Por Alma Olaechea
Fotografía: Azul Andrade, Clara Pérez Colman, Oriana Estrada, Pamela Pezo Malpica/Archivo Anccom

El semiólogo Mario Carlón analiza cómo se construye y destruye el relato de la figura de Manuel Adorni. Ascenso y caída de la imagen del portavoz principal y jefe de Gabinete del gobierno.

El actual jefe de Gabinete de Ministros, Manuel Adorni, consolidó su capital político desde la palabra, en medios y redes sociales. Antes de convertirse en una de las caras más visibles del gobierno, él ya era un personaje mediático: economista, panelista, habitué de programas televisivos y usuario hiperactivo –filoso y cínico- en las redes, sobre todo en Twitter. Su desembarco en la política no ocurrió desde un lugar partidario tradicional, sino desde la lógica de la circulación digital, el recorte viral y el discurso confrontativo. Y fue justamente en esa acción discursiva donde construyó una imagen pública asociada a términos como “honestidad”, “austeridad”, “compromiso”, “moral” y un visceral rechazo a “la casta política”.

En diálogo con ANCCOM, doctor en Ciencias Sociales e investigador en Semiótica de Redes, Mario Carlón, explica cómo las figuras políticas contemporáneas se construyen, y también se desgastan, en la circulación mediática y digital: “La mediatización es el lugar en el que estas figuras se construyen como figuras públicas”. Y en el caso Adorni, esa construcción estuvo profundamente ligada a la figura presidencial: “Adorni es el vocero del Poder Ejecutivo. Es la voz de un cuerpo que se mediatiza, que es el cuerpo de Milei”.

El jefe de Gabinete se convirtió en el portavoz ideal del mileísmo. Sus conferencias de prensa mezclaban información gubernamental, ironía y espectáculo, todo lo que necesitaba Javier Milei. El tono burlón frente a periodistas, los cruces en redes sociales y las frases diseñadas para viralizarse rápidamente, construyeron un personaje de mucha presencia en el ecosistema digital. Ya no se trataba solamente de comunicar decisiones del Gobierno, parecía que también se trataba de producir contenido político que fuera capaz de circular en X, Instagram o TikTok.

Para Carlón este es un elemento clave: la transformación de los acontecimientos políticos en recortes pensados para circular en redes sociales: “Hay una forma, una lógica de construcción de los acontecimientos, que ya no tiene nada que ver con las lógicas posmodernas y contemporáneas, ya no tiene nada que ver con la televisión ni con asistir a un acontecimiento en su continuidad, sino que están siendo pensadas para fragmentos. Y además están sometidas a las lógicas de la circulación imprevisible que están operando sobre ellas todo el tiempo”. Desde su arribo en la función pública, las declaraciones y conferencias de Adorni han funcionado casi como un ejemplo perfecto de esa transformación, con intervenciones que parecen ser diseñadas para convertirse en clip, meme o recorte viral.

En una de las últimas que dio el funcionario, cuando fue consultado por sus bienes y viajes, él mismo respondió: “Yo gasto mi dinero como quiero”, y minutos después frente a la insistencia de un periodista, lanzó otra frase que se volvió viral: “Vos no sos juez, sos apenas un periodista”. La escena condensó varias contradicciones al mismo tiempo. El vocero que antes fue periodista y que había construido su legitimidad enfrentando directa y mediáticamente a la “política tradicional” ahora desacredita a los colegas que lo investigan sobre su patrimonio. El expanelista que se había convertido en símbolo del “outsider honesto” debía explicar viajes, privilegios y gastos personales difíciles de justificar públicamente.

Según Carlón, el Gobierno construyó desde el comienzo una relación muy fuerte con medios y públicos afines: “Adorni ha seguido un camino semejante al de Milei”, sostiene. “Tratan de comunicarse directamente con la ciudadanía a través de sus propias redes o van a programas adherentes”.

Esa lógica de comunicación directa no sólo les permitió amplificar sus mensajes, sino también construir una identidad política basada en una supuesta autenticidad y la diferenciación moral respecto de “la casta”. El exvocero presidencial, repitió en más de una oportunidad que “no existe corrupción buena o mala” y que “la corrupción mata”, idea que funcionaba como una frontera simbólica entre el oficialismo y los gobiernos anteriores, especialmente el kirchnerismo. Milei y su gobierno no sólo construyeron una identidad política o económica que se pretendía presentar como distinta, sino que emergieron con una identidad moral, que aunque traten de negar, hoy se asemeja a la que ellos criticaban.

Manuel Adorni junto a su esposa Bettina Angeletti en los festejos del 9 de julio en 2024.  

Desde sus redes sociales, Adorni cuestionó sostenidamente las  comitivas presidenciales, gastos estatales y viajes oficiales: “El Gobierno dispuso el fin de los privilegios de la casta aeronáutica: fin a los traslados gratis en remises, fin a los asientos de descanso en clase ejecutiva para vuelos a Europa, fin a los pasajes vacacionales gratis para familiares directos (…) fin a los privilegios de unos pocos. Fin al delirio. Fin”, reforzando la narrativa de austeridad y cuentas claras que el Gobierno intentaba instalar como su diferencial.

Desde sus redes sociales, Adorni cuestionó incansable y sostenidamente los privilegios de la política tradicional. Criticó comitivas presidenciales, gastos estatales y viajes oficiales: “El Gobierno dispuso el fin de los privilegios de la casta aeronáutica: fin a los traslados gratis en remises, fin a los asientos de descanso en clase ejecutiva para vuelos a Europa, fin a los pasajes vacacionales gratis para familiares directos (…) fin a los privilegios de unos pocos. Fin al delirio. Fin”, reforzando la narrativa de austeridad y cuentas claras que el Gobierno intentaba instalar como diferencial de esta nueva etapa.

Pero esa misma narrativa, hoy es el centro de su gran crisis. Las investigaciones sobre su patrimonio, los viajes privados, los pagos en efectivo y las sospechas de enriquecimiento ilícito golpean directamente sobre la moral que Adorni había intentado construir. El problema, judicial o económico, escala sobre todo por el colapso de la coherencia discursiva que socava al gobierno desde su base. “Lo que sí opera es un quiebre de legitimidad muy alto”, explica Carlón, “porque se culpa a una persona que venía con un discurso moral y que hoy se enfrenta a un escenario de corrupción bastante evidente”. El investigador sostiene que los modos de comunicación del gobierno, buscando una relación directa con sus públicos, comenzó a resquebrajarse y se les volvió en contra. En redes sociales como X, donde antes predominaban mensajes de apoyo y adhesión al discurso libertario, comenzaron a aparecer críticas, cuestionamientos y desencanto incluso entre usuarios que defendían al Gobierno y al propio vocero presidencial.

“Ese vocero es un fusible quemado”, afirma el semiólogo sobre la situación actual del jefe de Gabinete. “Y al estar quemado, está afectando a Milei en cierta forma. Porque los fusibles están para saltar, no para que el Presidente tenga que pagar ese costo político. Creo que en la situación en la que se encuentra Adorni, tan quemado, no tiene ninguna posibilidad de salir indemne”, sentenció Carlón.

 

Junto a Luis Espert en la presentación del libro de Javier Milei en el Luna Park en 2024. 

El caso Adorni excede al funcionario particular. Lo que aparece en discusión es una forma de construcción política que, erigida como la expresión superior del eticismo, se enfrenta a la ruptura de ese pretendido diferencial ético, lo que provoca no solo la fisura de un jefe de Gabinete, sino la erosión del relato que sostenía gran parte de su legitimidad pública y la del Gobierno del cual es su portavoz principal.

Lo cierto es que desde el viaje de la mujer de Adorni a Estados Unidos en la comitiva presidencial en marzo a esta parte, día tras día se suceden nuevos capítulos que no hacen más que acumular hechos, gastos (en efectivo) y bienes patrimoniales de los que el funcionario aún no explica cómo pudo acceder a ellos en su corto (pero prolífico) paso por la función pública.