca de quién controla la tecnología adquiere una relevancia creciente en un escenario dominado por grandes compañías capaces de acumular y procesar cantidades inéditas de información. Algunas de ellas, además, están colaborando con instituciones militares y proveyendo sus sistemas de software para optimizar las estrategias en la guerra. Y a eso se agrega la inusitada frontalidad de algunos tecnócratas al respecto: Alexander Karp, uno de los fundadores de Palantir –empresa que vende su software al Pentágono y la CIA–, promueve públicamente la fabricación de armas hechas con IA y alienta a las grandes empresas de Silicon Valley a formar parte de una carrera armamentística y apoyar al gobierno de Estados Unidos. La encíclica de León XIV dialoga directamente con este escenario, condena la utilización de la inteligencia artificial en la guerra y llama a orientar la innovación tecnológica hacia la dignidad humana.

“Antes se decía que la violencia engendra nuevas formas de violencia. Pero eso lo decían los que mandaban, decían que la violencia de ellos existía por la violencia que venía de abajo. Ahora es al revés: el mandamás es el que insulta y dice cosas que generan violencia. Y con las redes sociales es peor porque la gente se envalentona más, se anima más a agredir”, dice el padre Toto.

Reconstruir Jerusalén en tiempos de IA

La Iglesia intenta levantarse como una fuerza que trata de advertir sobre los efectos tanto del poder de los gigantes tecnológicos como de las prácticas sociales asociadas a la tecnología: la dependencia a las pantallas, la falta de atención, el deterioro de los lazos sociales. Y se erige como una institución que, sin vergüenza, enarbola la igualdad como un valor inseparable de cualquier proceso de éxito, algo que escasea en la discusión pública en tiempos de máximo individualismo y ataque contra lo común. A pesar de la posición históricamente conservadora del mundo eclesiástico, para algunos existe allí una trinchera desde la cual pensar y actuar sobre los cambios que se producen en la época. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice el padre Toto. “En una época se decía ‘o nos salvamos todos o no se salva nadie’. Ahora es ‘sálvese quien pueda’”.

Es sabido que la omnipresencia de la tecnología en la vida cotidiana afecta directamente la socialidad. “Los pibes están todo el día con el celular y no te dicen ‘buen día’. A veces se quedan toda la noche sin dormir, y a los adultos les pasa lo mismo. Es adictivo”, cuenta el cura villero. Sin embargo, sostiene que los espacios presenciales siguen teniendo capacidad de convocatoria: “Yo creo que cuando la institución busca incentivos y motivación para lo presencial, se llega. Pero sí, hay que hacer un esfuerzo. Hay pibes que prefieren quedarse en la casa con el celular. Es verdad que en la villa hay menos conectividad, entonces a veces eso no es tan tentador. En los ámbitos populares, los celulares no suelen ser los mejores, aunque hay casos de que sí, hay pibes en la villa que tienen los celulares más caros”.

Además de la brecha tecnológica que se abre entre las clases populares y las clases medias y altas, persisten en el actual contexto de crisis las desigualdades sociales más básicas: “La crisis impacta mucho. Hay padres que no tienen laburo. Los comedores tienen menos comida. Gente que antes le daba vergüenza pedirte un plato de comida, ahora pierde esa vergüenza. Hay un resquebrajamiento del tejido social: el padre no se puede ocupar bien del hijo, el pibe que deja la escuela y que prefiere estar con los amigos. Y otro que dice ‘mirá, yo trabajando para el transa, gano más que tu viejo que se rompe el lomo’. Eso aumenta el consumo de droga, el robo, la violencia, la pérdida de códigos”.

El padre Toto también advierte sobre la creciente violencia en el discurso público: “Antes se decía que la violencia engendra nuevas formas de violencia. Pero eso lo decían los que mandaban, decían que la violencia de ellos existía por la violencia que venía de abajo. Ahora es al revés: el mandamás es el que insulta y dice cosas que generan violencia. Y con las redes sociales es peor porque la gente se envalentona más, se anima más a agredir”.

A pesar del diagnóstico, el cura villero insiste en la posibilidad de la imagen de la reconstrucción de Jerusalén: “Yo tengo esperanza porque creo en la capacidad del ser humano de ser fiel a sus convicciones. El pesimismo viene de parte del poder mediático, judicial, económico, cuando demonizan, por ejemplo, al que hace cosas por los pobres. Los mal llamados ‘gerentes de la pobreza’. La misma sociedad que antes aplaudía a las señoras que cocinaban en los comedores durante la pandemia, es la que ahora las acusa de robarse la comida. El Gobierno nacional empezó a tomar listas con una aplicación para ver si vino o no vino tal persona a pedir comida. Pero es como hoy diría Francisco, como les decía a los pobres: ‘Vayan a contracorriente’. El famoso ‘hagan lío’ iba por ese lado. Hay que tener una esperanza activa igual, hay que luchar, porque los que mandan te inclinan la cancha”.