Por Alma Olaechea
Fotografía: Catalina Chavez

El escritor y psicoanalista Jorge Alemán pasó unos días por Buenos Aires para presentar, “Neoemperadores: el goce del poder”, un libro en el que analiza el auge de los gobiernos de ultraderecha, los grotescos figurones que los encarnan y los síntomas de una escena mundial en la que “es muy difícil hacer política si la palabra no tiene ningún valor” y “la idea de comunidad está destruida”.

“Yo creo que a los poderes capitalistas ya no les interesa la democracia, en la medida en que suponga un control mínimo de reparto, aunque sea el excedente. Ya no les interesa más”. El filósofo, escritor y psicoanalista Jorge Alemán acaba de publicar Neoemperadores: el goce del poder, un libro donde analiza el avance de las ultraderechas, la transformación de las democracias y el vínculo entre política, odio y subjetividad. Entre cafés, recuerdos del exilio y reflexiones sobre el presente del país, Alemán piensa un mundo donde “la guerra reemplazó a la historia”.

En una tarde nublada de fines de mayo la mesera aparece apenas empieza la entrevista. Un café solo para Alemán. El murmullo de Recoleta, las conversaciones ajenas y las máquinas de café, acompañan la charla. A sus 75 años volvió a Buenos Aires desde España, algo común para él, ya que suele regresar dos o tres veces al año al país que lo vio nacer y que también lo vio exiliarse durante la última dictadura cívico militar. Alemán acaba de publicar un libro en el que intenta pensar el presente global desde una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la democracia deja de ser una prioridad para el capitalismo?

Para el escritor, las figuras contemporáneas de poder como Donald Trump, Javier Milie, Nayib Bukele o Vladimir Putin, entre otros, no son simplemente líderes de derecha con estilos, en algunos casos, excéntricos. Representan otra cosa: la nueva configuración del poder que se está gestando a nivel mundial. “Es una categoría que está evidentemente encarnada por personas particulares –explica– y responde a una época en donde la democracia y el capitalismo tienden a separarse, y donde empieza a haber en el interior mismo del capitalismo un estado de excepción que está encarnado, en muchas ocasiones, por estas figuras que muestran un desprecio radical, un rechazo a los parlamentos, a las decisiones democráticas, a la historia, a todo lo que haya constituido una herencia simbólica de un país, a sus legados, a su memoria”.

En el libro el neoemperador aparece como una figura capaz de condensar el poder económico, político, tecnológico y social mientras habilita nuevas formas de crueldad, odio y fascinación colectiva. Ya no se necesita ocultar el conflicto, ni disimular la violencia, sino que ahora todo se exhibe, y el neoemperador lo hace en un contexto donde, según Alemán, “la guerra reemplazó a la historia, es decir que todo lo que se viva ahora (aquí en Argentina no se siente tanto), se vive en un mundo de guerra, cuyas características fundamentales es que nunca se sabe cuándo se declara, ni cuándo termina, ni qué es una tregua, pero que sí muestra cómo los neoemperadores buscan zonas de apropiación, no zonas de influencia, si no, zonas que les pertenecen”.

La idea atraviesa todo el libro. Para el filósofo, el capitalismo contemporáneo ya no funciona únicamente desde la explotación económica tradicional, sino también desde una captura subjetiva mucho más profunda. La política no puede comprenderse hoy sin pensar el deseo, el goce y las formas en que los sujetos se relacionan con el poder.

“El sujeto es capaz de dañarse a sí mismo ante aquello que los va a destruir, y no porque tenga otros intereses, es que los intereses son esos”, afirma. Y enseguida cuenta una escena que vivió horas atrás: un taxista que lo llevaba hacia un lugar se quejaba de la protesta de unos estudiantes secundarios y celebraba que el gobierno recortara recursos para la educación pública. Alemán le preguntó si tenía hijos, y el hombre respondió que sí; le preguntó si quería que estudiaran y también respondió que sí. “¿Entonces cómo sigue esto?, recuerda haber pensado.

 

—¿Estamos viviendo una crisis de las democracias o una transformación en la forma en que las sociedades se vinculan con ella?

—Yo creo que no interesa más la democracia, que a los poderes capitalistas, la medida en que la democracia suponga control por reparto mínimo, aunque sea del excedente, no les interesa más.

 — Usted habla del “goce” del poder, ¿qué significa eso? ¿Hay algo de disfrute en la destrucción o en el conflicto político permanente?

—Sí, eso se podría describir tal como lo estás diciendo. Pero creo que hay que añadir esto que está escrito en el contexto del libro, que es: la verdad ha perdido valor, por lo tanto si uno dice: “Hay pájaros en este momento volando sobre esta mesa”, bueno es una cuestión de voluntad de poder, si se impone, se impone. El goce del poder implica un cinismo de la palabra, implica que la palabra haya perdido su valor de verdad. Es muy difícil hacer política si la palabra no tiene ningún valor. 

Alemán habla pausado, aunque a veces se acelera cuando entra en temas políticos argentinos. Especialmente cuando aparece el peronismo, allí se mezcla la preocupación, la crítica y cierta melancolía. Cree que el movimiento todavía podría construir una narrativa capaz de interpelar a nuevas generaciones, pero advierte que hoy está atravesado por internas, por una profunda desorientación y desinterés de las nuevas masas obreras. “El peronismo debe ser de izquierda, pero no decir que es de izquierda, porque además, no tiene sentido decir “soy de izquierda”, y menos tiene sentido decir lo que vas a hacer. Porque realmente si anticipás lo que vas a hacer, seguro que no lo vas a poder hacer”.

Mientras habla sobre la fragmentación política actual, el ruido de la máquina del café vuelve por momentos. Hay gente entrando, mesas que se ocupan y el filósofo hace una pausa para tomar su café negro y conversar brevemente de lo que fue su exilio. Sin dramatismos, aunque la tristeza y melancolía se notaban igual, escondidas en algunos silencios. Cuenta que maduró rápidamente después de la muerte de varios amigos durante la dictadura y que construir una vida afuera no fue sencillo. También habla de los jóvenes argentinos que emigran hoy buscando un futuro mejor en Europa. Dice que muchos llegan creyendo que encontrarán algo completamente distinto, aunque la explotación laboral también existe allá.

La escena parece condensar algo propio del libro, como lo es el problema de la transmisión entre generaciones, de lo valioso que es nuestro país, de su historia y de su memoria, en un tiempo en el que, según Alemán, “la idea de comunidad está destruida”. Y sobre estas las generaciones actuales, entiende que “los nuevos sectores populares tienen un profundo desinterés por la historia. Luego, ese desinterés por la historia también se traduce en un desinterés por el otro social”.

Los nuevos sectores populares tienen un profundo desinterés por la historia. Luego, ese desinterés por la historia también se traduce en un desinterés por el otro social.

Jorge Alemán

Para Alemán, ya no existen aquellas identidades sólidas que organizaban generaciones enteras para el futuro: “Antes las personas eran peronistas y eran peronistas siempre. Ahora no se sabe qué son”, agrega.

Según su mirada, ese vaciamiento no ocurrió espontáneamente sino que “fue un trabajo muy lento del neoliberalismo y de las estructuras tecnológicas, de las estructuras mediáticas, donde se fueron destruyendo ciertos anclajes simbólicos. Los sujetos ya no disponen de esos anclajes que permitían hacer lecturas de la historia, lecturas retroactivas, y que posibilitaban examinar identidades políticas. Bueno, esto se ha vaciado, entonces los sujetos quedan expuestos nada más que a sus funciones, en este caso de odio y de muerte”. El resultado da lugar a que cada vez cuesta más construir proyectos colectivos duraderos.

La conversación inevitablemente llega a Cristina Fernández de Kirchner, a quien Alemán admira mucho: “Me subleva que la presidenta más importante que hemos tenido junto con Néstor, esté presa”. Sin embargo, tampoco idealiza el presente del kirchnerismo. Cree que la militancia quedó atrapada en una lectura nostálgica de la conducción política, y advierte que el contexto actual ya no funciona bajo las mismas lógicas que hace décadas: “Perder las elecciones ya no significa perder poder”, repite más adelante.

Además, asegura que “se necesita construir un campo político que muchos creen que ya existe”, pero que en realidad no. “A mí cuando me dicen peronismo, digo bueno, ¿qué es?”.

Entonces aparece una pregunta que sobrevuela toda la charla y también este libro: qué puede construirse políticamente en una época donde las identidades colectivas parecen desarmadas, donde la historia perdió centralidad, y donde incluso las palabras de la política parecen haber quedado vacías.

Antes de terminar la conversación, Alemán vuelve sobre lo que considera que los lectores deberían prestar especial atención: la necesidad de pensar cómo están hechos hoy los sujetos y de qué manera eso transforma la política, que: “ necesita ser pensada también en la economía libidinal”, dice. Habla de Freud, Lacan y de esas formas de identificación que conducen a que las personas puedan incluso terminar apoyando aquello que los perjudicará.

La conversación se termina sin conclusiones definitivas. Después de hablar de democracia, capitalismo, peronismo, exilio y nuevas derechas, Alemán vuelve a una idea que atraviesa todo su libro: la política ya no puede pensarse únicamente como una disputa de partidos políticos, elecciones, liderazgos, porque lo que parece estar en crisis es algo mucho más profundo: la forma en que una sociedad imagina su futuro y se reconoce a sí misma.