Por Julián Lovrincevich
Fotografía: Oriana Estrada

Georgina Orellano habla de Vidas de putas: calle, sexo y mentiritas, un libro que retrata en un conjunto de crónicas las vivencias de trabajadoras sexuales en Constitución y arremete contra el racismo, la represión policial, los operadores judiciales, el feminismo institucional y “las buenas intenciones” del progresismo

Casa Roja es la sede de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), cuya secretaria general es, desde 2014, Georgina Orellano. Está a media cuadra de Plaza Garay, en Constitución. En la puerta, ella y otras compañeras lidian con un auto que pidieron por alguna aplicación: los minutos que faltan para que llegue cambian todo el tiempo. Cuando el coche aparece, entre todas empiezan a trasladar una gran cantidad de bolsas de alimentos desde el hall de la casa hacia el interior del auto. El baúl, el asiento de copiloto y la parte de atrás del coche quedan colmados de mercadería. Solo viaja una persona en los asientos de atrás, asediada por las bolsas, que son para las compañeras de Almirante Brown.

En el interior de Casa Roja, se dispone una gran mesa donde hay trabajadoras sexuales, amigos, practicantes de Trabajo Social y una estudiante de intercambio que viene de La Sapienza, Roma. Circulan mate dulce y galletitas. En aquel escenario, Orellano dialoga con ANCCOM sobre su segundo libro, Vida de putas: calle, sexo y mentiritas: “Nosotras, desde AMMAR, pensamos al libro como una más de muchas herramientas para humanizar a las personas que ejercemos el trabajo sexual, para despenalizar el trabajo sexual, pero, sobre todo, para compartir parte de nuestros conocimientos y nuestros saberes”.

Georgina y Dahiana cerca de la sede de AMMAR. 

“Es un libro que para nosotras refleja los conflictos permanentes que tenemos con la policía, con el Poder Judicial, con los vecinos que están ahora reorganizándose para expulsarnos del espacio público, los conflictos entre las compañeras, pero también cómo los abordamos desde la intervención de la organización, cuáles son los debates hacia el interior del movimiento de trabajadoras sexuales”, dice Orellano.

Se trata no solamente de un retrato de la violencia estatal, sino también de los lazos comunitarios que tejen las trabajadoras sexuales para paliar las situaciones problemáticas. Ante la falta de respuestas por parte del Estado y de la sociedad, Casa Roja plantea una alternativa: “Cuando viene una compañera y nos pide que le paguemos una inyección, no llamamos al Ministerio de Salud. Hacemos una colecta o sacamos de nuestro bolsillo sabiendo que después ese dinero no nos lo va a devolver nadie. Pero ya no nos importa la plata, nos importa que la compañera tenga resuelto el problema”, explica.

Las condiciones de precariedad que atraviesa el colectivo de las trabajadoras sexuales se intensificaron desde la llegada de Milei al poder. No solo por la reducción del apoyo estatal y el recrudecimiento de la hostilidad policía, sino más bien por el desplome de la economía de los clientes: “Antes venían tres veces por semana, ahora vienen una vez por mes. O los clientes, si es que vienen, no te quieren pagar o te regatean el precio. No hay guita en la calle. Casi todas nos hemos abierto un alias, para ofrecer otros métodos de pago”, describe Orellano. Y otra compañera, la que ceba el mate, agrega riéndose: “Yo ofrezco cuotas también”.

La secretaria general de AMMAR escribió el libro en Tilcara, en un lapso de dos semanas: “Una de las principales cuestiones que una persona tiene que tener para escribir es tiempo, y eso no es algo que tengamos nosotras. Para nosotras tener tiempo hoy por hoy es un privilegio. Yo pedí permiso a la organización para tomarme esas dos semanas, porque ese era el plazo que nos había dado la editorial para entregar mínimamente un avance. Y sí, me tuve que alejar de Constitución para poder hacerlo, si no era imposible”. Así como la escritura se torna difícil en contextos de precariedad, lo mismo sucede con la lectura: “El libro sale 33 mil pesos. Yo no tengo ninguna compañera que tenga 33 mil pesos para comprarse un libro. Entonces, el libro está pensado para un público que es de clase media, que es universitario, que es progresista, todavía tiene el privilegio de poder ir a una librería, de tener una biblioteca en su casa, de tener el hábito de leer”, sostiene Orellano.

 “Nosotras queremos que lo lean los operadores judiciales al libro. Queremos que lo lea el feminismo institucional o las personas que estuvieron en el Estado, que seguramente están esperando ahora la reconfiguración de la política institucional y partidaria para volver a ser parte del Estado”, dice la trabajadora sexual. Vidas de putas expone la distancia abismal que existe entre las intenciones de la militancia progresista y la realidad concreta de quienes habitan Constitución. Un capítulo cuenta, por ejemplo, que una vez una traffic con el logo del Estado desembarcó en Casa Roja para dejar cajas con copitas menstruales. Sin embargo, nadie pensó en que la mayor parte de las trabajadoras sexuales de Constitución son del colectivo travesti trans.

Ante la pregunta de qué espera el colectivo de trabajadoras sexuales de los sectores progresistas, la respuesta de Orellano es clara: “Lo que nosotras siempre esperamos es que haya una política de la escucha. Que dejen de pensar categorías de cómo nombrarnos o cómo llamar a nuestros barrios. Eso de decir ‘mesa territorial’, por ejemplo. Yo nunca escuché que ninguna de mis compañeras diga ‘vamos al territorio’. Nosotras vamos a la zona de trabajo. Ya a partir de ahí hay una distancia, son conceptos que no están dentro de nuestro lenguaje”, describe la secretaria general de AMMAR.

Orellano afirma que el campo nacional y popular ha perdido su capacidad de escuchar a los rotos, a los caídos del sistema, sin juzgarlos. Y quizás eso sea motivo del ascenso de fuerzas políticas o de organizaciones civiles que interpretan mejor el malestar. La trabajadora sexual pone atención, por ejemplo, al fenómeno de las iglesias evangélicas del barrio, que estuvieron ganando terreno en el último tiempo: “En la Plaza Garay está casi todos los días la Iglesia Evangélica, que empezó con cuatro o cinco personas y ahora vas y hay 200. Un par de veces hemos ido para ver por qué tiene ese alcance: primero porque no está en la rosca política de pensar el 2027. Y después porque se centra en escuchar a las personas, aunque después no haga nada con eso. Pero escucha. Tienen un micrófono abierto en donde van las personas que están totalmente rotas y cuentan que roban para poder darse un pipazo y no hay nadie que lo esté castigando”. 

La cuestión de la higienización que el progresismo quiere imponer sobre la prostitución y sobre la pobreza en general sobrevuela todo el libro. Orellano manifiesta que el progresismo siempre está dispuesto a escuchar las historias individuales de superación y heroísmo: “Siempre abrazan a las que están arrepentidas de prostituirse y quieren trabajar en el Estado. Abrazan a las que más quieren parecerse a ellos. Nosotras vamos a las asambleas feministas y siempre está la que dice ‘yo estuve 22 años en la calle, dentro del sistema prostituyente, pero ahora trabajo en el Estado, entro a las nueve de la mañana y salgo a las tres de la tarde’. Pero también estamos las que no queremos entrar en su sistema, las que no queremos parecernos a ellos. No hay un acompañamiento real para nosotras, la policía nos caga a palos, lleva a las compañeras presas, hay situaciones de mucha violencia y trato inhumano, y eso pareciera no importarles”.

Vidas de putas expone la distancia abismal que existe entre las intenciones de la militancia progresista y la realidad concreta de quienes habitan Constitución. En la foto, junto con Sheimi.

 

En Vidas de putas, Orellano explica que la aparición de la Facultad de Ciencias Sociales también fue un motivo de higienización y gentrificación de la zona, que dividió al barrio de Constitución en dos. Muchos vecinos, cuya relación con las trabajadoras sexuales es por demás conflictiva -han llegado a juntar firmas para que no se establecieran en Casa Roja-, celebran la gentrificación del barrio, en tanto expulsa a las trabajadoras de su zona de trabajo. Orellano cuenta que una vez, en una de las mesas territoriales que tuvo lugar en la Facultad, “había una vecina que les hablaba a las estudiantes y le decía ‘nosotras queremos que ustedes tomen un café con leche y se queden acá’. Y la verdad es que yo lo que quiero es que crucen la avenida San Juan y tomen el café con leche en los bares dominicanos y peruanos que hay por todo el barrio”.

Pareciera que al progresismo le cuesta entender los anhelos de este colectivo. Con mucha contundencia, Orellano declara: “No queremos ser pobres, eso no es nada nuevo. Pero yo no quiero ir a la universidad. Yo no me quiero higienizar. ¡No voy a ir a la universidad! No es nuestro proyecto ese, nuestro proyecto colectivo es otro. Queremos hacer la fila en el banco para cobrar la jubilación cuando tengamos la edad jubilatoria. Los progresistas nos quieren a todos con un título de posgrado. ¡No quiero un título de posgrado yo! Yo quiero mi heladera llena y quiero tener plata. Y quiero trabajar tres horas en la esquina. Dos. Y quiero tener los mejores clientes. Tienen que entender que no todos tenemos los mismos deseos ni las mismas proyecciones. Pero que sí tenemos derecho a que todos tengamos un lugar en la sociedad”.

«Las policías femeninas, con las que nosotras a veces nos peleamos, tienen las uñas y las pestañas igual que nosotras», dice Orellano.

La charla culmina con una reflexión sobre las fuerzas de seguridad, contendiente principal de las trabajadoras sexuales. Orellano insiste con leer al enemigo desde una perspectiva de clase: “Hay como un fetichismo que es sacarse una foto frente a la policía y estamparle un libro, como diciendo ‘yo porque leí, soy alguien mejor que vos’. A nosotros eso nos parece súper violento. También hemos visto a alguna feminista con una lata de cerveza, posando para la foto con toda la policía atrás. ¡Yo me quedo con la policía si esa va a ser la revolución feminista, boludo!”

Y agrega: “Todos los policías son hijos de obreros. Eso no nos corre a nosotras de nuestro odio permanente a las fuerzas de seguridad. Pero es así, ellos son marrones. Vienen del conurbano. Las policías femeninas, con las que nosotras a veces nos peleamos, tienen las uñas y las pestañas igual que nosotras. Es más, nosotras les decimos ‘tenés las pestañas tan feas que te daría el número de teléfono de la que nos las hace a nosotras’, porque por lo menos no se nos pegan. Es refuerte verlos los sábados y los domingos comprando en la feria de Constitución. Es la misma ropa que nos compramos nosotras. O la misma ropa que yo le compro a mi hijo varón. Y encima con la plata que nos roban. Es más, varias veces se lo decimos, ‘¡te estás comprando ropa con la que nos robaste!’ y se hacen los boludos”.

En el libro, la secretaria general de AMMAR relata la historia que tienen con El Gatito, un policía que tuvo algunos actos de compasión con compañeras: “Él apaciguaba un poco y a nosotras nos servía porque rápidamente se desactivaba el operativo y rápidamente las compañeras después podían seguir en la esquina ejerciendo el trabajo sexual”. Desde Casa Roja, una vez le devolvieron el favor: le dieron un turno un día que organizaron una jornada de oftalmología, con revisión y entrega de anteojos. Orellano relata la anécdota a toda la mesa, para los presentes que no conocieran la historia: resulta que el policía tenía dificultad visual porque su padre lo había mandado a trabajar a un taller mecánico, donde soldaba sin protección. Quería ser boxeador, pero el padre lo había molido a golpes para que se pusiera a trabajar. “Y nosotras dijimos ‘está bueno devolverle esa compasión que él tuvo’, y le dimos uno de los 180 turnos que nos habían dado”, cuenta Orellano. Sin embargo, remata: “Esa misma noche, con los anteojos que se había llevado de Casa Roja, terminó llevándonos en cana”. La otra compañera cebadora del mate larga en voz alta: “¡Devolveme los lentes, hijo de puta!”. Toda la mesa suelta una carcajada.