Por Ezequiel Azcona Iturbe
Fotografía: ARCHIVO Valentina Gómez

En cada elección parece expandirse un fenómeno que ya es global: mientras que las mujeres se inclinan más por las ideas progresistas, los jóvenes varones abrazan a las derechas conservadoras.

Durante décadas, la ciencia política se apoyó en los aportes clásicos de Lipset y Rokkan para entender que las sociedades se dividían por clivajes estructurales como clases sociales, religión o geografía. Sin embargo, en el nuevo milenio algunos investigan si no surgió un nuevo clivaje político: el género, sobre todo entre jóvenes, que emerge como un predictor de ideología con una fuerza que desafía las categorías tradicionales. ¿Estamos ante una fractura social permanente o ante un fenómeno circunstancial?

 

Feminismos y masculinidades

La brecha de género no es un fenómeno uniforme, pero sí persistente en las democracias occidentales. En Estados Unidos, la diferencia de valores entre hombres y mujeres ha alcanzado niveles históricos. Tras la anulación del fallo Roe vs. Wade que habilitaba el derecho a abortar, el apoyo al derecho a elegir sobre el propio cuerpo aumentó en mujeres de 18 a 49 años hasta picos sin precedentes: del 50 al 62% entre 2022 y 2024. En simultáneo, en los hombres esa identificación se estancó. Este patrón sugiere que los derechos reproductivos y la autonomía personal se han convertido en el motor principal del voto femenino progresista.

 El fenómenos es global y más extreme aún en Asia. En Corea del Sur, por ejemplo, en las últimas elecciones presidenciales el voto estaba fracturado casi quirúrgicamente: el 58% de los hombres jóvenes votó por el candidato conservador (quien, entre otras propuestas, prometió abolir el Ministerio de Igualdad de Género), mientras que el 58% de las mujeres jóvenes optó por el candidato liberal. Allí, durante los últimos 15 años, aparecieron movimientos feministas que luchan contra la desigualdad laboral, la presión estética o los patrones patriarcales. Entre estos movimientos se encuentra el 4B, el cual rechaza cualquier relación heteronormativa y propone un celibato total.

En Latinoamérica, las mujeres jóvenes son el grupo demográfico que más rápidamente ha abrazado valores antipatriarcales. Sin embargo, esta politización ha generado una contrapartida. “El avance en el reconocimiento de derechos de colectivos históricamente discriminados ha entrado en tensión con valores arraigados de orden y armonía social”, señala Facundo Barbaro, politólogo de la UBA. “Se despertaron rechazos en sectores que perciben estos cambios como una amenaza”.

Esa sensación de amenaza es justamente la que captaron los partidos de derecha y conservadores entre los varones jóvenes. Figuras como Trump, Le Pen, Weidel o Milei han construido una matriz discursiva basada en la exclusión del “otro cultural”, señalando a los movimientos feministas y a la «cultura woke» como responsables de la decadencia económica de las familias trabajadoras.

“Esta cruzada reaccionaria ha encontrado un terreno fértil en los hombres jóvenes, quienes históricamente han tendido a votar a los extremos y a arriesgar por lo nuevo”, señala Matias de Stefano Barbero, investigador del Conicet y coordinador de grupos en el Instituto MasCS. Cuando lo nuevo es una propuesta que encarna performáticamente lo masculino y lo rebelde, el voto se convierte en una herramienta de protesta contra un sistema que muchos sienten que los ha abandonado. “En Latinoamérica los jóvenes son el grupo etario menos afecto a la democracia, en términos absolutos y relativos. Comparados con el momento en que los hombres de otras generaciones eran jóvenes, los de ahora tienen menos afecto que nunca por la democracia. Una pregunta posible para explicar esto es qué tenía para ofrecer la democracia a los jóvenes en otro tiempo a diferencia de ahora”, señala De Stefano Barbero.

En Argentina, por ejemplo, la aprobación del gobierno de Javier Milei es pronunciadamente mayor entre hombres que entre mujeres. La Universidad Torcuato Di Tella realiza un índice de aprobación del gobierno (ICG) que mide la confianza en él en una escala de 0 a 5. A pesar de perder apoyo y confianza mes a mes, el gobierno suele generar entre un 7% y un 15% de mayor confianza en hombres que en mujeres. Por ejemplo, en enero se registraron 2.52 puntos en hombres contra un 2.27 en mujeres, mientras que en abril fue 2.08 en hombres y 1.80 en mujeres. En diálogo con ANCCOM, desde el equipo de investigadores de la Di Tella explicaron: “Los hombres suelen priorizar la variable económica, donde ven más posibilidades de recuperación en este gobierno mientras que las mujeres priorizan las variables sociales donde la caída es más pronunciada”, aunque esto corresponde a una “variable histórica” y no algo “nuevo”. Parecería que un gobierno tan contrario a valores progresistas pero que promete crecimiento económico profundiza la polarización entre géneros de una manera más marcada que en otros casos.

¿Radicalización o crisis de identidad?

A pesar de la retórica que sugiere una radicalización masiva de los varones hacia la extrema derecha, los datos muestran matices importantes. “En Latinoamérica los varones jóvenes son muy heterogéneos y no se ubican necesariamente más a la derecha que las mujeres o que otras generaciones como fenómeno regional”, indica De Stefano Barbero.

El conflicto parece residir no en la igualdad en abstracto, sino en los métodos para alcanzarla y en la reacción ante el avance de las agendas identitarias. «La nueva derecha ha sabido explotar esta crisis mediante una cruzada reaccionaria, señalando a los colectivos feministas como responsables de la decadencia económica de las familias trabajadoras», señala Barbaro.

Esta narrativa transforma el malestar masculino en una herramienta política, se presenta la ampliación de derechos como una amenaza al orden y la armonía social, lo que genera un rechazo reactivo en sectores que sienten que el sistema ha priorizado agendas de identidad sobre sus urgencias materiales. De Stéfano Barbero aporta: «La extrema derecha tomó el espacio vacante de hablarle a los hombres jóvenes directamente, de registrarlos y de incorporar sus malestares en una lectura sesgada, pero atractiva».

El cercano occidente

Para comprender si estamos ante un clivaje global, es necesario observar los datos estadísticos que arrojan otros países de Occidente, donde la tendencia parece consolidarse como un patrón generacional.

En Alemania los sondeos del último año muestran que, entre los votantes menores de 30 años, el apoyo al partido de extrema derecha AfD (liderados por Alice Weidel) es significativamente diferente dependiendo el género: mientras la intención de votos en los hombres es del 24%, en las mujeres es del 18%. Estas últimas se inclinan mayoritariamente por Los Verdes y posiciones cercanas al feminismo y la justicia climática.

En Reino Unido los datos recientes indican que la brecha ideológica entre hombres y mujeres jóvenes es ahora un 25% más amplia que en la década de 1960. Mientras las jóvenes británicas se han vuelto drásticamente más liberales en la última década, sus pares masculinos han mantenido posiciones más conservadoras o apáticas.

El futuro de la brecha

A pesar de la contundencia de estos datos, Barbaro sostiene que “aún no podemos afirmar que el género sea un clivaje ineludible al nivel de la clase social” y que “variables como el nivel de ingresos y la educación siguen siendo, en muchos casos, predictores más potentes del voto a las extremas derechas”.

Por su parte, De Stéfano Barbero advierte que la narrativa de que «los varones jóvenes se volvieron fachos» puede ser contraproducente. El desafío para la política es generar una oferta que incluya a estos varones, reconociendo sus vulnerabilidades sin retroceder en la igualdad. Que esta brecha se profundice o se diluya dependerá de si se logra construir una visión de futuro donde el progreso de las mujeres no sea percibido por los hombres como una pérdida inevitable de su propio lugar en el mundo, al mismo tiempo que incluya a todos en una oferta política que incluya igualdad, trabajo y solvencia económica.