En un acto, que incluyó una ceremonia ancestral, el Museo Etnográfico restituyó el cuerpo momificado de un niño sacrificado a las comunidades jujeñas. Volverá a su lugar luego de permanecer más de un siglo como objeto de exhibición.
Tras haber estado más de un siglo en el Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires “Juan Bautista Ambrosetti”, el Niño del Chañi vuelve a su Jujuy natal en un acto reparación histórica hacia los pueblos indígenas, marginados en el estudio científico del siglo XX que se propuso construir una “historia blanca” argentina. El acto se realizó esta semana y participaron miembros de la comunidad y profesionales que buscan reparar la historia de genocidio.
Revisar el pasado para construir un futuro mejor
El regreso al hogar del Niño del Chañi en su ajuar mortuorio marca un precedente histórico: es la primera restitución de restos humanos arqueológicos a comunidades de Jujuy.
Esta decisión, además, define una política de reconocimiento de la pluralidad de identidades y del modo en el que las instituciones conllevan una responsabilidad, basada en la reflexión crítica sobre la manera en la que se desarrolló el estudio arqueológico e historiográfico, disciplinas desarrolladas en la expansión imperialista europea que decantó en una limpieza étnica a lo largo del mundo. En diálogo con ANCCOM, el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA Ricardo Manetti, afirma que se han cambiado los modos de pensar a las comunidades: “Ya no forman parte de un catálogo dentro del sistema museológico, sino que las entendemos como sujetos históricos que atraviesan nuestra cultura. Con un predominante criterio positivista, hubo una intención de elaborar una historia oficial, en la que todo aquello vinculado a la idea de ‘mestizaje’ debía ser eliminado. Hacer esta devolución al lugar donde el niño pertenece es un acto que da cuenta de la memoria genocida que definió a la conformación del Estado argentino. El campo científico debe pedir perdón por lo que se ha hecho y devolver los cuerpos a los lugares donde corresponden”.
La antropóloga y directora del Museo Etnográfico Juan Ambrosetti, Andrea Pegoraro, ahondó sobre la invisibilización que sufre la comunidad indigena: “Hay que pensar a la patria como una construcción social y colectiva. Hace treinta años, la exhibición permanente del Museo Histórico Nacional omitía por completo la presencia de los pueblos originarios, como si nunca hubiesen existido. Por eso se incluyó una sala precolombina, que permite contar la historia desde distintos ángulos y no solo del de los ‘próceres’ nacionales”.
La directora explica que la misión de la arqueología a fines del siglo XIX y principios del XX era diferente a la que tiene hoy en día: había que rescatar todos los vestigios del pasado antes que desaparecieran. Precisamente, esas recuperaciones arqueológicas fueron utilizadas por los museos para crear una historia occidental, que marcara las diferencias con las sociedades indígenas, que eran vistas como primitivas, salvajes, incivilizadas. “La ciencia –explica Pegoraro– despojó a los pueblos de sus ancestros. En los museos, los restos humanos profanados de su territorio fueron colecciones identificadas con un número, sin nombre ni identidad. Esta devolución de un antepasado a su gente restablece la paz, y sana una herida del pasado. Logramos un consenso institucional: comprendemos que hay una política que va hacia el camino del diálogo con las comunidades, donde la ciencia no puede pasar por encima a la dignidad humana”.
La ceremonia ancestral
Después de firmar el acta, tanto los directivos como quienes se acercaron a presenciar este evento histórico fueron partícipes de la ceremonia ancestral de despedida y acompañamiento. El niño, de unos cinco años, nació en el período incaico, y formó parte de uno de los tributos de Capacocha, un sacrificio sagrado que hoy ya no se practica. Dotado de una pureza espiritual, había sido ofrendado al Nevado del Chañi, el cerro más alto de los andes jujeños y considerado sagrado, vinculado con la vida, el agua, la espiritualidad y la protección de los territorios.
Amalia Vargas, investigadora y docente en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) en el Área de Folklore y Artes Visuales, y quien además escribió el libro Ritos y ceremonias andinas en torno a la vida y la muerte en el noroeste argentino, fue una de las encargadas de llevar a cabo el ritual. En conversación con ANCCOM Vargas detalló: “Para la cosmovisión andina, cuando alguien muere sigue creciendo en el mundo espiritual. Hay que honrar la muerte del niño, que es el tutelar de la montaña”. Vargas, de la comunidad quechua de la Nación Chicha, explica que este acto milenario funciona para “activar la memoria” de la gente y recordar que, al tratarse de una momia mallquis, el niño sigue vivo: “Su misión es resguardar y conectar las montañas que llegan hasta Cusco. Es un ser sagrado que ha sido violentado, pero que vuelve a su territorio para devolverle la armonía”.
El cuerpo ya se encuentra en territorio jujeño. De aquí en adelante, se encargarán la comunidades “El angosto” y “Sol de Mayo” en concluir si el Niño queda enterrado en el pueblo o en la cima del Chani. De todas formas, esta restitución marca un cambio trascendental en la forma de relacionarse entre la ciencia, los museos y las comunidades indígenas.