Diez kilómetros de cola tuvo que hacer el millón de personas que se acercó al polideportivo Gatica, en Avellaneda, para despedir los restos del Indio Solari. Al cierre de esta nota, los seguidores de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota continuaban caminando debajo de la lluvia para homanejear al enorme ídolo popular.
“Siento que no importa si está o no está”, dice Sofía mientras avanza a pasos lentos con sus amigas. Hay mucho más silencio del que se podría esperar de los “hinchas” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Asoma entre la gente un cartel escrito con letra rosa y desprolija: “Aprendí a leer con tus letras”. Algunos autos tocan demasiada bocina para intentar pasar en las primeras horas de la multitudinaria demostración de amor.
Una masa de todo menos uniforme camina en las calles de Avellaneda. Ramos de flores, banderas, birra, fernet, pucho, porro, parrillas humeantes al costado de la calle, mates y bocas empastadas con bizcochitos son las ofrendas para el ritual de hoy. El último suspiro vivo, ya muerto.
El colectivo de la Línea 10 de Capital Federal avanza vibrante entre la gente y a su derecha, justo en la vereda, una nena dice: “Mamá me hice caca” y una pareja de treintañeros desenvuelve un cambiador y en plena calle le cambia el pañal.
Ezequiel destaca entre el tumulto, tiene un uniforme flúo de trabajo y escupe al piso de manera intermitente mientras me dice: “Yo no escucho tanto al Indio, me gusta más La Renga pero acompaño”, mientras mira a Betania, su mujer. Son de González Catán, tienen tres hijos y solo el del medio es “ricotero”.
“Fantasmas de juventud llegan para despedirse de mí”, dice una pared. “El Indio no murió, renació”, grita otro cartel a la pasada. “Viva el Indio, ¡viva!”, gritan unas voces. Esta vez, y todas, la ceremonia es solo para los vivos. Para los que pueden caminar cincuenta cuadras hasta llegar a ese cuerpo inerte. El que lo “fue todo” y lo sigue siendo para el casi un millón de personas que llegaron desde donde sea para estar acá.
“Tengo 24 y con mi viejo hicimos la promesa de ir juntos a verlo –cuenta Estefanía con los ojos hinchados por el llanto–. Y ahora ya no está”. “¿Tu viejo?”. “No, el Indio”. “¿Por qué viniste a verlo hoy?”, le pregunto a Sofía, también de 24 años. “Nunca lo pude ver en vivo, yo era muy chiquita, así que es la última oportunidad que tengo”.
La multitud avanza, en procesión, hacia el cajón. Un pibe de unos 13 años hace jueguitos con una pelota del mundial y nos acompaña. Cada tanto alguien sale de la fila y se pone a jugar con él. Yamila (50) y Analía (32) están a un costado esperando para ir al baño. “Somos una familia: conocí al marido de Yami, Julio, en un micro yendo a ver a Los Gardelitos que tocaban en Quilmes. Armamos un grupo de once amigos: ‘La banda del pogo’”, relatan mientras despliegan una bandera.
Un vecino asoma desde su balcón un parlante a la avenida y se repiten cuatro canciones en loop que hoy son las más escuchadas en toda la Argentina: “Ji ji ji”, “Un ángel para tu soledad”, “La bestia pop” y “Un poco de amor francés”.
Los choripanes y patys van de mano en mano mientras la tarde comienza a caer, y en el camino quedan los cuerpos vivos que no pueden seguir: recostados en un árbol o sobre el cordón de la calle, solos o acompañados, hasta acá llegaron. La peregrinación no puede frenar. Dos chicas se sientan en unas sillas plegables cada vez que la fila se detiene.
Justo antes de llegar a la capilla ardiente del Polideportivo Gatica –cinco cuadras que demoran tres horas–, empieza a llover y algunos cuerpos más se dan por vencidos. Llegan poco a poco a la estación de tren con ramos de flores no entregados, pero con la tristeza amansada por formar parte de lo colectivo.
“Un poco de paz y esperanza me da estar entre toda esta gente, que es mi gente también”, dice Juliana (38).“Yo entré a mis 15 con ‘Juguetes perdidos’, imaginate. Mis viejos me llevaron, a los 7 y a los 10 años, a ver a los Redondos”, agrega. El tren arranca y, en susurros, se escucha “¡Johanna si entró!”, mientras un “alguien” levanta la vista del celular para avisar al grupo.
Y no hay que hacer más que encarnar un ser humano. Ser sombra y luz, para que la gente te quiera y una multitud vele para verte por una –quizás incluso primera– última vez el día de tu muerte. Al final, los abrazos, llantos y sonrisas no se gestaron hoy, son todo lo que pasó antes. En el medio de esa fila sin final: cuando cantó por primera vez “no lo soñé” en un escenario.