Por Delfina Rojo
Fotografía: Captura de pantalla de ATE Capital y X de Luca Bonfante

Pertenecen al Convoy Terrestre Global Summud. Además, fueron detenidos otros seis argentinos de la flotilla marítima que intentaban romper el bloqueo israelí a Gaza, quienes ya regresaron a Buenos Aires. ANCCOM dialogó con uno de ellos.

La delegación argentina de la Flotilla y el Convoy Terrestre Global Sumud fue la más grande de toda Latinoamérica. Dos de ellos, Paula Giménez y Lucas Aguilera -dos integrantes del convoy- permanecen detenidos en Libia del Este. A su vez, cuatro  integrantes de la flotilla pasaron dos días en un barco prisión israelí, donde recibieron golpizas, torturas con taser y quemaduras. Ramiro Giganti fue uno de ellos. Al regresar, habla de los dos meses de misión, del abandono de la Cancillería argentina y del silencio de los medios hegemónicos. 

Giganti, periodista de la agencia Anred, volvió con una costilla comprometida, sin teléfono y con recuerdos que llegan de manera fragmentada: la navegación, el encuentro con delegaciones de todo el mundo, y las 48 horas en el barco prisión israelí donde el frío, el dolor y la incertidumbre se condensaban en una sola tarea posible. «La golpiza fue un momento rápido, que no hay que recordarlo mucho», cuenta. 

Giganti integró la Flotilla Global Sumud, la misión civil y pacífica que buscaba romper el bloqueo marítimo sobre Gaza para llevar ayuda humanitaria y fue interceptada por fuerzas israelíes en aguas internacionales del Mediterráneo. La decisión fue tomada a conciencia: «Sabíamos que lo que nos pasó podía pasar», dice y agrega: «Pero también con las convicciones de llevar la ayuda humanitaria y romper el bloqueo que hay con Gaza, y sobre todo el bloqueo informativo, porque ese es el más grave de todo.»

Israel interceptó 22 embarcaciones. Los integrantes de 21 de ellas fueron secuestrados; la restante fue saboteada en su mecánica y dejada a la deriva con su tripulación, que logró ser rescatada. El primer operativo de intercepción ocurrió en aguas internacionales entre Italia y Grecia, donde seis argentinos fueron secuestrados. El barco de Giganti fue interceptado un lunes a la mañana, más cerca de Gaza. Otro argentino de la flotilla que viajaba en una de las embarcaciones que llegó aún más lejos, no fue interceptado hasta el martes a la noche y lo llevaron al mismo barco prisión horas después. El miércoles al mediodía «el peor día» los trasladaron al puerto israelí de Ashdod para migraciones y luego a una cárcel en tierra. A diferencia del barco, signado por una «clandestinidad tremenda» sin ningún marco institucional, la cárcel ofrecía «algo de institucionalidad». El jueves, aviones de Turkish Airlines los trasladaron a Estambul. «Ya era otro el ambiente», recuerda.

Las condiciones en el barco prisión, que un detenido francés retrató en un dibujo que mostraba sus cuatro containers, fueron inhumanas. Giganti resultó con una costilla lastimada por las golpizas. Otros integrantes de la flotilla sufrieron torturas con taser y quemaduras. No había abrigo ni calefacción; la alimentación era escasa. «Mostrando de lo que es capaz esta gente», dice. Lo que sostuvo al grupo fue la solidaridad mutua: Giganti fue atendido por la médica de su embarcación y por Margaret Connoly —hermana de la presidenta de Irlanda, que también integraba la misión—; en el calabozo también lo asistió Casio, un médico brasileño. Entre las afectadas estuvo una integrante argentina, Malena Lavenas, de contextura pequeña: Israel le entregó ropa de detenidos niños porque la adulta le quedaba grande. Desde el cautiverio, ella reflexionó: «Me puse en el lugar de un niño en esa situación», según informó Vanina Biasi vía X. «Si a nosotros nos hicieron eso», concluye Giganti, «todo lo que se denuncia sobre los tratos a los palestinos nos queda: siempre supimos que era cierto, pero si había alguna duda ahora quedó totalmente disipada.»

Durante el secuestro, la Cancillería argentina no tuvo contacto con Giganti. Sus familiares y compañeros, junto a militantes del Frente de Izquierda, se movilizaron frente al organismo en Buenos Aires mientras él permanecía detenido. El único vínculo institucional llegó al desembarcar en Estambul: la cónsul argentina en esa ciudad los recibió y le prestó su teléfono para que pudiera avisar a su madre que estaba bien. Su vuelta hasta Barcelona la costeó él mismo. «Los cónsules son gente de carrera que cumple el trabajo más allá de los gobiernos», distingue. Una integrante de un grupo argentino secuestrado en un operativo previo de la flotilla, en abril, sí logró hablar con alguien de la embajada: según relató Giganti, la respuesta fue que «ustedes sabían que iba a pasar esto», sin ninguna asistencia concreta. No es la primera vez: el año anterior, en una situación similar en territorio palestino, fue el cónsul uruguayo quien intercedió por activistas detenidos; el consulado argentino no lo hizo.

La cobertura mediática argentina de lo ocurrido fue prácticamente inexistente. Cuando Giganti y sus compañeros aterrizaron en Barcelona junto a la delegación catalana, los esperaban el Canal 3, la Agencia EFE y Europa Press; esa misma tarde se vieron en televisión abierta. En Argentina, lo poco que publicaron algunos diarios fue un único cable de EFE que mencionaba que «italianos denunciaron tortura», sin nombrar en ningún momento que existía una delegación argentina, que cuatro compatriotas estuvieron dos días en un barco clandestino ni que esa delegación fue la más grande de toda Latinoamérica. 

 

Pedido urgente internacional

La misma lógica de bloqueo e indiferencia institucional rodea al convoy terrestre de la misma organización. El Convoy Global Sumud Maghreb partió desde países del Magreb —Argelia, Túnez y Mauritania—, atravesó el oeste de Libia y tenía como destino el paso fronterizo de Rafah, en Egipto, según informó ANRed. Cerca de la ciudad de Sirte, en una zona controlada por fuerzas ligadas al mariscal Jalifa Haftar, una delegación avanzada se acercó al puesto de control militar 5+5 para negociar el paso seguro de la caravana y desde ese momento se perdió toda comunicación, según denunció Global Sumud. La zona corresponde a Libia del Este: desde la caída de Muamar Gadafi, ese sector se autoproclama un estado aparte, no está reconocido por la ONU y mantiene relación diplomática casi exclusivamente con Italia.

Entre los integrantes del convoy retenidos se encuentran Paula Giménez, psicóloga, y Lucas Aguilera, médico veterinario, ambos directores de investigación de NODAL (Noticias de América Latina y el Caribe), según informó la propia organización. Los otros ocho provienen de Uruguay, España, Italia, Portugal, Polonia, Túnez y Estados Unidos. La misión reúne a más de 300 personas de 25 países y transporta ambulancias, medicamentos e insumos sanitarios para la población palestina. Ante la falta de respuesta oficial, las redes nacionales de carreras de comunicación REDCOM y FADECCOS, la Red de Medios Digitales, FATPREN, SiPreBA, el CELS y la carrera de Comunicación de la UBA emitieron una declaración conjunta exigiendo la intervención urgente de la Cancillería, según publicó @comu.uba en Instagram. Desde el bloque de Unión por la Patria y la Comisión de Derechos Humanos del Parlasur se presentó además una nota formal ante la Cancillería, mientras que ante el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos se elevó una denuncia sobre la detención, de acuerdo con NODAL. Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, y Taty Almeida, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, se sumaron a los pronunciamientos de solidaridad, informó ese mismo medio.

En el momento en que Giganti brindó su testimonio, los familiares de los diez retenidos y la organización esperaban una fe de vida. Una representante de NODAL había informado en conferencia de prensa que existían datos sobre su paradero pero no los podían difundir por no estar chequeados. Horas después, Vanina Biasi confirmó vía X la «aparición» de Giménez y Aguilera, aunque el reclamo por su liberación inmediata continúa. «Confiamos en que dentro de poco van a ser liberados y van a estar acá, y vamos a poder hacerles todas las preguntas a ellos mismos», dijo Giganti.

Para Giganti, la misión —dos meses que atravesaron «todo tipo de emociones, del mejor momento de tu vida al peor momento de tu vida»— cumplió su objetivo central: visibilizar. «Logramos que se hable de algo de lo que no se hablaba», dice. Gobiernos europeos que callaban tuvieron que pronunciarse. La delegación argentina, que él describe como «muy unida», viene restableciendo lazos —todos los secuestrados perdieron sus teléfonos— con compañeros de Brasil, Cataluña y decenas de países con los que compartieron la travesía. Se anunció un congreso internacional. Pero Giganti pone en perspectiva lo vivido con una comparación que lo define todo: mientras ellos regresaron, más de 9.500 palestinos permanecen presos sin condena. «Nosotros salimos, ellos no.»